jueves, 12 de enero de 2017

Un rostro local para la arquelogia cubana


UN ROSTRO LOCAL PARA LA ARQUEOLOGÍA CUBANA
















UN ROSTRO LOCAL PARA LA ARQUEOLOGÍA CUBANA
Compiladores: Roberto Valcárcel Rojas y José Abreu Cardet


















Editorial: La Mezquita y Ediciones Nuevos Mundos















Edición: Xiomara Garzón Montes de Oca
Diseño de cubierta: Lino René Valcárcel Hernández
Composición:

© Roberto Valcárcel Rojas y José Abreu Cardet, 2016


ISBN:
 Editorial La Mezquita 978959-7200
Ediciones Nuevos Mundos: 978-0-9909419-3-4

Editorial








Índice
Introducción
Holguín. Su arqueología y arqueólogos
Roberto Valcárcel Rojas y José Abreu Cardet
Historia y arqueología: una visión desde Holguín
José Novoa Betancourt
José Agustín García Castañeda y la arqueología en Holguín
Isaíris Rojas París y Margarita París Johnson
Irving Rouse en Maniabón
Roberto Valcárcel Rojas
Felipe Martínez Arango en la Loma de los Mates
Iván Rodríguez López
José Manuel Guarch Delmonte. El arqueólogo
 Roberto Valcárcel Rojas
Patrimonio arqueológico aborigen de Gibara. Apuntes sobre su estudio
 Nury de los Ángeles Valcárcel Leyva, José Corella y Francisco Cuesta
 La arqueología holguinera en su proyección comunitaria
Adisney Campos Suárez
El relato visual ausente
Ramiro Ricardo
 Entre cemíes recordados y “olvidados”: mito e historia aborigen de Cuba
       Rolando Bellido Aguilera
               Entrevistas
       Milton Pino Rodríguez: Los primeros pasos del profesor Pino
       Ángela Peña Obregón: La historia de Holguín necesita de los arqueólogos
       Hiram Pérez Concepción: Arqueología en tiempos de Revolución
                 Oscar Zanetti: Una olvidada incursión en la arqueología
Roberto Valcárcel Rojas: Los caminos de la arqueología en Cuba y Holguín
Juan José Guarch Rodríguez: Mucho más que un asunto de familia
 Lourdes del Rosario Pérez Iglesias: De las polímitas a los manatíes. Zoología para arqueólogos
 Yadira Rojas Espinosa: Holguín. Arqueología de la ciudad 

       




















       Introducción
La arqueología cubana ha revelado que la historia de la presencia humana en el archipiélago precede en varios milenios al arribo europeo, que las sociedades indígenas que estos destruyeron no eran tan simples como se las ha presentado en la historia tradicional y que esos indígenas y sus descendientes generaron un legado clave para la conformación de nuestro ente nacional. El mundo colonial también está siendo recuperado gracias a un trabajo arqueológico que trae a la luz viejas ciudades, ingenios azucareros, palenques de cimarrones y, sobre todo, un modo diferente de mirar nuestra historia.
Desde hace más de un siglo la arqueología lucha por aportar esa otra mirada. A partir de los trabajos de Luis Montané y Dardé (1849-1936),[1] durante la segunda mitad del siglo XIX se inicia ese camino desde una perspectiva nacional, que conforma un núcleo de investigación centrado, como la mayor parte del esfuerzo investigativo cubano en cualquiera de sus ámbitos, en la capital del país. No obstante, en distintas partes de la Isla emergieron tempranamente individuos interesados en la investigación arqueológica, en ocasiones integrados a grupos de aficionados, y un amplio movimiento de coleccionismo privado.
Siempre fue evidente la importancia de tener en cuenta  estos actores locales y con el fortalecimiento de la disciplina se hicieron esfuerzos por estructurar el vínculo entre esas personas y las instituciones nacionales. Un ejemplo relevante fue la integración a la Comisión Nacional de Arqueología, en el mismo momento de su fundación en 1937, de coleccionistas y aficionados como Pedro García Valdés, de Pinar del Río, y Eduardo García Feria, de Holguín, y la designación de delegados de la Comisión en las distintas provincias de la isla. Estos individuos poseían el conocimiento de las locaciones arqueológicas y, en ocasiones, eran dueños de colecciones; aportaban datos y apoyaban el trabajo de los arqueólogos reconocidos, radicados en La Habana o en el extranjero. De cualquier modo debe recordarse que ciertos investigadores, como Felipe Pichardo Moya, en Camagüey, en la década de los cuarenta del siglo XX, o Felipe Martínez Arango, en Santiago de Cuba, en los años cincuenta, desarrollaron investigaciones relevantes y propuestas de alcance nacional. Tampoco puede ignorarse el importante trabajo de grupos como el Humboldt, con su sede en Santiago de Cuba, el Yarabey, de Camagüey, o el Caonao, en Morón, o el de colectivos menos formales, en otras regiones. En 1962, como parte del impulso a la ciencia promovido por la Revolución Cubana, la investigación arqueológica fue institucionalizada y se dio un fuerte apoyo al movimiento de aficionados a lo largo del país.
Distintas partes de Cuba tienen sus propias historias[2] en lo que a estudio y reconocimiento del patrimonio arqueológico se refiere. Historias muchas veces construidas por personas que residen en estos lugares y que sienten que el patrimonio allí existente es necesario para generar un discurso intelectual o científico, pero también para definir su entorno y la conformación de su mundo. Estos individuos aportan un rostro local que es imprescindible reconocer para llegar a una visión integral de la arqueología de la isla y sus actores.
Este libro aporta elementos del rostro generado desde la arqueología holguinera. Nace de las conversaciones entre un historiador y un arqueólogo y del común interés por entender nuestro pasado, el modo en que impacta nuestro presente y la forma en que nos entendemos como sociedad. En algún momento se hizo evidente que este contrapunteo personal podía ser del interés de otros, llevar a un acercamiento a la historia de la arqueología en la provincia de Holguín y permitir entender por qué una disciplina secundaria en el panorama de las ciencias sociales cubanas ha logrado sobrevivir y hasta crecer en esa provincia y contribuir a una recuperación del patrimonio arqueológico sin dudas importante en la construcción de la identidad local. Los testimonios de distintos colegas recogidos, excepto en el caso de Milton Pino, por José Abreu Cardet, y varios análisis de diversos autores sobre protagonistas o aspectos importantes de esa historia, dieron cuerpo a esta posibilidad.
José A. García Castañeda y José Manuel Guarch Delmonte son personajes claves en la estructuración de este recorrido. Su labor y la de otros arqueólogos se reseña aquí de diversos modos. También aparecen  informaciones --principalmente  testimonios-- que sitúan a los arqueólogos y aficionados de ayer y de hoy frente a las circunstancias en que vivieron e hicieron su trabajo, para llegar desde este enfoque hasta la arqueología del presente y las preocupaciones de mañana. Igualmente se tratan aspectos sobre el modo en que se ha manejado y llevado a la sociedad la información arqueológica y los datos sobre el mundo indígena.
No proponemos un libro que desarrolle un estudio sistemático y formal de los arqueólogos y de la arqueología hecha en Holguín, de sus aportes o problemas y que reflexione a fondo sobre su impacto en la arqueología de Cuba. Es claro que quedan figuras y momentos importantes por tratar. No obstante, los artículos y testimonios compilados resultan información valiosa y dan un enfoque personal y libre, que nos lleva a detalles que de otro modo hubiera sido difícil conseguir y que nos ubican tanto en los criterios sobre el pasado como en las circunstancias cotidianas del mundo de  la investigación arqueológica. Se trata de datos que serán de gran utilidad para ese abordaje profundo, que sin dudas ya debe iniciarse, y de un acto necesario de recuperación de la memoria y también de la visión actual de una disciplina importante en la construcción de la cultura y la identidad holguinera.
Deseamos agradecer a todos los que ofrecieron sus testimonios y recuerdos. Reconocemos la contribución de Alberto Corona García, quien conserva la memoria del Grupo de Jóvenes Arqueólogos, y el apoyo de antiguos miembros de esa formación como Miguel Céspedes Rodríguez,  Ramón Fernández Sarmiento y Austrialberto Garcés Gómez. Gracias a Rigoberto González Limiñana logramos tener una visión más acabada sobre el Grupo Científico de Holguín Eduardo García Fería. Fueron igualmente importantes las informaciones aportadas por Miguel Cano Blanco, Georgelina Miranda Peláez y Abel Tarrago, así como la ayuda de Elia Sintes Gómez, Xiomara Garzón, José Oliver, Peter Siegel e Ileana Rodríguez Pisonero. La dirección de la filial en Holguín de la Unión Nacional de Escritores y Artistas de Cuba, en la persona de Julio Méndez, y la jefa del Departamento Centro Oriental de Arqueología, Elena Guarch Rodríguez, también apoyaron la preparación del texto. Agradecemos al Instituto Cubano de Antropología (ICAN) y al Departamento Centro Oriental de Arqueología por permitirnos el uso de imágenes de sus archivos; fue importante aquí la ayuda de Elena Guarch, Mercedes Martínez, Gerardo Izquierdo, Ulises González y Guillermo Baena. Finalmente deseamos que el libro sirva de homenaje a todos los aficionados y arqueólogos de Holguín y Cuba, que han trabajado y trabajan mayormente por amor a su tierra, en ese esfuerzo interminable por recuperar las múltiples raíces que nos explican y definen.                                                                                    
                                                                                                              
