domingo, 18 de diciembre de 2016

HOLGUÍN MAMBÍ: LA VISIÓN DE UN PRISIONERO DE  CALIXTO GARCÍA.
Por : José Abreu Cardet


El texto que ponemos a disposición del lector es excepcional en la historiografía cubana: EN LA MANIGUA: DIARIO DE MI CAUTIVERIO, son las memorias de Antonio del Rosal y Vázquez de Mondragón un oficial del ejército español sobre los aproximadamente dos meses que estuvo prisionero de los mambises, durante la guerra de 1868. Es un texto estrechamente vinculado a Holguín.  Antonio del Rosal era el jefe de una contraguerrilla que tenía por base de operaciones la ciudad de Holguín. Participio en numerosos combates en esta región. Fue hecho prisionero en el combate de Santa María de Ocujal, en esos momentos territorio de la jurisdicción de Holguín.
“Escribo estos cortos renglones bajo la impresión de una hermosa victoria… la columna enemiga, compuesta de 500 a 600 hombres fue casi por completo destruida dejándonos en el campo 350 cadáveres y varios oficiales prisioneros” (1)Así describía Calixto García, al presidente Carlos Manuel de Céspedes, la victoria de Santa María de Ocujal. La acción había sido librada el de 26 de septiembre de 1873, en la jurisdicción de Holguín Estuvo en poder de los mambises desde el 26 de septiembre hasta el 18 de noviembre de 1873. Al ser liberado por los independentistas cubanos Antonio escribió un folleto titulado: Los Mambises. (2) Este, el 3 diciembre de 1873, ya estaba listo para la publicación con una dedicatoria al brigadier Francisco de Acosta y Albear.   Se imprimó en 1874, en Madrid. El texto es un estudio sobre las tácticas empleadas por los independentistas cubanos. Según el autor en el trató de sintetizar las: “…costumbres de los insurrectos, a sus modos de vivir y hacer la guerra, a sus recursos, a sus cualidades” (3)
Luego escribiría una segunda obra sobre sus días de prisionero, a la cual tituló “En la Manigua: diario de mi cautiverio”. (4)Esta fue publicada en 1876. Realizaría una segunda edición en 1879, en la que incluyó los dos textos.  En la Manigua: diario de mi cautiverio y Los Mambises. En el primero autor reconstruyó los 54 días que estuvo preso de los cubanos, de forma cronológica. Aunque Antonio lo público con el título de “Diario” realmente son unas memorias. El propio Antonio del Rosal aclara “…no habiendo escrito diario durante mi cautiverio”. (5) De todas formas Antonio del Rosal estructuró el texto en forma de diario narrando día a día lo que aconteció durante su vida como prisionero.
Antonio del Rosal junto a dos españoles prisioneros fue enviado por Calixto García al sur del oriente para que le fueron presentados al presidente Carlos Manuel de Céspedes. Por lo que atravesaron prácticamente el corazón del Holguín mambí.  El territorio que hoy comprendería el municipio Cacocum hasta las riveras del rio Cauto. Esa es la parte del texto que hemos seleccionado. Iremos poniendo a disposición del lector de esta memoria holguinera fragmentos de este recorrido del teniente español por el territorio holguinero.  No podemos olvidar que Antonio del Rosal era un oficial español lleno de odio contra los mambises y de prejuicios raciales contra los negros y mulatos. Pero en esencia nos dejó un interesante relato  sobre la vida de los mambises.
Tomamos ese fragmento de la segunda edición, publicado por la Imprenta del Indicador de los Caminos de Hierro, Costanilla de los Ángeles, 3 MADRID, 1879. Hemos respetado la ortografía original. Antonio del Rosal incluyo en su texto varias notas aclaratorias. Nosotros pusimos otras para que el lector tenga más información. Aclaramos las notas escritas por Antonio del Rosal  indicando entre paréntesis su origen.   Sin más acompañemos a este oficial hispano por los senderos de la tierra del mambí.

 Fragmentos de “EN LA MANIGUA DIARIO DE MI CAUTIVERIO”

“Se reunió la partida que había de escoltarnos. Esta la mandaba un capitán mulato y cojo, que se llamaba Justo Barona, (6) y los nombres de los siete individuos que la componían eran: Torres, Crescencio, Domingo, Tauler, Pedro, Antonio y José: de ellos, los dos primeros servían de asistentes á Barona, y el tercero era cabo; Torres era blanco, Crescencio y Domingo mulatos, y los restantes, negros.
Los prisioneros destinados á ir á Cambute, éramos Peñalver, (7) un sargento de mi batallón, llamado Giraldo, y yo.
Antes de marchar, llamó García (8) al mulato capitán y le dio algunas instrucciones, que por haberlo hecho en voz baja temí fuera la orden de matarnos.
Después nos llamó á nosotros, y nos dijo que, siéndole muy sensible disponer que nos atasen, nos eximiría de esa afrenta, si nosotros ofrecíamos por nuestra palabra de honor no fugarnos.
Así lo prometimos, pero haciendo la salvedad de que no nos obligábamos á no huir, si, lo que no era fácil, se nos presentaba una ocasión en que hubiéramos podido hacerlo aun estando atados. (9)
Con esto me despedí de Gallurt y Cuadrado,(10) y emprendimos la marcha en dirección contraria á la de la fuerza. (11)
Otra vez volví á pasar por encima de todos los cadáveres,(12) que despedían un hedor insufrible, y de los que ninguno conservaba los ojos, pues las auras (13)  es lo primero que devoran en los cuerpos muertos.
