viernes, 24 de abril de 2015

EL COMBATE DE SANTA MARÍA DE OCUJAL: LA VISIÓN DE UN OFICIAL ESPAÑOL


Por José Abreu Cardet
“Escribo estos cortos renglones bajo la impresión de una hermosa victoria… la columna enemiga, compuesta de 500 a 600 hombres fue casi por completo destruida dejándonos en el campo 350 cadáveres y varios oficiales prisioneros” (1) Así describía Calixto García, al presidente Carlos Manuel de Céspedes, la victoria de Santa María de Ocujal. La acción había sido librada el de 26 de septiembre de 1873, en el norte del oriente de Cuba.
Esta victoria fue un momento cumbre de la recuperación de las fuerzas revolucionarias en la parte oriental de la isla. Luego del alzamiento, en octubre de 1868, y de algunos éxitos iniciales como la toma de Bayamo, la situación cambió rápidamente con el envío de numerosas tropas de la metrópoli a la zona de operaciones. Los mambises fueron desalojados en el oriente de la isla, en 1869 y 1870, de las jurisdicciones de Manzanillo, Jiguaní, Bayamo y la parte oriental de Holguín. La jurisdicción de Guantánamo, se mantuvo fiel al gobierno hasta 1871. En Santiago de Cuba continuaron en producción ingenios azucareros y cafetales en varias zonas, como Brazo Cauto. En Las Villas la insurrección que estalló, en febrero de 1869, fue duramente golpeada por las fuerzas de la reacción. El grueso de las fuerzas, mal armadas y peor parqueadas, se trasladó a Camagüey y Oriente en busca de equipos bélicos. Los revolucionarios camagüeyanos, luego de algunos éxitos iniciales, fueron sometidos, durante 1870, a una intensa ofensiva que puso en crisis a la revolución en esa región. 
La situación fue paulatinamente cambiando; los cubanos aprendieron a combatir, recibieron armas y parque en varias expediciones enviadas por la inmigración.  Se produjo una recuperación militar.  Las fuerzas libertadoras retornaron a Manzanillo, Bayamo y Jiguaní durante el año 1870. En 1871 se efectuó la invasión a Guantánamo. En junio de 1872, se desarrollaron varios combates exitosos como el de Rejondón de Baguanos, donde una tropa enemiga fue derrotada. En julio de ese año los españoles fueron vencidos en Veguitas de Banes, en diciembre los mambises atacaron con éxito a la ciudad de Holguín. En Camagüey, primero, bajo las órdenes de Ignacio Agramonte y luego de la muerte de éste, de Máximo Gómez los revolucionarios obtuvieron relevantes victorias.  Pero hasta aquellos momentos ninguna otra acción era comparable a la de Santa María del Ocujal. Llamada también el “Copo del Chato” por el apodo con que los mambises denominaban al jefe de la columna, el coronel Gómez Diéguez. Un militar, según Carlos Manuel de Céspedes, “…muy renombrado por su valor y crueldades…” (2)
Entre los oficiales prisioneros se encontraba el teniente Antonio del Rosal y Vázquez de Mondragón. Jefe de la contraguerrilla montada, de la columna expedicionaria de Chiclana, como se llamaba la unidad aniquilada. Estuvo en poder de los mambises desde el 26 de septiembre hasta el 18 de noviembre de 1873.
Al ser liberado por los independentistas cubanos Antonio escribió un folleto titulado: Los Mambises. (3)   Luego escribiría una segunda obra sobre sus días de prisionero, a la cual tituló En la Manigua: diario de mi cautiverio. (4) Esta fue publicada en 1876. Realizaría una segunda edición en 1879, en la que incluyó los dos textos.  En la Manigua: diario de mi cautiverio y Los Mambises, el autor reconstruyó los 54 días que estuvo preso de los cubanos, de forma cronológica. Aunque Antonio lo público con el título de “Diario” realmente son unas memorias. El propio Antonio del Rosal aclara “…no habiendo escrito diario durante mi cautiverio”. (5) De todas formas Antonio del Rosal estructuró el texto en forma de diario narrando día a día lo que aconteció durante su vida como prisionero.
¿Por qué Antonio del Rosal escribió esta obra?  Los motivos pudieron ser muchos. Estamos ante un joven oficial que había pasado por una aventura muy singular. Escribir sobre esos trágicos días era una forma de incrementar su autoestima. Se daba por descontado que la obra sería muy bien recibida.  Los integristas aparentemente estaban bastante bien informados sobre la insurrección. En los primeros años de la guerra un grupo importante de mambises se habían presentado, entre ellos algunos jefes y oficiales de cierto relieve. La mayoría de ellos ofrecieron toda la información que se les pidió. También fue ocupada una gran cantidad de documentos oficiales y particulares que reflejaba el mundo militar mambí. Algunos incluso publicados en El Diario de la Marina y otros periódicos. Se obtuvo importante información de los interrogatorios a los prisioneros. Si bien esto podía servir para dirigir operaciones militares, sorprender campamentos y prefecturas no explicaba el mundo espiritual de la tierra del mambí. 
Para los integristas estos desarrapados y obsesionados hijos de la mayor de las Antillas eran un misterio.  Por lo que un libro como el de Antonio del Rosal, En la manigua. Diario de mi Cautiverio, sería muy bien recibido.  También podía alejar cualquier duda sobre la actitud de Antonio en sus días como prisionero.