  Los compiladores











       Holguín. Su arqueología y arqueólogos
Roberto Valcárcel Rojas y José Abreu Cardet
El territorio donde se desarrollan los acontecimientos narrados en este texto comprende la provincia de Holguín, según la división político administrativa cubana de 1976. Situada en la zona norte de la cabeza del gigantesco cocodrilo que dibuja la isla de Cuba, es una zona de características de desarrollo demográfico y cultural bastante peculiares.
Fue a las costas de esta región adonde llegó en octubre de 1492 Cristóbal Colón. En 1511 el conquistador Francisco Morales se encargó de explorar y dominar este territorio. Él era miembro de la expedición que tocó tierra cubana en 1510, dirigida por Diego Velázquez, comisionado para incorporar la mayor de las Antillas al imperio español. Aparentemente varias encomiendas se situaron en este territorio, aunque no se fomentó un poblamiento estable y muchos de los conquistadores y primeros colonos se fueron al continente tras la riqueza de los imperios inca y azteca. Pese al despoblamiento de la isla se inició un lento proceso de incremento de los vecinos de la zona. Se crearon hatos habitados por algunos españoles y seguramente por un número mayor de aborígenes y es posible que una pequeña cantidad de africanos. En lo administrativo el territorio quedó enmarcado en la jurisdicción de Bayamo, de donde seguramente procedía el mayor número de sus vecinos.
Un lento pero constante poblamiento permitió la creación de un caserío que alrededor de 1720 estaba bien consolidado y al que se le llamó Holguín por el apellido del fundador del hato donde se asentaron estos vecinos. En 1752 se creó el ayuntamiento de San Isidoro de Holguín y se le otorgó el título de ciudad. Pese a lo rimbombante de sus títulos Holguín no dejaba de ser un pueblo secundario, atrapado en la dinámica de desarrollo y contradicciones de Bayamo y Santiago de Cuba, los dos centros urbanos más importantes del oriente de Cuba.
Los holguineros se fueron imponiendo a los límites que significaba el residir en una de las regiones más atrasadas y olvidadas de la isla. Si en el siglo XVIII promovieron la separación de Bayamo con la creación del ayuntamiento, en el siglo XIX dieron un salto económico sorprendente. En cierta forma se produjo el milagro holguinero. Fundaron un puerto en la bahía de Gibara, a unos 30 kilómetros de la ciudad. Habilitado en 1822 se convirtió en un importante centro de exportación e importación de la jurisdicción de Holguín y otros territorios inmediatos. Si en 1827 se habían importado y exportado mercancías por valor de 72 340 pesos, diez años después llegaban a 260 290 pesos y a 638 687 en 1847, cifra que se superó en 1858 con la cantidad de 666 040. Durante el cuatrienio 1861-1864 se importaron mercancías por un valor de 593 564 pesos y se exportaron 3 913 158 pesos (Leyva, 1894).
Gibara atrajo una importante inmigración española que se estableció en la villa y en los campos del hinterland. Gentes laboriosas, con capital algunos de ellos y relaciones con los gobernantes, resultaron fundamentales en el salto económico de la región. En lo político, al estallar las guerras de independencia fueron incondicionales a la metrópoli. Si bien en las jurisdicciones de Bayamo, Jiguaní, Tunas y Manzanillo hubo cierta homogeneidad en el desarrollo de las bases de la nacionalidad, con una fuerte presencia criolla, en el territorio de Holguín ocurrió un fenómeno singular dado por la presencia de un potente núcleo de inmigrantes españoles en continuo incremento durante el siglo XIX. Por otro lado, la esclavitud africana no alcanzó las proporciones de otros espacios del oriente como Santiago de Cuba y Guantánamo, y su población generó una contribución cultural de menos relevancia. En el siglo XX el establecimiento de poderosas empresas azucareras estadounidenses[3] impuso una fuerte influencia anglosajona. En este complejo marco cultural y demográfico los holguineros fueron construyendo su identidad.
Las guerras independentistas resultaron claves en dicho proceso. La región aportó una gran cantidad de patriotas y estableció su imaginario heroico con la historia de aquellas contiendas. De cualquier modo parecía que había algo inacabado en el trasfondo de la conformación identitaria. Era notable la presencia de inmigrantes españoles que fueron importantes defensores de la metrópoli al extremo de que a la zona de Gibara se le llamó la España Chiquita o la Covadonga Cubana. No eran nada agradables para los holguineros tales memorias, latentes en muchas partes de su territorio, en un entorno nacional donde se estimaba que la cubanía se había definido a partir de la lucha contra la metrópoli.
 En el siglo XX en la costa norte de oriente se establecieron grandes empresas azucareras y mineras estadounidenses. Con ellas llegaron técnicos y funcionarios con sus familias. No se mezclaron con los vecinos de esta tierra, pero influyeron en la cultura de la zona. Estas empresas trajeron también miles de haitianos y trabajadores de las colonias británicas de las Antillas, especialmente jamaiquinos. Todo esto influyó en la identidad de ciertos espacios.
    Los holguineros durante el siglo XX intentaron convertirse en una provincia. Santiago de Cuba fue su contrapartida.  Por fin en 1976 lo lograron. Si la raíz española era muy fuerte en la parte occidental de la provincia, en el resto predominaban formas de ser que los acercaban más a otras regiones como Santiago de Cuba, Guantánamo o Baracoa. El gran espacio que conformaría la provincia congregó territorios diversos, con historias y tradiciones disimiles. En la misma medida en que crecía en términos económicos, sociales y culturales, buscaba un lugar en el panorama cultural del país y se examinaba a sí mismo de muchas maneras, intentando encontrar lo que lo marcaba y definía. Este proceso de búsqueda identitaria encontró diversos elementos en qué apoyarse, entre ellos las visiones locales[4] que reconocían la importancia del patrimonio arqueológico indígena como símbolo histórico. Hizo de ellas un elemento cohesionador que ha sido rescatado e incorporado a la acción de definición identitaria de la provincia a una escala que parece única en la isla. La apropiación del elemento patrimonial indígena dio oportunidades excepcionales a la arqueología para legitimarse en el panorama de investigación científica y social en la provincia, y consiguió un arraigo que favoreció su desarrollo de modo notable.
Las primeras noticias sobre exploraciones arqueológicas en Holguín provienen de Miguel Rodríguez Ferrer, quien tiene las primicias en este sentido para toda Cuba y visita en la década del cuarenta del siglo XIX áreas cercanas a la bahía de Nipe y a Mayarí, donde colecta hachas de piedra. También reconoce lugares cerca de la ciudad de Holguín, aunque principalmente como naturalista, y observa  antiguos trabajos de minería que conecta con los momentos iniciales de la colonia y con los indígenas. El más importante hallazgo de la época se produce en las alturas cercanas a la ciudad de Holguín en 1860, cuando el capitán español Lucas Xuajardo encuentra una excepcional hacha indígena de piedra, con representación antropomorfa, que en lo adelante se conocería como el Hacha de Holguín (Rouse,1942). Otra significativa pieza de la provincia, hallada en el sitio El Catuco, cerca de Gibara, un majadero ornamentado, es reseñada en 1904 en el artículo Prehistoric Culture of Cuba, por el arqueólogo norteamericano J. Walter Fewkes, quien también obtiene en Santiago de Cuba objetos provenientes de la bahía de Nipe.[5]     
Mark Raymond Harrington visita la colección García Feria en la ciudad de Holguín, y trata algunas de sus piezas en su reconocida obra Cuba antes de Colón, publicada en los Estados Unidos en 1921 y en 1935 en Cuba. Aquí se recoge, además, un comentario o pequeño artículo redactado por Eduardo García Feria, el dueño de la mencionada colección. Es este probablemente el primer texto sobre arqueología escrito por un holguinero y circulado internacionalmente. Titulado Arqueología de la región de Holguín, Cuba, conecta datos arqueológicos e históricos para reseñar la presencia indígena en Holguín; menciona sus excavaciones en El Catuco (Gibara) y en La Güira y La Macagua, cerca de la ciudad de Holguín, así como la presencia de piezas de Alcalá y Banes en su colección (Harrington, 1935: t1, 75-77).
Eduardo García Feria fue calificado por Irving Rouse, otro relevante arqueólogo norteamericano, como el pionero de la arqueología en el nororiente de Cuba. Nació en Holguín en 1871, en el seno de una antigua familia criolla de ascendencia mambisa. Al finalizar la guerra de 1895 se encontraba entre un grupo de maestros cubanos que fueron seleccionados por las autoridades de ocupación para pasar un curso en la Universidad de Harvard, en los Estados Unidos. De regreso a Cuba comenzó a trabajar como maestro.
Fernando García Grave de Peralta, un aficionado a la arqueología de Puerto Padre, fue quien lo interesó por esta disciplina en 1902. Desde aquel momento García Feria llevó a cabo una sistemática labor de búsqueda de objetos; también se valió de amigos y familiares que recogieron evidencias de la cultura aborigen en diferentes lugares del oriente de Cuba. La fama de su afición se incrementó paulatinamente por todo Holguín. Numerosos vecinos de la comarca, especialmente los campesinos, cuando encontraban casualmente algún objeto que consideraban perteneciente a los primeros habitantes de la isla, se lo entregaban.
Tanto por las excavaciones como por estas donaciones, su colección se incrementó considerablemente, y llegó a ser una de las mayores del país. Analizándolo en su momento, en Cuba y en un apartado municipio del oriente de la isla, la labor de García Feria es encomiable. Enumeraba las piezas, las anotaba en una libreta y señalaba el lugar donde se había obtenido. También se registraba la caja donde eran depositadas. Esto en el concepto de coleccionismo privado de la época significaba un aporte  significativo. Fue situando en su residencia particular los objetos que iban llegando a su poder. El número alcanzó tal cantidad que acabó haciendo construir vitrinas donde los exhibía en la sala de su casa. De esa forma constituyó un verdadero museo particular, el Museo García Feria, que terminó incorporando colecciones de otros tipos de objetos y ganó el reconocimiento de las autoridades, la sociedad holguinera y diversas instituciones de la época (Gómez y Martínez, 2011: 30).
García Feria fue ante todo un maestro consagrado a la enseñanza. No dudó en poner la colección al servicio de los estudiantes. Era escena común encontrarse a un grupo de alumnos acompañados por sus profesores visitando su museo privado. De otras provincias y municipios recibía visitas de centros de enseñanza, tanto estatales como particulares. Esta recuperación y reconocimiento de elementos del pasado indígena, que se da igualmente en otras partes de Cuba, formó parte de una búsqueda de la memoria histórica que apoyaba el incipiente proyecto de país independiente y encontraba en lo indígena una alternativa al legado colonial hispano, así como las raíces de los espacios locales que pujaban por hacerse un lugar en la nueva nación (Gómez y Martínez, 2011: 23).
Eduardo García Feria falleció en 1941; en ese año se fecha una misiva del Instituto Indigenista Interamericano, radicado en México, que refiere el interés en sus trabajos; también arriba a Cuba el arqueólogo norteamericano Irving Rouse, quien estudió a fondo los materiales de su colección.
El hijo de Eduardo García Feria, José Agustín García Castañeda, siguió sus pasos de coleccionista e investigador. Pepito, como era conocido por familiares y amigos, nació el 22 de septiembre de 1902 en Holguín. Estudió la enseñanza media y se graduó como abogado y notario en la Universidad de La Habana. Trabajó en esa profesión en Holguín. Luego comenzaría a desempeñar una plaza en el Instituto de Segunda Enseñanza de Holguín. Primero fue profesor ayudante de laboratorio y luego profesor de Ciencias Naturales.
García Castañeda incrementó considerablemente la colección iniciada por su padre. Aumentó el número de exploraciones arqueológicas y su alcance, llegó incluso a visitar locaciones en otras partes del país, entre ellas Pinar del Río. Participó en la Primera Conferencia Internacional de Arqueólogos del Caribe en Honduras y asistió a varios congresos de Historia, entre ellos en Cienfuegos y Santiago de Cuba. Colaboró con los principales arqueólogos cubanos del momento y con investigadores extranjeros que visitaron el país. Publicó artículos en revistas especializadas y cuadernos a nombre del Museo García Feria, donde exponía el resultado de sus investigaciones y otros trabajos de divulgación; corría personalmente con todos los gastos que conllevaba ese tipo de publicación. Defendió la necesidad de que el coleccionismo tuviera un valor social y sirviera para conservar el patrimonio, pero no con la perspectiva de atesorar objetos, sino para llevarlos a la sociedad. Su fin último debía ser la creación de museos, útiles para preservar la memoria histórica y educar.
   Según Rouse (1942:38), Castañeda inició sus trabajos arqueológicos en 1927, al explorar el cerro de Yaguajay, en Banes, y el sitio de igual nombre, hoy conocido como El Chorro de Maíta. Descubrió el sitio El Yayal; aquí pagó a un excavador que trabajó en el lugar durante un año, y aportó gran cantidad de materiales que resultaron únicos en la época para caracterizar la cultura del mundo colonial temprano y los procesos de captación indígena de formas y objetos europeos. Un tipo de mayólica temprana, identificada por el arqueólogo norteamericano John Goggin, tomaría su nombre de este residuario por ser el lugar donde se localizó por primera vez.
 Pese a carecer de formación arqueológica profesional y manejar la intervención en los sitios con las técnicas típicas de los coleccionistas del momento, García Castañeda consiguió una visión del universo indígena del nororiente cubano que influyó en el trabajo de diversos especialistas nacionales y extranjeros de la época. Considerando los estándares de trabajo arqueológico vigentes en el país y las implicaciones sociales y científicas de su accionar como coleccionista, a este investigador podría considerársele el primer arqueólogo holguinero o el primer holguinero que realmente intentó ser un arqueólogo. Muchas de sus opiniones  fueron citadas o seguidas en importantes estudios, como la obra de Rouse Archaeology of the Maniabón Hills, Cuba, y sus artículos aún son de imprescindible consulta.