Al atravesar el rio quiso agua Mascías (14)y se la di en mi sombrero. Allí me separé de él, que siguió por el camino, y nosotros nos internamos en el bosque. (15)
Para entrar en él, dispuso Barona que el práctico lo hiciese á la cabeza de todos, con el objeto de ir abriendo camino con su machete; á éste seguíamos nosotros, á buena distancia intercalados, entre cada prisionero, dos mambises.
Esta colocación me hizo sospechar que se trataba de matarnos, y creí de veras que había llegado el último instante de mi vida. Me detuve un momento y le dije á Barona, que era el que cerraba la marcha:
— Los patones, (16)Barona, tienen valor para morir de frente: sé lo advierto á V., porque no quiero que se me mate por la espalda.
Peñalver me oyó, y dijo:
— Sigue sin cuidado. Yo, que quería darte un abrazo antes de morir, le he preguntado si nos iba á matar y ha dicho que hoy no nos matará.
— No, — dijo Barona, — hoy no. Seguimos.
Y llegamos á un cañaveral. (17)
Y los negros cortaron cañas, las mondaron y se las chuparon. (18)
Y á nosotros nos dieron a cada uno una caña mondada.
Y yo, que no soy goloso, muy ajeno de sospechar que estaba en una fonda, chupé un poco mi caña y la tiré.
Y llegó la noche.
 Y no nos daban otra cosa que caña.
 Y nos metimos en la manigua.
Y nos acostamos en el suelo, que estaba manando agua.
Y me dormí con un sueño muy agitado.
 Y empecé á sentir los horrores del hambre Y... pero ya va amaneciendo.

¡PERDIDOS!

Día 28. (19)
Al despuntar el día puso Barona en movimiento á toda su partida, y un segundo después de habernos levantado, empezamos á marchar, sin darnos tiempo para hacer la toilette y lo que es peor, sin desayunarnos.
Llevábamos un paso tan rápido, y nuestro camino estaba tan enmaniguado (20) , que me ahogaba de fatiga, teniendo además que resistir la incomodidad de mi calzado, cuyos tacones se me doblaban, mortificándome mucho; por último, me vi obligado á arrancarlos, y con ello di principio á la destrucción de mis pobres botas, que tan necesarias me eran.
A las dos horas de marcha hicimos un pequeño alto, para beber agua en un arroyo que encontramos al paso. Poco después llegamos al camino que va de Holguín á Tunas, y el que nos era preciso atravesar: en él estaba una contraguerrilla española componiendo el telégrafo,(21) y nuestro práctico nos avisó la novedad. Barona dispuso que avanzase uno de los individuos de su partida hasta la inmediación del camino, y allí, oculto entre la espesura, permaneciese en observación mientras nosotros pasábamos, con el objeto de avisarnos con un disparo si notaba que los españoles descubrían nuestra presencia en aquel punto: adoptada esta precaución, ordenó que se colocase un mambís junto á cada uno de nosotros, con la misión de matarnos en el momento de ser atacados, si este caso llegaba; nos recomendó mucho silencio, y empezó la operación de cruzar el camino, adoptando precauciones para no dejar rastro.
Aunque tenía la certeza de que si los españoles atacaban, nuestra pequeña escolta seria batida y destrozada, no me atreví á gritar, porque no me matasen, y lo mismo que mis compañeros me deslice como una culebra, sin hacer el más ligero ruido.
Pasado el peligro, continuamos nuestra marcha, que cada vez se hacía más penosa: me costaba trabajo sostenerme en pié de tanta debilidad, y con frecuencia tenía necesidad de cogerme á los árboles para no caer. Empezó á llover del modo que llueve en aquel país, y mis fuerzas se agotaban por momentos: comprendí que si me negaba á seguir me matarían para desembarazarse de mí, y el deseo de vivir me dio alientos para llegar casi arrastrándome, hasta el bosque, donde, según decía el práctico debíamos encontrar una prefectura y tomar en ella nuevo guía.
Estas prefecturas no son otra -cosa que algunos miserables bojíos (22) diseminados por el bosque, á alguna distancia entre sí, y en los que viven varias mujeres, niños, viejos, y hombres enfermos ó heridos: todos obedecen al prefecto, autoridad colocada allí por el gobierno de los insurrectos, que tiene el deber de atender á los enfermos y heridos, y el de proporcionar prácticos á las partidas que los necesiten. En muchas de ellas no hay más que un solo bojio habitado por el prefecto y alguna otra persona. (23)
La que nosotros buscábamos la hallamos abandonada y no existía más que el armazón de un bojio y que sólo tenía en buen estado un asiento largo, ó barbacoa. En él tomamos asiento, ínterin el práctico, por orden de Barona, fué en busca del sitio á que pudiera haberse retirado el prefecto, y así estuvimos hasta que se hizo de noche, sin que cesase un momento de llover.
Yo no podía ya resistir el hambre; pero me daba vergüenza pedir de comer, y esperaba suspirando á que se les moviese el alma á darnos algo, á nuestros guardianes: el alma no se les movía (valientes almas de cántaro!), y lo peor era, que ellos parecían muy dispuestos á pasarse sin comer, (24)pues no veía que ninguno  acudiese á su  jolongo (25) , que, á juzgar por lo mucho que abultaban, debían suponerse muy repletos de provisiones.
La noche avanzaba, el práctico no parecía, seguía la lluvia, aumentaba el hambre, y no se comía.