La sociedad colonial cubana durante la guerra de 1868 estaba dominada por la pasión. Tanto los independentistas como los integristas habían llegado a todos los extremos. Los primeros entregaron riquezas, familias y hasta sus vidas para tratar de hacer independiente a su isla. Los segundos se sumaron en una espiral represiva y de odio difícil de igualar en la historia de la mayor de Las Antillas. Vivir en medio de tales pasiones luego de permanecer casi por espacio de dos meses en poder de los mambises no sería muy agradable para este joven y orgulloso oficial hispano.   Quizás los mismos integristas que lo recibieron muy cálidamente cuando se presentó en un pueblo del oriente cubano, al mismo tiempo que lo halagaban y convidaban a brindis a su nombre se preguntaban: ¿Por qué no fue ejecutado por los insurrectos como había ocurrido con otros españoles? ¿Por qué lo dejaron en libertad? En cierta forma, su primer libro Los Mambises, dedicado a uno de los más crueles represores hispanos, el general Francisco de Acosta y Albear, si bien no respondía a esa pregunta en parte paliaba el sentido nada agradable para un oficial que sufrió las humillaciones de la prisión.  Podía afirmar que hasta su prisión había sido útil al obtener información del enemigo. 
La segunda obra, Diario de mi cautiverio, podría ser un definitivo tapaboca a cualquier comentario desagradable.  Esto en parte explica un aspecto bastante peculiar de la obra de Antonio. Según su testimonio, constantemente, está a punto de ser ultimado o sometido a torturas y vejámenes por los mambises, pero la casualidad o la intervención de un tercero lo salva. Realmente los independentistas tenían todas sus razones para ejecutarlo. No solo por un acto de justicia contra el jefe de una de las implacables contraguerrillas, sino por un asunto muy práctico que el propio Rosal en su documento reconoce:
“A mí me parecía que matarnos era cometer un crimen; pero la verdad es, que en una guerra sin cuartel, como aquella, é imposibilitado el enemigo, por carecer de lugares apropósito, de conservar sus prisioneros, á menos de distraer una fuerza que los custodiase, fuerza que necesitaban para sus operaciones, precisaba convenir en que, con arreglo á las duras leyes de la guerra, debían sacrificarnos.” (6) 
El oficial mambí Ramón Roa hacía un razonamiento que en buena medida coincidía con el de Antonio del Rosal. Afirmaba que a los prisioneros españoles: ”(...) no podemos condenarlos a presidio, porque no estamos en condiciones de darle custodia a nuestros asesinos, aumentando así los trabajos y el servicio de los nuestros, ni mucho menos podemos ni debemos seguir poniéndolos en libertad, porque su gobierno los arma de nuevo y vuelven a hacer fuego” (7)
Pese a toda esta realidad que aconsejaba la ejecución, los mambises no pasaron más allá de las intenciones. Rosal regresó vivo y sano junto a los demás oficiales que cayeron prisioneros en Santa María de Ocujal.
Seguramente que Antonio del Rosal, con tales narraciones, sobre los muchos peligros a que estuvo sometido quería justificar por qué sobrevivió.  Los mambises tenían fama de que mataban a cuanto español cogían y más si era un contra guerrillero. Rosal pretendía de alguna forma justificar tan buena suerte. Quizás ese es el origen de esas teatrales historias de peligros y acechanzas que supuestamente paso entre sus enemigos.
Sin embargo, este oficial español no puede mencionar un solo caso de que en su presencia uno de los prisioneros o heridos del combate de Santa María de Ocujal fuera ejecutado. Pero un lector de la época, en especial si era español, ante tantos anuncios de ejecuciones de heridos y prisioneros podía llegar a la conclusión de que fueron ejecutados no pocos prisioneros de aquel combate. Era una idea subliminar fácil de introducir en el lector.  
De todas formas, debemos respetar que pese a esta historia novelada sobre la crueldad potencial de los mambises que constantemente aparece en estas páginas también deja constancia de la generosidad de algunos de ellos, como Antonio Maceo, Calixto García, Flor Crombet, de varios miembros de la Cámara, entre otros. Esto es una actitud valiente. 
UN RACISTA.
Del Rosal era un racista convencido. Era un hombre que defendía un gobierno que mantenía en la esclavitud a más de 340 000 personas. No existe el más mínimo comentario en su texto sobre esa masa expoliada. Lo ve como un asunto tan normal que ni siquiera la menciona.  Una institución que era criticada por las personas sensibles. Incluso ya en esta época hasta algunos de sus defensores estaban conscientes de su fragilidad y lo necesario de terminar con ella de forma beneficiosa para los propietarios.   Antonio del Rosal constantemente le achaca a los negros y mulatos un supuesto salvajismo, incluso hasta la falta de belleza física. Considera que un negro no puede ser hermoso. Sin embargo, durante su estancia en la tierra del mambí estará a merced de gente de piel oscura. Un soldado negro en el combate de Santa María de Ocujal le ofrece el perdón si se rinde. Al negarse y enfrentársele un mestizo, el entonces teniente coronel Ángel Guerra, lo salva de ser ultimado. Un mulato, Antonio Maceo, lo protege en medio de la excitación general al concluir el combate. Además le da trato exquisito ofreciéndole hasta un caballo para aliviarle del cansancio.
Calixto García decidió enviar a Antonio Rosal junto a otros prisioneros al campamento de Bijagual, en el sur de oriente. De los ocho hombres que lo escoltan, tres eran mulatos, cuatro negros y uno blanco. Tanto del Rosal como otros dos oficiales prisioneros estarán a mereced de este grupo donde predominan la ascendencia africana, incluso el jefe y el segundo al mando eran mulatos. En aquel largo y solitario camino estos debieron de tener a su disposición muchos pretextos para ejecutarlos.  En la mayoría de ellos debió de existir una secreta decisión de venganza. De seguro amigos y familiares de estos hombres habían sufrido la cruel represión de los colonialistas. El asunto era más delicado si tenemos en cuenta que uno de sus prisioneros, Antonio del Rosal, era jefe de una contraguerrilla. A tales individuos raramente los mambises les ofrecían el perdón. Antonio nunca podría entender cuanto tuvieron que contenerse estos hombres, para no tomarse la justicia por sus manos. Es posible que alguno de ellos tuviera un pariente asesinado por una contraguerrilla, una hermana, una esposa violada por aquellos sádicos.   Pero le respetan la vida, comparten con él los pocos alimentos que obtienen, los protegieron y los entregaron vivos en el campamento de Bijagual.
