martes, 2 de diciembre de 2014

Archivo General de la Nación: Feria del Libro de Historia Dominicana
Presentación del libro: Los alzamientos de Guayubín, Sabaneta y Montecristi. Documentos, por José M. Abreu Cardet y Elia Sintes Gómez.
Me complace presentarles esta noche un trabajo de dos buenos amigos cubanos: José Abreu y Elia Sintes; son esposos, padres y abuelos. Ambos son historiadores y, por demás, especialistas en las guerras de independencia de Cuba. Elia tiene una media docena de trabajos documentales y estudios; por su parte, Abreu tiene en su haber otros tantos libros. Ambos han recibido premios y reconocimientos por sus trabajos. No es para nada raro que le atrajese el tema de la historia de la guerra restauradora de Santo Domingo, pues constituye el antecedente más inmediato a la Guerra de los Diez Años de Cuba.
Más aún, se trata de un interés que ha venido mediado por el acercamiento a los problemas de actualidad en la historiografía dominicana: no en balde uno de los trabajos de Abreu sobre República Dominicana fue hecho en colaboración con un destacado historiador dominicano: Emilio Cordero Michel, y versó sobre la lucha contra la tiranía trujillista. Con él Abreu preparó un libro, aun poco conocido en nuestro medio: Dictadura y revolución en el Caribe: Las expediciones de junio de 1959, publicado por la Editorial Oriente de Santiago de Cuba, al cumplirse el cincuentenario de las heroicas expediciones. Otro ejemplo reciente, derivado de la colaboración con otro historiador dominicano, es el ensayo escrito por José Abreu Cardet y Luis Álvarez-López: Guerras de liberación en el Caribe hispano, 1863-1878, publicado por el AGN en 2013, obra en la que estos dos autores ponderan la importancia de las guerras antillanas en la construcción del mundo moderno.
El libro que nos ocupa el día de hoy es una recopilación de documentos que tiene una particularidad que quisiera resaltar: Se trata de una selección basada en una de las colecciones documentales más importantes con las que cuenta el Archivo General de la Nación: la Colección Cesar Herrera, formada por este historiador con las transcripciones que encargara a varios copistas del Archivo General de Indias, cuando Herrera desempeñaba funciones de historiador y diplomático en la ciudad de Sevilla en los años 50 del pasado siglo.
Pese a su importancia para el estudio de la Anexión a España y la Guerra Restauradora, salvo excepciones como Jaime de Jesús Domínguez y Luis Álvarez López, la Colección ha sido relativamente poco explotada por los historiadores contemporáneos. La elección hecha por Abreu y Elia Sintes de concentrarse en dicha Colección Herrera ha tenido la fortuna de darnos, además de la selección documental, otros estudios.
Presentamos hoy es la segunda entrega de los autores sobre la Guerra de la Restauración. La selección de documentos hecha por José Abreu y Elia Sintes a partir de la recopilación realizada por César Herrera en el Archivo General de Indias cubre tres momentos o tres insurrecciones previas al establecimiento del gobierno de la República Dominicana en armas. Le antecede El alzamiento de Neiba: Acontecimientos y documentos (Febrero de 1863), también incluido en la colección general del AGN y corresponde al volumen 151, publicada en el año 2012. La tercera entrega trata sobre la insurrección de agosto de 1863 que culmina con la instalación del Gobierno Restaurador en la ciudad de Santiago.
Los alzamientos de Guayubín, Sabaneta y Montecristi. (Documentos), como dijimos, constituyen la continuación de la selección y cubre el segundo momento insurreccional de los dominicanos contra la Anexión a España. Como la anterior, los documentos recogidos están marcados por el juicio comparativo de los autores, quienes proyectan en la historia antillana los alcances de esos alzamientos.
Destacan el pasado violento del Caribe, en particular, la violencia colonial asociada a la esclavitud, incluso refieren “que es todo un símbolo que este gigantesco lago encerrado entre las islas y el continente tomase su nombre de sus vecinos más fieros” (p. 7). Pero es la historia del colonialismo provocado por la expansión capitalista la que da la nota general: “Las Antillas y en general el Caribe, han recibido especial atención de las grandes potencias que aquí han tenido colonias y neo-colonias: Francia, Inglaterra, Estados Unidos, Holanda, España y hasta las nórdicas Suecia y Dinamarca. Los alemanes llegaron a tener una explotación en Maracaibo. Este interés desmedido ha despertado ambiciones y contradicciones, solucionadas las más de las veces a cañonazos”(ídem).
Los alzamientos en la zona noroeste a que se refieren los documentos seleccionados en este volumen tuvieron lugar en febrero de 1863, al igual que los de Neiba en el suroeste. Ambos fueron rápidamente aplastados y reducidos a prisión sus dirigentes. Aquí entra en juego la Comisión Militar Ejecutiva y Permanente, una institución que también han seguido los autores con el ánimo comparativo, ya que la misma surgió en España durante los primeros años del siglo XIX[1], es trasladada a Cuba en la década de los años veinte y traída de allí a Santo Domingo en la época de la anexión, en las antillas cumplió especiales papeles represivos contra la población:
“Fue esta tenebrosa institución –escriben los autores- la encargada de acometer la investigación, por lo que el historiador cuenta con una información de primera mano, no solo para reconstruir aquellos acontecimientos, sino para conocer la sociedad dominicana, incluso, otros asuntos, como la vida material y la cotidiana, pues en los interrogatorios hay referencia a construcciones, calles, medios de transporte, etc.
“Existe el criterio de que tales interrogatorios no son confiables, pues se da por descontado que los detenidos mintieron para eludir la justicia. La afirmación es cierta. Personas que sabían que podían ser condenadas a prisión, e incluso a muerte, debieron de ocultar su participación en la revuelta.
“Pero como las autoridades contaron con tiempo y todos los recursos para llevar a cabo la investigación por medio de testigos, careos e interrogatorios muy bien estructurados, lograron, en general, determinar el desarrollo de los acontecimientos y la participación de los acusados con gran precisión”(pp. 8-9).
En el estudio preliminar están descritos los acontecimientos de febrero de 1863, esto es, los hechos de las conspiraciones y los alzamientos en Guayubín, Sabaneta y Montecristi, tal como son estudiados por nuestros autores desde los documentos, poniendo cuidado en las declaraciones, tanto en lo que dicen como en lo que ocultan. También con el conocimiento que da la perspectiva más amplia que sitúa la coyuntura entre, por una parte, las presiones de Haití, interesada en “poner fin al dominio español en Santo Domingo”, una potencia esclavista; por “la otra, los intereses expansionistas de los Estados Unidos en el Caribe.” Como bien señalan, Elia y Abreu: “Ambos intereses eran un estímulo para los sublevados” (p. 15).
La selección contenida en esta segunda entrega abarca los siguientes cuatro expedientes, dos de ellos procedentes de los tomos encuadernados y otros dos de las Cajas o legajos de los documentos transcritos:
1)     Expediente de la Comisión Militar Ejecutiva Permanente sobre la insurrección de Guayubín del 22 de febrero de 1863. (Iniciado el 3 de marzo y concluido el 14 de julio de 1863). AGN, Fondo César Herrera, tomo 28.
2)     Expediente de la Comisión Militar Ejecutiva Permanente sobre la insurrección de Guayubín, Sabaneta, Montecristi y Santiago, 24 y 25 de febrero de 1863. AGN, Fondo César Herrera, tomo 26.
3)     Expediente de la Comisión Ejecutiva y Permanente sobre la insurrección de Santiago de febrero de 1863. . AGN, Fondo César Herrera, Legajo 24.
4)     Expediente con la del Capitán General de Santo Domingo sobre las insurrecciones en la provincia de Santiago y las disposiciones adoptadas para sofocarla. Santo Domingo, 4 de marzo -11 de septiembre de 1863. . AGN, Fondo César Herrera, Legajo 23.
Por un inadvertido desliz en el cuidado de la edición casi desaparece la referencia a que los documentos seleccionados se hallan depositados en el Archivo General de la Nación en la Colección César Herrera, la cual ponderan los autores en la presentación de su libro. Así, por las referencias que encabezan los documentos pareciera que la compilación se ha hecho directamente del Archivo General de Indias, de donde procede en efecto los documentos que copió Herrera. Además, al reiterarse en cada pieza la referencia, pareciera que se trata de documentos sueltos, cuando en realidad forman parte de un expediente que preparara la Comisión Militar Ejecutiva Permanente que ya referimos antes. Salvo esos y otros deslices, más o menos dispensables, de los cuales no son responsables nuestros autores, la recopilación de Abreu y Sintes nos adentra sin duda en lo más significativo de los documentos de la Colección Herrera para conocer los antecedentes inmediatos de la Guerra de la Restauración, situados ya en el contexto más amplio de los intereses geopolíticos en el Caribe en la coyuntura de un mundo en cambio.
Muchas gracias.

