miércoles, 28 de mayo de 2014

VISIÓN DE CALIXTO SOBRE LOS MAMBISES EXTRANJEROS EN EL 68



VISIÓN DE CALIXTO SOBRE LOS MAMBISES EXTRANJEROS EN EL 68 
Por José Abreu Cardet
Calixto García en el año 1874 escribió un diario personal. En el vierte criterios muy interesantes sobre la vida en el campo insurrecto.   Uno de estos es su opinión sobre los militares extranjeros que tomaron parte en la guerra de Cuba. Desde el mismo inicio de la guerra una gran cantidad de hombres solidarios con la causa cubana se unieron a las fuerzas libertadoras. Varios de ellos alcanzaron altos cargos y grados en las fuerzas revolucionarias. La participación de estos en la contienda se ha analizado emotivamente pero pocas veces con objetividad de su papel desde el punto de vista bélico.  El 13 de enero de 1874 anoto Calixto en su diario.
 “Sali para el Realengo y dejé encargado del  campamento al General Barreto. (1)Este jefe ha llegado en la última expedición del Virginius, (2) es venezolano y me parece que  no deba ser malo, pues no le falta valor y actividad - Yo deseo que asi resulte pues esta guerra la desgracia que todos los jefes venidos del extranjero hayan carecido de aptitud  para nuestra clase especial de guerra y esto ha hecho que en el país gocen de poca simpatía. Debo empero exceptuar algunos, entre ellos a los dominicanos, que han sido verdaderamente nuestros maestros y que han hecho la guerra en Cuba con cuantos recursos le ha sugerido su inteligencia.

Este criterio hay que analizarlo en el contexto del momento. La mayoría de estos extranjeros  provenían  de ejércitos regulares, por lo que les  fue muy difícil adaptarse al tipo de contienda que se desarrollaba en la isla, con la excepción  de los dominicanos como el aclara y a quienes llama “nuestros maestros”. Los dominicanos habían participado en varias guerras en su país. Como las que sostuvieron contra Haití, las contiendas civiles y la de independencia contra España. Esto les permitió tener una gran experiencia en las luchas irregulares. En las referidas guerras se utilizó fundamentalmente la guerrilla. Por lo que los dominicanos tenían una gran experiencia de ese tipo de guerra.    Este reconocimiento, en especial hacia Máximo Gómez, quedo explícito en la guerra de 1895. A los pocos días de su llegada a Cuba al frente de una expedición le escribió al general dominicano  sobre su hijo Carlos que lo acompañaba “…deseo lo enseñe usted a pelear como enseñó a su padre”. (3) Al referirse a  Mario García Menocal en carta a Gómez del 21 de marzo de 1898 hace un razonamiento similar “… yo he hecho con Menocal lo que en el 68 hizo Usted conmigo, es decir, le he enseñado hacer nuestra guerra…” (4) Pero para analizarlos debemos de tener en cuenta que muchos mambises extranjeros desempeñaron un importante papel en la guerra prácticamente hasta el final de esta. Incluso cuando ya los cubanos habían alcanzado una gran experiencia. Por lo que el criterio de Calixto García hay que someterlo una cuidadosa crítica y verlo en cada caso concreto.   Independientemente de la capacidad y la formación de estos extranjeros todos tienen una pasión en común: luchar por Cuba Libre. No esperaban recompensa materiales. Contra ellos se ensaño el odio colonialista. Al caer prisioneros eran casi por regla ejecutados.   Incluso no pocos han sido olvidados por la historiografía cubana. Hoy es un deber de los estudiosos del pasado de la isla rescatar el ejemplo de abnegación de aquellos hombres.

NOTAS

1--José Miguel Barreto Pérez. Nació en 1830 en el estado de Monagas, en Venezuela y murió  en el mismo lugar el 14 de octubre de 1900.  Llegó en una expedición a Cuba y alcanzó el grado de mayor general del Ejército Libertador. Fue secretario de la Guerra.  Hecho prisionero  en octubre de 1877 fue dejado en libertad al concluir la guerra
2--Esta fue la segunda expedición del buque Virginius que llegó el 6 de julio de 1873 por la costa sur de Oriente.
3--Museo Casa Natal de Calixto García,   Centro de Información de las Guerra de independencia, Carta De Calixto García a Máximo Gómez del 26 de marzo de 1896.
4—ANC. Fondo Donativos y Remisiones.  Legajo 283. n 31.

Ramón Medina: un olvidado mambí mexicano



Ramón Medina: un olvidado mambí mexicano
Por José Abreu Cardet  
El 10 de octubre de 1868 se inició la guerra de independencia de Cuba contra España. Hombres de diversos países combatieron junto a los cubanos. Varios de ellos estuvieron vinculados al territorio holguinero.  Entre estos se encontraba el general de brigada José Inclán Risco, que fue jefe de la división mambisa de Holguín en 1871. El también  general de brigada  Gabriel González Galbán   se incorporó a las fuerzas libertadoras por el territorio holguinero. Llego a la tierra del mambí en mayo de 1869  en la expedición del buque Perrit por la península del Ramón en la bahía de Nipe. Fue jefe del estado mayor de la división de Holguín  en 1871. Mientras el coronel Felipe Herrero murió en combate, en 1874, en territorio de la jurisdicción de Holguín.
Pero no podemos pasar por alto lo que consideramos un pequeño aporte a la historiografía cubana de la guerra de independencia. Nos referimos a que hemos determinado la fecha en que murió el teniente coronel del Ejército Libertador cubano Ramón Medina. Este mexicano combatió en las fuerzas mambisas de la jurisdicción de Camaguey. En enero de 1870 se encontraba en la zona de Santa Cruz del Sur. Este era uno de los momentos más difíciles de la revolución independentista en Camagüey. Las columnas españolas invadían los campos de ese territorio sembrando la muerte y la destrucción entre las fuerzas insurrectas, en las prefecturas y en general en las familias que permanecían fieles al independentismo. Se habían iniciado las presentaciones e incluso las traiciones. Pero Ramón Medina permanecía fiel a la causa independentista.
El 21 de enero de 1870  una columna española marchaba en persecución de las familias cubana  que sobrevivían dispersas en los bosques y llanuras de la zona de Santa Cruz del Sur. Como era táctica de esas fuerzas se fragmentaban en destacamentos más reducidos que recorrían los campos en busca de enemigos o familias. Con ellos iban muchas veces experimentados guias, la mayoría cubanos traidores, especializados en encontrar y seguir a los mambises por el rastro.     El jefe de uno de esos destacamentos anoto en el diario oficial:

