martes, 2 de diciembre de 2014

Archivo General de la Nación: Feria del Libro de Historia Dominicana
Presentación del libro: Los alzamientos de Guayubín, Sabaneta y Montecristi. Documentos, por José M. Abreu Cardet y Elia Sintes Gómez.
Me complace presentarles esta noche un trabajo de dos buenos amigos cubanos: José Abreu y Elia Sintes; son esposos, padres y abuelos. Ambos son historiadores y, por demás, especialistas en las guerras de independencia de Cuba. Elia tiene una media docena de trabajos documentales y estudios; por su parte, Abreu tiene en su haber otros tantos libros. Ambos han recibido premios y reconocimientos por sus trabajos. No es para nada raro que le atrajese el tema de la historia de la guerra restauradora de Santo Domingo, pues constituye el antecedente más inmediato a la Guerra de los Diez Años de Cuba.
Más aún, se trata de un interés que ha venido mediado por el acercamiento a los problemas de actualidad en la historiografía dominicana: no en balde uno de los trabajos de Abreu sobre República Dominicana fue hecho en colaboración con un destacado historiador dominicano: Emilio Cordero Michel, y versó sobre la lucha contra la tiranía trujillista. Con él Abreu preparó un libro, aun poco conocido en nuestro medio: Dictadura y revolución en el Caribe: Las expediciones de junio de 1959, publicado por la Editorial Oriente de Santiago de Cuba, al cumplirse el cincuentenario de las heroicas expediciones. Otro ejemplo reciente, derivado de la colaboración con otro historiador dominicano, es el ensayo escrito por José Abreu Cardet y Luis Álvarez-López: Guerras de liberación en el Caribe hispano, 1863-1878, publicado por el AGN en 2013, obra en la que estos dos autores ponderan la importancia de las guerras antillanas en la construcción del mundo moderno.
El libro que nos ocupa el día de hoy es una recopilación de documentos que tiene una particularidad que quisiera resaltar: Se trata de una selección basada en una de las colecciones documentales más importantes con las que cuenta el Archivo General de la Nación: la Colección Cesar Herrera, formada por este historiador con las transcripciones que encargara a varios copistas del Archivo General de Indias, cuando Herrera desempeñaba funciones de historiador y diplomático en la ciudad de Sevilla en los años 50 del pasado siglo.
Pese a su importancia para el estudio de la Anexión a España y la Guerra Restauradora, salvo excepciones como Jaime de Jesús Domínguez y Luis Álvarez López, la Colección ha sido relativamente poco explotada por los historiadores contemporáneos. La elección hecha por Abreu y Elia Sintes de concentrarse en dicha Colección Herrera ha tenido la fortuna de darnos, además de la selección documental, otros estudios.
Presentamos hoy es la segunda entrega de los autores sobre la Guerra de la Restauración. La selección de documentos hecha por José Abreu y Elia Sintes a partir de la recopilación realizada por César Herrera en el Archivo General de Indias cubre tres momentos o tres insurrecciones previas al establecimiento del gobierno de la República Dominicana en armas. Le antecede El alzamiento de Neiba: Acontecimientos y documentos (Febrero de 1863), también incluido en la colección general del AGN y corresponde al volumen 151, publicada en el año 2012. La tercera entrega trata sobre la insurrección de agosto de 1863 que culmina con la instalación del Gobierno Restaurador en la ciudad de Santiago.
Los alzamientos de Guayubín, Sabaneta y Montecristi. (Documentos), como dijimos, constituyen la continuación de la selección y cubre el segundo momento insurreccional de los dominicanos contra la Anexión a España. Como la anterior, los documentos recogidos están marcados por el juicio comparativo de los autores, quienes proyectan en la historia antillana los alcances de esos alzamientos.
Destacan el pasado violento del Caribe, en particular, la violencia colonial asociada a la esclavitud, incluso refieren “que es todo un símbolo que este gigantesco lago encerrado entre las islas y el continente tomase su nombre de sus vecinos más fieros” (p. 7). Pero es la historia del colonialismo provocado por la expansión capitalista la que da la nota general: “Las Antillas y en general el Caribe, han recibido especial atención de las grandes potencias que aquí han tenido colonias y neo-colonias: Francia, Inglaterra, Estados Unidos, Holanda, España y hasta las nórdicas Suecia y Dinamarca. Los alemanes llegaron a tener una explotación en Maracaibo. Este interés desmedido ha despertado ambiciones y contradicciones, solucionadas las más de las veces a cañonazos”(ídem).