¿Cómo aguardar más?
Me dirigí á Barona, y tratando de disfrazar mi petición con una broma, le pregunté:
— Dígame V., capitán, ¿entre los mambises se estila comer, ó han perdido ya esa buena costumbre?
— Los mambises — me contestó riendo, — tenemos costumbre de comer cuando hay comida, pero prescindimos de esa ocupación cuando se carece de ella.
— ¿Y no tienen Vds. nada en este momento?
— Nadita, pero hoy no nos moriremos de hambre, porque esta mañana hemos comido caña en abundancia. 
Me quedé estupefacto al averiguar que entre los insurrectos chupar equivalía á comer  y que aquella noche ni para chupar había.
¡Digo! yo, que no había chupado por la mañana, ni la tarde anterior, creyendo, que era golosina, ¿qué noche me esperaba?
Tristemente resignado, me acomodé como pude en la barbacoa con Peñalver, y debajo de ella se colocó el sargento Giraldo, que fué el que pasó la noche mejor, porque nuestros cuerpos le resguardaban de la lluvia.
Los mambises, se acostaron todos, excepto uno que nos vigilaba, y pasaron la noche, en su hamaca  (26) el que la tenía, y en el suelo el que no.
Yo no pude dormir en toda la noche: el hambre, el dolor de mis heridas y la cruel incertidumbre sobre la suerte que me aguardaba, me impidió conciliar el sueño. Combatido por tristes pensamientos, pasé aquella eterna noche de sufrimiento, -sin que en toda ella dejase de llover un momento.
Día 29.
Tan triste, tan desconsolador como la pasada noche se presentaba el nuevo día. La misma desesperante calma, la misma abundante lluvia y el mismo aterrador aislamiento, sin esperanza de salvación.
El práctico no había vuelto, ni debía volver. Era soldado de una de las partidas que acompañaban á Calixto García, en su excursión por la zona de cultivo de Holguín, y sabiendo que se trataba de atacar el poblado de Uñas (27) del que se prometían sacar mucho botín, huyó dejándonos abandonados, para unirse á su gente y aprovechar la, para él, encantadora ocasión de entregarse algunas horas al pillaje y saqueo. 
¿Qué le importaba que pereciésemos todos, amigos y enemigos, si él lograba su intento?
Barona juraba y blasfemaba, prometiendo cortarle las orejas, si por un milagro de Dios conseguíamos salir de aquel destierro, mientras los otros mambises, con una resignación verdaderamente asombrosa, esperaban el fin, nada tranquilizador, de aquella triste aventura. El sargento Giraldo me miraba á cada momento del modo más lastimero, y entre respetuoso y colérico exclamaba moviendo tristemente la cabeza:
-Porvichenes!
Peñalver y yo éramos los menos resignados, siéndonos ya imposible resistir el hambre, nos lanzamos sobre un limonero que cerca de nosotros había, y creyendo mitigar nuestro tormento, nos comimos, con cascara y todo, gran cantidad de limones agrios, que sin quitarnos el hambre, nos produjeron atroces dolores de estómago.
Pasaron de este modo las primeras horas de aquel angustioso día. Cansado al fín Barona de esperar inútilmente, dispuso que dos ó tres individuos de su partida, se internasen en distintas direcciones dentro del bosque, con el fin de buscar alguna fruta ú otro alimento; nosotros entretanto, con una ansiedad cruel y una leve esperanza, aguardábamos su regreso. 
No puedo calcular el tiempo que trascurrió, hasta que sucesivamente fueron llegando los que con tal impaciencia eran esperados, sin que ninguno de ellos hubiese conseguido encontrar nada que comer.
Nadie se quejaba, á pesar de tan triste decepción: un modesto ¡poverchines! de Giraldo, cada vez que llegaba sin alimento alguno de los que en busca de él habían salido, era la única palabra de disgusto que se oía.
Yo no podía sufrir más. Si hubiese estado solo, creo que me hubiera entregado á la más espantosa desesperación; pero la presencia de mis enemigos, cuya resignación heroica admiraba,(28) hizo que me dominase, y no queriendo parecer menos fuerte que ellos, me eché en la barbacoa con Peñalver, y allí, sin apenas variar de postura, sin hablar una palabra ni dejar escapar un suspiro, pasé todo aquél día, y la noche que le siguió, dormitando unos ratos y despierto los más.
Día 30.
Hambre, lluvia, dolores y muy pocas esperanzas de mejorar, era con lo que nos brindaba el último día del mes de Setiembre. (29)
No se podía contar con los auxilios del práctico, que tan infamemente nos había entregado á la dura suerte que nos aguardaba; ¿pero debíamos dejarnos morir de hambre, sin intentar salir de aquel apartado é inmenso bosque? ¿No era un criminal suicidio abandonarnos, del modo que lo hacíamos, á una estéril indolencia, sin procurar los medios de sustraernos á la espantosa suerte que nos amenazaba?
Éstas y otras semejantes reflexiones le hice á Barona, quien con una tranquilidad que me heló el corazón, me dijo, que si Dios no obraba un milagro, moriríamos allí infaliblemente. Ninguno de nosotros conocía aquellos montes, por lo que, si nos movíamos, no conseguiríamos otra cosa que vagar por ellos, fatigándonos inútilmente; ni aun nos quedaba el recurso de salir á rumbo,(30) faltándonos el sol para que nos sirviese de guía.
Yo, á pesar de todo, no quería perecer sin luchar, y á fuerza de discurrir, me asaltó la luminosa idea de volver sobre nuestros pasos, con lo que podríamos tal vez conseguir salir a terreno conocido.