Santo Domingo, 8 de octubre de 2014.


[1] Cfr. José Abreu Cardet y Elia Sintes Gómez, El alzamiento de Neiba: acontecimientos y documentos (Febrero de 1863), Santo Domingo, AGN, 2012, p. 55.

José Abreu Cardet, Las fronteras de la guerra. Mujeres, soldados y regionalismo en el 68



José Abreu Cardet, Las fronteras de la guerra. Mujeres, soldados y regionalismo en el 68

Laura Muñoz Mata

Santiago de Cuba, Editorial Oriente, 2007, 192 p. (Colección Historia, Bronce)

Instituto de Investigaciones Dr. José María Luis Mora.

Cuando pensamos en libros que hablan de la guerra, en general imaginamos descripciones de batallas. Muchos de esos libros son en realidad cantos épicos a determinada gesta en la que se destacan héroes que poco tienen de humanos. Y si no es esto, se trata de libros que enfatizan el preciosismo de la estrategia militar o la pertinencia del análisis geopolítico. En la contraparte, este libro del historiador cubano José Abreu Cardet nos llama la atención por su manera de abordar el tema de la guerra de los diez años, que se inscribe en lo que podríamos llamar la historia de las mentalidades, entremezclado con planteamientos muy desarrollados en aquella abundante bibliografía de hace unas décadas, que subrayaban la importancia de las redes y lazos familiares.
El autor se muestra más interesado en rescatar una serie de mecanismos que dieron contenido a "ese mundo espiritual y material que consolidó la resistencia por diez años" y que apuntan a conocer las mentalidades colectivas. Le interesa, pues, la otra cara de la guerra, la que tiene que ver con la dimensión humana, con la vida diaria, con sus logros, iniquidades, solidaridad, con sus dinámicas.
Se trata de un texto de escritura clara, amena, y a veces de tono personal. Está formado por 13 pequeños capítulos, articulados en torno a seis temas: la familia, el regionalismo, el abastecimiento, las creencias, el culto al pasado heroico y la "práctica" democrática, temas que van siendo desarrollados por separado y cuando es necesario, de manera intercalada. El dicho del autor se basa en diversas fuentes, especialmente en diarios y correspondencia de los líderes revolucionarios, en los papeles de diversos mambises, y toma mucha información de una amplia bibliografía dedicada a diversos personajes en la que se recogen los testimonios de estas figuras distinguidas. Cuando habla de los mambises del común, sus opiniones tienen mucho de apreciación, de colegir de otros testimonios, de confrontar las opiniones de los líderes, de leer entre líneas la documentación revisada.
Al autor le interesa la guerra, pero no la dimensión militar, le interesan otros temas, también propios de la guerra y que no son usualmente tratados al privilegiarse las gestas heroicas, los desplazamientos, la estrategia. Llama a leer entre líneas en los relatos, por ejemplo, cuando en los testimonios se hace tanta alharaca por haber disparado de cerca, o luchado cuerpo a cuerpo, apunta que eso puede interpretarse como que no era lo usual, lo que ocurría con mayor frecuencia, sino más bien lo excepcional.
De entrada, el autor afirma que si se examina con cuidado la historia de la guerra de 1868, es evidente que en buena medida fue organizada por un grupo de parientes pertenecientes a antiguas familias criollas del oriente y el centro de la isla, tal vez sin la riqueza material de otros tiempos, pero sí con el caudal cultural y el orgullo de la estirpe, familias que establecieron lazos de solidaridad muy estrechos basados en los vínculos de parentesco. Ante la ausencia de una cultura bélica, de una práctica militar, lo real era contar con la lealtad de los parientes, de los amigos del vecindario de origen, "el vínculo familiar podía sellar una alianza difícil de romper por peligrosas que fueran las circunstancias" (p. 10). Existía un concepto elevado de lo que eran las relaciones familiares, la carga peyorativa que hoy tiene el nepotismo no tenía cabida entonces. Por supuesto que también eran necesarias las características personales para ganarse el liderazgo.
La familia jugaba también otro papel que el autor resalta en su estudio, como apoyo anímico, mismo que tenía un efecto contradictorio porque al mismo tiempo que proporcionaban este sustento, las familias que seguían a los combatientes se convertían en una carga , una carga muy pesada, que hacía muy difíciles los movimientos y la defensa, y constituían un punto vulnerable que requería una gran cantidad de efectivos para proteger y resguardar la seguridad de mujeres, niños y ancianos. Entonces, en este libro encontramos a los héroes de otros relatos, a aquellos proceres obstinados en la independencia, pero aquí los encontramos preocupados por el bienestar de sus familias, por la seguridad de éstas, por suministrar bastimento a sus tropas.