“A las 12 ½ de la noche que emprendió la marcha toda la columna llegando á San José de Jobabo, Sabanilla, Stª Cruz, El Quemado, Arroyo Blanco, Santa Gertrudis, llegando á la (ilegible) al rayar el dia y sin embargo de haber intentado coger las familias de las incendiadas fincas de sorpresa no fue posible conseguirlo por hallarse inhabitadas. Seguidamente salió la fuerza montada á (ilegible)  sin que tampoco hubiese persona alguna en la mencionada finca y practicando varios reconocimientos se cogió en el punto llamado Los Pedernales un cabecilla Mejicano llamado Ramón Medina Teniente Coronel de la insurrección, y con otro reconocimiento encontramos varios bultos de ropa sin duda de familias que iban huyendo cuyos bultos fueron distribuidos á voluntarios y tropa. Concluidos estos reconocimientos marchamos á incorporarnos á la columna que se encontraba en el mismo punto donde la habiamos dejado llegando á el á las 3 de la tarde. A dicha hora se fusiló el prisionero y emprendio la fuerza la marcha en dirección á Arroyo Blanco hostilizándonos el enemigo la retaguardia con cuatro disparos de fusil que no contestamos llegando al mencionado punto á las 6 y ½ de la tarde. Sin mas novedad campando en el.(1)
Sta Cruz del Sur 31 de enero de 1870
El teniente comandante
Anastacio Suarez  (2)
De esa forma este oficial colonial recogía en aquel documento la muerte del teniente coronel mambí Ramón Medina un héroe olvidado de la solidaridad con la independencia de Cuba del pueblo mexicano.

NOTAS

1—Se ha respetado la ortografía original
2-- Extracto de las operaciones practicadas en noviembre de 1869 Columna Volante Batallón Cazadores de Baza Numero 12 Archivo militar de Segovia   . Servicio histórico militar Negociado de Ultramar Documentación de Cuba.    Ponencia de ultramar Cuba 6. Legajo 4. 

MORIR DECENTEMENTE: HOSPITALES, ASILOS Y QUINTAS DE SALUD



        MORIR DECENTEMENTE: HOSPITALES, ASILOS Y QUINTAS DE SALUD

José Abreu Cardet

En el siglo XIX y en las primeras décadas del XX llego a Cuba una importante inmigración española. Sobre esa presencia extranjera se han realizado diversos trabajos. Pero pocas veces se las ha visto en el momento triste de las enfermedades y la muerte.  En este texto intentaremos conocer que atención medica recibía el inmigrante en la seudorrepública (1902 1958)
A finales de 1907 había en Cuba 56 hospitales públicos. El 30 de septiembre de ese año en ellos se encontraban internos un total de 4124 enfermos. Los españoles y canarios eran 1826 lo que representaba el 46.3 por ciento. Los extranjeros en general eran el 53.7 por ciento de los enfermos aunque tan solo sumaban el 11.2 por ciento de la población de la isla. En los asilos de ancianos casi el 9 por ciento eran  españoles y canarios. (1)
Los encargados de hacer el censo de ese año hicieron un razonamiento interesante. Según ellos: “Este exceso de extranjeros se explica  por el hecho de que comparativamente pocos de ellos tienen familias y  por eso es, que necesitan acudir a los hospitales cuando se enferman. Por encontrarse en esas condiciones los españoles han tomado sus  medidas, estableciendo numerosos  hospitales, dedicados a albergar enfermos de su propia nacionalidad.” (2)
Desde el periodo colonial fue organizada la constitución de estas quintas de salud para inmigrantes por medio del Reglamento General de Beneficencia de esta isla. Según se disponía en él:   “Subordinada la cuestión de su establecimiento a la asistencia pública supletoria de la domiciliaria, se admiten los hospitales a condición, según la Ley de Beneficencia, de constituir salas aisladas que presten cuidados a 200 enfermos que necesiten de sus servicios y de socorros facultativos...” (3)
Debían de incluir en su construcción y funcionamiento las buenas condiciones de ventilación y claridad. También se incluía la ubicación y distancia del poblado mas cercano. Estarían situados en lugares secos y elevados con vistas despejados en todo sentido.  Aislados de aguas estancadas y de focos de infección. Se escogieron fincas alejadas de los centros urbanos y cercanos a corrientes de aguas limpias.
A estos centros de salud acudían fundamentalmente enfermos, españoles, canarios baleares o sus familiares. Muchos de ellos  de clase media, otros que aunque eran obreros y campesinos tenían posibilidades  económicas, y  no querrían atenderse en los hospitales sostenidos por el gobierno donde la asistencia era mediocre y estaban ocupados en muchos casos por  menesterosos y gente en extremo pobre.
Estas instituciones de salud para los emigrantes adquieren un carácter mutualista. Entre ellas se encuentran el Centro Gallego, el asturiano,  y la Asociación de dependientes de Comercio. Este es de filiación profesional y más cosmopolita. En ciudad de La Habana  es donde se encuentran la mayor parte de estos establecimientos. En total eran unos  17.
Al concluir el dominio español en Cuba estas instituciones no desaparecen sino que fundan otras asociaciones como el centro Catalán, el Castellano, la Asociación canaria, las  Hijas de Galicia, Hijas de Canarias, etc. (4)  En 1912 habían 48 sociedades de ese tipo y en 1929 llegaban a 81. (5)
Estas sociedades tratan de tener  un local para sus funciones, fomentar escuelas de primeras letras.  Uno de sus objetivos era el fundar  quintas de salud.  En general en el siglo XX nos encontramos con unos  20 sanatorios o casas de salud para atender a los españoles en todo el país.  Si los analizamos por provincias nos encontramos con lo siguiente. En La Habana se fundan ocho,  en Pinar del Rió uno, en Oriente cinco,  en Matanzas tres,  en Las Villas dos  y  en Camagüey uno. (6) Los establecidos en Oriente están repartidos de la siguiente forma:   dos son de Santiago de Cuba,   uno en Manzanillo y uno en Guantánamo.  
La escritora asturiana  Eva Canel,  nos  dejó una descripción de  una quinta de salud establecida en la ciudad de Manzanillo, en el oriente de la isla en 1914. La descripción,  en parte idealizada, de todas formas nos puede dar una idea sobre aquellas instituciones y la atención que recibían los pacientes:
Desde la quinta de la "Colonia" se recrea la viste en el mar dulce y suave que baña un  litoral inmenso.: se ven palmares, bosques, chimeneas de centrales, sabanas de pastos y también de la planta sacarina prometedora de otra enorme zafra: el cielo, el mar, el campo de Cuba, quiere decir embriagador, balsámico, todo sé abarca desde la altura higiénica, felizmente elegida para sanatorio.
Los pabellones nuevos se estaban construyendo: los viejos no habían envejecido, por el contrario, mostraban alegre juventud: los dormitorios no son inferiores a los de la gran Quinta Covadonga, que enorgullece con razón sobrada a los asturianos de la Habana, y los muebles, los servicios, todo lo que en ellos se encuentra, resiste el parangón sin mermas ni rubores. La dirección, la administración, la sección que da cuenta de la Sanidad pueden estar muy sa­tisfechas.
Entrábamos y salíamos en las salas sorprendiéndome, admirán­dome de que tuviese la Colonia Española una quinta de salud como aquella en un pueblo que al fin no es capital de provincia ni más que Municipio.:. (7)

