domingo, 18 de diciembre de 2016

MANOLITA Y ANTONIO: AMOR Y MUERTE EN LA TIERRA DEL MAMBÍ


Por: José Abreu Cardet
El 26 de septiembre de 1873 las fuerzas de Calixto García derrotaron en Santa María de Ocujal, territorio entonces de la jurisdicción de Holguín y que hoy forma parte de Tunas, a una poderosa columna española. Capturaron a un grupo de militares a los que se les perdonó la vida. Tres de ellos fueron enviados por Calixto García a presencia del presidente Carlos Manuel de Céspedes que en esos momentos se encontraba en el sur de Oriente.  Escoltados por ocho  mambises el grupo de prisioneros atravesó gran parte de las llanuras del Cauto.  Uno de aquellos prisioneros, Antonio del Rosal y Vázquez de Mondragón, al ser liberado por los mambises escribió sus memorias de su estancia en Cuba libre.  Parte de los avatares de estos prisioneros y su escolta lo tratamos en el artículo publicado en esta columna titulado: HOLGUÍN MAMBÍ: LA VISIÓN DE UN PRISIONERO DE  CALIXTO GARCÍA.  Retomamos el hilo de aquella narración reproducimos textualmente otra parte de las memorias  de Antonio del Rosal. En esta ocasión nos referimos a su encuentro con una joven mambisa y la tierna relación que se desarrolló entre ambos teniendo como escenario la guerra a muerte que se desarrollaba entre cubanos e insurrectos. 
Tomamos ese fragmento de la segunda edición, publicado por la Imprenta del Indicador de los Caminos de Hierro, Costanilla de los Ángeles, 3 MADRID, 1879. Hemos respetado la ortografía original. Antonio del Rosal incluyo en su texto varias notas aclaratorias. Nosotros pusimos otras para que el lector tenga más información. Aclaramos las notas escritas por Antonio del Rosal  indicando entre paréntesis su origen.   El capítulo que reproducimos es el que el autor tituló como: LAS  CALABAZAS DE MANOLITA.    Sin más acompañemos a este oficial hispano por los senderos de la tierra del mambí.

 LAS  CALABAZAS DE MANOLITA. 

Día 5. (1)
Desperté muy temprano, y me lavé los pies y las manos en un charco de agua llovediza.
Yo usaba unas polainas de ante, que eran la codicia de Barona, (2) quien no desperdiciaba ocasión de hacerme comprender su deseo de poseerlas. Con una seriedad nada tranquilizadora, me dijo que se apoderaría de ellas cuando yo muriese, lo que creía había de suceder pronto, pues que á la menor sospecha que concibiese de que yo intentaba evadirme, me daría muerte. (3)No quise darme por entendido de sus indirectas tan directas, pero le regalé las polainas, para evitarle sospechas.
Llegó el medio día, y nada habíamos comido. Tenía hambre, y Barona, en vez de comida, me brindó con un paseo al bojio de la muchachita, como él llamaba á la joven de quien con tanto entusiasmo me había hablado la noche anterior.
¡Para muchachitas estaba yo!
Apetito de pan, que no de niñas, era lo que yo tenía; pero Barona no podía resistir el deseo de lucir mis ó mejor dicho, sus polainas, y era preciso acompañarlo.
Lo seguí con mucho trabajo: era la primera vez que yo andaba descalzo, y ya he dicho cuan malos estaban mis pies.
Afortunadamente no distaba mucho la vivienda de mi hermosa desconocida, y sin embargo, llegué á ella con las plantas chorreando sangre. A pesar de todo, me alegré mucho de haber ido allá.
En un pequeño ranchito, tendida indolentemente sobre una hamaca de yarey, (4)vi una niña de catorce ó quince años, que encontré encantadora. Tenía grande todo lo qué es feo siendo pequeño, y pequeño lo que no es bonito siendo grande; esto es, que eran pequeños sus pies, sus manos, su cintura y su boca, y grandes sus ojos, sus cejas, sus pestañas y su seno. Las dos hileras de sus apretados y menudos dientes, eran tan blancas como negros sus ojos, sus cejas y su pelo, partido en dos grandes trenzas. Era de raza blanca, pero trigueña y pálida, como casi todas las cubanas, y su ligero traje ó túnico, permitía admirar la belleza de sus formas. Consistía en un ropón á mañera de bata, sumamente descotado, y unas cutaritas primorosamente tejidas. Debía ser muy buena.