El tema que Abreu aborda enseguida es el del regionalismo, que ha sido uno de los asuntos identificados como causante de conflictos que llevaron a enfrentamientos y al fracaso en la guerra. Aquí en cambio, es visto como algo natural, en el sentido de que era más accesible para alguien que era del lugar obtener apoyo, conseguir la cooperación de los vecinos en términos de sustento y de aporte para las fuerzas, el tener ascendiente. Ser de un lugar favorecía el prestigio de los líderes y les permitía hacerse fuertes en sus localidades. "El hecho de conocer y ser conocido en una región determinada era de un incuestionable valor práctico" (p. 47). "Somos fuertes porque estamos en localidades conocidas" decía uno de esos líderes, (p. 69). En varios casos, los dirigentes llevaban a cabo la mayoría de las operaciones en la jurisdicción donde habían nacido, crecido, residían sus parientes y eran más conocidos. Resulta interesante el planteamiento que hace nuestro autor en el sentido de "comenzar los estudios sobre el regionalismo viendo las posibilidades de cada región para enviar hombres a otro lugar, más que concentrarse en lo que pensaban o dejaban de pensar determinadas figuras de la guerra de 1868", (p. 57), pensar, pues, en la cantidad de hombres que tenía el ejército libertador y en la capacidad de movilizarlos de un lugar a otro, en la posibilidad real de llevar a cabo estas acciones. ¿Eran capaces de mantener la protección a las familias y prefecturas y al mismo tiempo emprender acciones fuera de su territorio? Es una pregunta a responderse, más allá del reparo de que las regiones también expresaban cotos de poder y la ambición de mantenerlo.
El siguiente tema desarrollado se refiere al abastecimiento, a los diversos mecanismos utilizados para allegarse vituallas y armamento. Una de las formas más usuales era a través de los saqueos al enemigo, a tal grado que era una de las motivaciones para los enfrentamientos. Aquel que lograba asaltar un poblado y capturar artículos generosamente surtidos, "alcanzaba el respeto entre sus soldados, quizá incluso con muchas más razones que si hubiera liquidado una columna contraria". La preocupación mayor era buscar alimentos para la tropa. El ataque se convertía en una catarsis, pero la motivación primaria era conseguir el botín para subsanar necesidades apremiantes. Ahora bien, también era causa de perdición, porque la revancha española era inminente y las persecuciones sin tregua. En ocasiones, la abundancia llevaba a cometer imprudencias, dejando rastros con los animales muertos o con los restos abandonados en los caminos, o bebiendo tanto que facilitaban que los cercaran y no pudieran defenderse. Ese comportamiento llevó a la inminencia de poner orden en las filas rebeldes.
Las creencias en diferentes niveles ocupan otro de los capítulos: las diversas religiosidades, la devoción a la virgen de la caridad del cobre, la masonería, la solidaridad como un valor supremo, etc. De igual forma, se abordan las formas de divertirse.
El siguiente tema privilegiado en el análisis está relacionado con la necesidad de estos grupos de crear una historia, de construir una memoria, de seguir un legado. Según Abreu, era una forma de enfrentar la incertidumbre de la guerra. El capítulo en el que se desarrolla este asunto es uno de los más sugerentes y lleva a diversas reflexiones.
Finalmente, el autor hace referencia a los enfrentamientos, de individuos y de criterios, "tal parecía que no se estaba de acuerdo con nada ni con nadie" (p. 136) dice en uno de los apartados. Este enfrentamiento llevaba a la proliferación de chismes y rencillas, pero también a tratar de someter a consenso cualquier decisión. La idea romántica de los seres superiores enfrascados en la lucha por la libertad se mundaniza al conocer los deseos, los anhelos, las ambiciones, las rencillas, los sentimientos de los seres humanos debajo de la armadura de bronce que la historia y la historiografía les ha puesto. Tal pareciera que la labor principal de Abreu es deconstruir una serie de imágenes que la literatura ha reproducido. Entre ellas el comportamiento de algunos líderes, llevándolos a su dimensión humana, llena de celos, de envidias, de competencias. Además de las cuestiones de mando había discordia en el tema del tratamiento dado a los subordinados. Nadie quedaba a salvo de ese mundo de intrigas y en algunos casos la evidencia no era la confrontación sino el abandono, como le ocurrió a Bartolomé Masó.
A demás de los seis temas principales aparecen otros asuntos como la cuestión del racismo, que según Abreu, pierde espacio paulatinamente en la Cuba mambisa. El papel de las mujeres, importante en la reproducción de una vida diaria que hacía llevadera la lucha con su labor como compañeras, amantes, o cuidando a los enfermos y heridos, es rescatado por este historiador holguinero, quien también usa una manera elusiva de tocar el tema al titular el apartado "ese sentido de lo intangible". Otro de los temas derivado es el de las altas y bajas en el ejército, ¿cómo se lograban? ¿qué motivaba a la gente a seguir a sus líderes, a resistir ante la adversidad o a presentarse a los españoles o a abandonar al grupo?.
En suma, podemos afirmar que todo el relato del libro busca humanizar el proceso de la guerra y lo logra, hablando de las cosas cotidianas, de las preocupaciones inminentes de los líderes para resolver las necesidades primarias y apremiantes de sus tropas: seguridad, alimento, armas. De esas preocupaciones se ocupa el autor tanto como de las intrigas, las mezquindades y para cada caso pone una serie de ejemplos. También habla de las contradicciones de la guerra, de la necesidad de ganar adeptos y de las acciones que llevaban al resultado contrario. Todo aquello que a su juicio sirvió para sustentar la resistencia, para llevar la guerra a prolongarse en el tiempo y a desgastar al enemigo.
Para finalizar, quiero señalar que libro refleja una historia compleja que necesita atención para desentrañar el entramado de una población en guerra. Es un libro sugerente y su lectura puede ampliarse, definitivamente, si lo pensamos como un binomio que sin duda forma con otro libro del autor, Introducción a las armas. La guerra de 1868 en Cuba, de 2005, en el que el caudillismo, el regionalismo y la familia son los ejes del análisis y no sólo en referencia a las grandes figuras, se incluye también a los caudillos de barrio situándolos en un plano territorial.