Antonio no fue generoso hacia los mambises negros o mulatos. A todo lo largo de su obra el lector encontrará hirientes frases de desprecio hacia estos hombres y mujeres que estaban en lo moral muy por arriba de su prisionero. Además que lo trataron con gran respeto.
Pero no se podía pedir más a Antonio del Rosal, miembro de un ejército colonial. El pánico y la desconfianza hacia los negros y mulatos habían calado profundamente en la sociedad colonial. La revolución de Haití y la posibilidad de que un acontecimiento similar se repitiera en Cuba desvelaban a propietarios de esclavos y gobernantes. El pánico se había trasmitido a prácticamente a todos los blancos de la isla. En caso de una sublevación temían que los esclavos no distinguieran entre sus expoliadores propietarios y los demás vecinos marcados por la piel blanca.
En la memoria de los amos y, en general, de la sociedad blanca cubana se habían grabado con fuerza los relatos de los excesos cometidos por los esclavos con sus amos en Haití.  El ejército y los funcionarios coloniales se habían contagiado de ese miedo que devino en un racismo ilógico. Antonio formado en una academia militar y luego miembro del ejército colonial estaba dominado por profundos prejuicios racistas. En los momentos en que Antonio operaba contra los insurrectos un grupo significativo de mambises eran negros y mulatos. Habían nombres que el solo mencionarlos causaban verdadero pavor entre los colonialista. El más relevante de todos era Antonio Maceo. La sublimación de la figura de Maceo llegó al extremo, que en la guerra de 1895, un político peninsular afirmaría que la contienda terminaría con dos balazos, uno para Máximo Gómez y otro para Maceo.
El racismo entre los funcionarios y soldados españoles habían calado profundamente. No solo se miraba con desprecio a los insurrectos negros sino incluso a los de esa piel que las circunstancias los habían llevado a combatir en el mismo bando de los hispanos. Existía una larga historia al respecto. Un grupo de negros de Haití combatieron junto a las fuerzas armadas de la península, a fines del siglo XVIII, para conquistar ese país para España durante la revolución. Al fracasar esos planes se les intentó trasladarlos a La Habana. El capitán general informó a sus superiores que: “Esta noticia ha llenado de terror a los habitantes blancos de la Ciudad y de la isla, cada vecino cree ver el momento de la insurrección de sus esclavos, y el de la desolación universal de esta colonia… (8)
La situación se repitió al producirse la ocupación de Santo Domingo, en 1861. El capitán general de la nueva colonia, José de la Gándara, relataba ese racismo implícito en la mayoría de sus subordinados. Una hiriente broma brotaba con frecuencia de los labios de militares y funcionarios españoles:
 (…) Los oficiales y soldados del ejército peninsular así como los empleados que España mando a su nueva Antilla, acostumbrados a considerar la raza negra y a los mestizos como una especie de gente inferior, no se recataron en manifestarlo ni era imposible impedirlo que lo hiciesen en las intimidades de la vida social. Aconteció con frecuencia que los blancos desdeñasen el trato con los hombres de color a que repugnaran su compañía. En ocasiones hubo algún blanco de decir a un negro que si estuviera en Cuba o Puerto Rico seria esclavo y podrían venderlo por una cantidad determinada…” (9)

Al ocupar esa isla el imperio español contó con el apoyo de muchos militares nativos que combatieron a su lado al producirse la guerra de independencia en 1863. Derrotados los colonialistas, estos militares dominicanos fueron evacuados junto al ejército español. Pero se dispuso que: “A la isla de Cuba por ejemplo no podrán ir los hombres de color.” (10)
Durante la guerra de 1868 un grupo de negros y mulatos fueron incorporados a las fuerzas auxiliaras del ejército español. Pero no eran gente confiable. El periodista irlandés James O Kelly, que en 1873, visitó las zonas de operaciones nos dice al respecto sobre los criollos que formaban el cuerpo de voluntarios que protegían los ingenios en la zona de Santiago de Cuba:
 “(…) la inmensa mayoría de los hombres son cubanos y gente de color, los cuales, después de todo, tienen más simpatía por los insurrectos que por los españoles, pero como están muy atemorizados por las derrotas y sufrimientos experimentados durante los tiempos desastrosos de la insurrección temen unirse a los cubanos en campaña; lo que no impide que muchas veces se mantenga una activa correspondencia entre esos ingenios y los últimos” (11)
Si se sentía tal desprecio y desconfianza contra los negros que combatían junto a los españoles qué se podía esperar sobre los que luchaban en las filas insurrectas. Una parte considerable de los insurrectos eran negros y mulatos. Como diría el líder independentista Ignacio Mora. Las fuerzas de Donato Mármol se integraban: “... en su mayor parte de los negros de las fincas de la localidad...“ (12) Ignacio Mora generalizaba: “La mayor parte de nuestros soldados son negros que fueron esclavos”. (13)
Hoy, prácticamente, es imposible determinar la cantidad de mambises en la guerra de 1868 según el color de la piel. Aunque por las descripciones literarias que han llegado a nosotros como la del Rosal es indiscutible que el número de insurrectos con ascendencia africana era significativo. La propaganda española se encargó de señalar que la mayoría de sus enemigos en la isla eran negros o mulatos. Esa definición entraba en la lógica colonialista: si los negros y mulatos eran salvajes sus enemigos en el Caribe también lo eran.