Cuando me vio se incorporó un poco en la hamaca, me miró los pies, y exclamó compasivamente, con esa graciosa pronunciación cubana, que tanto agrada en las mujeres: 
- Miren, el pobre, descalcito! ¡Con unos pies tan pequeñitos que tiene!, parecen criollos! (5)
Y volviéndose á Barona, añadió:
— ¿Es este español el que no quiso rendirse al moreno! (6)
— Este es, contestó Barona.
— ¿Lo van Vds. á matar? 
— ¡Ps! Eso será lo más probable.
— Pues mire, eso es una maldad.
Se levantó de la hamaca y se sentó en la barbacoa haciéndome sentar á su lado.
Me hizo que la contara todos los detalles que ocurrieron en el acto de hacerme prisionero, y pareció entusiasmarse mucho con mi proceder en aquella ocasión.
Yo estaba encantado. Barona nos miraba con ojos celosos.
A poco se unieron á nosotros una vieja blanca, otra negra, y un negro joven y guapo, hasta donde puede ser guapo un negro. (7)
La jovencita nos dio á cada uno un cigarro,(8) que todos chupamos con delicia, incluso ella, en cuya preciosa boca hubiera sido de mejor efecto un caramelo.
Debajo de la barbacoa había una gran calabaza.
Ya he dicho que yo estaba hambriento, y es fácil comprender que la presencia de aquel comestible alarmó mi estómago.
La niña no separaba de mi sus ojos. Yo no separaba los míos... de la calabaza, Manolita (porque la llamaré Manuela) me gustaba mucho, muchísimo, y sus irresistibles encantos me hacían sentir de una manera violenta; pero... ¡la calabaza!...
Y es que amar es bueno; pero comer, cuando se tiene hambre, bueno, bueno.
Mi linda mambisa hubo de notar mi distracción, y siguiendo la dirección de mi vista, encontró el objeto que le robaba mi atención.
¡Una calabaza! ¡Horror!
Pero no se incomodó, como parecía lógico, ante tamaña decepción; antes pareció comprender el lastimoso estado de mi estómago, y me dijo con una vocecita parecida á un canto;
— ¿Tiene hambre, don teniente?
—No, china (9) , — le contesté.
No sé qué entonación le di á aquel no: debió ser muy parecido al sí, porque ella lo tradujo de ese modo, y cogiendo la calabaza con sus pequeñas, torneadas y sedosas manos, salió del rancho y diciéndome:
—Venga conmigo, que va á comer.
He dicho pequeñas, torneadas y sedosas manos, sólo por galantería y gratitud; mas ni eran torneadas, ni tampoco sedosas. Pequeñas, si, muy pequeñas y á no estar sucias, hubiesen sido primorosas.
La seguí, y nos fuimos á situar á una buena distancia de las otras personas, que en aquel momento me pareció que no existían. Para mí, no había en el mundo otra cosa que la calabaza y Manolita.
Ya no me dolían los pies.
Entre los dos reunimos un montoncito de leña seca, debajo del cual colocó Manolita un ascua, y tratamos de hacer que ardiera, soplando cada uno de nosotros por un lado.
Uno enfrente del otro, de rodillas y con las manos apoyadas en el suelo, dejábamos alternativamente de soplar para mirarnos y de mirarnos para soplar.
Esta faena, que á su principio asumía toda nuestra atención, fué poco á poco perdiendo su vigor.
Por último, dejamos de soplar. Se me olvidó por un momento la calabaza.
Cuando la lumbre estuvo prendida, cogió la niña la codiciada fruta, la partió en dos pedazos y la destripó, con gran sentimiento mío, que hubiera deseado comérmelo todo.
El hambre había recobrado su imperio.
Con gran contento vi que no la despojaba de la cascara, para ponerla al fuego; y mientras se asaba, entretuve mi impaciencia con una sabrosa plática de amor.
Una vez asada, me presentó los dos pedazos; y aunque mi voluntad era coger el más pequeño, según conviene á la buena crianza, no pude remediarlo, y una fuerza irresistible impulsó mis manos hacia la parte mayor.
— Todo para tí, — me dijo Manolita.
Avergonzado de mi glotonería, repliqué:
— No, chinita, quiero que comamos los dos.
— Bueno, tomaré un poquito por darte gusto, pero no tengo gana: me agrada más verte comer.