lunes, 9 de junio de 2014

VISIÓN DE CALIXTO SOBRE LOS MAMBISES EXTRANJEROS EN EL 68



VISIÓN DE CALIXTO SOBRE LOS MAMBISES EXTRANJEROS EN EL 68 
Por José Abreu Cardet
Calixto García en el año 1874 escribió un diario personal. En el vierte criterios muy interesantes sobre la vida en el campo insurrecto.   Uno de estos es su opinión sobre los militares extranjeros que tomaron parte en la guerra de Cuba. Desde el mismo inicio de la guerra una gran cantidad de hombres solidarios con la causa cubana se unieron a las fuerzas libertadoras. Varios de ellos alcanzaron altos cargos y grados en las fuerzas revolucionarias. La participación de estos en la contienda se ha analizado emotivamente pero pocas veces con objetividad de su papel desde el punto de vista bélico.  El 13 de enero de 1874 anoto Calixto en su diario.
 “Sali para el Realengo y dejé encargado del  campamento al General Barreto. (1)Este jefe ha llegado en la última expedición del Virginius, (2) es venezolano y me parece que  no deba ser malo, pues no le falta valor y actividad - Yo deseo que asi resulte pues esta guerra la desgracia que todos los jefes venidos del extranjero hayan carecido de aptitud  para nuestra clase especial de guerra y esto ha hecho que en el país gocen de poca simpatía. Debo empero exceptuar algunos, entre ellos a los dominicanos, que han sido verdaderamente nuestros maestros y que han hecho la guerra en Cuba con cuantos recursos le ha sugerido su inteligencia.

Este criterio hay que analizarlo en el contexto del momento. La mayoría de estos extranjeros  provenían  de ejércitos regulares, por lo que les  fue muy difícil adaptarse al tipo de contienda que se desarrollaba en la isla, con la excepción  de los dominicanos como el aclara y a quienes llama “nuestros maestros”. Los dominicanos habían participado en varias guerras en su país. Como las que sostuvieron contra Haití, las contiendas civiles y la de independencia contra España. Esto les permitió tener una gran experiencia en las luchas irregulares. En las referidas guerras se utilizó fundamentalmente la guerrilla. Por lo que los dominicanos tenían una gran experiencia de ese tipo de guerra.    Este reconocimiento, en especial hacia Máximo Gómez, quedo explícito en la guerra de 1895. A los pocos días de su llegada a Cuba al frente de una expedición le escribió al general dominicano  sobre su hijo Carlos que lo acompañaba “…deseo lo enseñe usted a pelear como enseñó a su padre”. (3) Al referirse a  Mario García Menocal en carta a Gómez del 21 de marzo de 1898 hace un razonamiento similar “… yo he hecho con Menocal lo que en el 68 hizo Usted conmigo, es decir, le he enseñado hacer nuestra guerra…” (4) Pero para analizarlos debemos de tener en cuenta que muchos mambises extranjeros desempeñaron un importante papel en la guerra prácticamente hasta el final de esta. Incluso cuando ya los cubanos habían alcanzado una gran experiencia. Por lo que el criterio de Calixto García hay que someterlo una cuidadosa crítica y verlo en cada caso concreto.   Independientemente de la capacidad y la formación de estos extranjeros todos tienen una pasión en común: luchar por Cuba Libre. No esperaban recompensa materiales. Contra ellos se ensaño el odio colonialista. Al caer prisioneros eran casi por regla ejecutados.   Incluso no pocos han sido olvidados por la historiografía cubana. Hoy es un deber de los estudiosos del pasado de la isla rescatar el ejemplo de abnegación de aquellos hombres.

NOTAS

1--José Miguel Barreto Pérez. Nació en 1830 en el estado de Monagas, en Venezuela y murió  en el mismo lugar el 14 de octubre de 1900.  Llegó en una expedición a Cuba y alcanzó el grado de mayor general del Ejército Libertador. Fue secretario de la Guerra.  Hecho prisionero  en octubre de 1877 fue dejado en libertad al concluir la guerra
2--Esta fue la segunda expedición del buque Virginius que llegó el 6 de julio de 1873 por la costa sur de Oriente.
3--Museo Casa Natal de Calixto García,   Centro de Información de las Guerra de independencia, Carta De Calixto García a Máximo Gómez del 26 de marzo de 1896.
4—ANC. Fondo Donativos y Remisiones.  Legajo 283. n 31.

miércoles, 28 de mayo de 2014

VISIÓN DE CALIXTO SOBRE LOS MAMBISES EXTRANJEROS EN EL 68



VISIÓN DE CALIXTO SOBRE LOS MAMBISES EXTRANJEROS EN EL 68 
Por José Abreu Cardet
Calixto García en el año 1874 escribió un diario personal. En el vierte criterios muy interesantes sobre la vida en el campo insurrecto.   Uno de estos es su opinión sobre los militares extranjeros que tomaron parte en la guerra de Cuba. Desde el mismo inicio de la guerra una gran cantidad de hombres solidarios con la causa cubana se unieron a las fuerzas libertadoras. Varios de ellos alcanzaron altos cargos y grados en las fuerzas revolucionarias. La participación de estos en la contienda se ha analizado emotivamente pero pocas veces con objetividad de su papel desde el punto de vista bélico.  El 13 de enero de 1874 anoto Calixto en su diario.
 “Sali para el Realengo y dejé encargado del  campamento al General Barreto. (1)Este jefe ha llegado en la última expedición del Virginius, (2) es venezolano y me parece que  no deba ser malo, pues no le falta valor y actividad - Yo deseo que asi resulte pues esta guerra la desgracia que todos los jefes venidos del extranjero hayan carecido de aptitud  para nuestra clase especial de guerra y esto ha hecho que en el país gocen de poca simpatía. Debo empero exceptuar algunos, entre ellos a los dominicanos, que han sido verdaderamente nuestros maestros y que han hecho la guerra en Cuba con cuantos recursos le ha sugerido su inteligencia.