No se le podía pedir más a Antonio de Rosal por su racismo visceral. Pese a los gestos de generosidad que recibió de parte de los mambises de piel oscura, los criticó implacablemente en sus memorias sin tener el más mínimo agradecimiento por lo que hicieron por él. Su libro, en este sentido, tiene una vigencia actual. Demuestra el papel relevante de los cubanos de ascendencia africana en la guerra de 1868. Nos ofrece otra lección: los racistas son ciegos a la realidad y están dominados por sus prejuicios.
Pese a todos estos prejuicios que ponemos en conocimiento del lector potencial el relato de Antonio del Rosal es un interesante testimonio sobre los mambises. En este caso reproducimos la parte  de su libro donde narra el combate de Santa María de Ocujal. A continuación el  referido fragmento tal como lo escribió Antonio del Rosal y Vázquez de Mondragón.  Para una mejor comprensión del texto agregamos una gran cantidad de notas a pie de página.  En el texto original aparecen notas de Antonio del Rosal. En eso casos lo señalamos. Este capítulo del libro que ponemos a su disposición es la segunda edición, publicado por la Imprenta del Indicador de los Caminos de Hierro, Costanilla de los Ángeles, 3 MADRID, 1879. Hemos respetado la ortografía original. Sin más acompañemos a este oficial hispano por los senderos de la tierra del mambí.
De cómo caí prisionero.

Era teniente, y mandaba la contraguerrilla montada del batallón cazadores de Chiclana expedicionario. Con ella, la contraguerrilla volante de Holguín, una sección del regimiento caballería del Rey y otra del de la Reina, componiendo entre todos un total que no llegaría á 120 hombres, y al mando del capitán D. Ignacio Estruch, salí el dia 18 de Setiembre de 1873, de la plaza de Holguín,  para no volver á ella hasta que terminó mi cautiverio.
Después de alcanzar y batir en San Juan de Cacocum  al cabecilla Calixto García, que llevaba 800 hombres, marchamos al Yareyal,  y nos incorporamos á la columna, que en aquel punto se organizó á las órdenes del coronel D. Ángel Gómez Diéguez.
Asistimos á tres gloriosas acciones de guerra. Si mi ánimo fuera ocuparme de ellas, no podría prescindir de hacer el elogio, á que por su heroico comportamiento se hizo acreedor. El entonces capitán D. Wenceslao Mascías: con su bizarría, serenidad y conocimientos militares, evitó que cayese el bagaje en poder del  numeroso enemigo que trató de arrebatárselo en el punto denominado las Calabazas, que fué el teatro de la primera de las tres citadas acciones. Entre los muertos que allí se hicieron al enemigo, se encontró el cadáver de un titulado teniente que se llamaba Labrada: llevaba sujeto con una cadenita dorada un pito de estaño, instrumento que para hacer señales á sus subordinados usan casi todos los cabecillas insurrectos, como también la mayor parte de los oficiales de nuestro ejército. Yo no tuve reparo en apropiarme el pito de Labrada para sustituir el mío, que había perdido en la refriega.
! Bien lejos estaba de sospechar que había de faltar poco para que me costase la vida la posesión de tan ruin objeto!
Cuando el crecido número de rastros   que encontrábamos de pequeñas partidas nos dio á conocer claramente que el enemigo, escarmentado, se había visto obligado á fraccionarse, regresamos al Yareyal para trasladarnos después al poblado  de San Andrés. Allí nos racionamos para seis días  y emprendimos nuevas operaciones en persecución de Calixto García, que reforzado con las partidas de Holguín y Bayamo, había reunido de nuevo su gente y atacado el fuerte del Martillo robando  en él gran cantidad de viandas  y reses.
Siguiendo su rastro fuimos á acampar el día 25 junto á un rio, y el 26 levantamos el campamento, para medir nuestras escasas fuerzas con la numerosa partida que había de derrotarnos y hacerme prisionero.
Aquí realmente da principio mi diario.
Setiembre 26.
¡Jamás se borrará de mi memoria un día tan fecundo en desgracias y peligros!
Dada por el jefe de la columna la orden de emprender la marcha, nos pusimos en movimiento antes de amanecer, y nos dirigimos á los montes de San Antonio.  Allí nos esperaba el enemigo atrincherado detrás del rio de Santa María,  y al aparecer nosotros, nos saludó con una descarga á quema-ropa.
Serian próximamente las siete de la mañana cuando con tal agresión se dio principio á la desigual jornada, de la que no es fácil hacer una exacta descripción.
Mil doscientos eran los enemigos,  y nosotros apenas llegábamos á 400; en buenas posiciones ellos, y nosotros embarazados con gran cantidad de víveres y bagajes; ellos con un perfecto conocimiento de nuestra situación y fuerza, mientras nosotros ignorábamos completamente la suya, y bien armados y pertrechados unos y otros.
Con tantas ventajas de parte de nuestros adversarios, aconteció lo que acontecer debía: que se hicieron prodigios de valor, que la acción se convirtió en sangrienta pelea, haciéndose uso del arma blanca, y que la pelea, por último, degeneró en horrible matanza.
Los enemigos se multiplicaban de manera tal, que no parecía sino que brotaban de la tierra.
Desesperados los nuestros al comprender la imposibilidad del triunfo sobre tan crecido número; comprendiendo asimismo que no había retirada posible, por estar ya envueltos, y no queriendo rendirse, á pesar de hallarse considerablemente disminuidos, se entregaron á una espantosa lucha, en la que nadie se cuidaba de esquivar los golpes; sólo se trataba de matar, esperando honrosa muerte.