Empecé mi comida, sin dejar de mirarla.
Ella, muy gozosa con haber podido hacerme aquel obsequio tan oportuno, me miraba cariñosamente, y. también comió un pequeño trozo de la calabaza.
Sonreía, como deben hacerlo los ángeles.
Yo también... comía como comen las personas cuando tienen hambre.
El recuerdo de Peñalver acudió á mi mente, para amargar mi dicha; el deber de compañero me obligaba á darle parte en mi festín, mientras el egoísmo me aconsejaba lo contrario.
Reservé, no obstante, para él la mitad de mi comida.
Barona me llamó.
Vino abajo el castillo de naipes de mi momentánea felicidad.
La voz desagradable del mulato me recordó que estaba prisionero y acaso muy próximo el día de mi muerte: un velo de tristeza empañó mi rostro, retratando el dolor que sentía mi corazón.
También Manolita se puso triste. Nos separamos con pena, y llevándome dos hojas de tabaco, que me regaló, me marché con Barona, que me miraba de un modo feroz.
Creí que me iba á matar.
Queriendo desenojarlo, no me di por entendido de su celoso despecho, y le hablé con tanta indiferencia de Manolita y con tanto entusiasmo de la calabaza, que logré persuadirlo de que el hambre, y no el amor, era lo que me dominaba, consiguiendo hasta hacerle reír con algunos chistes que se me ocurrieron.
Llegamos á nuestro campamento.
Peñalver (10) estaba muy malo; tenía calentura.
Y hambre también tenía, mucha hambre.
iCalentura y hambre! ¡Qué rareza!
Yo no tengo mala intención, y sentía la enfermedad de mi compañero; pero, francamente, ya que no me era posible ponerlo bueno, hubiera deseado que su calentura hubiese estado acompañada del desgano con que acostumbran á usarla los mortales.
Con calentura ó sin ella, dio un pedazo de calabaza á Giraldo (11) y devoró lo demás. Nos fumamos después un cigarro cada uno, y ya no nos movimos hasta que se hizo de noche.
Antes de dormirnos sentimos un pequeño ruido en un árbol. Los mambises escucharon con atención, y reconocieron ser una jutia que se proponían cazar al día siguiente; podíamos, por lo tanto, abrigar la esperanza de comer carne.
La herida de la cabeza y las llagas de los pies me atormentaban muchísimo, pero logré conciliar el sueño, y dormí bien.
Día 6
Apenas amaneció, nos aprestamos para dar caza á la jutia, que la noche anterior se había dejado oír. Al efecto rodeamos el árbol que la ocultaba en su copa, y armándonos cada uno de un buen palo, esperamos con impaciencia el momento de obrar.
Crescencio (12) trepó al árbol con el machete en la mano, y empezó á perseguir de rama en rama al pobre animal: cuando éste llegó á lo más alto de su refugio y comprendió la imposibilidad de librarse de los golpes de su enemigo, dio un salto y se arrojó al suelo.
Ya habían terminado las funciones de Crescencio, y debían empezar las nuestras. Todos nos habíamos forjado la agradable ilusión de regalarnos con un pedazo de la asquerosa alimaña; mas no debía ser así. Quiso nuestra mala ventura que cayese por el sitio que ocupaba Giraldo, quien, con su nunca desmentida torpeza, dio doscientos palos en el suelo y ninguno en Ia jutia que logró por fin escapar.
No es posible pintar nuestro desaliento, ni tampoco la cara de cómico terror que puso Giraldo, al ver que todos reprendían agriamente su torpeza. Yo lo hice con la misma dureza que si se tratara de una grave falta de subordinación, y el pobre, apesadumbrado y confuso, limitó su desahogo á un tímido /porvichenes!
Poco tiempo duró nuestro pesar. Un capitán mulato, que se llamaba Vellito, se unió á nosotros con algunos de su partida, y nos regalo un potro muy gordo y bastante crecido sin perder un momento lo mataron, lo desollaron y tasajearon, poniendo á ahumar las largas tiras de su carne, de la que comimos asada gran cantidad, que nos pareció exquisita, aunque carecía de sal.
En medio de nuestros placeres gastronómicos, no eché en olvido a mi linda Manolita, y hubiera deseado que participase del banquete; mas no quise ni aun nombrarla, temiéndole a los celos de Barona. Este también pensó en ella, y la reservó una buena ración de carne, que él mismo fué á llevarla á la caída de la tarde.