La existencia de estas quintas de salud fue un aporte importante a la higiene y la salud de los emigrantes canarios y españoles en general en la isla. Además que otros vecinos de la isla se podían atender en ellas. En las entrevistas que hemos realizados  a inmigrantes canarios  y sus descendientes nos encontramos que muchos se atendían en estas instituciones. En especial los que residían en ciudades y poblados.  Es cierto que estaban los límites económicos que representaba el desembolsar una cantidad para poder ser atendido. Pero en general por lo menos los servicios básicos estaban al alcance de muchos de ellos. Además era una alternativa importante a los hospitales públicos sometidos a los vaivenes de la política  de cada localidad  y la  nacional.  También eran  más asequibles  que muchas clínicas privadas.  En las quintas se podía encontrar una solidaridad basada en el origen común que no siempre existía  en las demás instituciones de salud cubanas. 
Algunas de estas sociedades crearon panteones para sus miembros como por  ejemplo de los naturales de Hortiguera que se puede contemplar desde las calles colaterales del cementerio  de La Habana.
En el caso del territorio de la actual provincia Holguín no existieron estas instituciones de salud. Pero algunos inmigrantes españoles establecidos en este territorio y que contaban con recurso para ello se atendían en esas quintas en Santiago de Cuba o La Habana.   

           NOTAS

1--Censo de la Republica de Cuba  Bajo la administración provisional de los Estados Unidos 1907 Oficina del Censo de los Estados Unidos, Washington 1908 p 138
2--Censo de la Republica de Cuba  Bajo la administración provisional de los Estados Unidos 1907 Oficina del Censo de los Estados Unidos, Washington 1908 p 141
3--Reglamento General de Beneficencia de esta isla, Habana 1861, p 21 Inciso 3 articulo 55
4--Dolores Guerra López Los Centros regionales españoles y sus quintas mutualistas en Cuba En IV Taller Internacional de problemas teóricos y prácticos de la Historia Regional y Local, La Habana, Cuba,  2002
5--  Maria del Carmen Barcia Zequeira  La inmigración masiva de Peninsulares y canarios en el contexto de la república,  Debates Americanos,  no 12, enero diciembre 2002, La Habana, p 44
6--Idem
7--Eva  Canel Lo que vi en Cuba (A través de la isla)   Imprenta y  papelería La Universal,  La Habana, 1916, pp 301- 303

martes, 6 de mayo de 2014

VISIÓN DE CALIXTO GARCIA SOBRE LOS MAMBISES EXTRANJEROS EN LA GUERRA DE CUBA DE 1868 A 1878.Por José Abreu Cardet



 

Calixto García en el año 1874 escribió un diario personal. En el vierte criterios muy interesantes sobre la vida en el campo insurrecto.   Uno de estos es su opinión sobre los militares extranjeros que tomaron parte en la guerra de Cuba. Desde el mismo inicio de la guerra una gran cantidad de hombres solidarios con la causa cubana se unieron a las fuerzas libertadoras. Varios de ellos alcanzaron altos cargos y grados en las fuerzas revolucionarias. La participación de estos en la contienda se ha analizado emotivamente pero pocas veces con objetividad de su papel desde el punto de vista bélico.  El 13 de enero de 1874 anoto Calixto en su diario.
 “Sali para el Realengo y dejé encargado del  campamento al General Barreto. (1)Este jefe ha llegado en la última expedición del Virginius, (2) es venezolano y me parece que  no deba ser malo, pues no le falta valor y actividad - Yo deseo que asi resulte pues esta guerra la desgracia que todos los jefes venidos del extranjero hayan carecido de aptitud  para nuestra clase especial de guerra y esto ha hecho que en el país gocen de poca simpatía. Debo empero exceptuar algunos, entre ellos a los dominicanos, que han sido verdaderamente nuestros maestros y que han hecho la guerra en Cuba con cuantos recursos le ha sugerido su inteligencia.