García Castañeda señaló el carácter especial de Banes como zona de gran concentración de sitios y alto desarrollo sociocultural. En su opinión esta era la localidad clásica del subtaíno[6] cubano, y no Baracoa, tesis que Rouse (1942:39) reconoció y probó. También fue de los primeros en Cuba en mover sus intereses arqueológicos más allá del universo precolombino y discutir aspectos de las relaciones entre indígenas y europeos a partir del análisis de materiales hispanos obtenidos en sitios arqueológicos indígenas. En su artículo de 1949 “La transculturación indo-española en Holguín” revisa la información al respecto e intenta ordenar una explicación de los datos arqueológicos desde la perspectiva histórica. Considera que en los sitios El Yayal y El Pesquero, al sur de la ciudad de Holguín, aparecen más objetos hispanos que en los asentamientos de Banes y en el de Barajagua, en el actual municipio de Cueto este último,  porque en los primeros la relación con los europeos fue más intensa y se dio una convivencia pacífica y una situación de transculturación que permitió el proceso de copia y captación de formas y materiales europeos. En los segundos el contacto fue breve o la encomienda removió las poblaciones sin lograrse una convivencia estable. Concluye que aún cuando se produce este proceso de captación de la materialidad hispana, no llega a darse una transformación real del indígena por su completa desaparición física.
    En las décadas siguientes Castañeda vuelve sobre algunos puntos tocados en su artículo de 1949, sin embargo, de manera sorpresiva, incorpora la consideración de la sobrevivencia del indio[7] a partir de elementos documentales de los siglos XVIII - XIX. Esto se refleja en un conjunto de anotaciones firmadas en 1976 y que se publicaron finalmente en el texto Indios en Holguín (Valcárcel Rojas y Pérez, 2014). En estas breves consideraciones Castañeda cuestiona la idea de la desaparición rápida y total del indígena en los primeros 50 años de la colonia, y sienta un precedente para el caso holguinero en lo que respecta a la valoración de la existencia del indio y a la necesidad de lograr una revisión histórica del tema. Se detiene en referencias históricas que demuestran su presencia en la ciudad y en espacios cercanos: datos sobre residentes en Holguín, su registro en los archivos parroquiales, menciones sobre la participación de estos en acciones de las guerras de independencia y múltiples alusiones a lugares asociados con indios.
García Castañeda también fue un relevante historiador. Sus conocimientos sobre la historia local y las búsquedas en archivo le permitieron publicar dos libros sobre la municipalidad holguinera. Uno sobre el siglo XVIII y el otro sobre la ocupación estadounidense y la república neocolonial. También publicó otras obras de carácter histórico, como una biografía de Narciso López y otra del general Rojas de Cárdenas. Se encargó de promover y dirigir la publicación de un boletín de Historia Municipal en la década de los años cincuenta.
Hombre de espíritu elevado y voluntad se interesó por diversas formas de la cultura y la ciencia. Incursionó en la zoología y la botánica, realizó algunos aportes significativos al estudio de la flora y la fauna en la comarca holguinera. Efectuó  estudios malacológicos y llegó a reunir una de las colecciones más ricas de Cuba y posiblemente de América Latina sobre polímitas; fue un filatelista destacado y un numismático relevante.
En medio de una gran indiferencia por la cultura, en una población donde no existía una biblioteca pública ni un museo, la colección García Feria era algo singular. La exposición había sido organizada por dos figuras destacadas de la sociedad holguinera: un maestro, entonces rodeado de una alta estima, y un abogado y notario, estos últimos vinculados en el imaginario popular a la política, el poder; no pocos alcaldes y ministros tenían esos oficios.
Desde inicios del siglo XX la zona de Banes también vio emerger un fuerte movimiento de coleccionismo arqueológico y de exploración y excavación de sitios,[8] que tuvo entre sus primeros protagonistas a Manuel Domínguez y Dumois, Ramón Sierra García y Mayo Carrington. En 1927 comenzó sus exploraciones José Antonio Riverón, en la zona de Samá y Yaguajay. Su hallazgo de un amplio grupo de entierros y algunos ídolos de piedra, en la cueva de El Jobo, recibió amplia publicidad nacional entre 1933 y 1940. En 1938 excavó en el sitio Aguas Gordas junto al ingeniero alemán Ernesto Segeth, quien ya había realizado excavaciones y colectas en el sitio El Yayal en 1935, y depositó estos materiales en el museo Montané.
En los años veinte se incorporó a tales labores el que sería el más reconocido de los coleccionistas y aficionados de Banes, Orencio Miguel Alonso, quien en 1933 organizó la tropa de exploradores locales (Boy Scouts). Tanto Orencio Miguel como el grupo de exploradores crearon colecciones arqueológicas; la de Orencio incorporó mucho material del sitio Potrero de El Mango. Para 1941 habían visitado alrededor de 60 sitios indígenas y unas 200 cuevas en las entonces municipalidades de Banes, Antilla y Gibara. Sus actividades continuaron durante la década de los cincuenta.
Nello Baisi-Facci, funcionario de la United Fruit Company, y su esposa Dulce, iniciaron en 1930 excavaciones en Potrero de El Mango; estas se extendieron varios años y obtuvieron una gran cantidad de materiales que vendieron en parte a la Universidad de La Habana. También excavaron otros sitios cercanos a Banes y facilitaron en 1936 la visita del arqueólogo cubano Carlos García Robiou, de la mencionada Universidad. Este investigador ya había trabajado en El Yayal, próximo a la ciudad de Holguín, y revisado la colección García Feria. En Banes excavó junto a los Baisi-Facci en Potrero de El Mango y Cuadro de los Indios. En 1941 trabajó junto a Irving Rouse en la excavación del sitio Aguas Gordas, y logró adquirir de diversos coleccionistas una gran cantidad de objetos para los fondos del museo Montané.
A partir de los años veinte consiguió renombre en Antilla el grupo de Boy Scouts locales, dirigido por los hermanos Alejandro (Nando) y Clodomiro Reyes, que visitaron sitios y cuevas en esa área y también en Banes, Gibara y Mayarí. A ellos se debe el hallazgo del ídolo del Taguabo, imagen indígena de madera que sería insertada en un culto espiritista local, y la creación de una amplia colección arqueológica.
Con este intenso movimiento de coleccionismo y excavación indiscriminada de sitios, en parte asociado a la venta de piezas arqueológicas, se encontrará Irving Rouse cuando visita el norte de las actuales provincias de Holguín y Las Tunas y la zona de Maniabón en 1941. Su trabajo de exploración y excavación, de revisión de colecciones, resultó el estudio más completo hecho hasta ese momento y, sin dudas, impactó la investigación en Cuba y toda la labor desarrollada por los aficionados y coleccionistas locales, particularmente los de Holguín, Banes y Antilla.
En la década del cuarenta las zonas de Cueto y Mayarí serán escenarios de varios hallazgos importantes. Además de excavar en los sitios Mejías y Barajagua, Antonio Núñez Jiménez amplía sus estudios en la cueva de Seboruco, donde en 1939 había localizado grandes artefactos de piedra tallada que resultaban atípicos para los contextos indígenas cubanos.
En los primeros años de la década del cincuenta se creó un grupo de aficionados a la arqueología en la ciudad de Holguín (Asociación de Jóvenes Arqueólogos Aficionados)[9]. Era un elemento nuevo en el panorama tradicionalmente dominado por la colección García Feria y Pepito. Lo integraron jóvenes de pocos recursos y modestos horizontes culturales que asumieron con gran seriedad el proyecto y lo formalizaron todo lo que les fue posible. Su presidente era Milton Pino, vivía en Pueblo Nuevo, uno de los barrios populares de la ciudad, y en su casa se depositaban los objetos colectados en distintos sitios de Holguín, Gibara y Banes. El grupo y su local eran una especie de contrapartida popular a la sólida residencia de José García Castañeda, situada en la parte colonial de la ciudad. Ningún miembro del grupo[10] tenía formación como arqueólogo, aunque años después Milton Pino pasaría a trabajar a la Academia de Ciencias de Cuba, en La Habana, y se convertiría en un destacado investigador y en pionero de los estudios arqueozoológicos en el país. Representaban un sentimiento cívico que se ampliaba entre los sectores populares y que incluía la búsqueda de superación educativa, y el interés por el conocimiento del pasado y la naturaleza.
En este periodo se consolida la figura de Orencio Miguel Alonso como coleccionista de renombre nacional[11]. Hay un indudable interés de superación en su trabajo que incluye el mejoramiento en la labor de excavación y registro y la participación en foros de investigación histórica y arqueológica. En 1950, ya como miembro titular de la Junta Nacional de Arqueología y Etnología, es uno de los delegados cubanos a la reunión de la Sociedad de Antropología de la Florida, ocasión en la que realiza una exposición de piezas selectas de su colección, en el museo de la Universidad de la Florida, en Gainesville. En ese año asiste al Noveno Congreso Nacional de Historia, en Cárdenas, como coautor de una ponencia junto al arqueólogo Oswaldo Morales Patiño, y sirve de anfitrión durante la visita a Banes de asistentes a este evento, entre los que se cuentan destacados arqueólogos como Herber Krieger, Hale Smith, José A. Cruxent y John Goggin. En esa visita, apoyada por la United Fruit Company, se excavan varios sitios de la localidad (Morales Patiño, 1951).
Entre 1953 y 1954 el profesor de la Universidad de Oriente y jefe de la Sección de Investigaciones Arqueológicas de ese centro, Felipe Martínez Arango, dirigió excavaciones en el sitio Loma de los Mates, en Báguano. En los trabajos, apoyado por el grupo de aficionados de la localidad, participó el reconocido historiador del arte y profesor de la misma Universidad, Francisco Prats Puig. En décadas posteriores Martínez exploró otros sitios de la provincia.
El primero de enero de 1959 triunfó la Revolución Cubana. El impacto fue descomunal tanto para Cuba como para América Latina. El escritor Alejo Carpentier (2001: 417) los describió en estos términos: “Miro y vuelvo a mirar a estos hombres de la Sierra y me parecen como gente de otra raza. Acaso una raza nueva capaz de hacer algo nuevo”. Entre lo mucho nuevo que hicieron fue dar un inusitado impulso a la educación y la cultura. En 1961 se realizó una campaña de alfabetización y simultáneamente en apartados rincones del país se desarrollaron senderos culturales hasta entonces reservados para las élites, especialmente en la capital. Museos, teatros, escuelas de ballet, de música, orquestas sinfónicas, irían apareciendo acá y allá con un singular ritmo guerrillero.
La Asociación de Jóvenes Arqueólogos fue incluida en aquel vertiginoso movimiento cultural. Alrededor de 1962 asumieron la creación de un museo. Con el apoyo del Gobierno local y el Partido la idea se concretó; el museo Guamá fue inaugurado  en la noche del 22 de julio de 1964 en el edificio que había ocupado un comercio de muebles situado en la esquina de las calles Libertad y Aguilera.[12]
En 1966 surgió en Holguín una nueva organización de aficionados, el Grupo Científico de Holguín García Feria, que acabó incorporando a la Asociación de Jóvenes Arqueólogos. La nueva agrupación, además de sus intereses por la arqueología sumaba otros como la botánica, la zoología, la historia e incluso incursionaron empíricamente en la sociología. El grupo había sido organizado por iniciativa de un profesor de Historia de la enseñanza secundaria, Hiram Pérez Concepción. 
En la década de los sesenta y los setenta los arqueólogos de la Academia de Ciencias (ACC) en La Habana realizaron numerosos trabajos en el territorio de la actual provincia holguinera.[13] Las exploraciones y excavaciones, verificadas con un estricto control y una cuidadosa metodología por Ernesto Tabío, José Manuel Guarch Delmonte, Rodolfo Payarés, Milton Pino y Nilecta Castellanos, en Aguas Gordas, La Campana, El Porvenir, Esterito y otros sitios, aportaron varias de las mejores colecciones científicas existentes sobre Banes y un amplio caudal de información. El Grupo Científico García Feria apoyó algunos de estos trabajos y exploró los alrededores de la bahía de Naranjo y la zona de Mulas y punta Lucrecia; también trabajó en Gibara.[14] Elementos de estos estudios de la ACC, incluyendo datos de cronología conseguidos a partir de fechados radiocarbónicos, fueron incorporados por E. Tabío y E. Rey (1985) a su obra Prehistoria de Cuba, texto que basó gran parte de la sección dedicada al grupo cultural subtaíno en un cuerpo informativo proveniente del área de Banes.
En 1965 se concretó todo un sueño local. Orencio Miguel Alonso donó su famosa colección y se creó una singular institución, el Museo Indocubano Baní. Orencio fue su primer director y logró un reconocimiento institucional que el mismo García Castañeda no consiguió nunca a partir de su trabajo arqueológico. Banes acogió eventos arqueológicos de carácter nacional, visitantes y arqueólogos de todo el país. Si en algún momento Banes fue capital de la arqueología cubana, sin dudas fue en aquellos años y en la próxima década.
Entre 1964 y 1965 se excavó el sitio Barajagua, y se investigaron Mejías y Arroyo del Palo en Mayarí, y se inició la identificación de un nuevo fenómeno cultural: la presencia de cerámica en contextos de base arcaica posteriormente reconocida como parte del tema del ¨protoagrícola”.[15] El grupo de aficionados a la arqueología del poblado de Mayarí, dirigido por José Viciedo, fue el que informó de la existencia de los peculiares materiales que dieron origen a esta investigación. En Mayarí (Cueva de Seboruco) se retomará el estudio de los hallazgos de Núñez Jiménez, y se abrirá otro capítulo pionero, el tema de grupos tempranos relacionados con artefactos de piedra tallada cuyo análisis tomará gran auge a partir de ese momento. Trabajos de exploración y excavación de la ACC, bajo la dirección de José M. Guarch Delmonte, E. Tabío, Rodolfo Payarés, y Osvaldo Teurbe Tolón, se realizan en Seboruco en la década de los sesenta y en los setenta en la zona de Levisa, incorporando en este caso el apoyo de arqueólogos del campo socialista como los polacos Janusz Kozlowski y J. Trzeciakowski. Finalmente queda claro que se trata de la presencia humana más antigua en Cuba, reconocida en su asociación con un tipo de cultura nueva y primigenia que se remonta, considerando los datos de estos y otros contextos y del sitio Levisa 1, unos 6000 años de antigüedad[16]. La Asociación de Jóvenes Arqueólogos hizo su contribución al descubrir pictografías en la cueva de Seboruco en 1961, así como diversos materiales y restos humanos (Pino, 1991); el Grupo García Feria apoyará las labores en Levisa, en 1973.