Cuando le dije á Barona mi pensamiento, convino con todos los demás en que era buena idea, y en que habíamos sido muy torpes no pensándolo antes.
Inmediatamente nos pusimos en marcha; mas como había llovido tanto, nuestras huellas habían desaparecido, y nos fué absolutamente imposible encontrar el rastro que para llegar hasta allí habíamos dejado. (31) Volvimos, pues, desalentados al punto de partida, y faltos ya de toda esperanza, nos colocamos abatidos en los mismos sitios que momentos antes habíamos abandonado con la alegre ilusión de no volver á ellos.
Sonó un tiro.
— iLos patones! — exclamaron los mambises.
Y con una actividad, de que no los hubiera creído capaces en aquellas circunstancias se prepararon para el combate.
— iUn gente aquí! Dos gentes allá, otro gente acullá— gritaba el capitán, señalando á cada uno el sitio que debía ocupar.
¡Otra esperanza frustrada! Pasó más de un cuarto de hora, sin que se oyera otro ruido que el causado por el aguacero.
A una orden de Barona volvieron todos á sentarse, pero conservando aún el fusil en las manos.
— ¡No eran españoles!— exclamé yo tristemente.
— ¿Lo siente V? — replicó Barona.
—Sí, señor, mucho lo siento.
— Si hubiesen sido españoles, hubiéramos tenido que matar a Vds.
—Siempre hubiera sido mejor que morir de hambre.
— Es verdad
— ¿Quién habrá disparado ese tiro?
—Algún maja (32)
— ¿Por qué, no hace V. que salgan en su busca?
— Tiene V. razón. ¡Domingo! — añadió dirigiéndose al cabo, disponga V. que vayan dos ciudadanos (33) á buscar ese majá ó su rastro.
Salieron en efecto, mas volvieron después de dos horas sin haber encontrado á nadie.
Todo volvió á quedar en el mismo estado que anteriormente.
Ya no quise ocultar mis heridas, que me dolían mucho, y le supliqué á Peñalver que me curase como mejor pudiese. Ayudándose con un machete, que nos prestaron, me extrajo dos pedazos de plomo, uno del hombro y el otro del costado derecho. El machete cortaba poco, y fácil será comprender lo que sufriría con aquella cura, practicada por las inexpertas manos de mi amigo. Me lavó las heridas con agua de la que llovía, y me encontré más aliviado.
Una desesperante calma reinaba en derredor nuestro. Los mambises, como siempre indolentes, se acostaron, en su hamaca unos, y otros en el suelo, sin proferir una palabra. Giraldo seguía diciendo ¡porvichenes! y Peñalver y yo no dejábamos de comer limones, sin hacer el menor caso de los consejos de aquella gente, que nos decía no los comiésemos.
Así pasó todo aquel día.
En medio de tanta angustia, no me abandonaba la esperanza de poder salir de allí, y ponía en continua tortura la imaginación, afín de hallar el modo de conseguirlo. Suponía yo que al mudarse el prefecto de aquel sitio, lo habría hecho á causa, quizá, de haber sido descubierto su retiro por alguna fuerza española; en tal caso, era probable que se hubiese trasladado á otro punto del mismo monte pero tan escondido, que fuese muy difícil dar con él. Sin embargo, un medio había, aunque no infalible, de encontrarlo: el prefecto, y los que con él viviesen, debían necesariamente hacer algún consumo de agua, y ésta, a no dudarlo, procurársela de alguna de las aguadas que tuviese el monte; así, pues, acudiendo nosotros á ellas, encontraríamos seguramente en alguna, cuando menos, un ligero rastro, que nos condujese hasta el refugio de la persona que buscábamos.
Mi razonamiento, que expuse á Barona, no le convenció completamente; mas no por eso dejó de ponerlo en práctica, y dispuso que fuesen dos individuos á reconocer el bosque, con el objeto de fijarse en todos los puntos de agua constante y seguir cualquier rastro que pudiesen encontrar. El primero que regresó manifestó haber sido infructuosas sus pesquisas; pero cerca de media noche volvió el otro, con la agradable noticia de haber encontrado al prefecto, que prometió mandarnos un práctico en cuanto amaneciese.
Tan grande fué la alegría que me produjo esta noticia, que á pesar del hambre, de la lluvia y del dolor de las heridas, dormí mucho mejor que las pasadas noches, arrullado por la esperanza de comer mejor también al día siguiente.

 PELIGROS Y PADECIMIENTOS.

Octubre 1.
Apenas había amanecido, cuando se presentó el práctico tan ardientemente deseado, haciendo saltar de alegría nuestros corazones.
Era blanco, y todo su equipaje consistía en un pantalón hecho pedazos, y cuyos perniles no pasaban de las rodillas; unas cutaras (34) de yagua y un sombrero de yarey (35), un fusil de pistón (36)y un machete: llevaba además un gran jolongo y lleno de muchas cosas inútiles, y ninguna comestible.
Después de fumar con indecible placer un cigarro,(37) que á cada uno nos dio, emprendimos nuestra jornada muy animada.
No dejo de llover todo el día, y casi todo el camino fuimos metidos en agua hasta las rodillas, habiendo tenido necesidad también de vadear dos ríos, con agua hasta el pecho.