Este criterio hay que analizarlo en el contexto del momento. La mayoría de estos extranjeros  provenían  de ejércitos regulares, por lo que les  fue muy difícil adaptarse al tipo de contienda que se desarrollaba en la isla, con la excepción  de los dominicanos como el aclara y a quienes llama “nuestros maestros”. Los dominicanos habían participado en varias guerras en su país. Como las que sostuvieron contra Haití, las contiendas civiles y la de independencia contra España. Esto les permitió tener una gran experiencia en las luchas irregulares. En las referidas guerras se utilizó fundamentalmente la guerrilla. Por lo que los dominicanos tenían una gran experiencia de ese tipo de guerra.    Este reconocimiento, en especial hacia Máximo Gómez, quedo explícito en la guerra de 1895. A los pocos días de su llegada a Cuba al frente de una expedición le escribió al general dominicano  sobre su hijo Carlos que lo acompañaba “…deseo lo enseñe usted a pelear como enseñó a su padre”. (3) Al referirse a  Mario García Menocal en carta a Gómez del 21 de marzo de 1898 hace un razonamiento similar “… yo he hecho con Menocal lo que en el 68 hizo Usted conmigo, es decir, le he enseñado hacer nuestra guerra…” (4) Pero para analizarlos debemos de tener en cuenta que muchos mambises extranjeros desempeñaron un importante papel en la guerra prácticamente hasta el final de esta. Incluso cuando ya los cubanos habían alcanzado una gran experiencia. Por lo que el criterio de Calixto García hay que someterlo una cuidadosa crítica y verlo en cada caso concreto.   Independientemente de la capacidad y la formación de estos extranjeros todos tienen una pasión en común: luchar por Cuba Libre. No esperaban recompensa materiales. Contra ellos se ensaño el odio colonialista. Al caer prisioneros eran casi por regla ejecutados.   Incluso no pocos han sido olvidados por la historiografía cubana. Hoy es un deber de los estudiosos del pasado de la isla rescatar el ejemplo de abnegación de aquellos hombres.

NOTAS

1--José Miguel Barreto Pérez. Nació en 1830 en el estado de Monagas, en Venezuela y murió  en el mismo lugar el 14 de octubre de 1900.  Llegó en una expedición a Cuba y alcanzó el grado de mayor general del Ejército Libertador. Fue secretario de la Guerra.  Hecho prisionero  en octubre de 1877 fue dejado en libertad al concluir la guerra
2--Esta fue la segunda expedición del buque Virginius que llegó el 6 de julio de 1873 por la costa sur de Oriente.
3--Museo Casa Natal de Calixto García,   Centro de Información de las Guerra de independencia, Carta De Calixto García a Máximo Gómez del 26 de marzo de 1896.
4—ANC. Fondo Donativos y Remisiones.  Legajo 283. n 31.

MORIR DECENTEMENTE: HOSPITALES, ASILOS Y QUINTAS DE SALUD Por José Abreu Cardet



  



En el siglo XIX y en las primeras décadas del XX llego a Cuba una importante inmigración española. Sobre esa presencia extranjera se han realizado diversos trabajos. Pero pocas veces se las ha visto en el momento triste de las enfermedades y la muerte.  En este texto intentaremos conocer que atención medica recibía el inmigrante en la seudorrepública (1902 1958)
A finales de 1907 había en Cuba 56 hospitales públicos. El 30 de septiembre de ese año en ellos se encontraban internos un total de 4124 enfermos. Los españoles y canarios eran 1826 lo que representaba el 46.3 por ciento. Los extranjeros en general eran el 53.7 por ciento de los enfermos aunque tan solo sumaban el 11.2 por ciento de la población de la isla. En los asilos de ancianos casi el 9 por ciento eran  españoles y canarios. (1)
Los encargados de hacer el censo de ese año hicieron un razonamiento interesante. Según ellos: “Este exceso de extranjeros se explica  por el hecho de que comparativamente pocos de ellos tienen familias y  por eso es, que necesitan acudir a los hospitales cuando se enferman. Por encontrarse en esas condiciones los españoles han tomado sus  medidas, estableciendo numerosos  hospitales, dedicados a albergar enfermos de su propia nacionalidad.” (2)
Desde el periodo colonial fue organizada la constitución de estas quintas de salud para inmigrantes por medio del Reglamento General de Beneficencia de esta isla. Según se disponía en él:   “Subordinada la cuestión de su establecimiento a la asistencia pública supletoria de la domiciliaria, se admiten los hospitales a condición, según la Ley de Beneficencia, de constituir salas aisladas que presten cuidados a 200 enfermos que necesiten de sus servicios y de socorros facultativos...” (3)
Debían de incluir en su construcción y funcionamiento las buenas condiciones de ventilación y claridad. También se incluía la ubicación y distancia del poblado mas cercano. Estarían situados en lugares secos y elevados con vistas despejados en todo sentido.  Aislados de aguas estancadas y de focos de infección. Se escogieron fincas alejadas de los centros urbanos y cercanos a corrientes de aguas limpias.
A estos centros de salud acudían fundamentalmente enfermos, españoles, canarios baleares o sus familiares. Muchos de ellos  de clase media, otros que aunque eran obreros y campesinos tenían posibilidades  económicas, y  no querrían atenderse en los hospitales sostenidos por el gobierno donde la asistencia era mediocre y estaban ocupados en muchos casos por  menesterosos y gente en extremo pobre.
Estas instituciones de salud para los emigrantes adquieren un carácter mutualista. Entre ellas se encuentran el Centro Gallego, el asturiano,  y la Asociación de dependientes de Comercio. Este es de filiación profesional y más cosmopolita. En ciudad de La Habana  es donde se encuentran la mayor parte de estos establecimientos. En total eran unos  17.
Al concluir el dominio español en Cuba estas instituciones no desaparecen sino que fundan otras asociaciones como el centro Catalán, el Castellano, la Asociación canaria, las  Hijas de Galicia, Hijas de Canarias, etc. (4)  En 1912 habían 48 sociedades de ese tipo y en 1929 llegaban a 81. (5)
Estas sociedades tratan de tener  un local para sus funciones, fomentar escuelas de primeras letras.  Uno de sus objetivos era el fundar  quintas de salud.  En general en el siglo XX nos encontramos con unos  20 sanatorios o casas de salud para atender a los españoles en todo el país.  Si los analizamos por provincias nos encontramos con lo siguiente. En La Habana se fundan ocho,  en Pinar del Rió uno, en Oriente cinco,  en Matanzas tres,  en Las Villas dos  y  en Camagüey uno. (6) Los establecidos en Oriente están repartidos de la siguiente forma:   dos son de Santiago de Cuba,   uno en Manzanillo y uno en Guantánamo.  
La escritora asturiana  Eva Canel,  nos  dejó una descripción de  una quinta de salud establecida en la ciudad de Manzanillo, en el oriente de la isla en 1914. La descripción,  en parte idealizada, de todas formas nos puede dar una idea sobre aquellas instituciones y la atención que recibían los pacientes:
Desde la quinta de la "Colonia" se recrea la viste en el mar dulce y suave que baña un  litoral inmenso.: se ven palmares, bosques, chimeneas de centrales, sabanas de pastos y también de la planta sacarina prometedora de otra enorme zafra: el cielo, el mar, el campo de Cuba, quiere decir embriagador, balsámico, todo sé abarca desde la altura higiénica, felizmente elegida para sanatorio.
Los pabellones nuevos se estaban construyendo: los viejos no habían envejecido, por el contrario, mostraban alegre juventud: los dormitorios no son inferiores a los de la gran Quinta Covadonga, que enorgullece con razón sobrada a los asturianos de la Habana, y los muebles, los servicios, todo lo que en ellos se encuentra, resiste el parangón sin mermas ni rubores. La dirección, la administración, la sección que da cuenta de la Sanidad pueden estar muy sa­tisfechas.
Entrábamos y salíamos en las salas sorprendiéndome, admirán­dome de que tuviese la Colonia Española una quinta de salud como aquella en un pueblo que al fin no es capital de provincia ni más que Municipio.:. (7)