Este criterio hay que analizarlo en el contexto del momento. La mayoría de estos extranjeros  provenían  de ejércitos regulares, por lo que les  fue muy difícil adaptarse al tipo de contienda que se desarrollaba en la isla, con la excepción  de los dominicanos como el aclara y a quienes llama “nuestros maestros”. Los dominicanos habían participado en varias guerras en su país. Como las que sostuvieron contra Haití, las contiendas civiles y la de independencia contra España. Esto les permitió tener una gran experiencia en las luchas irregulares. En las referidas guerras se utilizó fundamentalmente la guerrilla. Por lo que los dominicanos tenían una gran experiencia de ese tipo de guerra.    Este reconocimiento, en especial hacia Máximo Gómez, quedo explícito en la guerra de 1895. A los pocos días de su llegada a Cuba al frente de una expedición le escribió al general dominicano  sobre su hijo Carlos que lo acompañaba “…deseo lo enseñe usted a pelear como enseñó a su padre”. (3) Al referirse a  Mario García Menocal en carta a Gómez del 21 de marzo de 1898 hace un razonamiento similar “… yo he hecho con Menocal lo que en el 68 hizo Usted conmigo, es decir, le he enseñado hacer nuestra guerra…” (4) Pero para analizarlos debemos de tener en cuenta que muchos mambises extranjeros desempeñaron un importante papel en la guerra prácticamente hasta el final de esta. Incluso cuando ya los cubanos habían alcanzado una gran experiencia. Por lo que el criterio de Calixto García hay que someterlo una cuidadosa crítica y verlo en cada caso concreto.   Independientemente de la capacidad y la formación de estos extranjeros todos tienen una pasión en común: luchar por Cuba Libre. No esperaban recompensa materiales. Contra ellos se ensaño el odio colonialista. Al caer prisioneros eran casi por regla ejecutados.   Incluso no pocos han sido olvidados por la historiografía cubana. Hoy es un deber de los estudiosos del pasado de la isla rescatar el ejemplo de abnegación de aquellos hombres.

NOTAS

1--José Miguel Barreto Pérez. Nació en 1830 en el estado de Monagas, en Venezuela y murió  en el mismo lugar el 14 de octubre de 1900.  Llegó en una expedición a Cuba y alcanzó el grado de mayor general del Ejército Libertador. Fue secretario de la Guerra.  Hecho prisionero  en octubre de 1877 fue dejado en libertad al concluir la guerra
2--Esta fue la segunda expedición del buque Virginius que llegó el 6 de julio de 1873 por la costa sur de Oriente.
3--Museo Casa Natal de Calixto García,   Centro de Información de las Guerra de independencia, Carta De Calixto García a Máximo Gómez del 26 de marzo de 1896.
4—ANC. Fondo Donativos y Remisiones.  Legajo 283. n 31.

Ramón Medina: un olvidado mambí mexicano



Ramón Medina: un olvidado mambí mexicano
Por José Abreu Cardet  
El 10 de octubre de 1868 se inició la guerra de independencia de Cuba contra España. Hombres de diversos países combatieron junto a los cubanos. Varios de ellos estuvieron vinculados al territorio holguinero.  Entre estos se encontraba el general de brigada José Inclán Risco, que fue jefe de la división mambisa de Holguín en 1871. El también  general de brigada  Gabriel González Galbán   se incorporó a las fuerzas libertadoras por el territorio holguinero. Llego a la tierra del mambí en mayo de 1869  en la expedición del buque Perrit por la península del Ramón en la bahía de Nipe. Fue jefe del estado mayor de la división de Holguín  en 1871. Mientras el coronel Felipe Herrero murió en combate, en 1874, en territorio de la jurisdicción de Holguín.
Pero no podemos pasar por alto lo que consideramos un pequeño aporte a la historiografía cubana de la guerra de independencia. Nos referimos a que hemos determinado la fecha en que murió el teniente coronel del Ejército Libertador cubano Ramón Medina. Este mexicano combatió en las fuerzas mambisas de la jurisdicción de Camaguey. En enero de 1870 se encontraba en la zona de Santa Cruz del Sur. Este era uno de los momentos más difíciles de la revolución independentista en Camagüey. Las columnas españolas invadían los campos de ese territorio sembrando la muerte y la destrucción entre las fuerzas insurrectas, en las prefecturas y en general en las familias que permanecían fieles al independentismo. Se habían iniciado las presentaciones e incluso las traiciones. Pero Ramón Medina permanecía fiel a la causa independentista.
El 21 de enero de 1870  una columna española marchaba en persecución de las familias cubana  que sobrevivían dispersas en los bosques y llanuras de la zona de Santa Cruz del Sur. Como era táctica de esas fuerzas se fragmentaban en destacamentos más reducidos que recorrían los campos en busca de enemigos o familias. Con ellos iban muchas veces experimentados guias, la mayoría cubanos traidores, especializados en encontrar y seguir a los mambises por el rastro.     El jefe de uno de esos destacamentos anoto en el diario oficial:

“A las 12 ½ de la noche que emprendió la marcha toda la columna llegando á San José de Jobabo, Sabanilla, Stª Cruz, El Quemado, Arroyo Blanco, Santa Gertrudis, llegando á la (ilegible) al rayar el dia y sin embargo de haber intentado coger las familias de las incendiadas fincas de sorpresa no fue posible conseguirlo por hallarse inhabitadas. Seguidamente salió la fuerza montada á (ilegible)  sin que tampoco hubiese persona alguna en la mencionada finca y practicando varios reconocimientos se cogió en el punto llamado Los Pedernales un cabecilla Mejicano llamado Ramón Medina Teniente Coronel de la insurrección, y con otro reconocimiento encontramos varios bultos de ropa sin duda de familias que iban huyendo cuyos bultos fueron distribuidos á voluntarios y tropa. Concluidos estos reconocimientos marchamos á incorporarnos á la columna que se encontraba en el mismo punto donde la habiamos dejado llegando á el á las 3 de la tarde. A dicha hora se fusiló el prisionero y emprendio la fuerza la marcha en dirección á Arroyo Blanco hostilizándonos el enemigo la retaguardia con cuatro disparos de fusil que no contestamos llegando al mencionado punto á las 6 y ½ de la tarde. Sin mas novedad campando en el.(1)
Sta Cruz del Sur 31 de enero de 1870
El teniente comandante
Anastacio Suarez  (2)
De esa forma este oficial colonial recogía en aquel documento la muerte del teniente coronel mambí Ramón Medina un héroe olvidado de la solidaridad con la independencia de Cuba del pueblo mexicano.

NOTAS

1—Se ha respetado la ortografía original
2-- Extracto de las operaciones practicadas en noviembre de 1869 Columna Volante Batallón Cazadores de Baza Numero 12 Archivo militar de Segovia   . Servicio histórico militar Negociado de Ultramar Documentación de Cuba.    Ponencia de ultramar Cuba 6. Legajo 4. 