Muy entrada la noche, volvió junto a nosotros, y me trajo unas cuantas hojas de tabaco, regalo que Manuela me hacía. Venía con un humor endiablado, y dejándose caer con rabia en su hamaca, me dijo con un tono en que se traslucía el despecho:
— ¿Sabe V., teniente, que la muchachita me ha dado calabazas?
Yo no estaba enamorado de ella, y sin embargo, me estremecí de alegría.
Disimulé no obstante, y le contesté cándidamente:
—Me alegro, capitán. Es muy buena; á mí también me dio ayer una calabaza hermosísima y muy sabrosa.
— No, ¡barijo! no sea sanaco (13) — dijo incomodándose de buena fé. — Las calabazas que á mi me ha dao es que no me ha querio. ¡Vea eso ibaramba! ¡no quererme á mí, que soy capitán y tengo dos asistentes! La mentecata!
Si creerá que porque es blanca, vale más que yo?
No le contesté, y él continuó diciendo:
Yo le aseguro que no ha de tener ningún hombre y que si alguna vez quiere á alguno, sea blanco ó negro, le abro el güiro (14) de un machetazo, aunque sea el mismo presidente, !barijo!
Figurándome que lo del machetazo iba dirigido á mí, traté de mudar de conversación, porque nunca me ha gustado hacer conocimiento con armas prohibidas.
Cesó él de hablar, acostóme yo, y como gracias á la liberalidad de Vellito, tenía abrigado el estómago, dormí profunda y tranquilamente.
Día 7
Desperté muy temprano, y ya Barona se había marchado á ver á Manolita.
No sé qué extraño poder ejercen las mujeres, por inocentes que parezcan, sobre todos los hombres. Un ejemplo de esta verdad nos ofrece mi mambisa, que siendo casi una niña, sin conocimiento del mundo ni de los hombres, había tenido la suficiente malicia para engañar á Barona: ignoro lo que le diría, pero ello es que, á eso de medio día, se presentó para decirme que aquella deseaba verme y que venía por mí con ese objeto.
Yo también anhelaba verla; pero aparenté que me contrariaba, y alegando que me dolían los pies, me resistí á seguirlo: cedí por último á sus reiteradas instancias, mas no sin procurar hacerle creer, que el deseo de complacerla y la esperanza de que me regalase un cigarro, era lo único que me movía á hacer el sacrificio de andar.
Dos horas, próximamente, estuve en el rancho de Manolita, que me obsequió mucho, formando gran empeño en que me llevase unas botitas de charol, muy lindas, que su padre habia robado para ella en el poblado de Auras, cuando fué atacado por los insurrectos. (15) Eran tan pequeñitas, que apenas podía meter en ellas la mitad de mis píes; y cuando se convenció de que no podían servirme, desistió de su obsequioso empeño.
De unas cortezas de árbol, extrajo un agua gelatinosa que, según decía, había de curarme radicalmente las llagas, y con ella me lavó los pies. (16)
Nos separamos, y volví al campamento llevando una jigüera llena de aquella medicina, para que la usase Peñalver.
Barona parecía muy contento, y me dio conversación hasta muy tarde. 
Día 8.
No nos movimos del sitio que ocupábamos, y comimos el resto de la carne del potro.
A Gíraldo le picaron dos alacranes en el brazo, y se le inflamó, produciéndole calenturas.
Un individuo de la partida fué, por disposición de Barona, á reconocer el rio Cauto (17), y volvió diciendo que creía fácil el vadearle.
Nuestra marcha quedó acordada para el siguiente día.

  EL RIO CAUTO.

Acompañados de Vellito y diez de su partida, salimos al amanecer con dirección al rio Cauto.
Antes de separarnos mucho de la prefectura, vi en el camino á Manolita, y al pasar junto á ella, se acercó á mí y me dijo al oído que nunca me olvidaría: yo la repetí lo mismo, y apreté cariñosamente la mano que ella me presentó, y sentí que oprimía dulcemente la mía.
Se separó bruscamente de mí, y me pareció que lloraba.
También para mí fué muy doloroso separarme de aquella pobre muchacha, que tan buena había sido conmigo, y tengo siempre para ella un grato recuerdo de agradecimiento.