La existencia de estas quintas de salud fue un aporte importante a la higiene y la salud de los emigrantes canarios y españoles en general en la isla. Además que otros vecinos de la isla se podían atender en ellas. En las entrevistas que hemos realizados  a inmigrantes canarios  y sus descendientes nos encontramos que muchos se atendían en estas instituciones. En especial los que residían en ciudades y poblados.  Es cierto que estaban los límites económicos que representaba el desembolsar una cantidad para poder ser atendido. Pero en general por lo menos los servicios básicos estaban al alcance de muchos de ellos. Además era una alternativa importante a los hospitales públicos sometidos a los vaivenes de la política  de cada localidad  y la  nacional.  También eran  más asequibles  que muchas clínicas privadas.  En las quintas se podía encontrar una solidaridad basada en el origen común que no siempre existía  en las demás instituciones de salud cubanas. 
Algunas de estas sociedades crearon panteones para sus miembros como por  ejemplo de los naturales de Hortiguera que se puede contemplar desde las calles colaterales del cementerio  de La Habana.
En el caso del territorio de la actual provincia Holguín no existieron estas instituciones de salud. Pero algunos inmigrantes españoles establecidos en este territorio y que contaban con recurso para ello se atendían en esas quintas en Santiago de Cuba o La Habana.   

           NOTAS

1--Censo de la Republica de Cuba  Bajo la administración provisional de los Estados Unidos 1907 Oficina del Censo de los Estados Unidos, Washington 1908 p 138
2--Censo de la Republica de Cuba  Bajo la administración provisional de los Estados Unidos 1907 Oficina del Censo de los Estados Unidos, Washington 1908 p 141
3--Reglamento General de Beneficencia de esta isla, Habana 1861, p 21 Inciso 3 articulo 55
4--Dolores Guerra López Los Centros regionales españoles y sus quintas mutualistas en Cuba En IV Taller Internacional de problemas teóricos y prácticos de la Historia Regional y Local, La Habana, Cuba,  2002
5--  Maria del Carmen Barcia Zequeira  La inmigración masiva de Peninsulares y canarios en el contexto de la república,  Debates Americanos,  no 12, enero diciembre 2002, La Habana, p 44
6--Idem
7--Eva  Canel Lo que vi en Cuba (A través de la isla)   Imprenta y  papelería La Universal,  La Habana, 1916, pp 301- 303





MANOLITA Y ANTONIO: AMOR Y MUERTE EN LA TIERRA DEL MAMBÍPor José Abreu Cardet





El 26 de septiembre de 1873 las fuerzas de Calixto García derrotaron en Santa María de Ocujal, territorio entonces de la jurisdicción de Holguín y que hoy forma parte de Tunas, a una poderosa columna española. Capturaron a un grupo de militares a los que se les perdonó la vida. Tres de ellos fueron enviados por Calixto García a presencia del presidente Carlos Manuel de Céspedes que en esos momentos se encontraba en el sur de Oriente.  Escoltados por ocho  mambises el grupo de prisioneros atravesó gran parte de las llanuras del Cauto.  Uno de aquellos prisioneros, Antonio del Rosal y Vázquez de Mondragón, al ser liberado por los mambises escribió sus memorias de su estancia en Cuba libre.  Parte de los avatares de estos prisioneros y su escolta lo tratamos en el artículo publicado en esta columna titulado: HOLGUÍN MAMBÍ: LA VISIÓN DE UN PRISIONERO DE  CALIXTO GARCÍA.  Retomamos el hilo de aquella narración reproducimos textualmente otra parte de las memorias  de Antonio del Rosal. En esta ocasión nos referimos a su encuentro con una joven mambisa y la tierna relación que se desarrolló entre ambos teniendo como escenario la guerra a muerte que se desarrollaba entre cubanos e insurrectos. 
Tomamos ese fragmento de la segunda edición, publicado por la Imprenta del Indicador de los Caminos de Hierro, Costanilla de los Ángeles, 3 MADRID, 1879. Hemos respetado la ortografía original. Antonio del Rosal incluyo en su texto varias notas aclaratorias. Nosotros pusimos otras para que el lector tenga más información. Aclaramos las notas escritas por Antonio del Rosal  indicando entre paréntesis su origen.   El capítulo que reproducimos es el que el autor tituló como: LAS  CALABAZAS DE MANOLITA.    Sin más acompañemos a este oficial hispano por los senderos de la tierra del mambí.

 LAS  CALABAZAS DE MANOLITA. 