La trayectoria de José García Castañeda sería reconocida por el Grupo Científico de Holguín García Feria, que le daría su apoyo, aun cuando García Castañeda --por razones que no están claras-- empezó a retirarse de los trabajos arqueológicos y a concentrarse en estudios históricos. La inclusión de Pepito no parecía lógica, pues a ojos de muchos era un enemigo de la Revolución y en cierta forma tenían sus razones para considerarlo así. No faltan por otro lado los recuerdos sobre su carácter que en muchas ocasiones podía ser sarcástico y difícil. En uno de los momentos más exuberantes de la ola ideológica revolucionaria, finales de la década del sesenta y principios de los setenta, José García tenía un concepto bastante deplorable de la sociedad comunista que se trataba de construir en Cuba. Además, no dudaba en expresarlo públicamente. Podía ser clasificado en aquellos momentos, si nos atenemos a los criterios que vertía, como un hombre de pensamiento de derecha. No obstante, por su práctica se acercaba mucho a lo que se llamaba en aquella época ¨el hombre nuevo¨, cuyo prototipo era un ser humano desinteresado, que trabajaba por conciencia y estaba dispuesto a entregarlo todo a la sociedad. García Castañeda actuó con una pasión absoluta apoyando cuantas obras se emprendían para mejorar la cultura. Donó su colección malacológica y de diversos animales disecados al Museo de Ciencias Naturales de Holguín. Legó al museo provincial su biblioteca personal, su valiosa colección de monedas, de sellos; en este patrimonio personal había invertido una suma significativa de dinero y de tiempo. García Castañeda como técnico del museo ganaba 231 pesos mensuales. Un sueldo bastante mediocre para un hombre como él. Fue un caso bastante sui generis de lo que se llama en Cuba doble moral. Hablaba como un enemigo del sistema, pero actuaba como un comunista convencido. La norma de la doble moral era al revés, se hablaba como un comunista y se actuaba como un oportunista.
En cierta forma esta relación de José García Castañeda con el grupo encabezado por Hiram Pérez fue bastante singular; al parecer García Castañeda no tuvo el mismo vínculo con los arqueólogos de la ACC. En los años sesenta y  especialmente en los setenta, durante el llamado quinquenio gris, un grupo de intelectuales destacados fueron separados de instituciones culturales por considerarse como individuos de derecha. El hecho de que García Castañeda no sufriera tal menoscabo muestra un camino que se pudo andar, una postura diferente en aquellos años de extremismos.
En 1976 José Manuel Guarch Delmonte  abandonó La Habana, se radicó en Holguín junto a toda su familia y dirigió, a partir de 1977, un grupo de trabajo perteneciente a la ACC que fue creciendo rápidamente para llegar a ser un importante departamento de investigación en la década de los ochenta. Este centro incorporó profesionales holguineros que fueron formados por Guarch o en el marco de cursos que este organizó con los más reconocidos arqueólogos cubanos. Fue un punto de ruptura que institucionalizará la arqueología holguinera y la independizará, llevándola a ocupar un papel relevante en el panorama cubano. Guarch inició un amplio programa de investigaciones que se centró en Banes e incluyó el territorio que se extiende entre esta área y Bariay. Con la consolidación del departamento sus trabajos llegaron a otras zonas de la provincia de Holguín y a otras áreas de Cuba. Como parte de acciones de organización nacional de la arqueología se comenzaron posteriormente estudios en el centro y oriente de la isla, y la institución se denominó Departamento Centro Oriental de Arqueología (DCOA).
El departamento incorporó arqueólogos que investigaron otras provincias, como Jorge Calvera[17], también colaboró con historiadores como Ángela Peña, en estudios de espacios coloniales holguineros. Promocionó eventos nacionales y cursos de posgrado que se efectuaron en la provincia, apoyó la creación de museos y un amplio programa de elaboración de réplicas arqueológicas. Se trató de una situación inédita, pues por primera vez apareció una institución arqueológica de ese nivel fuera de La Habana, que no solo investiga sitios arqueológicos, también generará valoraciones propias para explicar determinados aspectos del universo precolombino de Cuba. Desde Holguín, Guarch propuso  sus ideas sobre las variantes culturales, tan criticadas pero útiles para entender la fuerza de las expresiones locales de las comunidades indígenas en Cuba, y experimentó con un sistema de recogida de datos que después sería importante para diseñar el Censo Arqueológico Nacional; por su parte César Rodríguez con la colaboración de Milton Pino concibió un nuevo método para el registro y análisis de datos arqueozoológicos. El departamento sostuvo, además, un esfuerzo de publicaciones científicas, y luchó por darle impacto social a su obra. Es un escenario que indudablemente distancia la arqueología holguinera de la que se hacía o haría en otros espacios provinciales, particularmente por actores regionales, y definió su perfil futuro.
El Departamento Centro Oriental de Arqueología localizó y excavó entre 1986 y 1988 el cementerio del sitio El Chorro de Maíta, en Banes. Fue una labor en la que participaron investigadores y aficionados de muchas partes de Cuba. Se trata de un espacio único en la isla que inicialmente se asumió como un símbolo del mundo indígena y sus prácticas funerarias. El primer secretario del Partido Comunista de Cuba (PCC) en la provincia de Holguín en aquellos años, Miguel Cano Blanco, era en extremo sensible a los estudios de Historia. Nacido en Banes y antiguo miembro de un grupo de exploradores tenía una relación cercana con la arqueología: ¨desde pequeño tuve la oportunidad de apreciar ese interesante mundo de la investigación histórica y como explorador participé en caminatas y recorridos por las cuevas, entre otras la Cueva de las Cuatrocientas; además, mi padre fungió varios años como el presidente de los exploradores¨.[18] El miembro del Buró que atendía la esfera ideológica, Hiram Pérez, en cierta forma continuaba siendo un eterno aficionado a la arqueología. La Dirección provincial de Patrimonio Cultural, con Georgelina Miranda, también daba total apoyo a este tipo de investigación. Esta combinación y la capacidad creativa de Guarch permitieron la construcción de un singular museo de sitio, inaugurado en 1990, que mostraba parte del cementerio. No era solo un proyecto museográfico inédito en Cuba, era, además, una visión de futuro en tanto se comenzaba a entender la posibilidad de que espacios como este fueran de utilidad en el desarrollo del turismo en la provincia.
Este proyecto también reflejaba el prestigio que la investigación arqueológica alcanzó en la provincia, tanto en el orden político como cultural. Guarch Delmonte aparece como un líder científico e intelectual, involucrado en la docencia universitaria, en las actividades de patrimonio, en la labor de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC); su equipo de trabajo emerge como ejemplo de profesionalidad académica. Se impone un entorno que reconoce el trabajo de los arqueólogos y el valor del patrimonio arqueológico como nunca antes.
Un momento significativo fue la proclamación por Decreto del Poder Popular en la provincia del Hacha de Holguín como símbolo del territorio y como reconocimiento entregado a las personas con relevantes aportes a la sociedad. Posteriormente se eligió el Baibrama, otra imagen indígena, para entregar una réplica a los que ganaban el Premio de la Ciudad en la creación cultural, literaria y la investigación histórica. En este período se reactiva el movimiento de arqueólogos aficionados y aparecen o renuevan los grupos[19] de Banes, Báguano, Gibara, Mayarí, Rafael Freyre, en estrecho vínculo con grupos dedicados a la espeleología que también cooperan en la investigación arqueológica. Investigaciones conjuntas entre especialistas de la ACC en La Habana, el Departamento Centro Oriental de Arqueología y diversos grupos de aficionados, se realizarán en Mayarí --destacan los trabajos dirigidos por Jorge Febles en Levisa y Melones--, Holguín, Banes, Báguano, Gibara y otras localidades.
En los años noventa la investigación arqueológica se contrajo al mismo ritmo que la vida del país, inmerso en la crisis que generó la caída del campo socialista. Aun en estas circunstancias el Departamento Centro Oriental de Arqueología desarrolló labores importantes como la creación del Censo Arqueológico de la provincia de Holguín, parte de la obra científica nacional coordinada por el Centro de Antropología de la ACC en La Habana, Atlas Arqueológico Nacional de Cuba, y ejecuta proyectos territoriales dirigidos al estudio de las comunidades protoagrícolas y del contacto indo-hispánico en la provincia de Holguín. Entre los años 2000 y 2015 se realizaron 12 proyectos territoriales de investigación y el departamento se involucró en varios proyectos nacionales o internacionales, ahora como parte del Ministerio de Ciencias, Tecnología y Medio Ambiente (CITMA). El nuevo milenio trajo más autonomía de trabajo, pero también menos visualidad para el DCOA, que finalmente en 1999 fue incorporado a un centro de investigación del CITMA, el Centro de Investigaciones y Servicios Ambientales de Holguín (CISAT)[20]; disminuyó la cantidad de investigadores y se sufrieron grandes recortes en los recursos, lo que impuso la necesidad de ofrecer servicios científico-técnicos y el incremento de la colaboración académica internacional, como vía de acceso a información científica, oportunidades de superación profesional y fondos.
Guarch se retiró en 1993, pero siguió incorporando la arqueología, el patrimonio arqueológico y los conocimientos sobre el mundo indígena a la vida cultural de la provincia y a los proyectos turísticos que fueron tomando cada vez más fuerza en el territorio. La Casa de Iberoamérica, que dirigió entre 1993 y 1994, y los eventos culturales que se promovieron a partir de entonces, como la Fiesta de la Cultura Iberoamericana y las Romerías de Mayo, manejan elementos del simbolismo indígena y un particular sentido de respeto por el pasado, que sin dudas debe mucho a las influencias de Guarch y al trabajo que en esta dirección mantiene el Departamento Centro Oriental de Arqueología y diversos actores culturales y académicos de la provincia. La Aldea Aborigen de Chorro de Maíta y el Parque Monumento Nacional Bahía de Bariay son otros ejemplos de productos culturales que llevan lo indígena y la arqueología al turismo.
En la última década la ciudad y diversos espacios coloniales están siendo revisitados desde la arqueología, a partir de la colaboración entre el Departamento Centro Oriental de Arqueología y la Oficina de Monumentos del Centro Provincial de Patrimonio Cultural. Se plantea con más fuerza la necesidad de incorporar la arqueología al proceso de recuperación y conservación del patrimonio urbano. Una nueva mirada y un fuerte vínculo de los arqueólogos con los historiadores, representados en particular por Ángela Peña, Hiram Pérez y José Novoa, ha redimensionado el tratamiento de la presencia del indio en Holguín, el reconocimiento de aspectos tempranos de la formación de la ciudad, y el estudio del mundo colonial temprano en la provincia de Holguín.
Este proceso en alguna medida ha estado influido por la inspiración ofrecida por las nuevas investigaciones del DCOA en El Chorro de Maíta, en lo referido al análisis de la aparición del indio, y su protagonismo en el mundo colonial. En un acto de revitalización el DCOA, con la colaboración de varias instituciones internacionales como la Universidad de Alabama, la Universidad de Leiden y University College London, retomó los estudios en el lugar y sin olvidar lo logrado en las investigaciones iniciales dirigidas por Guarch Delmonte, ofrece una lectura completamente renovadora de este sitio a partir de nuevas perspectivas metodológicas y recursos arqueométricos.
Se descubrió que el cementerio del sitio no era de carácter precolombino sino un espacio sincrético de base cristiana --uno de los más tempranos reconocidos en América--, donde se inhumó población indígena cubana y no cubana, y también un africano y al menos dos mestizos. Esto cambia radicalmente la interpretación de la locación que ahora entendemos como el primer pueblo de indios encomendados identificado con métodos arqueológicos en Las Antillas. Se refuta la idea de destrucción inmediata de la sociedad indígena y se precisa que el lugar estuvo insertado durante el siglo XVI en dinámicas de resistencia, integración y transculturación, descubriéndose y documentándose por primera vez la aparición de nuevos componentes étnicos, como los ¨indios¨ y mestizos (Valcárcel Rojas 2012). La investigación revoluciona los métodos y enfoques de la arqueología cubana y caribeña; impulsa su visibilidad internacional, alcanza uno de los premios nacionales de la ACC en el año 2013, y reafirma a Holguín y al DCOA como un actor relevante de la arqueología cubana.
Hace varias décadas los holguineros más madrugadores se acostumbraron día a día antes de que el amanecer se hiciera dueño de la ciudad, a ver la figura de Pepito, aquel anciano que desde su amplia casona avanzaba hacia el vetusto edificio del Museo Provincial La Periquera. Caminaba con dificultad y lentamente. Estaba definitivamente enfermo. Él lo sabía. Pocos como él tenían derecho al reposo.  Administradores y responsables de personal del Museo Provincial, donde laboraba, no sabían qué hacer con sus vacaciones que nunca  disfrutó, con los domingos jamás descansados. Esa persistencia creativa que él encarnó marca el espíritu que mueve la investigación arqueológica en Holguín. Un espíritu que incorpora desde modestos aficionados hasta renombrados académicos, esfuerzos de coleccionismo y estudio que involucran a generaciones y familias, hallazgos revolucionarios que cambiaron la visión del mundo precolombino cubano, proyectos investigativos y museológicos pioneros, construcciones culturales que modelan la imagen y la identidad de la provincia. Es la esencia del rostro local que Holguín ofrece a la arqueología cubana.