Llegamos a la perfectura, termino de nuestra marcha, y vimos que el lugar que ocupaba se hallaba convertido en una inmensa laguna, de tanto como había llovido. Solo había en ella tres malos bojios, de los que uno ocupaba el perfecto con su mujer, que era blanca sucia, desastrada, gruesa y fea. Otro estaba ocupado por un viejo blanco y un negro completamente desnudo, y el tercero lo habitaban dos hermanos, sucios también y vestidos de harapos, pero jóvenes y blancos.
Yo no vi mas muebles que una guitarra, medio peine, un cataure de yaguas (38) y un caldero desportillado.
Este último mueble llamó desde luego mi atención, y en él se fijaron mis hambrientas miradas, porque contenía una jutia (39) y gran cantidad de granos de maíz, que todo junto se cocía á un buen fuego.
 Los mambises de nuestra escolta se reunieron a los que allí había, y se entretenían en referirles con las consiguientes exageraciones, que habíamos caído prisioneros, alabándose no poco del valor con que decían haberse batido. Los oyentes escuchaban con profunda atención y marcadas muestras de entusiasmo, y cuando los primeros concluyeron su relato, prorrumpieron en desaforados vivas a Cuba libre y mueras á España.
A Peñalver le costaba trabajo reprimirse, y yo también tuve necesidad de hacer un esfuerzo para no contestar á las baladronadas de aquellos miserables majaes, que sin tener el valor de exponerse á nuestras armas, se atribuían ahora un triunfo al que ellos no habían contribuido. Fingí no oírlos, y me ocupé en construir una barbacoa para dormir separado del agua.
Llegó un momento en que la asquerosa mujer (40)del prefecto me pareció una hurí (41)encantadora; no porque me sedujeran sus perfecciones, que no ponía gran cuidado en ocultar, sino porque con una gracia inimitable, nos presentó un gran trozo de jutia y una pequeña porción de maíz, que nos dispusimos á engullir, con las mejores disposiciones. Todos, comimos en la misma vasija, y esta vez no reparé si mis comensales tenían las manos sucias ó limpias, blancas ó negras, á pesar de que nos servíamos de ellas como único cubierto. Oh poder del hambre.
Vino la noche: Peñalver y yo nos acostamos en la barbacoa que yo había hecho, en la que apenas cabíamos, y nos cubrimos con un pedazo de manta qué nos dio el cabo Domingo.
A pesar de lo incómoda que era nuestra cama, empezaba á conciliar el sueño, cuando uno de los dos hermanos blancos cogió la guitarra, y acompañándose con ella, dio principio á una desagradable canturía, cuya letra era un asqueroso insulto á los españoles. Sus compañeros le hicieron coro, y con sus gritos y mueras á España, se preparaban á no dejarnos dormir.
Ni Peñalver ni yo estábamos para bromas: el hambre mal satisfecha, y la noche que nos esperaba, nos tenía de un humor poco agradable, que venían á agriar aún más con sus insolencias aquellos impertinentes cantores.
Ellos, deseando sin duda hacer un alarde de valor, se acercaron á nosotros y nos- atronaron con una salva de dicterios, que acabó con mi paciencia.
No pude contenerme; me levanté enfurecido, y los apostrofé llamándoles cobardes y desafiándolos. Otro tanto hizo Peñalver, y ambos corrimos un riesgo inminente de morir bajo el filo de los machetes de aquellos cobardes, que creyendo hacer una heroicidad, se precipitaron sobre nosotros, con ánimo de matarnos.
Barona y los suyos se reían; Giraldo temblaba y decía ¡porvichenes! y Peñalver y yo, comprendiendo tarde nuestra imprudencia esperábamos cruzados de brazos la agresión de aquella turba, sedienta de nuestra sangre. Nada podía salvarnos.
Repentinamente me ocurrió la idea de buscar apoyo en la gente de Barona, y conocí entonces el valor de la diplomacia. 
Sin dejar de insultar á nuestros feroces enemigos, les dije, que si fueran tan valientes como el capitán y los suyos, no se ensañarían contra españoles desarmados, é imitando su heroica conducta, buscarían las ocasiones de acreditar su valor, frente á frente de enemigos que pudieran defenderse.
— ¡Es verdad! — exclamó Barona, halagada en su amor propio.
De un salto se colocó delante de nosotros, y sacando su machete, prosiguió diciendo:
—Los majaes son lo mismo en todas partes; unos pendejos (42) sinvelgüensitas (43) . Yo soy el hombre más valiente del mundo, y aquí no hay más jefe que yo, ni más machete que el mío. i A dormir todos!
Se restableció la paz, y no se cantó más.
Nos acostábamos de nuevo, y aunque no cesó de llover y mi lecho no era nada cómodo, me dormí, sonriéndome interiormente, de la necedad de Barona. (44)
Día 2.
No había mediado la noche cuando desperté y me senté en la barbacoa y esperando la venida del nuevo día, que se presentó tan lluvioso como todos los anteriores.
Sirviéndonos de práctico uno de los dos jóvenes blancos, emprendimos la marcha antes de que fuese de día, sin sacar ninguna provisión.
Doce leguas, ó tal vez más, anduvimos pisando agua y teniendo necesidad de vadear algunos ríos. Me admiro de haber podido hacer aquella jornada, pues era tanta mi debilidad, que me costaba trabajo mantenerme de pié; y por otra parte, me apretaba el calzado, como si fuese de hierro; quise quitármelo, y no pude conseguirlo; estaban mis botas como adheridas á mis pies.
