martes, 22 de diciembre de 2020

Ramiro Guerra y las malditas notas a pie de página.

 

José Abreu Cardet.

¿Por qué estudiar la Guerra Grande o de 1868? A los profesores de las academias militares de poco les sirve en una época en que las contiendas se deciden en bombardeos de aviones supersónicos y cohetes intercontinentales. Incluso si lo analizamos desde el punto de vista de las luchas irregulares, hay otras que despiertan más interés, como la de Vietnam, la de Colombia, para adiestrar a los ejércitos de las potencias. Pero aun así la Guerra Grande nos sigue atrayendo incluso hasta fascinarnos. ¿Por qué ese interés? La respuesta puede ser muy variada, pero lo cierto es que, después que leemos un texto o revisamos algunos documentos de aquellos acontecimientos, ya no podemos fugarnos de esa década.

Carlos Manuel de Céspedes, el iniciador de la contienda, ha sido considerado como el Padre de la Patria. Mientras la guerra, en una acertada definición de José Martí, es para los cubanos “Sagrada Madre Nuestra” [1] pese a lo terrible de aquellos años, a la mucha crueldad que ambos enemigos pusieron en práctica. Céspedes y la contienda del 68 tienen un trasfondo de buena familia. El estudioso o el simple diletante llega a ellos como el hijo que retorna al hogar luego de andar por el mundo. Allí siempre estará el amable padre de todo y esa madre que fue el inicio de una nación. Es como entrar a una sala de maternidad de un hospital, entre la sangre y el dolor está esa pequeña criatura que es el principio de todo. Nos acercamos con respeto e interrogantes a la vida que se inicia.


 

 “Ramiro Guerra nos seguirá acompañando más allá de las pasiones momentáneas. No se puede pensar en la Guerra Grande sin tener en cuenta su libro”. Foto: Internet
 

Ramiro Guerra Sánchez fue uno de los que quedó atrapado por aquella guerra. Incluso podemos decir que formó parte de ella. Aunque nació dos años después del fin de las acciones bélicas, en 1880, pero arrastró hasta el siglo XX lo grandioso de la epopeya. Para toda una generación cultivada no se podía hablar de aquella década sin pensar o mencionar al referido historiador.

Participantes en uno u otro bando o simples testigos elaboraron textos de diferente calidad, como testimonios u obras de análisis que parecían flotar en el ambiente cultural e intelectual de la Isla. Ramiro Guerra supo atrapar aquel conjunto de obras y las sintetizó en su libro de dos tomos La Guerra de los Diez Años, publicado en 1950.

Entró en una zona peligrosa de la historiografía, pues era un área del pasado muy estudiada además de muy polémica. Su libro alcanzó una gran relevancia que se fue incrementando en la medida en que la historia tomó dimensiones de institución en el gobierno durante los años sesenta del siglo pasado, en especial a partir del centenario del Diez de Octubre de 1868. En un país muy politizado, donde se definió una frontera de un antes y un después, se consideró tan importante la obra, que se le perdonó su sentido conservador en política y su apoyo al gobierno de Gerardo Machado y en general su activa vida en la llamada seudorrepública. Tuvo además un singular privilegio: se convirtió en un clásico. Aunque no se le leyera, se le tenía en las miles de bibliotecas personales que se fueron formando en el país al compás del interés que despertaban la historia y la posibilidad de obtener libros a bajo precio. En un ámbito historiográfico, con su libro ocurrió algo similar a lo de El Quijote, que muchos mencionan y pocos leen.

La Guerra de los Diez Años es un libro atractivo por su escritura, es una especie de diálogo con el lector, pero no creo que fue un libro popular en el sentido de que muchos lo leyeran, por su extensión, dos tomos de más de 400 páginas cada uno. Lo que sí, en un ámbito académico y universitario, alcanzó una gran demanda, en especial en la década del setenta cuando se conmemoraron los centenarios más significativos de la Guerra Grande, como la muerte de Agramonte o la Protesta de Baraguá. Se crearon incluso equipos de estudio entre la población, que elaboraban ponencias sobre esos acontecimientos. En las discusiones de aquellos breves estudios, por norma estaba presente algún tomo de su obra. Todo esto en medio de un espíritu heroico y bélico al compás de las misiones internacionalistas en Angola y Etiopía.