MORIR DECENTEMENTE: HOSPITALES, ASILOS Y QUINTAS DE SALUD



        MORIR DECENTEMENTE: HOSPITALES, ASILOS Y QUINTAS DE SALUD

José Abreu Cardet

En el siglo XIX y en las primeras décadas del XX llego a Cuba una importante inmigración española. Sobre esa presencia extranjera se han realizado diversos trabajos. Pero pocas veces se las ha visto en el momento triste de las enfermedades y la muerte.  En este texto intentaremos conocer que atención medica recibía el inmigrante en la seudorrepública (1902 1958)
A finales de 1907 había en Cuba 56 hospitales públicos. El 30 de septiembre de ese año en ellos se encontraban internos un total de 4124 enfermos. Los españoles y canarios eran 1826 lo que representaba el 46.3 por ciento. Los extranjeros en general eran el 53.7 por ciento de los enfermos aunque tan solo sumaban el 11.2 por ciento de la población de la isla. En los asilos de ancianos casi el 9 por ciento eran  españoles y canarios. (1)
Los encargados de hacer el censo de ese año hicieron un razonamiento interesante. Según ellos: “Este exceso de extranjeros se explica  por el hecho de que comparativamente pocos de ellos tienen familias y  por eso es, que necesitan acudir a los hospitales cuando se enferman. Por encontrarse en esas condiciones los españoles han tomado sus  medidas, estableciendo numerosos  hospitales, dedicados a albergar enfermos de su propia nacionalidad.” (2)
Desde el periodo colonial fue organizada la constitución de estas quintas de salud para inmigrantes por medio del Reglamento General de Beneficencia de esta isla. Según se disponía en él:   “Subordinada la cuestión de su establecimiento a la asistencia pública supletoria de la domiciliaria, se admiten los hospitales a condición, según la Ley de Beneficencia, de constituir salas aisladas que presten cuidados a 200 enfermos que necesiten de sus servicios y de socorros facultativos...” (3)
Debían de incluir en su construcción y funcionamiento las buenas condiciones de ventilación y claridad. También se incluía la ubicación y distancia del poblado mas cercano. Estarían situados en lugares secos y elevados con vistas despejados en todo sentido.  Aislados de aguas estancadas y de focos de infección. Se escogieron fincas alejadas de los centros urbanos y cercanos a corrientes de aguas limpias.
A estos centros de salud acudían fundamentalmente enfermos, españoles, canarios baleares o sus familiares. Muchos de ellos  de clase media, otros que aunque eran obreros y campesinos tenían posibilidades  económicas, y  no querrían atenderse en los hospitales sostenidos por el gobierno donde la asistencia era mediocre y estaban ocupados en muchos casos por  menesterosos y gente en extremo pobre.
Estas instituciones de salud para los emigrantes adquieren un carácter mutualista. Entre ellas se encuentran el Centro Gallego, el asturiano,  y la Asociación de dependientes de Comercio. Este es de filiación profesional y más cosmopolita. En ciudad de La Habana  es donde se encuentran la mayor parte de estos establecimientos. En total eran unos  17.
Al concluir el dominio español en Cuba estas instituciones no desaparecen sino que fundan otras asociaciones como el centro Catalán, el Castellano, la Asociación canaria, las  Hijas de Galicia, Hijas de Canarias, etc. (4)  En 1912 habían 48 sociedades de ese tipo y en 1929 llegaban a 81. (5)
Estas sociedades tratan de tener  un local para sus funciones, fomentar escuelas de primeras letras.  Uno de sus objetivos era el fundar  quintas de salud.  En general en el siglo XX nos encontramos con unos  20 sanatorios o casas de salud para atender a los españoles en todo el país.  Si los analizamos por provincias nos encontramos con lo siguiente. En La Habana se fundan ocho,  en Pinar del Rió uno, en Oriente cinco,  en Matanzas tres,  en Las Villas dos  y  en Camagüey uno. (6) Los establecidos en Oriente están repartidos de la siguiente forma:   dos son de Santiago de Cuba,   uno en Manzanillo y uno en Guantánamo.  
La escritora asturiana  Eva Canel,  nos  dejó una descripción de  una quinta de salud establecida en la ciudad de Manzanillo, en el oriente de la isla en 1914. La descripción,  en parte idealizada, de todas formas nos puede dar una idea sobre aquellas instituciones y la atención que recibían los pacientes:
Desde la quinta de la "Colonia" se recrea la viste en el mar dulce y suave que baña un  litoral inmenso.: se ven palmares, bosques, chimeneas de centrales, sabanas de pastos y también de la planta sacarina prometedora de otra enorme zafra: el cielo, el mar, el campo de Cuba, quiere decir embriagador, balsámico, todo sé abarca desde la altura higiénica, felizmente elegida para sanatorio.
Los pabellones nuevos se estaban construyendo: los viejos no habían envejecido, por el contrario, mostraban alegre juventud: los dormitorios no son inferiores a los de la gran Quinta Covadonga, que enorgullece con razón sobrada a los asturianos de la Habana, y los muebles, los servicios, todo lo que en ellos se encuentra, resiste el parangón sin mermas ni rubores. La dirección, la administración, la sección que da cuenta de la Sanidad pueden estar muy sa­tisfechas.
Entrábamos y salíamos en las salas sorprendiéndome, admirán­dome de que tuviese la Colonia Española una quinta de salud como aquella en un pueblo que al fin no es capital de provincia ni más que Municipio.:. (7)

La existencia de estas quintas de salud fue un aporte importante a la higiene y la salud de los emigrantes canarios y españoles en general en la isla. Además que otros vecinos de la isla se podían atender en ellas. En las entrevistas que hemos realizados  a inmigrantes canarios  y sus descendientes nos encontramos que muchos se atendían en estas instituciones. En especial los que residían en ciudades y poblados.  Es cierto que estaban los límites económicos que representaba el desembolsar una cantidad para poder ser atendido. Pero en general por lo menos los servicios básicos estaban al alcance de muchos de ellos. Además era una alternativa importante a los hospitales públicos sometidos a los vaivenes de la política  de cada localidad  y la  nacional.  También eran  más asequibles  que muchas clínicas privadas.  En las quintas se podía encontrar una solidaridad basada en el origen común que no siempre existía  en las demás instituciones de salud cubanas. 
Algunas de estas sociedades crearon panteones para sus miembros como por  ejemplo de los naturales de Hortiguera que se puede contemplar desde las calles colaterales del cementerio  de La Habana.
En el caso del territorio de la actual provincia Holguín no existieron estas instituciones de salud. Pero algunos inmigrantes españoles establecidos en este territorio y que contaban con recurso para ello se atendían en esas quintas en Santiago de Cuba o La Habana.   