¡Cuántos héroes sacrificados! ¡Cuánta generosa sangre vertida,
Habiendo sido preciso destapar un cajón de municiones, para reponer las que se habían consumido, y con el fin de evitar que cayesen en poder del enemigo las que no hubo tiempo de distribuir, nos las repartimos entre otros oficiales y yo, llenando de cápsulas nuestros bolsillos.
Un proyectil explosivo, que chocó contra un árbol inmediato á mí, me hirió en la cabeza, en el brazo y en el costado derecho, donde se alojaron algunos de los fragmentos en que lo descompuso la explosión.
Yo perdí el conocimiento.
El valiente capitán D. Eduardo Buffil, que atravesado el pecho de un balazo se hallaba gravemente herido, dedicó los últimos instantes de su vida y las escasas fuerzas que le quedaban á levantarme del suelo, é internandome como pudo en el monte ,  me dejó recostado contra un árbol. A su generosa ayuda debo indudablemente el no haber perecido, como tantos otros desgraciados que fueron víctimas del furor de aquellos de nuestros enemigos, que se complacían en rematar á los heridos.
No puedo recordar sin afectarme el heroico rasgo de compañerismo llevado á cabo por mi infortunado amigo antes de espirar.
Cuando volví en mi acuerdo, vi que los restos de la columna se batían desesperadamente en retirada; y aunque falto de fuerzas, me reuní como pude á ellos, y seguí su movimiento. El camino era sumamente estrecho, y la manigua   tan espesa, que no me permitía ver más que dos ó tres soldados de los que marchaban delante de mí, y otros tres ó cuatro de los que me seguían. Trasmitida de boca en boca, según costumbre, llegó á mí la orden de hacer alto, y creyendo que emanaba del jefe, mandé poner «rodilla en tierra,» y amenacé con la muerte a los que se negaran á obedecerme. Esto sucedió en un pequeño claro, y cuando dispuse la gente para la resistencia, vi con estupor que sólo me acompañaban ocho ó diez soldados, y que la orden de detener la marcha había nacido de los mismos insurrectos, que se preparaban á cargarnos con su caballería, compuesta de unos 50 caballos, divididos en tres grupos. Cuando ya estaban muy cerca, mandé hacer fuego sobre ellos; mas eran tan inciertos los disparos de los pocos soldados que me rodeaban, y tan grande el pánico que se apoderó de ellos, que no quise sacrificarlos inútilmente; y convencido de mi impotencia, los dejé en libertad de huir, y esperé yo resueltamente la carga, disponiéndome á vender cara mi vida.
Extraño parecerá, pero es muy cierto que no tuve el más ligero síntoma de pavor en aquel terrible momento, en que solo, sin más armas que mi nada seguro revolver, y pié á tierra, me preparaba á luchar con más de 30 hombres montados, feroces, semi-salvajes  y armados de rifles y machetes.
Estaba embriagado de coraje y saña. Había visto morir á tantos valientes españoles, quería tan de veras á muchos de mis buenos compañeros, muertos ó heridos, que el odio hacia sus verdugos, no dejaba en mi corazón el más pequeño lugar para que lo ocupase el temor de perder la vida.
Hubiera querido tener el poder de Satanás para exterminar de un solo golpe á todos mis enemigos.
Un negro, casi desnudo, venía en cabeza: los demás le seguían a corta distancia. Llevaba el primero su machete en la mano izquierda, cogido por la mitad de la hoja, mientras que sujetaba el riffle con la derecha, en disposición de hacer fuego.
Toito somo hermano, — decía, — hay perdon, ¡barijo! perdón paa too dede hase dose dia.
Yo no creí en la repentina hermandad de aquel salvaje. Además, la palabra perdón me hacía daño y aumentaba mi furor; tenía vergüenza de hallarme vivo, cuando tantos valientes españoles habían recibido gloriosa muerte. Era la primera vez que en mi corta vida militar me había visto precisado á volverle la espalda al enemigo, y eso me encendía la sangre hasta el extremo de hacerme perder la razón: mis facciones debían estar descompuestas por la rabia, y parecía que de mi rostro brotaba fuego.
El negro seguía avanzando sin dejar de ofrecer el perdón. Se hallaba ya á muy corta distancia, y comprendí que había llegado el momento supremo de matar ó morir: no debía apresurarme, porque era cuestión de vida ó muerte: ó lo mataba, ó me mataba.
Preparé el rewolver, le apunté, y cuando ya casi estaba encima de mí y yo seguro de acertar, disparé diciendo: «yo no soy hermano de bandidos.
El tiro no salió!
A mí se me heló la sangre!
Sin darme cuenta de lo que hacía, arrojé el rewolver (sic) á la cara de mi adversario, que detuvo un segundo su caballo. Parecía que mis pies habían echado raíces en el suelo, y no me moví del sitio que ocupaba, ni traté de oponer resistencia á mi enemigo. Este, sin decir una palabra, empuñó el machete, aplicó las espuelas á su caballo, se lanzó sobre mí, levantó el brazo por encima de mi cabeza, y
—No juegue, barijo, Cójalo vivo y no lo mate, ¡baramba! que es jefe... — sonó una voz, que me pareció bajada del cielo.
Yo abrí los ojos, que había cerrado para recibir el golpe mortal, y vi un joven, que aunque no lo fuera, á mí me pareció muy guapo.
No era extraño: acababa de salvarme la vida.
— iQue no juegue ha dicho! — pensé yo. —
¡Vaya unos juegos!
Francamente, yo no pensé tal cosa, porque la ocasión no era la más á propósito para detenerse á pensar niñerías; pero lo pienso ahora, y encuentro de bastante mal gusto los juegos de los mambises.
El negro no jugó.