Día 5. (1)
Desperté muy temprano, y me lavé los pies y las manos en un charco de agua llovediza.
Yo usaba unas polainas de ante, que eran la codicia de Barona, (2) quien no desperdiciaba ocasión de hacerme comprender su deseo de poseerlas. Con una seriedad nada tranquilizadora, me dijo que se apoderaría de ellas cuando yo muriese, lo que creía había de suceder pronto, pues que á la menor sospecha que concibiese de que yo intentaba evadirme, me daría muerte. (3)No quise darme por entendido de sus indirectas tan directas, pero le regalé las polainas, para evitarle sospechas.
Llegó el medio día, y nada habíamos comido. Tenía hambre, y Barona, en vez de comida, me brindó con un paseo al bojio de la muchachita, como él llamaba á la joven de quien con tanto entusiasmo me había hablado la noche anterior.
¡Para muchachitas estaba yo!
Apetito de pan, que no de niñas, era lo que yo tenía; pero Barona no podía resistir el deseo de lucir mis ó mejor dicho, sus polainas, y era preciso acompañarlo.
Lo seguí con mucho trabajo: era la primera vez que yo andaba descalzo, y ya he dicho cuan malos estaban mis pies.
Afortunadamente no distaba mucho la vivienda de mi hermosa desconocida, y sin embargo, llegué á ella con las plantas chorreando sangre. A pesar de todo, me alegré mucho de haber ido allá.
En un pequeño ranchito, tendida indolentemente sobre una hamaca de yarey, (4)vi una niña de catorce ó quince años, que encontré encantadora. Tenía grande todo lo qué es feo siendo pequeño, y pequeño lo que no es bonito siendo grande; esto es, que eran pequeños sus pies, sus manos, su cintura y su boca, y grandes sus ojos, sus cejas, sus pestañas y su seno. Las dos hileras de sus apretados y menudos dientes, eran tan blancas como negros sus ojos, sus cejas y su pelo, partido en dos grandes trenzas. Era de raza blanca, pero trigueña y pálida, como casi todas las cubanas, y su ligero traje ó túnico, permitía admirar la belleza de sus formas. Consistía en un ropón á mañera de bata, sumamente descotado, y unas cutaritas primorosamente tejidas. Debía ser muy buena.
Cuando me vio se incorporó un poco en la hamaca, me miró los pies, y exclamó compasivamente, con esa graciosa pronunciación cubana, que tanto agrada en las mujeres: 
- Miren, el pobre, descalcito! ¡Con unos pies tan pequeñitos que tiene!, parecen criollos! (5)
Y volviéndose á Barona, añadió:
— ¿Es este español el que no quiso rendirse al moreno! (6)
— Este es, contestó Barona.
— ¿Lo van Vds. á matar? 
— ¡Ps! Eso será lo más probable.
— Pues mire, eso es una maldad.
Se levantó de la hamaca y se sentó en la barbacoa haciéndome sentar á su lado.
Me hizo que la contara todos los detalles que ocurrieron en el acto de hacerme prisionero, y pareció entusiasmarse mucho con mi proceder en aquella ocasión.
Yo estaba encantado. Barona nos miraba con ojos celosos.
A poco se unieron á nosotros una vieja blanca, otra negra, y un negro joven y guapo, hasta donde puede ser guapo un negro. (7)
La jovencita nos dio á cada uno un cigarro,(8) que todos chupamos con delicia, incluso ella, en cuya preciosa boca hubiera sido de mejor efecto un caramelo.
Debajo de la barbacoa había una gran calabaza.
Ya he dicho que yo estaba hambriento, y es fácil comprender que la presencia de aquel comestible alarmó mi estómago.
La niña no separaba de mi sus ojos. Yo no separaba los míos... de la calabaza, Manolita (porque la llamaré Manuela) me gustaba mucho, muchísimo, y sus irresistibles encantos me hacían sentir de una manera violenta; pero... ¡la calabaza!...
Y es que amar es bueno; pero comer, cuando se tiene hambre, bueno, bueno.
Mi linda mambisa hubo de notar mi distracción, y siguiendo la dirección de mi vista, encontró el objeto que le robaba mi atención.
¡Una calabaza! ¡Horror!
Pero no se incomodó, como parecía lógico, ante tamaña decepción; antes pareció comprender el lastimoso estado de mi estómago, y me dijo con una vocecita parecida á un canto;
— ¿Tiene hambre, don teniente?
—No, china (9) , — le contesté.
No sé qué entonación le di á aquel no: debió ser muy parecido al sí, porque ella lo tradujo de ese modo, y cogiendo la calabaza con sus pequeñas, torneadas y sedosas manos, salió del rancho y diciéndome:
—Venga conmigo, que va á comer.
He dicho pequeñas, torneadas y sedosas manos, sólo por galantería y gratitud; mas ni eran torneadas, ni tampoco sedosas. Pequeñas, si, muy pequeñas y á no estar sucias, hubiesen sido primorosas.
La seguí, y nos fuimos á situar á una buena distancia de las otras personas, que en aquel momento me pareció que no existían. Para mí, no había en el mundo otra cosa que la calabaza y Manolita.
Ya no me dolían los pies.
Entre los dos reunimos un montoncito de leña seca, debajo del cual colocó Manolita un ascua, y tratamos de hacer que ardiera, soplando cada uno de nosotros por un lado.
Uno enfrente del otro, de rodillas y con las manos apoyadas en el suelo, dejábamos alternativamente de soplar para mirarnos y de mirarnos para soplar.
Esta faena, que á su principio asumía toda nuestra atención, fué poco á poco perdiendo su vigor.
Por último, dejamos de soplar. Se me olvidó por un momento la calabaza.
Cuando la lumbre estuvo prendida, cogió la niña la codiciada fruta, la partió en dos pedazos y la destripó, con gran sentimiento mío, que hubiera deseado comérmelo todo.
El hambre había recobrado su imperio.
Con gran contento vi que no la despojaba de la cascara, para ponerla al fuego; y mientras se asaba, entretuve mi impaciencia con una sabrosa plática de amor.
Una vez asada, me presentó los dos pedazos; y aunque mi voluntad era coger el más pequeño, según conviene á la buena crianza, no pude remediarlo, y una fuerza irresistible impulsó mis manos hacia la parte mayor.
— Todo para tí, — me dijo Manolita.
Avergonzado de mi glotonería, repliqué:
— No, chinita, quiero que comamos los dos.
— Bueno, tomaré un poquito por darte gusto, pero no tengo gana: me agrada más verte comer.
Empecé mi comida, sin dejar de mirarla.
Ella, muy gozosa con haber podido hacerme aquel obsequio tan oportuno, me miraba cariñosamente, y. también comió un pequeño trozo de la calabaza.
Sonreía, como deben hacerlo los ángeles.
Yo también... comía como comen las personas cuando tienen hambre.
El recuerdo de Peñalver acudió á mi mente, para amargar mi dicha; el deber de compañero me obligaba á darle parte en mi festín, mientras el egoísmo me aconsejaba lo contrario.
Reservé, no obstante, para él la mitad de mi comida.
Barona me llamó.
Vino abajo el castillo de naipes de mi momentánea felicidad.
La voz desagradable del mulato me recordó que estaba prisionero y acaso muy próximo el día de mi muerte: un velo de tristeza empañó mi rostro, retratando el dolor que sentía mi corazón.