        Historia y arqueología: una visión desde Holguín
José Novoa Betancourt
Durante mis estudios para la obtención de la licenciatura a finales de la década de 1970 la profesora Gloria Max impartió, casi al final de la carrera, una asignatura definida bajo el título de Metodología de la investigación histórica. Allí se definía al historiador como un esforzado especialista que construía su complejo discurso a partir  de la cotidiana interpretación de los datos aportados por un conjunto de ciencias y saberes paralelos que también tenían como sus objetos de investigación a la sociedad. Podría suponerse que los seguidores de Clío, la musa griega de la historia, semejaban  un ejército de tejedores que con las agujetas de sus intelectos unían en la trama hilos de diferentes colores, con una nueva propuesta de tela multicolor en cada caso.
Una simple revisión por la internet en relación con los criterios que hoy existen en el plano epistémico sobre las relaciones entre historia y arqueología, denota que en verdad parte de las concepciones que me mostró la Academia en 1978 están vivas, no obstante las turbulencias asociadas al propio proceso histórico de la lógica de la investigación, que ha vuelto a subrayar la interdisciplinariedad. Este es un discutido campo sobre el cual volvió a florecer el tema del lenguaje, junto a la explosión de la semiótica y el papel central de la cultura. Debemos mencionar que Pedro Paulo Funari (1999) pudo recordar, a finales del siglo pasado, los estrechos vínculos entre ambas disciplinas, todo dentro de un proceso que acerca cada vez más a la Historia y a la Antropología.
A pesar de lo expuesto hasta ahora, el interés del autor no es realizar un análisis epistemológico acerca de las relaciones conceptualizadas entre Historia y Arqueología, sino exponer sucintamente las conexiones forjadas entre los historiadores y los arqueólogos en la región histórica de Holguín, una relación caracterizada por su colaboración y cotidiana complementariedad.
Una tierra para arqueólogo e historiadores
Cuando el Gran Almirante Cristóbal Colón arribó a la bahía de Bariay en la tarde del 27 de octubre de 1492, desconocía que no solo había arribado a una de las regiones más pobladas por aborígenes, sino que también iniciaba la exposición de la historia colonial cubana. El diario del navegante es una crónica que ofrece desde el asombro una imagen cualitativa del nuevo espacio cultural e indirectamente, al recoger los rasgos de aquel mundo peculiar, apunta las profundas diferencias que tipificaban el entorno encontrado respecto al pronto denominado Viejo Mundo. La casualidad quiso que aquel osado marino del Renacimiento, con una importante experiencia cultural empírica por sus contactos con otros pueblos de la cuenca mediterránea, del norte de Europa y de parte de las costas africanas, al que no le era ajena la cultura de la antigüedad clásica, tuviera la oportunidad de vivir aquella aventura.
Aunque las tierras de Holguín atesoran bajo su superficie una parte importante de las riquezas arqueológicas cubanas y que la época colonial no fue capaz de hacer desaparecer del todo esa raíz local, las crónicas sobre la localidad o desde ella, escritas en los siglos XVIII y XIX, ignoraron en general a los indios. Cuando se les menciona como en Memoria sobre el hato de San Isidoro de Holguín (1865), se les recoge en el papel de fondo histórico de la cruenta conquista o en ocasional mención por la actividad de alguno de sus descendientes en la sociedad colonial. Esos relatos escritos desde el provindecialismo, obispo Morell de Santa Cruz en 1756 (2005), o desde el positivismo, Diego de Ávila y Delmonte en 1865 (1926), se basaron exclusivamente en las fuentes testimoniales o documentales que proclamaban la extinción del indio, aunque casos del tipo de los Libros Parroquiales de Holguín recogieran su larga presencia en la comunidad local. Los aires de la arqueología que lentamente se conformaba en Europa no tuvieron entonces ningún eco en Holguín y en la historia continuó dominando la forma clásica de realización.
Quizás todo comenzó a cambiar particularmente desde que Antonio Bachiller y Morales publicara Cuba primitiva: origen, lenguas, tradiciones e historia de los indios de las Antillas Mayores y las Lucayas en 1883, un texto que influyó en que comenzara a tomar fuerza en Cuba el coleccionismo de los artefactos aborígenes, hecho vinculado al paulatino despertar del interés por la arqueología y el pasado precolombino. Ese estudio también contribuyó al establecimiento del criterio positivista evolutivo sobre la clasificación de las ciencias, que asentó a la arqueología como un estanco particular dentro de las ciencias sociales y una específica auxiliar de la historia.
Por cierto, en esa década de 1880 el periodista y escritor José Martí testimonió en artículos y libros, teniendo de fondo los avances de la arqueología y la etnología en Europa y los Estados Unidos, la importancia de las visiones históricas y arqueológicas para el avance del diverso mundo americano. En 1883 tradujo al español los libros Antigüedades griegas y Antigüedades romanas. En La Edad de Oro (1889) se nota un interés educativo sobre la necesidad de conocer el pasado. ¿No se encuentra en ese libro maravilloso, en el artículo La historia del hombre contada por sus casas, una convocatoria indirecta al saber arqueológico? Dijo allí: ¨En aquellos tiempos no había libros que contasen las cosas: las piedras, los huesos, las conchas, los instrumentos de trabajar son los que enseñan cómo vivían los hombres de antes¨. Una valoración que hace descansar en los objetos particulares de investigación y sus fuentes el que prevalezca la herramienta analítica que se va a utilizar: la historia o la arqueología; se puede especular que para el Apóstol, la ciencia general es la historia, dividida en dos momentos peculiares.
Sin embargo, los grandes cambios vinculados al hacer arqueológico y al perfeccionamiento del método histórico, cuestiones que sentaron las pautas de la actualidad investigativa y las relaciones entre los interesados y los profesionales del pasado histórico no ocurrieron en Holguín hasta mucho más tarde, en pleno siglo XX, hechos vinculados a dos importantes personalidades: José Agustín García Castañeda (1902-1982) y José Manuel Guarch Delmonte (1931-2001).
García Castañeda y Guarch Delmonte: ¿arqueólogos o historiadores?
García Castañeda fue el producto cultural del perfeccionamiento del coleccionismo en Holguín y del movimiento inicial de la etnología y la arqueología científicas; un movimiento de ideas desplegado desde el positivismo y enardecido por rescatar las raíces de la identidad cubana, vista no solo en España y Europa, sino también en los aborígenes.
García Castañeda fue hijo de Eduardo García Feria, un gran coleccionista local, y de él bebió el amor por la historia de Holguín y su entendimiento de la peculiaridad de Holguín como una gran reserva de la riqueza arqueológica aborigen. Se formó José Agustín como abogado, pero su mayor interés estuvo en aplicar todo el espectro de las ciencias sociales para definir la identidad histórica de Holguín dentro de la región oriental y en Cuba.
Sus excavaciones empíricas en sitios como El Yayal lo hicieron famoso; pero más que un aficionado en la búsqueda de objetos que nutrieran los fondos del museo que su familia creara en su casa particular, acaso su mayor mérito es tratar de interpretar lo encontrado y fundir la fase aborigen a la historia colonial y republicana. Con García Castañeda hacer arqueología e investigar la historia se convirtió en un solo proceso cognitivo, más allá de sus propias peculiaridades. Sobre la base de varios de sus estudios en una y otra disciplina, García Castañeda plantea la importante hipótesis para el campo de la historia, recogida por Irving Rouse (1492) y otros arqueólogos (Morales Patiño y Pérez de Acevedo 1945), sobre la existencia de una estrecha relación entre el sitio de transculturación El Yayal y la posterior fundación del núcleo urbano de Holguín. Es imposible desligar en García Castañeda una ciencia de la otra; entonces, sobre todo por su actuar, la arqueología y la historia desde hace varias décadas andan de manos en Holguín, influenciándose mutuamente de forma ventajosa.
La limitante de aquellos esfuerzos se localizaba en la metodología y sobre todo en la falta de un apoyo real. Todo se transformó con los profundos cambios originados por la Revolución desde 1959. La gigantesca obra impulsada por Fidel Castro comprendió desde sus inicios los importantes papeles de la historia y la ciencia en la forja del nuevo proyecto.
Desde 1968, en el marco político impulsado desde el Partido Comunista de Cuba a raíz del centenario del inicio de las guerras por la independencia, significado por el llamado a profundizar en la historia nacional y local cubana, la historia y la arqueología hallaron en Holguín un nuevo espacio de creación y avances. Es de reconocer en ese ambiente, junto al trabajo de varios esforzados compañeros entre ellos Andrés Ramírez Feliú, el binomio creado por Miguel Cano Blanco e Hiram Pérez Concepción. El primero, nombrado líder regional de la organización después del comandante Alfonso Zayas, y el segundo, primero designado presidente del Movimiento de Activistas de Historia (1970) y luego jefe de la Sección de Investigaciones Históricas del Comité Provincial del Partido (1977). El amplio ambiente de colaboración construido por ambos políticos posibilitó la más activa participación de García Castañeda y otros historiadores y aficionados a la arqueología.
García Castañeda fue un intelectual que supo sobreponer a su formación filosófica y a su inveterado escepticismo el interés supremo del patriotismo y su amor por la historia y la arqueología. La Revolución impulsó sin pausas la realización de sus mejores sueños.
También a lo largo de la década de 1970 otras cosas sucedieron en Holguín dentro de la obra social y científica promovida por Fidel, como la fundación del Instituto Superior Pedagógico, cuya Licenciatura en Historia y Ciencias Sociales, por su alto nivel académico, fertilizó el activismo de Historia y abonó el campo investigativo al que luego se sumó el Departamento de Historia de la Universidad de Holguín. Sin esas líneas de desarrollo educativo, científico intelectual y político regional, sin recordar el importante trabajo que en sus tiempos produjera García Castañeda y sin valorar el gran peso de Holguín como reservorio arqueológico, no se pueden entender las razones por las cuales, en 1976, un hasta entonces líder científico cambiara las luminosas perspectivas del trabajo investigativo arqueológico desde La Habana y su vida en la capital por la reorganización de las investigaciones arqueológicas en el norte oriental. La decisión del camagüeyano  José Manuel Guarch Delmonte de trasladarse junto a su familia desde La Habana a Holguín fue providencial.
Guarch Delmonte, quien logró varios doctorados y dirigió importantes instituciones investigativas de carácter nacional (Valcárcel Rojas, 2002a), mostró a lo largo de sus años holguineros las razones de su exitoso temprano brillo en la arqueología y la investigación histórica en Cuba. Entre sus obras científico sociales en Holguín cabe destacar la fundación del Departamento Centro Oriental de Arqueología, su papel de presidente fundador de la Filial provincial de la Unión Nacional de Historiadores de Cuba y su actividad como director fundador de la Casa de Iberoamérica. Si García Castañeda posibilitó el avance de la arqueología y la historia particularmente entre los años 1930-60 en Holguín, fue Guarch Delmonte quien les sumó academia y actualización. Ambos fueron arqueólogos e historiadores que por su liderazgo aglutinaron a su alrededor a jóvenes, maestros e interesados, lo que logró multiplicar su obra. Su legado cultural en el impulso del conocimiento es invaluable y su mayor mérito haber contribuido a formar una familia de investigadores que ya arqueólogos o historiadores, guiados por su lealtad a Cuba y a la ciencia, continúan trabajando codo a codo, intercambiando, creando.
         Para el autor de estas líneas, parte modesta de ese grupo, la arqueología y la historia no son más que dos momentos concretos y complementarios del estudio científico que explica el surgimiento y desarrollo histórico-natural de la sociedad humana.