           NOTAS

1--Censo de la Republica de Cuba  Bajo la administración provisional de los Estados Unidos 1907 Oficina del Censo de los Estados Unidos, Washington 1908 p 138
2--Censo de la Republica de Cuba  Bajo la administración provisional de los Estados Unidos 1907 Oficina del Censo de los Estados Unidos, Washington 1908 p 141
3--Reglamento General de Beneficencia de esta isla, Habana 1861, p 21 Inciso 3 articulo 55
4--Dolores Guerra López Los Centros regionales españoles y sus quintas mutualistas en Cuba En IV Taller Internacional de problemas teóricos y prácticos de la Historia Regional y Local, La Habana, Cuba,  2002
5--  Maria del Carmen Barcia Zequeira  La inmigración masiva de Peninsulares y canarios en el contexto de la república,  Debates Americanos,  no 12, enero diciembre 2002, La Habana, p 44
6--Idem
7--Eva  Canel Lo que vi en Cuba (A través de la isla)   Imprenta y  papelería La Universal,  La Habana, 1916, pp 301- 303

martes, 6 de mayo de 2014

VISIÓN DE CALIXTO GARCIA SOBRE LOS MAMBISES EXTRANJEROS EN LA GUERRA DE CUBA DE 1868 A 1878.Por José Abreu Cardet



 

Calixto García en el año 1874 escribió un diario personal. En el vierte criterios muy interesantes sobre la vida en el campo insurrecto.   Uno de estos es su opinión sobre los militares extranjeros que tomaron parte en la guerra de Cuba. Desde el mismo inicio de la guerra una gran cantidad de hombres solidarios con la causa cubana se unieron a las fuerzas libertadoras. Varios de ellos alcanzaron altos cargos y grados en las fuerzas revolucionarias. La participación de estos en la contienda se ha analizado emotivamente pero pocas veces con objetividad de su papel desde el punto de vista bélico.  El 13 de enero de 1874 anoto Calixto en su diario.
 “Sali para el Realengo y dejé encargado del  campamento al General Barreto. (1)Este jefe ha llegado en la última expedición del Virginius, (2) es venezolano y me parece que  no deba ser malo, pues no le falta valor y actividad - Yo deseo que asi resulte pues esta guerra la desgracia que todos los jefes venidos del extranjero hayan carecido de aptitud  para nuestra clase especial de guerra y esto ha hecho que en el país gocen de poca simpatía. Debo empero exceptuar algunos, entre ellos a los dominicanos, que han sido verdaderamente nuestros maestros y que han hecho la guerra en Cuba con cuantos recursos le ha sugerido su inteligencia.

Este criterio hay que analizarlo en el contexto del momento. La mayoría de estos extranjeros  provenían  de ejércitos regulares, por lo que les  fue muy difícil adaptarse al tipo de contienda que se desarrollaba en la isla, con la excepción  de los dominicanos como el aclara y a quienes llama “nuestros maestros”. Los dominicanos habían participado en varias guerras en su país. Como las que sostuvieron contra Haití, las contiendas civiles y la de independencia contra España. Esto les permitió tener una gran experiencia en las luchas irregulares. En las referidas guerras se utilizó fundamentalmente la guerrilla. Por lo que los dominicanos tenían una gran experiencia de ese tipo de guerra.    Este reconocimiento, en especial hacia Máximo Gómez, quedo explícito en la guerra de 1895. A los pocos días de su llegada a Cuba al frente de una expedición le escribió al general dominicano  sobre su hijo Carlos que lo acompañaba “…deseo lo enseñe usted a pelear como enseñó a su padre”. (3) Al referirse a  Mario García Menocal en carta a Gómez del 21 de marzo de 1898 hace un razonamiento similar “… yo he hecho con Menocal lo que en el 68 hizo Usted conmigo, es decir, le he enseñado hacer nuestra guerra…” (4) Pero para analizarlos debemos de tener en cuenta que muchos mambises extranjeros desempeñaron un importante papel en la guerra prácticamente hasta el final de esta. Incluso cuando ya los cubanos habían alcanzado una gran experiencia. Por lo que el criterio de Calixto García hay que someterlo una cuidadosa crítica y verlo en cada caso concreto.   Independientemente de la capacidad y la formación de estos extranjeros todos tienen una pasión en común: luchar por Cuba Libre. No esperaban recompensa materiales. Contra ellos se ensaño el odio colonialista. Al caer prisioneros eran casi por regla ejecutados.   Incluso no pocos han sido olvidados por la historiografía cubana. Hoy es un deber de los estudiosos del pasado de la isla rescatar el ejemplo de abnegación de aquellos hombres.

NOTAS

1--José Miguel Barreto Pérez. Nació en 1830 en el estado de Monagas, en Venezuela y murió  en el mismo lugar el 14 de octubre de 1900.  Llegó en una expedición a Cuba y alcanzó el grado de mayor general del Ejército Libertador. Fue secretario de la Guerra.  Hecho prisionero  en octubre de 1877 fue dejado en libertad al concluir la guerra
2--Esta fue la segunda expedición del buque Virginius que llegó el 6 de julio de 1873 por la costa sur de Oriente.
3--Museo Casa Natal de Calixto García,   Centro de Información de las Guerra de independencia, Carta De Calixto García a Máximo Gómez del 26 de marzo de 1896.
4—ANC. Fondo Donativos y Remisiones.  Legajo 283. n 31.

MORIR DECENTEMENTE: HOSPITALES, ASILOS Y QUINTAS DE SALUD Por José Abreu Cardet



  