También Manolita se puso triste. Nos separamos con pena, y llevándome dos hojas de tabaco, que me regaló, me marché con Barona, que me miraba de un modo feroz.
Creí que me iba á matar.
Queriendo desenojarlo, no me di por entendido de su celoso despecho, y le hablé con tanta indiferencia de Manolita y con tanto entusiasmo de la calabaza, que logré persuadirlo de que el hambre, y no el amor, era lo que me dominaba, consiguiendo hasta hacerle reír con algunos chistes que se me ocurrieron.
Llegamos á nuestro campamento.
Peñalver (10) estaba muy malo; tenía calentura.
Y hambre también tenía, mucha hambre.
iCalentura y hambre! ¡Qué rareza!
Yo no tengo mala intención, y sentía la enfermedad de mi compañero; pero, francamente, ya que no me era posible ponerlo bueno, hubiera deseado que su calentura hubiese estado acompañada del desgano con que acostumbran á usarla los mortales.
Con calentura ó sin ella, dio un pedazo de calabaza á Giraldo (11) y devoró lo demás. Nos fumamos después un cigarro cada uno, y ya no nos movimos hasta que se hizo de noche.
Antes de dormirnos sentimos un pequeño ruido en un árbol. Los mambises escucharon con atención, y reconocieron ser una jutia que se proponían cazar al día siguiente; podíamos, por lo tanto, abrigar la esperanza de comer carne.
La herida de la cabeza y las llagas de los pies me atormentaban muchísimo, pero logré conciliar el sueño, y dormí bien.
Día 6
Apenas amaneció, nos aprestamos para dar caza á la jutia, que la noche anterior se había dejado oír. Al efecto rodeamos el árbol que la ocultaba en su copa, y armándonos cada uno de un buen palo, esperamos con impaciencia el momento de obrar.
Crescencio (12) trepó al árbol con el machete en la mano, y empezó á perseguir de rama en rama al pobre animal: cuando éste llegó á lo más alto de su refugio y comprendió la imposibilidad de librarse de los golpes de su enemigo, dio un salto y se arrojó al suelo.
Ya habían terminado las funciones de Crescencio, y debían empezar las nuestras. Todos nos habíamos forjado la agradable ilusión de regalarnos con un pedazo de la asquerosa alimaña; mas no debía ser así. Quiso nuestra mala ventura que cayese por el sitio que ocupaba Giraldo, quien, con su nunca desmentida torpeza, dio doscientos palos en el suelo y ninguno en Ia jutia que logró por fin escapar.
No es posible pintar nuestro desaliento, ni tampoco la cara de cómico terror que puso Giraldo, al ver que todos reprendían agriamente su torpeza. Yo lo hice con la misma dureza que si se tratara de una grave falta de subordinación, y el pobre, apesadumbrado y confuso, limitó su desahogo á un tímido /porvichenes!
Poco tiempo duró nuestro pesar. Un capitán mulato, que se llamaba Vellito, se unió á nosotros con algunos de su partida, y nos regalo un potro muy gordo y bastante crecido sin perder un momento lo mataron, lo desollaron y tasajearon, poniendo á ahumar las largas tiras de su carne, de la que comimos asada gran cantidad, que nos pareció exquisita, aunque carecía de sal.
En medio de nuestros placeres gastronómicos, no eché en olvido a mi linda Manolita, y hubiera deseado que participase del banquete; mas no quise ni aun nombrarla, temiéndole a los celos de Barona. Este también pensó en ella, y la reservó una buena ración de carne, que él mismo fué á llevarla á la caída de la tarde.
Muy entrada la noche, volvió junto a nosotros, y me trajo unas cuantas hojas de tabaco, regalo que Manuela me hacía. Venía con un humor endiablado, y dejándose caer con rabia en su hamaca, me dijo con un tono en que se traslucía el despecho:
— ¿Sabe V., teniente, que la muchachita me ha dado calabazas?
Yo no estaba enamorado de ella, y sin embargo, me estremecí de alegría.
Disimulé no obstante, y le contesté cándidamente:
—Me alegro, capitán. Es muy buena; á mí también me dio ayer una calabaza hermosísima y muy sabrosa.
— No, ¡barijo! no sea sanaco (13) — dijo incomodándose de buena fé. — Las calabazas que á mi me ha dao es que no me ha querio. ¡Vea eso ibaramba! ¡no quererme á mí, que soy capitán y tengo dos asistentes! La mentecata!
Si creerá que porque es blanca, vale más que yo?
No le contesté, y él continuó diciendo:
Yo le aseguro que no ha de tener ningún hombre y que si alguna vez quiere á alguno, sea blanco ó negro, le abro el güiro (14) de un machetazo, aunque sea el mismo presidente, !barijo!
Figurándome que lo del machetazo iba dirigido á mí, traté de mudar de conversación, porque nunca me ha gustado hacer conocimiento con armas prohibidas.
Cesó él de hablar, acostóme yo, y como gracias á la liberalidad de Vellito, tenía abrigado el estómago, dormí profunda y tranquilamente.
Día 7
Desperté muy temprano, y ya Barona se había marchado á ver á Manolita.
No sé qué extraño poder ejercen las mujeres, por inocentes que parezcan, sobre todos los hombres. Un ejemplo de esta verdad nos ofrece mi mambisa, que siendo casi una niña, sin conocimiento del mundo ni de los hombres, había tenido la suficiente malicia para engañar á Barona: ignoro lo que le diría, pero ello es que, á eso de medio día, se presentó para decirme que aquella deseaba verme y que venía por mí con ese objeto.
Yo también anhelaba verla; pero aparenté que me contrariaba, y alegando que me dolían los pies, me resistí á seguirlo: cedí por último á sus reiteradas instancias, mas no sin procurar hacerle creer, que el deseo de complacerla y la esperanza de que me regalase un cigarro, era lo único que me movía á hacer el sacrificio de andar.
Dos horas, próximamente, estuve en el rancho de Manolita, que me obsequió mucho, formando gran empeño en que me llevase unas botitas de charol, muy lindas, que su padre habia robado para ella en el poblado de Auras, cuando fué atacado por los insurrectos. (15) Eran tan pequeñitas, que apenas podía meter en ellas la mitad de mis píes; y cuando se convenció de que no podían servirme, desistió de su obsequioso empeño.
De unas cortezas de árbol, extrajo un agua gelatinosa que, según decía, había de curarme radicalmente las llagas, y con ella me lavó los pies. (16)
Nos separamos, y volví al campamento llevando una jigüera llena de aquella medicina, para que la usase Peñalver.
Barona parecía muy contento, y me dio conversación hasta muy tarde. 
Día 8.
No nos movimos del sitio que ocupábamos, y comimos el resto de la carne del potro.
A Gíraldo le picaron dos alacranes en el brazo, y se le inflamó, produciéndole calenturas.
Un individuo de la partida fué, por disposición de Barona, á reconocer el rio Cauto (17), y volvió diciendo que creía fácil el vadearle.
Nuestra marcha quedó acordada para el siguiente día.