Cuando llegó junto á mí el que había estorbado su inocente distracción, no pude resistir al deseo de preguntarle su nombre. Me dijo que era el teniente coronel Guerra,(41) y me pidió las armas.
No me quedaba ninguna; mas él objetó que las espuelas eran instrumentos punzantes, y arrebatándomelas, como asimismo la vaina del machete, desapareció seguido de su gente para continuar la persecución de nuestros soldados.
Volví á quedar solo con el negro, que no separaba la boca de su ríffle dé la dirección de mi cuerpo. Sospechando entonces que volvería á continuar su tan oportunamente interrumpido juego, y resuelto á morir, me eché en el suelo, recostándome sobre el brazo izquierdo.
Esperé tranquilamente la muerte. He dicho tranquilamente, y no miento: tranquilo estaba, ó mejor dicho, indiferente; ni me halagaba la vida, ni temía la muerte. Tal era el estado de insensibilidad de que me hallaba poseído.
Afortunadamente, no pensó en matarme; por el contrarío, parecía arrepentido de haber querido hacerlo antes, y me daba por ello satisfacciones y excusas que yo no le pedía. Me dijo que era desertor, y que había servido en clase de soldado, no recuerdo sí en el batallón del Orden, ó en el del Rayo, pertenecientes á nuestro ejército, por cuya razón decía que estaba muy acostumbrado á respetar á los oficiales; pero que al ver mi agresión, había creído que debía matarme, para evitar que yo le matase. Sin prestar atención á lo que me decía, me encerré en un despreciativo silencio.
Sentí el galope de un caballo, y levantando un poco la cabeza, vi detenerse junto á mí á un mambis joven, que me dijo reparando en la cadenita qué sujetaba el pito cogido al cabecilla Labrada:
— ¿Qué tiene ahí?
Los cubanos hablan casi siempre en impersonal.
— Un pito, — contesté.
—Déme acá.
Se lo di sin abandonar mi posición.
— El pito del teniente Labraá— exclamó examinándolo con detención.
—Sí, señor; suyo era.
— ¿Lo mató V?
-Murió en la acción, y no es fácil adivinar quién lo mató.
—Pues ahorita  lo voy á guindar  á V., baramba!
— Haga V. lo que quiera; esa es la ley de la guerra.
Lo vi decidido á llevar á cabo su propósito y temblé. Si, lo confieso, tuve miedo de morir ahorcado, y á poderlo hacer, me hubiera tragado el pito, causa inocente del peligro que amenazaba á mi cuello.
Cuando gracias á la Providencia, he podido volver sano y salvo al seno de mi familia y de mis amigos, me han dicho muchos palabras parecidas á estas: «Al saber tu cautiverio, creí tan segura tu muerte, que no hubiese dado tres pitos por tu vida.» No tres, tres mil habría yo dado con gusto, por tener mi pobre cuello libre. Sin embargo, los que tal me han dicho, piensan muy cuerdamente. En efecto: si por dar un pito estuve á punto de morir ahorcado, ¿qué hubiera sido de mí dando tres?
Pero si un pito estaba destinado á ser mi verdugo, un anillo había de ser mi salvador.
Reparó mi nuevo enemigo en el que yo llevaba, y me preguntó.
— ¿Qué tiene V. en la mano?
-—Un anillo. ¿No lo ve V?
— Démelo.
— No lo doy.
— Barijo. ¿Cómo que no lo da?
— Por la sencilla razón de que es mío. Además, no es arma: pues ya ve V. que no corta ni pincha. No trate V. de arrebatármelo, porque lo tiro á la manigua.
— Sí es arma: con él se puede sobornar un soldado y fugarse. Yo no lo quiero para mí; no soy un ladrón, sino el comandante Arias: Démelo V., y cuando lo vayan á fusilar, que será en llegando al campamento, pregunte por mí, y se lo devolveré.
Yo, que había tratado de irritarlo á fin de que antes que me hiciera colgar me matase de un machetazo, varié de idea al ver que se olvidaba la cuestión del pito, y le entregué el anillo, diciéndole al propio tiempo para que no atribuyera á debilidad mi condescendencia:
— Se lo doy á V., pero en depósito; si no me promete devolvérmelo, lo tiro.
— Déme acá, déme acá, — se apresuró á decir — yo se lo devolveré.
Y cogiéndole con presteza, desapareció, dejándome con el negro en la misma postura que nos había encontrado.
Otro caballo llegó casi hasta pisarme. Lo montaba un mulato muy claro, joven, bien vestido, limpio, de arrogante figura y con cierto sabor á perdona-vidas.
— ¿V. qué es? — me dijo en son de mando.
— Teniente; ¿y V?
— Yo soy el brigadier Maceo.
— No es V. poco.
Le tuve miedo. Yo había oído hablar de Maceo á todos los insurrectos hechos prisioneros por nosotros, y los que se nos hablan presentado, y todos, todos, convenían en que era el hombre más sanguinario y cruel de cuantos estaban en la insurrección. Decían que á los prisioneros que hacia se deleitaba sacándoles los ojos, ó cortándoles la lengua, la nariz y otros miembros, movido del odio que le inspiraban los blancos.
Temí que conmigo hiciera lo mismo, y horrorizado traté de evitarlo, impacientándolo para que me matase de un solo golpe. Después de muerto, me importaba poco que hiciera con mi cuerpo lo que tuviese por conveniente.
— Levántese y venga conmigo al campamento, — continuó diciendo.
— No quiero.
— ¿Que no quiere? ¿Por qué?
— Estoy muy cansado, y como imagino que me va á V. matar, prefiero morir sin moverme de aquí.
Siguió un corto diálogo, lleno por mi parte de insolencias é impertinentes bravatas, que fueron contestadas por mi interlocutor con halagos y contemplaciones. No sé á qué extraño fenómeno debo atribuir la amabilidad que, contra lo que de él me habían dicho, usó conmigo.