Los alzamientos en la zona noroeste a que se refieren los documentos seleccionados en este volumen tuvieron lugar en febrero de 1863, al igual que los de Neiba en el suroeste. Ambos fueron rápidamente aplastados y reducidos a prisión sus dirigentes. Aquí entra en juego la Comisión Militar Ejecutiva y Permanente, una institución que también han seguido los autores con el ánimo comparativo, ya que la misma surgió en España durante los primeros años del siglo XIX[1], es trasladada a Cuba en la década de los años veinte y traída de allí a Santo Domingo en la época de la anexión, en las antillas cumplió especiales papeles represivos contra la población:
“Fue esta tenebrosa institución –escriben los autores- la encargada de acometer la investigación, por lo que el historiador cuenta con una información de primera mano, no solo para reconstruir aquellos acontecimientos, sino para conocer la sociedad dominicana, incluso, otros asuntos, como la vida material y la cotidiana, pues en los interrogatorios hay referencia a construcciones, calles, medios de transporte, etc.
“Existe el criterio de que tales interrogatorios no son confiables, pues se da por descontado que los detenidos mintieron para eludir la justicia. La afirmación es cierta. Personas que sabían que podían ser condenadas a prisión, e incluso a muerte, debieron de ocultar su participación en la revuelta.
“Pero como las autoridades contaron con tiempo y todos los recursos para llevar a cabo la investigación por medio de testigos, careos e interrogatorios muy bien estructurados, lograron, en general, determinar el desarrollo de los acontecimientos y la participación de los acusados con gran precisión”(pp. 8-9).
En el estudio preliminar están descritos los acontecimientos de febrero de 1863, esto es, los hechos de las conspiraciones y los alzamientos en Guayubín, Sabaneta y Montecristi, tal como son estudiados por nuestros autores desde los documentos, poniendo cuidado en las declaraciones, tanto en lo que dicen como en lo que ocultan. También con el conocimiento que da la perspectiva más amplia que sitúa la coyuntura entre, por una parte, las presiones de Haití, interesada en “poner fin al dominio español en Santo Domingo”, una potencia esclavista; por “la otra, los intereses expansionistas de los Estados Unidos en el Caribe.” Como bien señalan, Elia y Abreu: “Ambos intereses eran un estímulo para los sublevados” (p. 15).
La selección contenida en esta segunda entrega abarca los siguientes cuatro expedientes, dos de ellos procedentes de los tomos encuadernados y otros dos de las Cajas o legajos de los documentos transcritos:
1)     Expediente de la Comisión Militar Ejecutiva Permanente sobre la insurrección de Guayubín del 22 de febrero de 1863. (Iniciado el 3 de marzo y concluido el 14 de julio de 1863). AGN, Fondo César Herrera, tomo 28.
2)     Expediente de la Comisión Militar Ejecutiva Permanente sobre la insurrección de Guayubín, Sabaneta, Montecristi y Santiago, 24 y 25 de febrero de 1863. AGN, Fondo César Herrera, tomo 26.
3)     Expediente de la Comisión Ejecutiva y Permanente sobre la insurrección de Santiago de febrero de 1863. . AGN, Fondo César Herrera, Legajo 24.
4)     Expediente con la del Capitán General de Santo Domingo sobre las insurrecciones en la provincia de Santiago y las disposiciones adoptadas para sofocarla. Santo Domingo, 4 de marzo -11 de septiembre de 1863. . AGN, Fondo César Herrera, Legajo 23.
Por un inadvertido desliz en el cuidado de la edición casi desaparece la referencia a que los documentos seleccionados se hallan depositados en el Archivo General de la Nación en la Colección César Herrera, la cual ponderan los autores en la presentación de su libro. Así, por las referencias que encabezan los documentos pareciera que la compilación se ha hecho directamente del Archivo General de Indias, de donde procede en efecto los documentos que copió Herrera. Además, al reiterarse en cada pieza la referencia, pareciera que se trata de documentos sueltos, cuando en realidad forman parte de un expediente que preparara la Comisión Militar Ejecutiva Permanente que ya referimos antes. Salvo esos y otros deslices, más o menos dispensables, de los cuales no son responsables nuestros autores, la recopilación de Abreu y Sintes nos adentra sin duda en lo más significativo de los documentos de la Colección Herrera para conocer los antecedentes inmediatos de la Guerra de la Restauración, situados ya en el contexto más amplio de los intereses geopolíticos en el Caribe en la coyuntura de un mundo en cambio.
Muchas gracias.