Fue el libro por el que la mayoría de los actuales historiadores y profesores de historia, por lo menos a los que realmente les interesaba la materia, aprendieron sobre aquel proceso. Deslumbró a toda una generación. Pero en la medida en que avanzaban los estudios históricos, actualmente varias universidades imparten la carrera de historia además de los institutos pedagógicos. Las editoriales han abierto las puertas anchas a los textos de esa especialidad. Incluso existen editoras especializadas en obras de carácter histórico.

Los dos inmensos tomos tenían una vida muy tranquila y prestigio asegurado cuando los estudiantes y los académicos chocaron con las malditas notas a pie de página. Prácticamente todas las del texto de Guerra de los Diez Años son de libros. Apenas hay una cita tomada de un archivo y, por cierto, no señala la fuente: tan solo afirma que es el diario de Céspedes, por lo que es de pensar que fue el primer diario. Esto redujo el aprecio que se tenía por el autor. En especial a partir de algunos momentos de una revisión de conceptos establecidos y que arrestados investigadores han puesto en tela de juicio, como la supuesta desaparición del aborigen o la inexistencia de la familia esclava.

Para los que nos iniciamos en los análisis de esa contienda con su obra y lo seguimos fielmente por años tratando de resolver nuestras dudas en sus páginas, fue un momento triste que tuvimos que aceptar. Quizás para algunos se convirtió en un libro más y perdió la magia con que nos acercamos a él en los años sesenta y setenta. Se convirtió en un libro que es necesario leer, pero que no es indispensable en el criterio de algunos.

Pero, ante esa crítica, podemos argumentar con sentido común que en un libro de síntesis es permitido explotar tales fuentes hasta todos los extremos. Pero, sobre todo, hay una palabra salvadora: estamos ante un gran ensayo, quizás uno de los ensayos más acabados escrito en la primera mitad de aquel siglo XX. Es cierto que hay una inmensa información detallada que no es muy común en ese tipo de obra. Pero la organización y utilización de la misma y el cúmulo de ideas novedosas para la época e, incluso, algunas no superadas todavía, nos sitúa en el sendero de ese tipo de obra. La relación de la demografía, las características geográficas y rasgos culturales comunes de los que participaron en aquella gesta es un asunto muy novedoso. La utilización de mapas, como él hizo, no era frecuente en los libros de historia.

Sigue siendo un texto orientador, se puede tener una idea de la contienda en su conjunto, pese a que hay un considerable desbalance entre su final y su inicio. Dedica el primer tomo al año 1868 y a 1869 fundamentalmente. Incluso en el segundo tomo también se le puede señalar cierto desbalance.

La obra nos gana por sus análisis mesurados en momentos en que el estudio de algunas figuras de nuestro pasado se acerca a una especie de hagiografía, digamos, científica. Guerra Sánchez trata de ser lo más objetivo posible. Incluso hasta con los defensores del imperio desdeña la pasión con que siempre se les trata y los incluye en un lenguaje abarcador y en el que se siente la separación del tiempo. En un momento en que las contiendas de independencia estaban bastante cercanas a él, vale la pena releerlo, en estos tiempos cuando no pocos estudiosos se atrincheran junto a generales y patricios o regiones históricas convertidos en ídolos intocables.

Ramiro Guerra nos seguirá acompañando más allá de las pasiones momentáneas. No se puede pensar en la Guerra Grande sin tener en cuenta su libro.


Notas:
 

[1] Instituto de Historia de Cuba, Las luchas por la Independencia Nacional y las transformaciones estructurales 1868- 1898, Editora Política, La Habana, 1996, p. 151.

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