Un rio, salido de madre, detuvo nuestra marcha. Acampamos junto á él, con más de una cuarta de agua, y allí pasamos la noche, sin haber tomado otro alimento que un pequeño trozo de jicotea (45)  asada. (46)
Día 3.
Hasta muy avanzada la mañana tuvimos que esperar el descenso del rio, que por fin pudimos pasar, nadando los que sabíamos hacerlo, y los que no cogidos á la cola del caballo de Barona.
La jornada fué penosa y larguísima, pero tuvimos la suerte de encontrar al paso un guayabal (47)  y comimos guayabas hasta quedar satisfechos.
Debiendo mudar de práctico á la mitad de la jornada, crugió el que llevábamos, de un modo especial, un látigo que tenía, y á esta señal salió de la espesura otro, que siguió con nosotros.
Fuimos á hacer noche, á una prefectura, en que había una estancia,(48) y de ella nos dio el prefecto algunas calabazas, que todos juntos, y sirviéndonos de las manos, comimos hervidas con sal.
No llegamos á la prefectura, pero supe que en ella había algunas mujeres, de las cuales recibimos como regalo una gran jigüera de leche de corojo (49) : su generosidad me animó á enviarles mi pantalón, que estaba muy roto, para que me lo remendasen, y ellas lo hicieron de buena voluntad, aunque con poco primor. (50)
La noche pasó sin llover, y dormimos muy bien.
Día 4.
Desde antes de amanecer estuvimos andando, hasta que casi de noche llegamos á una prefectura que, como la anterior, tenía una pequeña estancia.
El prefecto, que era un negro, viejo y muy caritativo, nos dio algunos boniatos salcochados y un cigarro á cada uno. Terminada nuestra comida, nos retiramos al final de la estancia junto al bosque, y allí nos acomodamos para pasar la noche.
A Barona le dijeron que, inmediatos al bojio del prefecto, había algunos otros, y que en ellos vivían mujeres: aficionado á ellas, como buen cubano, no quiso recogerse sin visitarlas, y acompañado de Giraldo, se separó de nosotros, con intención de verlas.
Yo, entretanto, conseguí quitarme las botas y supe la causa del dolor de mis pies; los tenia llenos de llagas,(51) y me convencí de que al día siguiente no podría marchar. Peñalver se hallaba en el mismo estado, y ya no me quedaba duda de que nos matarían al día siguiente, si al emprender la marcha nos negábamos á seguir, como no podíamos menos de hacer, en atención á nuestro estado.
Participé mis temores á Peñalver, y no pude menos de admirar su resignación. Me dijo que tarde ó temprano habrían de matarnos, y que para vivir del modo que estaba, prefería morir pronto.
La Providencia vino otra vez en auxilio nuestro. (52)Cuando volvió Barona de su nocturna excursión, nos dijo que no podríamos seguir nuestra marcha hasta pasados algunos días, pues le habían asegurado que había salido de madre el rio Cauto, y no era posible vadearlo.
Disimulé la inmensa alegría que esta noticia me produjo, y pasé gran parte de la noche hablando con Barona. Este me refirió todo lo que había visto, y se expresaba con mucho calor, al celebrar la belleza de una de las mujeres que había visitado: me dijo que le había hablado de mí, y que por haber ella manifestado deseos de conocerme, había pensado visitarla otra vez al día siguiente, llevándome consigo.
La esperanza de descansar algunos días me puso tan contento, que dormí mejor que otras noches.
Notas
1--Biblioteca Nacional de Cuba, Sala Cubana  /C M / Céspedes/ núm. 20
2---Los Mambises: Memoria de un prisionero. Imprenta de Pedro Abienzo, Madrid, 1874.
3-- Antonio del Rosal y Vázquez Mondragón: En la manigua diario de mi cautiverio. Segunda edición Imprenta del Indicador de los Caminos de Hierro, Costanilla de los Ángeles, número 3, Madrid, 1879, p.  247.
4---En la Manigua: diario de mi cautiverio, Imprenta de Bernandino y Cia, Madrid, 1876.
5---Ibídem.  En la introducción sin numerar.
6--- Comúnmente el apellido Varona se escribe con V. Pero hemos respetado la ortografía original.
7--Carlos Peñalver Alférez del ejército español que cayo prisionero en el combate de Santa María de Ocujal
8--Mayor general Calixto García Iñiguez
9-- Antonio del Rosal recibió un trato exquisito y caballeroso de Calixto García como esta prueba de confianza que parece extraída de una narración de las novelas de caballería y no de la guerra a muerte que llevaban españoles y mambises en 1868.
10-- Dos oficiales españoles capturados en Santa María de Ocujal a los que Calixto García envió a Holguín pues uno de ellos estaba gravemente herido.
11-- Las tropas de Calixto García avanzan en dirección al rio Chaparra donde librarían el combate de ese nombre mientras los prisioneros y la escolta avanzan hacia el Cauto.
12-- Se refiere a los cadáveres de los españoles muertos en el combate de Santa María de Ocujal que eran más de doscientos.   En la guerra del 68 cada bando dejaba insepulto los cadáveres de los contrarios. Un mambí escribiría en su marcha por una zona donde habían incursionado las tropas colonialistas  que encontró “…dos cadáveres en putrefacción”   Poco después vio que   “…todos los caminos están llenos de cadáveres”  de los mambises ultimados. Estas escenas de los cadáveres abandonados de los contrarios eran bastantes comunes.  
13--- Ave carnívora, semejante al pavo. (Nota de Antonio del Rosal y Vázquez  Mondragón)
14--- Capitán del ejército  español  Wenceslao Macías, cayó prisionero en el combate de Santa María de Ocujal.