Santo Domingo, 8 de octubre de 2014.


[1] Cfr. José Abreu Cardet y Elia Sintes Gómez, El alzamiento de Neiba: acontecimientos y documentos (Febrero de 1863), Santo Domingo, AGN, 2012, p. 55.

José Abreu Cardet, Las fronteras de la guerra. Mujeres, soldados y regionalismo en el 68



José Abreu Cardet, Las fronteras de la guerra. Mujeres, soldados y regionalismo en el 68

Laura Muñoz Mata

Santiago de Cuba, Editorial Oriente, 2007, 192 p. (Colección Historia, Bronce)

Instituto de Investigaciones Dr. José María Luis Mora.

Cuando pensamos en libros que hablan de la guerra, en general imaginamos descripciones de batallas. Muchos de esos libros son en realidad cantos épicos a determinada gesta en la que se destacan héroes que poco tienen de humanos. Y si no es esto, se trata de libros que enfatizan el preciosismo de la estrategia militar o la pertinencia del análisis geopolítico. En la contraparte, este libro del historiador cubano José Abreu Cardet nos llama la atención por su manera de abordar el tema de la guerra de los diez años, que se inscribe en lo que podríamos llamar la historia de las mentalidades, entremezclado con planteamientos muy desarrollados en aquella abundante bibliografía de hace unas décadas, que subrayaban la importancia de las redes y lazos familiares.
El autor se muestra más interesado en rescatar una serie de mecanismos que dieron contenido a "ese mundo espiritual y material que consolidó la resistencia por diez años" y que apuntan a conocer las mentalidades colectivas. Le interesa, pues, la otra cara de la guerra, la que tiene que ver con la dimensión humana, con la vida diaria, con sus logros, iniquidades, solidaridad, con sus dinámicas.
Se trata de un texto de escritura clara, amena, y a veces de tono personal. Está formado por 13 pequeños capítulos, articulados en torno a seis temas: la familia, el regionalismo, el abastecimiento, las creencias, el culto al pasado heroico y la "práctica" democrática, temas que van siendo desarrollados por separado y cuando es necesario, de manera intercalada. El dicho del autor se basa en diversas fuentes, especialmente en diarios y correspondencia de los líderes revolucionarios, en los papeles de diversos mambises, y toma mucha información de una amplia bibliografía dedicada a diversos personajes en la que se recogen los testimonios de estas figuras distinguidas. Cuando habla de los mambises del común, sus opiniones tienen mucho de apreciación, de colegir de otros testimonios, de confrontar las opiniones de los líderes, de leer entre líneas la documentación revisada.
Al autor le interesa la guerra, pero no la dimensión militar, le interesan otros temas, también propios de la guerra y que no son usualmente tratados al privilegiarse las gestas heroicas, los desplazamientos, la estrategia. Llama a leer entre líneas en los relatos, por ejemplo, cuando en los testimonios se hace tanta alharaca por haber disparado de cerca, o luchado cuerpo a cuerpo, apunta que eso puede interpretarse como que no era lo usual, lo que ocurría con mayor frecuencia, sino más bien lo excepcional.
De entrada, el autor afirma que si se examina con cuidado la historia de la guerra de 1868, es evidente que en buena medida fue organizada por un grupo de parientes pertenecientes a antiguas familias criollas del oriente y el centro de la isla, tal vez sin la riqueza material de otros tiempos, pero sí con el caudal cultural y el orgullo de la estirpe, familias que establecieron lazos de solidaridad muy estrechos basados en los vínculos de parentesco. Ante la ausencia de una cultura bélica, de una práctica militar, lo real era contar con la lealtad de los parientes, de los amigos del vecindario de origen, "el vínculo familiar podía sellar una alianza difícil de romper por peligrosas que fueran las circunstancias" (p. 10). Existía un concepto elevado de lo que eran las relaciones familiares, la carga peyorativa que hoy tiene el nepotismo no tenía cabida entonces. Por supuesto que también eran necesarias las características personales para ganarse el liderazgo.