En el siglo XIX y en las primeras décadas del XX llego a Cuba una importante inmigración española. Sobre esa presencia extranjera se han realizado diversos trabajos. Pero pocas veces se las ha visto en el momento triste de las enfermedades y la muerte.  En este texto intentaremos conocer que atención medica recibía el inmigrante en la seudorrepública (1902 1958)
A finales de 1907 había en Cuba 56 hospitales públicos. El 30 de septiembre de ese año en ellos se encontraban internos un total de 4124 enfermos. Los españoles y canarios eran 1826 lo que representaba el 46.3 por ciento. Los extranjeros en general eran el 53.7 por ciento de los enfermos aunque tan solo sumaban el 11.2 por ciento de la población de la isla. En los asilos de ancianos casi el 9 por ciento eran  españoles y canarios. (1)
Los encargados de hacer el censo de ese año hicieron un razonamiento interesante. Según ellos: “Este exceso de extranjeros se explica  por el hecho de que comparativamente pocos de ellos tienen familias y  por eso es, que necesitan acudir a los hospitales cuando se enferman. Por encontrarse en esas condiciones los españoles han tomado sus  medidas, estableciendo numerosos  hospitales, dedicados a albergar enfermos de su propia nacionalidad.” (2)
Desde el periodo colonial fue organizada la constitución de estas quintas de salud para inmigrantes por medio del Reglamento General de Beneficencia de esta isla. Según se disponía en él:   “Subordinada la cuestión de su establecimiento a la asistencia pública supletoria de la domiciliaria, se admiten los hospitales a condición, según la Ley de Beneficencia, de constituir salas aisladas que presten cuidados a 200 enfermos que necesiten de sus servicios y de socorros facultativos...” (3)
Debían de incluir en su construcción y funcionamiento las buenas condiciones de ventilación y claridad. También se incluía la ubicación y distancia del poblado mas cercano. Estarían situados en lugares secos y elevados con vistas despejados en todo sentido.  Aislados de aguas estancadas y de focos de infección. Se escogieron fincas alejadas de los centros urbanos y cercanos a corrientes de aguas limpias.
A estos centros de salud acudían fundamentalmente enfermos, españoles, canarios baleares o sus familiares. Muchos de ellos  de clase media, otros que aunque eran obreros y campesinos tenían posibilidades  económicas, y  no querrían atenderse en los hospitales sostenidos por el gobierno donde la asistencia era mediocre y estaban ocupados en muchos casos por  menesterosos y gente en extremo pobre.
Estas instituciones de salud para los emigrantes adquieren un carácter mutualista. Entre ellas se encuentran el Centro Gallego, el asturiano,  y la Asociación de dependientes de Comercio. Este es de filiación profesional y más cosmopolita. En ciudad de La Habana  es donde se encuentran la mayor parte de estos establecimientos. En total eran unos  17.
Al concluir el dominio español en Cuba estas instituciones no desaparecen sino que fundan otras asociaciones como el centro Catalán, el Castellano, la Asociación canaria, las  Hijas de Galicia, Hijas de Canarias, etc. (4)  En 1912 habían 48 sociedades de ese tipo y en 1929 llegaban a 81. (5)
Estas sociedades tratan de tener  un local para sus funciones, fomentar escuelas de primeras letras.  Uno de sus objetivos era el fundar  quintas de salud.  En general en el siglo XX nos encontramos con unos  20 sanatorios o casas de salud para atender a los españoles en todo el país.  Si los analizamos por provincias nos encontramos con lo siguiente. En La Habana se fundan ocho,  en Pinar del Rió uno, en Oriente cinco,  en Matanzas tres,  en Las Villas dos  y  en Camagüey uno. (6) Los establecidos en Oriente están repartidos de la siguiente forma:   dos son de Santiago de Cuba,   uno en Manzanillo y uno en Guantánamo.  
La escritora asturiana  Eva Canel,  nos  dejó una descripción de  una quinta de salud establecida en la ciudad de Manzanillo, en el oriente de la isla en 1914. La descripción,  en parte idealizada, de todas formas nos puede dar una idea sobre aquellas instituciones y la atención que recibían los pacientes:
Desde la quinta de la "Colonia" se recrea la viste en el mar dulce y suave que baña un  litoral inmenso.: se ven palmares, bosques, chimeneas de centrales, sabanas de pastos y también de la planta sacarina prometedora de otra enorme zafra: el cielo, el mar, el campo de Cuba, quiere decir embriagador, balsámico, todo sé abarca desde la altura higiénica, felizmente elegida para sanatorio.
Los pabellones nuevos se estaban construyendo: los viejos no habían envejecido, por el contrario, mostraban alegre juventud: los dormitorios no son inferiores a los de la gran Quinta Covadonga, que enorgullece con razón sobrada a los asturianos de la Habana, y los muebles, los servicios, todo lo que en ellos se encuentra, resiste el parangón sin mermas ni rubores. La dirección, la administración, la sección que da cuenta de la Sanidad pueden estar muy sa­tisfechas.
Entrábamos y salíamos en las salas sorprendiéndome, admirán­dome de que tuviese la Colonia Española una quinta de salud como aquella en un pueblo que al fin no es capital de provincia ni más que Municipio.:. (7)

La existencia de estas quintas de salud fue un aporte importante a la higiene y la salud de los emigrantes canarios y españoles en general en la isla. Además que otros vecinos de la isla se podían atender en ellas. En las entrevistas que hemos realizados  a inmigrantes canarios  y sus descendientes nos encontramos que muchos se atendían en estas instituciones. En especial los que residían en ciudades y poblados.  Es cierto que estaban los límites económicos que representaba el desembolsar una cantidad para poder ser atendido. Pero en general por lo menos los servicios básicos estaban al alcance de muchos de ellos. Además era una alternativa importante a los hospitales públicos sometidos a los vaivenes de la política  de cada localidad  y la  nacional.  También eran  más asequibles  que muchas clínicas privadas.  En las quintas se podía encontrar una solidaridad basada en el origen común que no siempre existía  en las demás instituciones de salud cubanas. 
Algunas de estas sociedades crearon panteones para sus miembros como por  ejemplo de los naturales de Hortiguera que se puede contemplar desde las calles colaterales del cementerio  de La Habana.
En el caso del territorio de la actual provincia Holguín no existieron estas instituciones de salud. Pero algunos inmigrantes españoles establecidos en este territorio y que contaban con recurso para ello se atendían en esas quintas en Santiago de Cuba o La Habana.   

           NOTAS

1--Censo de la Republica de Cuba  Bajo la administración provisional de los Estados Unidos 1907 Oficina del Censo de los Estados Unidos, Washington 1908 p 138
2--Censo de la Republica de Cuba  Bajo la administración provisional de los Estados Unidos 1907 Oficina del Censo de los Estados Unidos, Washington 1908 p 141
3--Reglamento General de Beneficencia de esta isla, Habana 1861, p 21 Inciso 3 articulo 55
4--Dolores Guerra López Los Centros regionales españoles y sus quintas mutualistas en Cuba En IV Taller Internacional de problemas teóricos y prácticos de la Historia Regional y Local, La Habana, Cuba,  2002
5--  Maria del Carmen Barcia Zequeira  La inmigración masiva de Peninsulares y canarios en el contexto de la república,  Debates Americanos,  no 12, enero diciembre 2002, La Habana, p 44
6--Idem
7--Eva  Canel Lo que vi en Cuba (A través de la isla)   Imprenta y  papelería La Universal,  La Habana, 1916, pp 301- 303