15-- El oficial español Macías y su escolta tomo el camino de Holguín donde sería entregado a los españoles. Estaba gravemente herido.
16---Así llamaban los mambises a los militares españoles.
17--Por excelencia, el sitio sembrado de cañas dulces. (Nota de Antonio del Rosal y Vázquez  Mondragón)
18---Los sembrados abandonados como este cañaveral eran una de las fuentes de abastecimientos del ejército libertador. Casi siempre cuando una fuerza acampaba enviaba a sus asistentes y gran parte de los soldados a localizar sembrados abandonados. También estos capturaban jutias, aves y otros animales. Era esta la forma más rápida de abastecerse pues hacerlo en los sembrados enemigos generalmente requería de una operación mucha más compleja. Además denunciaba la presencia mambisa. Aunque esta búsqueda de alimentos en los sembrados abandonados tenía su inconveniente. Muchas veces el campamento quedaba virtualmente desprotegido.  En caso de un ataque hispano podía crear una situación bastante comprometida. Calixto García fue capturado en septiembre de 1874 cuando envió a la mayoría de sus soldados a abastecerse y dejo en el campamento un corto número de oficiales que no pudieron organizar la defensa ante el ataque de una tropa enemiga.      
19---Se refiere al mes de septiembre de 1873.
20---Cubierto de maleza. (Nota de Antonio del Rosal  y Vázquez Mondragón)
21---El Ejército español dedicaba un gran esfuerzo a mantener en funcionamiento las líneas telegráficas mientras los mambises las destruían cada vez que podían. En la papelería mambisa hay numerosos ejemplos sobre estos sabotajes.
22---Antiguos autores escribían bohío pero la voz más usada es bojío ó bujio y para significar cualquier casa ó habitación rústica, pobre, forrada ó techada de yagua generalmente. (Nota de Antonio del Rosal y Vázquez  Mondragón)
 23---Los mambises llegaron a tener algunas prefecturas bastantes grandes. Carlos Manuel de Céspedes en su diario anotó sobre una de ellas: “Se ha desmontado un gran espacio de terreno muy quebrado y vistoso, y se han construido más de veinte bohíos, de los cuales algunos están pintorescamente situados. Se cultiva maíz, arroz, boniatos, frijoles, caña, ñame y además coles y otras verduras, siendo la de mayor importancia la rica hoja del tabaco.”
Fuente: Eusebio Leal Spengler: Carlos Manuel de Céspedes, El diario perdido. Publicimex S. A., 1992,  p. 268.
24---Esta indiferencia del mambí ante el sufrimiento producido por el hambre, la lluvia, las heridas es una constante a todo lo largo del relato de Antonio.
25---Sacó de tela gruesa, de grandes proporciones, más largo que ancho, que usan casi todos los mambises, para llevar en él sus provisiones.( Nota de Antonio del Rosal y Vázquez Mondragón)
26---Red gruesa y clara, que asegurada á dos árboles ó estacas, sirve de cama. También se hacen hamacas de lona gruesa. (Nota de Antonio del Rosal y Vázquez  Mondragón)
27---Poblado situado en estos momentos en el territorio del municipio Holguín. En la época estaba situado en la zona de cultivo de Gibara. Contaba con una abundante población de origen  canario, peninsular y cubanos fieles a España. Pese al desarrollo de la guerra en esa zona se había acumulado una gran cantidad de riqueza.
28---Antonio del Rosal va reconstruyendo en su narración sin aspavientos la mentalidad estoica de estos insurrectos. Incluso sin proponérselo.
29---Durante el mes de septiembre de 1873 llovió en abundancia.  Céspedes anotó en su diario personal el 1 de octubre de 1873: “Este año se parece al de 68 en que llovió a mares.”  
Fuente: Eusebio Leal Spengler,  ob. cit.   p. 117.
30--Sin camino conocido, guiándose por el sol. (Nota de Antonio del Rosal y Vázquez Mondragón)
31--La lluvia  podía borrar los rastros. Carlos Manuel de Céspedes en carta a su esposa le dice que: “Aquel día cayo un fuerte aguacero que borró todos los rastros que guiaban a nuestro campamento”(1)   Aunque Máximo Gómez pensaba de una forma diferente al  afirmar   que “Amo más aun la lluvia que obstruía el paso al enemigo y denunciaba su huella” (2)
FUENTES: 1--Fernando Portuondo del Prado y Hortensia Pichardo Viñals: Carlos Manuel de Céspedes, Escritos. Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1982, T III, p 116.  2--Máximo Gómez: Mi Escolta: Última guerra de Independencia. En Emilio Cordero Michel, Máximo Gómez a Cien Años de su fallecimiento, Archivo general de la Nación, Santo Domingo, República Dominicana, 2005,   p. 67.  
32--Dan este nombre á los partidarios y auxiliares de la insurrección que no están en armas, comparándoles con el verdadero majá, ó sea cierta especie de culebra, muy indolente, semejante al boa, que crece hasta cinco varas y habita escondido en los bosques. (Nota de Antonio del Rosal y Vázquez Mondragón)
33---Mambises se llamaban entre sí como ciudadanos. Era una forma de recalcar que pertenecían a una república. También de crear una separación con el estado español. En los documentos oficiales de los libertadores se le da esa definición a los mambises. Pero esos fueron escritos por la alta dirección de la revolución lo peculiar de este caso es que gente muy humilde  se habían apropiado del termino y lo utilizaban en las conversaciones coloquiales.  