La familia jugaba también otro papel que el autor resalta en su estudio, como apoyo anímico, mismo que tenía un efecto contradictorio porque al mismo tiempo que proporcionaban este sustento, las familias que seguían a los combatientes se convertían en una carga , una carga muy pesada, que hacía muy difíciles los movimientos y la defensa, y constituían un punto vulnerable que requería una gran cantidad de efectivos para proteger y resguardar la seguridad de mujeres, niños y ancianos. Entonces, en este libro encontramos a los héroes de otros relatos, a aquellos proceres obstinados en la independencia, pero aquí los encontramos preocupados por el bienestar de sus familias, por la seguridad de éstas, por suministrar bastimento a sus tropas.
El tema que Abreu aborda enseguida es el del regionalismo, que ha sido uno de los asuntos identificados como causante de conflictos que llevaron a enfrentamientos y al fracaso en la guerra. Aquí en cambio, es visto como algo natural, en el sentido de que era más accesible para alguien que era del lugar obtener apoyo, conseguir la cooperación de los vecinos en términos de sustento y de aporte para las fuerzas, el tener ascendiente. Ser de un lugar favorecía el prestigio de los líderes y les permitía hacerse fuertes en sus localidades. "El hecho de conocer y ser conocido en una región determinada era de un incuestionable valor práctico" (p. 47). "Somos fuertes porque estamos en localidades conocidas" decía uno de esos líderes, (p. 69). En varios casos, los dirigentes llevaban a cabo la mayoría de las operaciones en la jurisdicción donde habían nacido, crecido, residían sus parientes y eran más conocidos. Resulta interesante el planteamiento que hace nuestro autor en el sentido de "comenzar los estudios sobre el regionalismo viendo las posibilidades de cada región para enviar hombres a otro lugar, más que concentrarse en lo que pensaban o dejaban de pensar determinadas figuras de la guerra de 1868", (p. 57), pensar, pues, en la cantidad de hombres que tenía el ejército libertador y en la capacidad de movilizarlos de un lugar a otro, en la posibilidad real de llevar a cabo estas acciones. ¿Eran capaces de mantener la protección a las familias y prefecturas y al mismo tiempo emprender acciones fuera de su territorio? Es una pregunta a responderse, más allá del reparo de que las regiones también expresaban cotos de poder y la ambición de mantenerlo.
El siguiente tema desarrollado se refiere al abastecimiento, a los diversos mecanismos utilizados para allegarse vituallas y armamento. Una de las formas más usuales era a través de los saqueos al enemigo, a tal grado que era una de las motivaciones para los enfrentamientos. Aquel que lograba asaltar un poblado y capturar artículos generosamente surtidos, "alcanzaba el respeto entre sus soldados, quizá incluso con muchas más razones que si hubiera liquidado una columna contraria". La preocupación mayor era buscar alimentos para la tropa. El ataque se convertía en una catarsis, pero la motivación primaria era conseguir el botín para subsanar necesidades apremiantes. Ahora bien, también era causa de perdición, porque la revancha española era inminente y las persecuciones sin tregua. En ocasiones, la abundancia llevaba a cometer imprudencias, dejando rastros con los animales muertos o con los restos abandonados en los caminos, o bebiendo tanto que facilitaban que los cercaran y no pudieran defenderse. Ese comportamiento llevó a la inminencia de poner orden en las filas rebeldes.