José Agustín García Castañeda y la arqueología en Holguín
 Isaíris Rojas París y Margarita París Johnson
El territorio holguinero es un espacio de relevancia en el panorama patrimonial y arqueológico cubano y caribeño. Uno de los estudiosos de la arqueología en el período republicano fue el doctor José Agustín García Castañeda (Holguín, 1902-1982), a quien se le debe en gran parte el conocimiento del patrimonio arqueológico de Holguín y muchas de las investigaciones publicadas durante dicha época sobre la región.
García Castañeda nació en el seno de una familia en la que se cultivaba el amor a la naturaleza y a las ciencias. Fue uno de los siete hijos del matrimonio compuesto por Eduardo García Feria, profesor de Matemáticas, y Mercedes Castañeda Mayasén. Creció observando a su padre organizar en su propia casa el Museo García Feria; ello marcaría su futuro desempeño. Su infancia se desarrolló en su tierra natal; aquí realizó los estudios desde la primaria hasta la segunda enseñanza. En 1923 se graduó en Derecho Civil en la Universidad de La Habana. Fue profesor fundador del Instituto de Segunda Enseñanza Enrique José Varona de Holguín, entre 1936 y 1967. Su preparación le permitió impartir varias asignaturas, entre las que se encontraban Zoología, Nociones de Biología, Mineralogía, Botánica, Anatomía y Geología. En 1937 fue nombrado ayudante de museo y laboratorio de dicha institución. Bajo su dirección, llegó a ser considerado como el museo escolar más importante de la ciudad en todo el período republicano. Este museo se convirtió en un eficaz complemento de las clases impartidas. Creó el laboratorio experimental de ese Instituto lo que le permitió desarrollar las clases con mayor cientificidad; en ellas el conocimiento iba de la teoría a la práctica. Al morir su padre en 1941 asumió la dirección del Museo García Feria.
Fue nombrado Archivero Municipal del Ayuntamiento a partir de 1945, cargo honorífico que desempeñó hasta principios de la década del 70. En 1973 se trasladó definitivamente al Museo Provincial La Periquera, donde ocupó el cargo de Catalogador Docente e Historiador. El hecho de permanecer por mucho tiempo en ese lugar le proporcionó la oportunidad de relacionarse con distintos documentos de los que logró una vasta información relacionada con la localidad de Holguín. En reconocimiento a sus méritos el 22 de diciembre de 1967 recibió la Orden Nacional por más de 25 años de servicio en Educación, que le otorgaron la Central de Trabajadores de Cuba y el Ministerio de Educación. Igualmente el Comité Ejecutivo de la Asamblea Provincial del Poder Popular acordó entregarle el Hacha de Holguín el 23 de septiembre de 1981. Murió el 3 de noviembre de 1982, en su tierra natal, donde descansan sus restos mortales.
Sin formación académica especializada en ninguna de las disciplinas en las que incursionó, se dedicó a estudiar y redescubrir su entorno natal. Sus aportes investigativos pueden ser utilizados para caracterizar a Holguín entre los siglos XV y XX, y actualmente también sirven de base para nuevas investigaciones realizadas en el territorio.
Todo su trabajo está estrechamente relacionado con el Museo García Feria. Fundado por su padre a inicios del siglo XX, García Castañeda contribuyó a la conformación y organización de toda su colección. Integrada en su mayoría por piezas indígenas obtenidas en áreas de Holguín y Banes, a inicios de los años 40 del siglo XX, era una de las importantes en Cuba. Dos elementos distintivos de la colección que contribuyó a conformar fueron la catalogación científica de las piezas arqueológicas obtenidas y el estudio y publicación de investigaciones sobre sus exploraciones y excavaciones. Cornelius Osgood, curador del Museo Peabody de Historia Natural de la Universidad de Yale, EUA, expresó[21]: “Estoy muy complacido por haber conocido la colección que Ud. y su padre han organizado, y la considero como uno de los más extraordinarios logros de la arqueología en Cuba” (Cornelius Osgood, comunicación personal, 1 de julio de 1941) (Traducción de las autoras).
Además de vincularse con las escuelas de la región para apoyar el proceso de enseñanza, el museo se convirtió en un centro cultural ubicado en el centro de atención de los holguineros. Por otro lado, García Castañeda siempre consideró como una responsabilidad del museo que dirigía el estudio de sus piezas y la socialización de esas investigaciones, por lo que, firmadas a nombre de la institución, publicó varios trabajos, en su mayoría conocidos como Notas Arqueológicas del Museo García Feria. En un segundo momento, al incorporar la idea de que también debía instruir y educar a la población de la cual formaba parte, convirtió en Notas del Museo García Feria los trabajos presentados en congresos y concursos. Todos estos materiales se imprimieron en mimeógrafos o imprentas de la ciudad. Se repartían gratuitamente entre sus amistades, investigadores, arqueólogos, los museos, bibliotecas e instituciones culturales nacionales y extranjeras.
Al triunfo de la Revolución donó parte de sus colecciones al Museo Nacional de Historia Natural, y el resto sirvió de base para la fundación de los primeros museos públicos en Holguín: el Museo de Historia Natural Carlos de la Torre y Huerta (1969) y el Museo Provincial La Periquera (1976).
Sus inicios en la actividad arqueológica datan desde finales de la década del 20 del siglo pasado en que se dedicó a realizar excavaciones para que su padre realizara la clasificación y catalogación de las piezas localizadas. Sus primeros trabajos de excavación y estudio de un sitio arqueológico fueron en el cerro de Yaguajay.
Fue delegado por la provincia de Oriente de la Comisión Nacional de Arqueología (CNA) desde su fundación en 1937, y, por tanto, le correspondió investigar en varias ocasiones sobre excavaciones no autorizadas o posibles acaparamientos de vestigios aborígenes por extranjeros, o la aparición de falsificaciones de objetos. En 1941 la CNA fue reorganizada y tomó el nombre de Junta Nacional de Arqueología y Etnología (JNAE). García Castañeda se convirtió en miembro por derecho propio de esta última. En 1942 fue electo Miembro Titular de la JNAE en la vacante ocurrida por el fallecimiento de su padre el año anterior.
Consciente de que carecía de la preparación teórica necesaria, se mostró deseoso de superarse y especializarse en Arqueología. Es así que solicitó, en 1938, una Beca Guggenheim. Al conocerse de la solicitud de García Castañeda, este recibió aliento y estímulo de sus conocidos y compañeros de labor:
Aplaudo tu propósito de aspirar por la Beca Guggenheim, deseándote de todo corazón que la consigas, para que te hagas un arqueólogo en firme, ya que te la mereces por tu dedicación y descubrimientos. (René Herrera Fritot, comunicación personal, 5 de febrero de 1938)
Quedo bien enterado de sus propósitos si logra la beca de la Fundación Guggenheim, alegrándome haya escogido el tema que me indica: de esa manera se beneficiará el conocimiento que vamos teniendo sobre la vida de nuestros aborígenes. (…) Me alegraré, y se lo expreso con toda sinceridad, que obtenga la beca que solicita, y pueda así dedicarse con más entusiasmo a sus trabajos científicos predilecto. (Arístides Mestre, comunicación personal, 8 de marzo de 1938)
Sin embargo, contra todos los pronósticos, no le fue otorgada la beca.
A pesar de que el centro de su trabajo fue su provincia natal, también cumplió con las comisiones que le fueron asignadas en 1939 por José María Chacón y Calvo, director de Cultura de la República de Cuba, para estudiar las colecciones arqueológicas del Museo Bacardí (Santiago de Cuba) y de los Exploradores de Antilla, y realizar excavaciones arqueológicas en Pinar del Río.
En 1941 los reconocidos arqueólogos norteamericanos Cornelius Osgood e Irving Rouse visitaron Cuba como parte del Programa Antropológico Caribeño (CAP) de la Universidad de Yale. A partir de los resultados del trabajo de campo desarrollado fueron publicadas dos monografías fundamentales sobre la arqueología de las Antillas Mayores: La cultura ciboney de Cayo Redondo (Osgood, 1942) y Arqueología de las Lomas de Maniabón (Rouse, 1942). En su trabajo, Rouse afirma que eligió el área oriental del país precisamente porque era una de las zonas de mayor actividad arqueológica. Existía como antecedente el trabajo realizado por Harrington y publicado en 1921, varios arqueólogos habían trabajado en la región, numerosos sitios arqueológicos habían sido identificados y en el área había varias colecciones que le permitirían completar su trabajo. Agradece, además, la colaboración de García Castañeda. Este lo condujo a los sitios arqueológicos localizados en Holguín y Gibara, le facilitó copias de sus numerosas publicaciones, incluso algunas inéditas sobre sitios en Banes, y participó en una de sus excavaciones. Varias de las fotografías que ilustran el texto de Rouse fueron proporcionadas por García Castañeda (Rouse, 1942: 6).
Aun cuando menciona el trabajo realizado por varios arqueólogos, aficionados y profesionales, Rouse cita constantemente a García Castañeda, y gran parte de su labor fue el estudio de objetos pertenecientes a la colección García Feria. Esto es muestra de la calidad y el alto grado de competencia que se le reconocía por autoridades de la disciplina como el propio Rouse.
Participó en varios eventos nacionales e internacionales sobre el tema, como la I Conferencia Internacional de Arqueólogos del Caribe (Honduras, agosto de 1946), y la Mesa Redonda de los Arqueólogos del Caribe, organizada en 1951 por la Sociedad Colombista Panamericana, la Junta Nacional de Arqueología y Etnología, la Oficina del Historiador de la Ciudad de La Habana y el Grupo Guamá. En los primeros seis Congresos Nacionales de Historia (1942-1947) presentó siempre trabajos relacionados con sus estudios arqueológicos en la región holguinera. Entre 1923 y 1949 publicó 51 trabajos relacionados con sus investigaciones arqueológicas, entre los que se distinguen:
·        Notas Arqueológicas del Museo García Feria: serie constituida por trabajos cortos, reproducidos en mimeógrafo, escritos y publicados entre 1937 y 1943. Generalmente dedicados a presentar objetos de la colección García Feria o comentar las excavaciones realizadas, contienen textos e imágenes, y en ocasiones planos con la ubicación geográfica de los sitios analizados. Su intención comunicativa principal era la divulgación, por lo que eran enviadas a investigadores e instituciones nacionales y extranjeros de manera gratuita.
·        Notas del Museo García Feria: son folletos publicados entre 1942 y 1947. Presentan investigaciones con un mayor nivel de complejidad, e incluyen en muchas ocasiones imágenes y dibujos para complementar las ideas desarrolladas por el autor. Generalmente son trabajos presentados en los eventos científicos de la etapa.
·        Artículos en publicaciones periódicas de rigor científico, como la Revista de Arqueología y las Memorias de la Sociedad Cubana de Historia Natural, que aún son de imprescindible consulta, en tanto ofrecen datos de primera mano sobre sitios arqueológicos de gran significación, muchos de ellos hoy destruidos(Ver García Castañeda 1938, 1941, 1942, 1949).
Desde la segunda mitad de la década del 40 del siglo pasado García Castañeda analizó aspectos de las relaciones entre indígenas y europeos a partir del estudio de materiales hispanos obtenidos en sitios arqueológicos indígenas. Inicialmente (1947) concluyó que, aun cuando pudo comprobarse la convivencia entre ambos grupos culturales, no llegó a producirse una transformación real del indígena por su completa desaparición física. Anotaciones suyas, treinta años después, incorporan la idea de la sobrevivencia del indio a partir de elementos documentales de los siglos XVIII y XIX.
Sostuvo un amplio intercambio epistolar con especialistas de la disciplina, como los miembros del grupo Guamá; con coleccionistas privados de todo el país, como Pedro García Valdés, Juan Cross Capote y Augusto Fornagueras; con representantes de instituciones nacionales y extranjeras y con aficionados. Estas relaciones enriquecieron notablemente su preparación personal, consolidaron su trabajo como referencia en el período republicano y propiciaron el intercambio de piezas arqueológicas para completar y enriquecer las colecciones implicadas.
El esplendor de su trabajo en esta especialidad se concentra entre los años 1942 y 1951, etapa en la que predominaron sus relaciones epistolares y de intercambio profesional sobre el tema de la arqueología, con importantes personalidades de la ciencia en Cuba y el extranjero, la publicación de sus trabajos, la incorporación a actividades programadas por las diferentes sociedades científicas de las que fue miembro, así como su participación en eventos científicos. En las cartas que se conservan en el Museo Provincial La Periquera en Holguín constan las favorables opiniones de especialistas de la época sobre García Castañeda y la labor que realizaba:
En la Comisión hay actualmente cuatro arqueólogos que son además infatigables exploradores o excavadores. Realizan estos trabajos sin retribución alguna, y empleando en ello no solo su tiempo y sus conocimientos, sino también su dinero; (…) sin otro meritísimo objeto que el meritísimo de aumentar los hallazgos arqueológicos en nuestra Patria. Son ellos René Herrera Fritot, José A. García Castañeda, Felipe Pichardo Moya y Pedro García Valdés. (Azcárate y Rosell, 1938)
Eres merecedor de una entusiasta felicitación por tu labor arqueológica. Recíbela muy efusiva de quien te admira por tu constante actuación en ese ingrato campo; pero indudablemente lleno de felices momentos y de hondas satisfacciones. (…) He recibido con mucho gusto tus ‘noticas’, como modestamente las llamas; pero para mí son páginas brillantes del proceso arqueológico de Cuba, porque van sacando de la obscuridad de la tierra esos primorosos regalos que constituyen parte muy principal de la cultura indígena cubana. (…) Tanto me agrada que, al amparo de tu bondad, te exijo que me mandes todas las que hagas, pues las considero de gran importancia. (Pedro García Valdés, comunicación personal, 5 de julio de 1938)
Me han interesado mucho todos sus trabajos y he de aprovecharlos cuando haga un par de capítulos adicionales a mi obra arqueológica. No sé aun cuando podrá ser, porque tengo otras cosas en el telar y no quiero interrumpirme; pero cualquier día tendré una escapada para escribir unas cuantas páginas de arqueología y entonces tendré muchísimo gusto en poner de relieve toda su labor. (Fernando Ortiz, comunicación personal, 18 de febrero de 1939)
Te considero no solo como uno de los excavadores más valiosos que tenemos, sino también creo que tus descubrimientos han abierto valiosos horizontes. (Rafael Azcárate y Rosell, comunicación personal, 25 de octubre de 1941)
Estoy muy complacido por haber conocido la colección que Ud. y su padre han organizado, y la considero como uno de los más extraordinarios logros de la arqueología en Cuba. También leí algunos de sus trabajos, y deseo felicitarlo por todo el trabajo que ha realizado sobre nuestra disciplina. (Cornelius Osgood, comunicación personal, 1 de julio de 1941) (Traducción de las autoras)
Todos estos elementos ratifican la condición de arqueólogo local de García Castañeda, refrendada por la valoración realizada por Roberto Valcárcel Rojas (García Castañeda, 2014: 14-15) y que las autoras de este trabajo consideran esencial para comprender el carácter científico de la labor realizada:
A pesar de no poseer una formación arqueológica profesional, García Castañeda consiguió una visión del patrimonio precolombino del nororiente cubano, que fue reconocida por la mayoría de los especialistas nacionales y extranjeros de la época. (…) Su trabajo contribuyó a hacer de Banes y Holguín puntos de referencia para entender el patrimonio arqueológico indígena de la Isla y creó entre muchos holguineros un sentido de respeto por esta parte de nuestra historia.
Quien quiera acercarse a la historia arqueológica del territorio holguinero, no podrá obviar la labor realizada por el doctor José Agustín García Castañeda, el cual asumió la responsabilidad de preservar para la posteridad la colección arqueológica que inicialmente había organizado su padre y la enriqueció con piezas indígenas localizadas en zonas aledañas. Con el trabajo que desarrolló, fundamentalmente en su localidad, realizó una notable contribución al rescate de la identidad holguinera.  