NOTAS
1--Se refiere al mes de octubre de 1873
2--El oficial mambí jefe de la escolta de los prisioneros. Aunque este apellido usualmente se escribe con “V” hemos respetado la ortografía original
3--En su relato Antonio del Rosal se refiere con frecuencia a supuestos momentos en que estuvo a punto de ser ejecutado por los mambises. Estos respetaron tanto su integridad física como moral durante el tiempo que estuvo prisionero. Pero Antonio escribió y publico sus memorias en medio de una sociedad donde predominaba la pasión contra los independentistas. Es posible que no pocos de sus lectores se preguntaran por qué los mambises no lo ejecutaron. Por lo que es lógico esas dramáticas narración en la que se refiere a los mambises como gente desalmada.  En este caso Antonio no escribió es que una buena parte de los mambises estaban descalzos y no le arrebataron sus botas al caer prisionero.   
4--Existía una verdadera industria del yarey entre los campesinos cubanos; confeccionaban sombreros cerones, sogas, esteras pero con el intenso bloqueo a que fue sometido el territorio donde residían los insurrectos esta se extendió a todo tipo de implemento de uso común. Ver Ismael Sarmiento Ramírez, El ingenio del mambí, editorial Oriente, Santiago de Cuba, 2008, t II, p.  236. 
5--Los españoles tenían fama de tener grandes pies en el imaginario cubano.
6--En Cuba llaman morenos á los negros. (Nota de Antonio del Rosal y Vázquez Mondragón)
7--Antonio del Rosal es un racista convencido. A todo lo largo de su narración hay expresiones de desprecio por los negros y mulatos. Sin embargo fue un mambí negro el que lo hizo prisionero y le perdonó la vida. Otro mambí con sangre africana, Ángel Guerra, en medio de la excitación del combate evito que lo ultimaran. Antonio Maceo lo trato cortésmente brindándole un caballo para su traslado desde el lugar donde cayó prisionero hasta el campamento. La escolta que lo llevo desde Santa María de Ocujal al sur de oriente era mandada por un mestizo y varios de sus integrantes tenían piel oscura. Estos lo respetaron y lo atendieron según sus posibilidades. En general recibió atenciones de los mambises negros y mestizos como ninguno de ellos hubiera tenido de parte de los españoles en caso de caer prisionero. Los racistas son ciegos a la realidad y están dominados por sus prejuicios, es la conclusión que podemos sacar de esta falta de agradecimiento elemental por los mambises de piel negra que debería haber sentido Antonio del Rosal.   
8--Se refiere a un puro o tabaco como es conocido en la Cuba actual
9--Vocativo familiar afectuosísimo. (Nota de Antonio del Rosal y Vázquez Mondragón)
10--Se refiere a uno de los prisioneros españoles
11--Uno de los prisioneros españoles que formaba parte de esta comitiva.
12--Uno de los mambises que formaba parte de la escolta de los prisioneros.
13--Bobo, sandio, mentecato. (Nota de Antonio del Rosal y Vázquez Mondragón)
14--Por antonomasia, la cabeza. (Nota de Antonio del Rosal y Vázquez Mondragón)
15---Auras, población situada en la carretera entre Holguín y Gibara. Actualmente se llama Floro Pérez. Fue atacado con éxito por las tropas de Calixto García en la noche del 9 al 10 de abril de 1873. El mambí Ignacio Mora en su diario personal describió el combate en estos términos: “El enemigo no se sostuvo en sus posiciones, nos abandonó el poblado; principio el saqueo, se ocuparon las principales casas que eran todas del comercio. Concluido el saqueo se incendiaron todos los establecimientos y la Yglesia. La pérdida ha sido inmensa para los contrarios…” Fuente: Nydia Sarabia: Ana Betancourt Agramonte, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1970, p. 173 
16--El mambí Ramón Roa escribió sobre el papel de las mujeres en la utilización de la medicina natural: “Allí en los bosques estaba nuestra farmacopea y las benditas mujeres siempre “madres”, eran las solicitas encargadas del vasto dispensario.” Fuente: Ramón Roa, Pluma y Machete, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1969, p.100    
17--El Cauto es el mayor rio de Cuba con una longitud de 343 kilómetros. La cuenca del rio abarca 8.928 km².Fue una importante vía de comunicación durante las guerras de independencia. Por él se trasladaban desde, Manzanillo en embarcaciones fluviales, mercancías diversas hasta Cauto Embarcadero y de allí a Bayamo en convoyes. Esto acortada la distancia que era mucho mayor de Manzanillo a Bayamo.  



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