Las creencias en diferentes niveles ocupan otro de los capítulos: las diversas religiosidades, la devoción a la virgen de la caridad del cobre, la masonería, la solidaridad como un valor supremo, etc. De igual forma, se abordan las formas de divertirse.
El siguiente tema privilegiado en el análisis está relacionado con la necesidad de estos grupos de crear una historia, de construir una memoria, de seguir un legado. Según Abreu, era una forma de enfrentar la incertidumbre de la guerra. El capítulo en el que se desarrolla este asunto es uno de los más sugerentes y lleva a diversas reflexiones.
Finalmente, el autor hace referencia a los enfrentamientos, de individuos y de criterios, "tal parecía que no se estaba de acuerdo con nada ni con nadie" (p. 136) dice en uno de los apartados. Este enfrentamiento llevaba a la proliferación de chismes y rencillas, pero también a tratar de someter a consenso cualquier decisión. La idea romántica de los seres superiores enfrascados en la lucha por la libertad se mundaniza al conocer los deseos, los anhelos, las ambiciones, las rencillas, los sentimientos de los seres humanos debajo de la armadura de bronce que la historia y la historiografía les ha puesto. Tal pareciera que la labor principal de Abreu es deconstruir una serie de imágenes que la literatura ha reproducido. Entre ellas el comportamiento de algunos líderes, llevándolos a su dimensión humana, llena de celos, de envidias, de competencias. Además de las cuestiones de mando había discordia en el tema del tratamiento dado a los subordinados. Nadie quedaba a salvo de ese mundo de intrigas y en algunos casos la evidencia no era la confrontación sino el abandono, como le ocurrió a Bartolomé Masó.
A demás de los seis temas principales aparecen otros asuntos como la cuestión del racismo, que según Abreu, pierde espacio paulatinamente en la Cuba mambisa. El papel de las mujeres, importante en la reproducción de una vida diaria que hacía llevadera la lucha con su labor como compañeras, amantes, o cuidando a los enfermos y heridos, es rescatado por este historiador holguinero, quien también usa una manera elusiva de tocar el tema al titular el apartado "ese sentido de lo intangible". Otro de los temas derivado es el de las altas y bajas en el ejército, ¿cómo se lograban? ¿qué motivaba a la gente a seguir a sus líderes, a resistir ante la adversidad o a presentarse a los españoles o a abandonar al grupo?.
En suma, podemos afirmar que todo el relato del libro busca humanizar el proceso de la guerra y lo logra, hablando de las cosas cotidianas, de las preocupaciones inminentes de los líderes para resolver las necesidades primarias y apremiantes de sus tropas: seguridad, alimento, armas. De esas preocupaciones se ocupa el autor tanto como de las intrigas, las mezquindades y para cada caso pone una serie de ejemplos. También habla de las contradicciones de la guerra, de la necesidad de ganar adeptos y de las acciones que llevaban al resultado contrario. Todo aquello que a su juicio sirvió para sustentar la resistencia, para llevar la guerra a prolongarse en el tiempo y a desgastar al enemigo.
Para finalizar, quiero señalar que libro refleja una historia compleja que necesita atención para desentrañar el entramado de una población en guerra. Es un libro sugerente y su lectura puede ampliarse, definitivamente, si lo pensamos como un binomio que sin duda forma con otro libro del autor, Introducción a las armas. La guerra de 1868 en Cuba, de 2005, en el que el caudillismo, el regionalismo y la familia son los ejes del análisis y no sólo en referencia a las grandes figuras, se incluye también a los caudillos de barrio situándolos en un plano territorial.