       
      Irving Rouse en Maniabón
Roberto Valcárcel Rojas
En 1941 Benjamin Irving Rouse llega a Cuba. Uno de los vecinos del sitio Potrero de El Mango, en el barrio de Mulas, en Banes, lo recordó --en conversación con este autor en 1998--, como un hombre joven y práctico (tenía 28 años), que pagaba bien el servicio de los excavadores. Se había educado en la Universidad de Yale, donde inició estudios forestales y pasó finalmente a la antropología. Su tesis doctoral, publicada en dos partes (Prehistory in Haiti: A Study in Method, en 1939, y Culture of the Ft. Liberté Region, Haiti, en 1941), sentaría las bases de un esquema de clasificación cerámica de enorme importancia para ordenar el estudio arqueológico de la presencia indígena en el Caribe. Venía a Cuba a trabajar para el Programa antropológico del Caribe, de la Universidad de Yale, y a buscar datos para contrastar las hipótesis planteadas a partir de sus investigaciones en Haití. Tendría el apoyo y la oportunidad de intercambiar con los más importantes investigadores cubanos de la época.
La labor de Rouse (1942) consistió en un estudio exploratorio de los residuarios del área de Maniabón (norte de las actuales provincias de Holguín y Las Tunas), cuyos resultados se publicaron en 1942 en la obra Archaeology of the Maniabón Hills, Cuba. Aunque había una intención generalizadora se hizo evidente la particular concentración de sitios en la zona de Banes y su carácter sobresaliente en términos de complejidad cultural, e incidió mucho esta área en el panorama final que aporta el texto. A partir de aquel momento Banes conseguiría una relevancia en la arqueología cubana que no se ha perdido.
Rouse realizó una exhaustiva consulta de las informaciones existentes sobre la zona y sobre arqueología cubana en general, que incluyó revisiones de colecciones y testimonios de los propios colectores. Preparó incluso una valiosa reseña de la historia de las investigaciones realizadas en este espacio y de las colecciones disponibles, haciendo amplio uso de los artículos y notas preparados por José A. García Castañeda. El intercambio con Castañeda indudablemente influyó en muchos de sus criterios; su apoyo, el del coleccionista residente en Banes, Orencio Miguel Alonso, y el de otros coleccionistas y aficionados, fue vital para ubicar y explorar sitios, o lograr el acceso a las colecciones.
Los trabajos se hicieron en solo cuatro meses de 1941, con un ritmo muy intenso y una rigurosa metodología, y se obtuvo un gran volumen de información. En 1942 ya aparecía publicada por el Departamento de Antropología de la Universidad de Yale la monografía que recogía los resultados de las exploraciones. Se planificaron textos para presentar las excavaciones, pero estos no vieron la luz. Durante la investigación se visitaron o exploraron numerosos sitios arqueológicos, y se hicieron recogidas superficiales de evidencias; se excavaron los sitios Aguas Gordas, Salermo y Potrero de El Mango. Usando sus datos y los de los exploradores locales y coleccionistas, Rouse preparó un informe de tipo censal y clasificatorio sobre todos los sitios y áreas con reportes de material arqueológico conocidos en Maniabón; un total de 190 locaciones. Las referencias obtenidas atañen tanto al orden artefactual como a las peculiaridades del patrón de asentamiento, los rasgos medioambientales, la estructura estratigráfica de las deposiciones y el estado de conservación de los yacimientos.
Rouse trabajó junto a Carlos García Robiou, profesor de Antropología de la Universidad de La Habana, en la excavación de Aguas Gordas. Los trabajos en Potrero de El Mango fueron dirigidos por Rouse, quien tuvo el apoyo de Orencio Miguel Alonso y los Boy Scouts de Banes. Se trata de las primeras excavaciones en Cuba donde se mantiene control estratigráfico y un registro adecuado del trabajo. Los materiales colectados por Robiou nunca fueron adecuadamente estudiados (Tabío y Rey, 1985:122), aunque algunos datos sobre la excavación se conocen por la obra de Rouse. Las evidencias obtenidas en Potrero de El Mango fueron enviadas a los Estados Unidos y se conservan en el Peabody Museum of Natural History de la Universidad de Yale. Han sido estudiadas recientemente por la arqueóloga A. Brooke Persons (2013), de la Universidad de Alabama, para su disertación doctoral sobre Banes.
Rouse propuso una cronología general para la región, así como una correlación de los sitios más tardíos --identificados por el reporte de material hispano y ciertos rasgos cerámicos--, con la estructura de cacicazgos que se infiere de los datos históricos. Aporta una valiosa relación de sitios con evidencias europeas que ayuda a iniciar en Cuba el análisis de los vínculos entre ambos grupos culturales y los potenciales procesos de cambio o ¨aculturación¨ en la sociedad indígena.
De esta investigación se desprende el reconocimiento de la existencia en Maniabón de residuarios de dos tipos de grupos culturales: ciboney en su cultura Cayo Redondo y subtaíno en su cultura Baní. El término subtaíno había sido manejado antes por M. R. Harrington para designar una expresión más simple del taíno, grupo que estimó dominante en Cuba. A partir de los datos de Maniabón las diferencias del subtaíno y el taíno fueron detalladas y reformuladas por Rouse (1942: 31; 163 - 166), considerándolos como dos grupos étnicos diferentes.
Sobre un estudio esencialmente cerámico, al que agrega la valoración de patrones de asentamiento, probable extensión de las ocupaciones, presencia de cercados térreos y petroglifos, y usando como referencia los datos cerámicos de Haití, Rouse estructura las diferencias. Distingue en el extremo este de Cuba (en la actual provincia de Guantánamo) cerámicas complejas, asimilables a las de la cultura Carrier de Haití, relacionadas con obras térreas y petroglifos. Al hallárseles solo en el este y en sitios cuya ocupación no parece haber sido muy extensa, asume un arribo tardío desde Haití y los vincula con la información de Bartolomé de las Casas sobre los últimos emigrantes indígenas provenientes de La Española. Usa para estos el término taíno. Reconoce el predominio en el centro y el oriente de otras formas de cerámica, más simples, similares a las de la cultura Meillac de Haití. Se localizan en depósitos arqueológicos cuya densidad sugiere ocupaciones extensas y por ello una entrada anterior a la del taíno, sin relación con cercados térreos o petroglifos. A falta de una adecuada denominación histórica para estos recupera el término subtaíno dejando implícita la idea de su inferioridad cultural respecto al taíno.
Rouse (1942: 163 – 164) propone las culturas Pueblo Viejo y Baní como expresión cubana de las culturas haitianas Carrier y Meillac. En años posteriores ajustará estos elementos a su esquema de desarrollo caribeño integrándolas con carácter de estilos a subseries cerámicas: Chican ostionoid y Meillacan ostionoid, según se escriben en inglés (Rouse, 1992: 52–53).
El trabajo realizado por Rouse fue reconocido por la calidad de su enfoque analítico, pero su división del taíno no fue aceptada por muchos. En su texto Caverna, Costa y Meseta, de 1945, Felipe Pichardo Moya objeta con razón la selección del término subtaíno, completamente arbitrario y carente de base histórica, y cuestiona la capacidad de los elementos diferenciadores considerados por Rouse para sustentar distinciones culturales. No obstante, el esquema de Rouse sobrevivió incluso en un texto de la importancia de Prehistoria de Cuba (1985) de E. Tabío y E. Rey, donde se proponía la perspectiva marxista para valorar el mundo precolombino de Cuba.
Archaeology of the Maniabón Hills, Cuba, por sus aportes metodológicos y conceptuales desborda los marcos de una investigación regional para convertirse en una obra clásica de la arqueología de Cuba. Revoluciona la práctica arqueológica del momento al demostrar la importancia de las excavaciones controladas como modo de seguir el cambio cultural y al abordar la validez, en una óptica analítica, de los estudios cerámicos y tipológicos en general. Aporta una nueva propuesta de clasificación cultural que reconoce elementos diferenciales hasta ese momento no considerados y facilita la correlación de la información arqueológica de Cuba con la del resto de las Antillas Mayores. De este texto emerge la visión de un desarrollo cultural que involucra la mayor parte de Cuba, vinculado a rasgos cerámicos que tienen su sitio guía en el yacimiento Meillac de Haití, y que sirven para conceptualizar la presencia de los agricultores ceramistas en el país.
Tal investigación constituye hasta hoy uno de los resúmenes descriptivos más amplios de los residuarios de Banes, muy valioso si se considera el nivel  de deterioro que han llegado a tener estos sitios o la destrucción de algunos. No puede ignorarse que propone consideraciones basadas en un manejo limitado de información estratigráfica, e incluso a partir de observaciones de materiales superficiales u obtenidos en colectas no científicas, que resultaban en muchos casos propuestas iniciales. De cualquier modo muchos de sus señalamientos y observaciones sobre el cambio cerámico, el patrón asentacional y las concentraciones de yacimientos, entre otros, han tenido algún tipo de corroboración (ver en este sentido Persons, 2013; Valcárcel Rojas, 2002b; Valcárcel Rojas et al., 1996) o funcionan como guía de nuevas investigaciones.
 De modo inmediato tales estudios sirvieron para precisar la importancia de esta área en el panorama arqueológico de Cuba y Las Antillas. Estimularon el interés en ella e influyeron en la adopción, por parte de coleccionistas como Orencio Miguel Alonso y los Boy Scouts de Banes, de cierto manejo investigativo en sus trabajos (Miguel, 1949). Aunque estos y otros coleccionistas continuaron las exploraciones y excavaciones, con ocasionales visitas y prospecciones de estudiosos de la arqueología cubana, Banes solo vuelve a tener un trabajo científico realmente serio e intenso con las excavaciones ejecutadas a partir de 1963 por el Departamento de Antropología (Academia de Ciencias de Cuba). Lamentablemente el trabajo de Rouse en Maniabón --un impresionante ejercicio investigativo de uno de los arqueólogos más importantes del Caribe-- permanece ignorado por muchos investigadores cubanos o aún no ha sido reconocido en toda su magnitud.