Comprendió que yo estaba irritado á causa de verme vencido, desarmado y á merced de mis enemigos; y para tranquilizarme, me dijo que él era muy valiente, y que no obstante, le habíamos obligado muchas veces á huir, sin que por eso creyera que se había deshonrado: que en la guerra era preciso que uno fuese vencido para que otro fuera vencedor, y que yo no podía hacer más de lo que había hecho en aquella ocasión. Me ofreció por último, muy formalmente, que nadie me ofendería, y que si había de morir, no sería sin que antes se me sometiese á un Consejo de guerra. Indudablemente le había sido simpático.
Mandó al negro que echase pié á tierra, y me ofreció su caballo, que yo rehusé, vencido por tanta generosidad, sin negarme ya á seguirlo. Él, no obstante, se empeñó en que fuese á caballo, y acepté.
Marchábamos hablando de cosas tan ajenas á la guerra y á los sucesos de aquel día, que no parecía sino que fuésemos amigos de toda la vida.
El camino estaba cubierto de cadáveres, que ya se hallaban completamente desnudos: yo conté ciento veinticinco, pero habría muchos más, que por estar entre la espesura del bosque no podía verlos.
Siempre que encontrábamos alguno con los píes limpios, me preguntaba Maceo si era oficial: yo le contestaba sí ó no, y seguíamos la marcha, durante la cual arrojaba yo disimuladamente en la manigua las cápsulas de que, según he dicho, tenía llenos los bolsillos; trataba de evitar así que, cogiéndomelas, pudiesen aprovecharlas contra nosotros.
Mi enemigo compañero hubo de apercibirse de ello, y volviendo la cabeza, me preguntó:
— ¿Qué hace V., teniente?
— Nada, — contesté.
— Pase V. delante de mí.
— ¿Qué puede V. temer?
—Yo no temo nada, pero lo veo a V. demasiado sereno, y no seria extraño que intentase hacer alguna maldad.
Una voz vino á distraernos.
— ¿Quien vá?--gritó.
— ¡Cubita   compae!- contesto Maceo.
—Que fuelsa.
— El brigadier Maceo.
— ¡Adelante, barijo!
Adelantamos, y vimos unos doce ó catorce mambises, todos negros, y cuatro ó cinco soldados prisioneros.
— ¿Qué ha ocurrido aquí? — preguntó Maceo.
— ¡Nada! un jefe de los patones  que por no rendirse se ha disparado un tiro, y ahí dentro de la manigua esta espirando.
Me arrojé del caballo al oir esto, y me interné en el bosque, encontrando en él, efectivamente, á un teniente de mi batallón, que se llamaba Roncero, el cual había preferido, darse muerte á tener que rendirse á sus enemigos.
De este héroe nadie se ha ocupado; no se ha hecho mención de su noble sacrificio, y sin embargo, no cabe otro mayor.
Hacía pocos días que se había casado con una joven de Holguín, y por si quería hacerme para ella algún encargo, dado caso que yo pudiese cumplirlo, me acerqué á él y le pregunté si me oía: hizo con la cabeza una señal afirmativa, y otra negativa para responderme cuando le pregunté si podía hablar.
— Quieres algo? — le dije.
Por toda contestación, me cogió la mano y me la apretó.
iQué escena tan desgarradora!
La muda expresión de gratitud de mi desdichado compañero, su elocuente mirada, en la que se leían un intenso dolor y una sublime resignación, me conmovieron hasta el punto de sentir deseos de llorar.
¡Pobre joven. El, que momentos antes se consideraba tan feliz, que soñaba con la ilusión de un porvenir risueño, del que ya había probado las dulzuras, iba á morir dejando en el mayor desconsuelo una esposa joven, enamorada, y tal vez madre, á perder para siempre la ventura que gozaba. Y moría rodeado de feroces enemigos, que acechaban su último suspiro con la impaciencia del chacal que espera el momento de arrojarse sobre su víctima: ya se disputaban entre si las prendas de su ropa.
Yo era la única persona amiga que estaba á su lado, y hasta se veía privado del consuelo de poder hablarme...
En esto gritó Maceo:
— Vamos, teniente, vamos, — dijo, — dése prisa á venir, no sea que algún grupo de patones se rehaga y nos ataque, cogiéndonos desprevenidos.
Yo me negué á seguirlo mientras mi compañero tuviese vida.
— ¡Acabemos de matarlo! — aulló uno de los desalmados que le rodeaban.
— ¡Sí, démosle machete!— rugió otro.
Y se disponían á rematarlo.
— Eso no, — grité yo.
Y desprendiendo violentamente mi mano de entre las del moribundo, me coloqué entre él y sus verdugos, pronto á lanzarme sobre el que intentase anticipar su muerte, y resuelto á morir antes que permitir tamaña crueldad.
 — Vaya, ¡barijo, déjenlos, — ordenó Maceo: ya me he propuesto permitirle á ese patoncillo todo lo que quiera.
Aquellos salvajes envainaron sus machetes.
Di las gracias á Maceo por su condescendencia, é inclinándome otra vez sobre el herido, cogí entre las mías sus heladas manos, permaneciendo así hasta que terminó su agonía.
Apenas espiró, volví al camino donde me esperaba Maceo, acompañado de Guerra, que se le había unido.
Lo que sentía en aquel momento, no hay pluma capaz de describirlo. Un agudo dolor, ocasionado por la desgarradora escena de que había, sido actor, destrozaba mi corazón: una desesperación profunda, causada por la impotencia en que me había visto de poder socorrer á mi heroico amigo, embargaba mi corazón, y la idea de que mis enemigos me juzgasen cobarde, comparándome con él, me atormentaba hasta el extremo de hacerme delirar.