34---Lo mismo que chancletas. (Nota de Antonio del Rosal y Vázquez Mondragón)
35---Una de las especies de palma silvestre, abundante, y la más útil y apreciada para tejidos de  sombreros, petacas, etc. (Nota de Antonio del Rosal y Vázquez Mondragón)
36---Fusil que se ceba colocando sobre su chimenea una cápsula cilíndrica de cobre que contiene pólvora y fulminante, la cual se inflama al golpe de un martillo que reemplaza al pie de gato. En la época de este relato era un arma obsoleta comparada con el sistema Remington.
37---Se refiere a lo que hoy se denomina en Cuba  un puro o tabaco. 
38---Cataure o catauro  recipiente hecho de yaguas. 
39--Jutia, que Gonzalo Fernández de Oviedo y Fray Bartolomé de las Casas escriben Hutia, es uno dé los pocos cuadrúpedos que los descubridores españoles encontraron en Cuba. La Jutia es más inteligente y viva que los conejos y las liebres, y se domestica fácilmente. Abunda en los campos de la isla, y su carne parece á muchos muy sabrosa. (Nota de Antonio del Rosal y Vázquez Mondragón)
40--Antonio del Rosal en su relato trata siempre de disminuir a las mambisas que son feas, mugrosas etc. Quizás el papel tan importante que desempeñaron en la resistencia mambisa estimulando a sus hombres a combatir y vertió sobre ellas toda su impotencia. Es interesante que en su relato se encuentra con algún mambí quejoso de si situación y llega a argumentar una potencial deserción. Pero en ningún caso hace referencia a una mujer que le argumento tales criterio.  
41--Beldad
42---Cobardes. (Nota de Antonio del Rosal y Vázquez Mondragón)
43---De sin vergüenza. (Nota de Antonio del Rosal y Vázquez Mondragón)
44--Esta es una escena interesante. De ser cierta y no una exageración de Antonio para expresar al lector su amor por España nos podíamos preguntar qué hubiera ocurrido si unos prisioneros cubanos hubieran respondido de esa forma a los españoles. Seguramente que los hubieran ejecutado en el acto.
45--Anfibio, especie de tortuga ó galápago, de un pié de largo, poco más. Abunda en agua dulce, en las lagunas y pantanos generalmente, y come frutas é insectos. Es buena comida, así como sus huevos. Nadie pronuncia hicotea como algunos escriben. (Nota de Antonio del Rosal y Vázquez Mondragón)
46---Antonio del Rosal se refiere a un asunto del que existen muy pocos testimonies: el consume de la fauna fluvial por los mambises. Estos debieron de realizar pesquerías en los ríos y lagunas pero han quedado muy pocas evidencias de esas actividades. 
47---Sitio donde hay muchos guayabos, árbol frutal que produce la guayaba abundantísima en la isla de Cuba. (Nota de Antonio del Rosal y Vázquez Mondragón)
48--Pequeña hacienda de campo, reducida á los cultivos menores de viandas, hortalizas, frutales, etc. (Nota de Antonio del Rosal y Vázquez Mondragón) 
49--Una de las especies de palmas, silvestre. El fruto de su nombre es redondo, de pulgada y media de diámetro, amarillo por fuera, cuando maduro de cuya cascarilla despojado, presenta una carnosidad blancuzca y babosa hasta la segunda corteza, que es muy dura, y dentro se halla la almendra blanca, redonda y de sabor agradable. (Nota de Antonio del Rosal y Vázquez Mondragón) 
50---Siempre hay una crítica, aunque fuera en detalles como este,  para los mambises y en especial a las mambisas. 
51---Las llagas eran una de las dolencias más comunes de los mambises.  Al respecto escribió Céspedes: “Por todas partes encontramos enfermos, raro es el que no tiene llagas” (1) Sus efectos eran terribles. Como no había medicinas ni los mambises podían realizar un reposo prolongado las llagas eran difíciles de curar. El patriota Ignacio Mora anotaba en su diario personal: “…esa llaga que me principio el 22 de febrero, me ha mortificado cuatro meses y medio” (2) Las llagas llegaban a inutilizar a muchos combatientes. Salvador Cisneros Betancourt le escribía a un revolucionario que se encontraba en República Dominicana e intentaba enviarle diversos productos a los cubanos: “No deje de mandar medicinas, en particular, quinina y mercurio para las llagas: acuérdese cuantos hombres tenemos valdados por esto” (3) Algunos mambises prácticamente quedaban indefensos por la llagas. Salvador Cisneros anotaba que “…a Pedro Macaluso lo mataron los españoles, el pobre estaba en una estancia con una llaga, y solo así lo hubieran cogido. “ (4)  Fuentes utilizadas en la nota 51:
1--Hortensia Pichardo y Fernando Portuondo, Carlos Manuel de Céspedes: Escritos Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1982, t. I, p 354.    2- Nydia Sarabia: Ana Betancourt. Editorial de Ciencias Sociales. La Habana. 1970, p. 149.  3-- Elda Cento y Ricardo Muñoz Gutiérrez, Salvador Cisneros Betancourt: Entre la controversia y la fe, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 2009,   p 169.   4—Ibídem p. 177.
52--Los mambises no lo ejecutan por casualidad, esta es un constante en su relato. Quizás en ello este el propósito de no querer reconocer la generosidad de sus enemigos y no brindar al lector la impresión de que los insurrectos no eran tan feroces como se les dibujaba en la prensa colonial.  




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