  EL RIO CAUTO.

Acompañados de Vellito y diez de su partida, salimos al amanecer con dirección al rio Cauto.
Antes de separarnos mucho de la prefectura, vi en el camino á Manolita, y al pasar junto á ella, se acercó á mí y me dijo al oído que nunca me olvidaría: yo la repetí lo mismo, y apreté cariñosamente la mano que ella me presentó, y sentí que oprimía dulcemente la mía.
Se separó bruscamente de mí, y me pareció que lloraba.
También para mí fué muy doloroso separarme de aquella pobre muchacha, que tan buena había sido conmigo, y tengo siempre para ella un grato recuerdo de agradecimiento.

NOTAS
1--Se refiere al mes de octubre de 1873
2--El oficial mambí jefe de la escolta de los prisioneros. Aunque este apellido usualmente se escribe con “V” hemos respetado la ortografía original
3--En su relato Antonio del Rosal se refiere con frecuencia a supuestos momentos en que estuvo a punto de ser ejecutado por los mambises. Estos respetaron tanto su integridad física como moral durante el tiempo que estuvo prisionero. Pero Antonio escribió y publico sus memorias en medio de una sociedad donde predominaba la pasión contra los independentistas. Es posible que no pocos de sus lectores se preguntaran por qué los mambises no lo ejecutaron. Por lo que es lógico esas dramáticas narración en la que se refiere a los mambises como gente desalmada.  En este caso Antonio no escribió es que una buena parte de los mambises estaban descalzos y no le arrebataron sus botas al caer prisionero.   
4--Existía una verdadera industria del yarey entre los campesinos cubanos; confeccionaban sombreros cerones, sogas, esteras pero con el intenso bloqueo a que fue sometido el territorio donde residían los insurrectos esta se extendió a todo tipo de implemento de uso común. Ver Ismael Sarmiento Ramírez, El ingenio del mambí, editorial Oriente, Santiago de Cuba, 2008, t II, p.  236. 
5--Los españoles tenían fama de tener grandes pies en el imaginario cubano.
6--En Cuba llaman morenos á los negros. (Nota de Antonio del Rosal y Vázquez Mondragón)
7--Antonio del Rosal es un racista convencido. A todo lo largo de su narración hay expresiones de desprecio por los negros y mulatos. Sin embargo fue un mambí negro el que lo hizo prisionero y le perdonó la vida. Otro mambí con sangre africana, Ángel Guerra, en medio de la excitación del combate evito que lo ultimaran. Antonio Maceo lo trato cortésmente brindándole un caballo para su traslado desde el lugar donde cayó prisionero hasta el campamento. La escolta que lo llevo desde Santa María de Ocujal al sur de oriente era mandada por un mestizo y varios de sus integrantes tenían piel oscura. Estos lo respetaron y lo atendieron según sus posibilidades. En general recibió atenciones de los mambises negros y mestizos como ninguno de ellos hubiera tenido de parte de los españoles en caso de caer prisionero. Los racistas son ciegos a la realidad y están dominados por sus prejuicios, es la conclusión que podemos sacar de esta falta de agradecimiento elemental por los mambises de piel negra que debería haber sentido Antonio del Rosal.   
8--Se refiere a un puro o tabaco como es conocido en la Cuba actual
9--Vocativo familiar afectuosísimo. (Nota de Antonio del Rosal y Vázquez Mondragón)
10--Se refiere a uno de los prisioneros españoles
11--Uno de los prisioneros españoles que formaba parte de esta comitiva.
12--Uno de los mambises que formaba parte de la escolta de los prisioneros.
13--Bobo, sandio, mentecato. (Nota de Antonio del Rosal y Vázquez Mondragón)
14--Por antonomasia, la cabeza. (Nota de Antonio del Rosal y Vázquez Mondragón)
15---Auras, población situada en la carretera entre Holguín y Gibara. Actualmente se llama Floro Pérez. Fue atacado con éxito por las tropas de Calixto García en la noche del 9 al 10 de abril de 1873. El mambí Ignacio Mora en su diario personal describió el combate en estos términos: “El enemigo no se sostuvo en sus posiciones, nos abandonó el poblado; principio el saqueo, se ocuparon las principales casas que eran todas del comercio. Concluido el saqueo se incendiaron todos los establecimientos y la Yglesia. La pérdida ha sido inmensa para los contrarios…” Fuente: Nydia Sarabia: Ana Betancourt Agramonte, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1970, p. 173 
16--El mambí Ramón Roa escribió sobre el papel de las mujeres en la utilización de la medicina natural: “Allí en los bosques estaba nuestra farmacopea y las benditas mujeres siempre “madres”, eran las solicitas encargadas del vasto dispensario.” Fuente: Ramón Roa, Pluma y Machete, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1969, p.100    
17--El Cauto es el mayor rio de Cuba con una longitud de 343 kilómetros. La cuenca del rio abarca 8.928 km².Fue una importante vía de comunicación durante las guerras de independencia. Por él se trasladaban desde, Manzanillo en embarcaciones fluviales, mercancías diversas hasta Cauto Embarcadero y de allí a Bayamo en convoyes. Esto acortada la distancia que era mucho mayor de Manzanillo a Bayamo.