Tenía vergüenza de no haberle imitado, y me creía indigno de llamarme español.
Presa de un violento arrebato, me arrojé frenético en el suelo, que arañaba con mis crispados dedos, y como un perro rabioso empecé á morder la yerba, pidiendo á gritos la muerte, para librarme de una vida que mi razón extraviada me presentaba como un baldón.
Guerra y Maceo, contra lo que era de esperar, se esforzaban por aplacarme.
Me aseguraron que por mucho que me empeñase ninguno de los dos me mataría, añadiendo que yo no debía morir de un modo vulgar; que había hecho cuanto puede hacer en un caso semejante el oficial más pundonoroso y valiente, y queden lo que peor obraba, era en entregarme á la desesperación cuando más necesitaba la calma y tranquilidad de espíritu, que en las grandes adversidades son siempre compañeras de los ánimos esforzados.
Consiguieron, por fin, hacerme montar de nuevo á caballo, y emprendimos otra vez la marcha, con dirección á su campamento.
Guerra se adelantó a nosotros.
Maceo y yo le seguimos á paso más lento. Al observar Maceo mi traje, manchado de sangre, y mi poca agilidad en los movimientos, me preguntó si estaba herido, á lo que yo, aconsejado por no sé qué secreto presentimiento, le contesté negativamente, diciéndole que aquella sangre no era mía, y que lo único que me molestaba era un fuerte dolor, ocasionado por el terrible golpe que había recibido en la espalda y cabeza al desgajarse sobre mí la gruesa rama de un árbol. Si yo no hubiese ocultado mis heridas, tal vez me hubiesen dado muerte, como sospecho que hicieron con muchos otros desgraciados, para evitarse el engorro de tener que curarlos.
Poco antes de llegar al campamento enemigo, estaba el rio de Santa María: allí habia sido lo más recio de la pelea, y vi muertos más de sesenta hombres, casi todas los caballos de las contraguerrillas y oficiales,  y la mayor parte de las acémilas.
No es exageración: el rio, que es muy pequeño y de corriente apenas perceptible, estaba de color de sangre. (Tanta se había derramado!
Muchos mambises contemplaban con satánico contento el cadáver de un práctico   nuestro, llamado Juan Fermín, al que por ser criollo   y haber prestado muchos y buenos  servicios á la causa de España, profesaban los insurrectos un odio feroz: cual si pudiese oírles, lo insultaban con asquerosas chanzas, abofeteándole y escupiéndole el rostro.  Me preguntaron, al aproximarme, sí era efectivamente el cadáver de Fermín; y tratando yo de evitar la prolongación de aquel grosero desahogo de venganza, contesté que no lo conocía y aparté con horror mi vista de aquel repugnante cuadro, que no concluyó hasta que se saciaron los feroces instintos de aquellos salvajes, despojando á su víctima de todos sus miembros.
Otro de los cadáveres que había inmediato al rio, era el de un asistente mío: lo reconocí á pesar de estar desfigurado por un terrible machetazo que le dividía la cara, y no quiero dejar en el olvido su heroica conducta. Se llamaba Juan García Tobarías, y lo mismo que yo, era natural de Loja, por cuya circunstancia lo había tomado á mi servicio.
Cuando recibí la orden de echar pié á tierra y entrar con mi contraguerrilla en el monte, lo dejé á él en el camino al cuidado de mi caballo, y le recomendé mucho que no se lo dejase arrebatar por el enemigo. Cumplió bravamente mi encargo, pues viéndose acometido por muchos mambises que intentaron quitárselo, lo defendió denodadamente, hasta que recibió en la cara el machetazo que le quitó la vida: comprendiendo entonces que iba á morir, y resuelto á no permitir que cayese en poder de sus contrarios, le introdujo el machete por los ijares y lo mató.
Muerto vi á mi caballo junto á su sublime defensor.
NOTAS A LA INTRODUCCIÓN
NOTAS
1--Biblioteca Nacional de Cuba, Sala Cubana  /C M / Céspedes/ núm. 20
2--Fernando Portuondo y Hortensia Pichardo: Carlos Manuel de Céspedes. Escritos. Editorial de Ciencias Sociales. La Habana. 1982, T. III, P 202.
3--Los Mambises: Memoria de un prisionero. Imprenta de Pedro Abienzo, Madrid, 1874.
4--En la Manigua: diario de mi cautiverio, Imprenta de Bernandino y Cia, Madrid, 1876.
5--Antonio del Rosal y Vázquez Mondragón, ob. cit.  En la introducción sin numerar.
6--Antonio del Rosal y Vázquez Mondragón, ob. cit, pp.  165 -166.
7--Ramón Roa: Pluma y Machete, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1969, p. 356
8--Jorge Ojeda y Jorge Canto: La aventura imperial de España en la revolución haitiana. Impulso y dispersión de los negros auxiliares: El caso de San Fernando de Ake, Yucatán. En Secuencia, Revista de Historia y Ciencias Sociales, Instituto Mora México, enero abril 2001, pp 74 - 75.
9--José de La Gándara: Anexión y Guerra de Santo Domingo, t. 1, Editora de Santo Domingo S.A. Santo Domingo 1975, pp. 237 - 238.     
10--Archivo Nacional de Cuba. Fondo: Asuntos Políticos.  Caja 227. Número 6.
11--James O Kelly: La Tierra del Mambí, Instituto del Libro, La Habana, 1968, p. 142.
12--Enrique Collazo: Desde Yara hasta el Zanjón, Instituto Cubano del Libro, La Habana, 1967, p 8.
13-- Sarabia, Nydia: Ana Betancourt Agramonte, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1970 p 214.


No hay comentarios:

Publicar un comentario