Agradecimientos
Este articulo fue preparado como parte de investigaciones posdoctorales desarrolladas por el autor en el marco del  proyecto ERC-Synergy NEXUS 1492, sostenido por European Research Council / ERC grant agreement n° 3192099. Agradecemos el apoyo del  proyecto Cultura material en entornos de interacción indohispana (DCOA, CISAT, CITMA, Holguín) para la actualización del texto a fin de realizar su publicación.


























            Felipe Martínez Arango en la Loma de los Mates
Iván Rodríguez López
Aproximarse a la personalidad del doctor Felipe Martínez Arango y a sus aportes a la ciencia arqueológica en la región que conforma la actual provincia de Holguín es una empresa no exenta de dificultades, dada la naturaleza esquiva de muchos de sus trabajos en este campo. Salvando esos obstáculos, hemos intentado reconstruir en la medida de lo posible su huella en estos predios a través del minucioso escrutinio de las fuentes que han llegado hasta nosotros. Particularmente, nos concentraremos  ̶ ̶ aunque no de manera exclusiva— en las labores dirigidas por él en el sitio de la Loma de Los Mates y sus áreas aledañas a principios de la década de 1950, al ser las que más trascendieron en aquel contexto por las razones que se advertirán más adelante, así como en la formación del Museo de Arqueología de la Universidad de Oriente.
         Antecedentes de la labor científica de Martínez Arango
Felipe Martínez Arango nació en la ciudad de Santiago de Cuba el 29 de enero de 1909. Estudió Filosofía y Letras y se doctoró en Derecho en la Universidad de La Habana en 1934. Fue fundador de la Universidad de Oriente en 1947, y defensor de su oficialización y autonomía, reconocidas cuatro años más tarde. Para mediados del siglo XX era uno de los intelectuales santiagueros con más prestigio y reconocimiento en la provincia de Oriente. De este modo queda resaltado en nota de la revista local Acción Ciudadana con motivo de su elección como miembro correspondiente de la Academia de la Historia de Cuba en 1949, consignando, entre otros méritos, su destacado trabajo en el seno de la Sección de Historia de la Sociedad de Geografía e Historia de Oriente (de la que fuera su secretario), como delegado de la Junta Nacional de Arqueología y Etnología por Santiago de Cuba, fundador de la Comisión Pro Monumentos, Edificios y lugares históricos y artísticos de su ciudad natal, entre otras tantas distinciones (Acción Ciudadana 104, 1949:5).
En el campo de los estudios históricos no pueden dejar de mencionarse dos de sus obras más destacadas: Próceres de Santiago de Cuba (1946), en la que pone en relieve la preeminencia patriótica de más de un centenar de santiagueros en la historia nacional; y Cronología Crítica de la Guerra Hispano-Cubano-Americana (1950), que por primera vez restituye la verdad histórica de este acontecimiento: la guerra de Independencia, [fue] ganada con la sangre de nuestros mambises, por la estrategia del general cubano Calixto García Íñiguez (Portuondo en: Martínez Arango, 1969:22) ajena a los intereses interventores norteamericanos que al final se impusieron.
La inclinación por la arqueología nació de su participación en las excursiones del Grupo Humboldt, fundado en 1940 como sección de la Sociedad de Geografía e Historia de Oriente, la que perseguía, además, otras pasiones investigativas como zoológicas, botánicas y paleontológicas, etc. (Martínez Arango, 1950:4). Entre las excursiones desarrolladas por el Grupo Humboldt hasta 1947 destacan —solo en la región nororiental— las siguientes: Pinares de Mayarí, dentro de un estudio general de la Sierra de Nipe; el puente natural de Bitirí, con la consiguiente descripción fisiográfica del lugar; y el barrio de Tacámara, donde investigaron una serie de fallas y deslizamientos reportados en varias fincas (Martínez Arango, 1950:80-90).
Desde la fundación de la Universidad, y como director de su Departamento de Relaciones Culturales (luego de Extensión Cultural), creó la Sección de Investigaciones Históricas y Arqueológicas, a cuya labor se sumó la Escuela de Verano, en la que se impartieron cursos de Arqueología, Antropología e Historia por parte de destacados profesores del país, encabezados por él. En este marco introduce los estudios arqueológicos aborígenes, así como coloniales, estos últimos dirigidos por el doctor Francisco Prats Puig (Sosa Massop, 2008:28-29). La metodología utilizada en las excavaciones siguió el modelo norteamericano según la estratificación natural del terreno, que ya se estaban aplicando en Cuba, aunque con la práctica se fue acomodando a la situación particular del país, y se puso al nivel de las investigaciones que se venían realizando en el continente (Sosa Massop, 2008:30).
          Camino de la Loma de Los Mates
Se trata de un sitio de habitación de primera magnitud de tierra adentro, distante a unos 21 kilómetros del mar (bahía de Corojal, Nipe, al este). Al momento de alcanzar notoriedad se hallaba dentro de los límites del barrio de Alcalá, en la finca La Ofelia, propiedad de la señora Zoila Ochoa. Sospechamos que este sitio ya era conocido por los holguineros Eduardo García Feria y su hijo José A. García Castañeda, de acuerdo con informaciones obtenidas del censo de Irving Rouse (1942), quien visitó la espelunca enclavada en el lugar junto al museólogo holguinero en 1941, cuya colección atesoraba un ídolo de piedra con cabeza de perro procedente de esa misma cueva, que le había sido donado a su padre por un lugareño en las décadas iniciales del siglo xx (Rodríguez López, 2015:41).
Las primeras noticias recibidas en Báguano de importantes hallazgos en el lugar se produjeron a finales de la década de 1940, cuando el grupo de Boy scouts locales dirigidos por Severo de la Fuente (padre) e integrado por Antonio Hidalgo, Manuel (Lilo) Magdalena y René Bellido, entre otros compañeros, hicieron su incursión allí y descubrieron en la ladera oeste de dicha loma una piedra trapezoidal de considerables dimensiones cubierta de petroglifos. El sitio fue entonces nominado por Severo como Máguana, al creer este que allí residió el cacicazgo de Maguana (confusión de la que probablemente procede también el mito popular de un cacique llamado Báguano inmolado ante el colonizador español en defensa de su pueblo y su gente, al extrapolar la historia del caudillo quisqueyano Caonabó, gobernante de Maguana).
Tras el hallazgo, Severo y Antonio se comunicaron con el secretario general de la Universidad de Oriente, el doctor Ernesto Pujals Fernández, quien a su vez le informó al doctor Felipe Martínez Arango. Tras recibir como donación varios materiales del lugar, que incluye el valioso petroglifo, el profesor santiaguero pospuso temporalmente sus trabajos en Damajayabo (que le granjearían poco después gran reconocimiento al constatar una superposición cultural entre dos grupos indígenas de diferente desarrollo por primera vez en Cuba) y las Ventas de Casanova, para venir a Báguano y constatar en persona la importancia de este asentamiento aborigen.
La colaboración establecida entre los exploradores baguanenses y la institución santiaguera se extendió desde aquel primer contacto a la facilitación de informes sobre la ubicación y características del sitio arqueológico y de una pequeña espelunca enclavada en el mismo lugar, y más tarde, durante las excavaciones practicadas, a reclamo de Severo de la Fuente, los arqueólogos recibieron amplia colaboración y atención por parte de las autoridades administrativas de los centrales Báguano y Tacajó (Martínez y Castellanos, 1978: 1-2).
Este sitio fue declarado Monumento Local (código 320501) el 17 de febrero de 1989 a través de la Resolución Nº 63 de la Comisión Nacional de Monumentos, a propuesta de Núñez Jiménez, atendiendo a sus valores históricos, artísticos y naturales, particularmente como exponente del arte rupestre aborigen.
             Martínez Arango en la Loma de Los Mates
Las primeras excavaciones controladas en el sitio realizadas por la Sección de Investigaciones Históricas y Arqueológicas de la Universidad de Oriente se desarrollaron en tres etapas de una semana de duración cada una: la primera en marzo de 1953; la segunda pocos meses después y la tercera en abril de 1954. Tanto la exploración inicial como las dos primeras excavaciones estuvieron dirigidas por el doctor Felipe Martínez Arango, y en dichas indagaciones excavatorias participaron la doctora norteamericana Muriel Noé Porter[22] y los doctores Aurelio Ruiz Lafont y Francisco Prats Puig; como paleadores auxiliares intervinieron los hijos de don Amalio Calzadilla y Pedro San Martín, vecinos del caserío de Madamas (Martínez y Castellanos, 1978: 1).
El equipo de arqueólogos también visitó la vecina loma de Salazar, propiedad del vecino de San Gerónimo don Amador Ochoa, bajo la guía del campesino Pedro San Martín. Allí realizaron algunas exploraciones y calas de prospección; sin embargo, no fueron muy satisfactorias (Martínez y Castellanos, 1978: 3). En 1984 a propuesta de Milton Pino el sitio se bautiza como Salazar I, para diferenciarlo de otro yacimiento descubierto a 350 metros al noroeste en la misma elevación, que nombró Salazar II (DCOA 1984).[23]
Los resultados de las investigaciones fueron resumidos en las monografías La Cerámica Aborigen de la Loma de Los Mates (1978) y El poblado aborigen de la Loma de Los Mates (1979), ambos inéditos, y el último, perdido para la ciencia. Del que ha llegado hasta nosotros realizamos un resumen en el que se pormenorizan los resultados generales obtenidos durante las indagaciones controladas en el sitio arqueológico, y que se hacen públicos formalmente por primera vez.
                Resumen del reporte de excavación
El área arqueológica fue promediada entre 250 x 100 metros, conformada por una veintena de montículos-basureros visibles. En general se excavaron 16 trincheras estratigráficas grandes (cortes de 8 metros de largo con cuatro secciones de 2 x 1,50 metros cada una —aunque no fue necesario cavar en todos para obtener los resultados perseguidos) y alrededor de media docena de calas de prospección, por lo general siguiendo niveles convencionales de 0,25 metros. En algunas, las deposiciones alcanzaron 1,50 metros de profundidad y la mayoría llegó al metro, solo unas pocas resultaron poco profundas. Se hallaron grandes capas de cenizas y algunas de marga caliza sobrepuestas deliberadamente, así como piedras aplanadas que formaban un pequeño piso (Martínez y Castellanos, 1978:3-4).
Los artefactos de diversa naturaleza exhumados fueron cuantiosos. La industria de concha estuvo mayormente representada por caguaras (raspadores de concha), en su mayoría de la especie bivalva Codakia orbicularis; también se hallaron picos de mano de Strombus sp. y otros fragmentos de este gasterópodo; una espátula; un excelente botuto de Charonia tritonis nobilis; una gubia y posibles fragmentos de tres; una serie de colgantes grandes de nácar; un pectoral grande fracturado; cuentas de collar de diverso tamaño; la dentadura de un ídolo sin terminar; y finalmente conchas de Polymita sp., Ligus sp., Murex, Pleurodontes, etc. (Martínez y Castellanos, 1978:5)
En piedra destacaron hachas petaloides bien pulimentadas, varias enteras, muchas fragmentadas y algunas en proceso de elaboración; manos de morteros (majadores), morteros, martillos, percutores, cuentas de collar, sumergidores de redes, pulidores; limas de coral, hematitas (piedra utilizada como colorante), alisadores y abundantes núcleos y lascas de sílex utilizadas como cuchillos, punzones y raspadores laterales, y se observaron en menor cuantía retoques o entalladuras y desechos industriales. Por último, una cabeza de cemí tallada en cuarcita con adorno en forma de tiara, que mostraba la dentadura y sin labios (Martínez y Castellanos, 1978:5-6).
La industria del hueso estuvo caracterizada por la presencia de espátulas, punzones y serradores dentados de espina de levisa, grandes cuentas de collar en vértebras de pescado, un colgante falimorfo grande con perforación bicónica en un extremo, labrada en una costilla de manatí, y finalmente una singular figura antropozoomorfa (hombre-murciélago) con ojos perforados y recortada con maestría en el pectoral de un quelonio fluvial (Martínez y Castellanos, 1978:6).
Los únicos objetos metálicos de origen europeo se encontraron en íntimo contacto con las capas antropogénicas aborígenes. Las piezas exhumadas fueron tres: una lámina rectangular de hierro (5,5 x 3 centímetros) recuperada entre los 0,75--1,00 metro; una especie de ástil de hierro de unos 35 centímetros de largo y un centímetro de diámetro en su parte más gruesa, sensiblemente comprometida por la oxidación encontrada en la capa estratigráfica 0,00 – 0,25 metros; y un broche o cierre metálico rectangular (8,6 x 3 centímetros) con bello decorado, probablemente de cobre y de manufactura no posterior al siglo XVI ―según estimaciones de Prats Puig― hallado en la misma capa que la anterior (Martínez y Castellanos, 1978:6; Castellanos Castellanos, 1991:254-255).
La cerámica recuperada, por su parte, superó los 20 mil fragmentos (949 con decoración, 3 469 con bordes y 13 787 sin borde o decoración, así como 261 fragmentos de burén). Se exhumaron varias vasijas casi enteras y muchas otras resultaron restaurables (esta labor fue realizada por los doctores Porter, Prats y Martínez). La pasta es por lo general homogénea y fina, la porosidad baja y poco frecuente; se excluyen los burenes que, salvo raras excepciones, presentaron una pasta granulosa poco coherente con desgrasantes grandes e irregulares. La técnica alfarera general usada fue el acordonado, a excepción de algunas microvasijas modeladas a mano (Martínez y Castellanos, 1978:7-8).
El estudio de la estratigrafía indicó que la comunidad originaria enclavada en el lugar se asentó avanzada la segunda mitad del siglo xv, la cual continuó alrededor de un siglo, y no fue hasta inicios del siglo xvi que entró en contacto directo con los conquistadores.
Entre las expediciones posteriores realizadas por otros investigadores al sitio se destacan las siguientes: Ernesto Tabío (1965), acompañado por el grupo de aficionados a la arqueología de Mayarí ―quienes ya habían sondeado el lugar en 1962―, realizan algunas calas e identifican tres áreas aplanadas rectangulares que consideraron viviendas aborígenes; Jorge Febles (1976) realiza excavaciones controladas; luego también Milton Pino y Nilecta Castellanos (1984). El resto realizado por grupos de aficionados, como el Araai, de Báguano, desde mediados de la década de 1980, quienes excavaron el derrumbe de la cueva y descubrieron una nueva galería (Rodríguez López, 2015).
              El Museo de Arqueología e Historia de la Universidad de Oriente
Como resultado de las excavaciones realizadas en toda la provincia de Oriente por profesores y estudiantes de la mencionada Sección de Investigaciones Históricas y Arqueológicas del Departamento de Extensión Cultural Universitaria, se obtuvo numeroso material artefactual que propició la fundación del Museo de Arqueología e Historia el 19 de junio de 1953. Este centro alcanzaría reconocimiento nacional por la calidad de sus exponentes y el empleo de novedosas técnicas museográficas a la par de otras instituciones especializadas similares en el continente (Sosa Massop, 2008:31-32). Después de 1959 adquiere por un tiempo el nombre de Museo de Arqueología Prehispánica de Cuba, según puede observarse en las fichas de inventario fechadas posteriormente, pero hoy se le distingue sencillamente como Museo de Arqueología de la Universidad de Oriente.
Entre los fondos del museo se puede encontrar material de los sitios excavados por Martínez Arango en Holguín (Cayo Bariay; Cementerio de Guardalavaca; El Pesquero; Mejías; Loma del Cementerio (Barajagua); Loma El Catuco; El Porvenir; Punta de Pulpo; La Ensenada (Guardalavaca), Loma de Los Mates y Loma de Salazar I) y Las Tunas hasta 1982 (Pedrera I y II; San Juan I y II; Loma del Aite; Majibacoa, Los Guayos) (Martínez Arango, 1982; ICAN 2013).
Resulta interesante que a medida que se avanzaba en las excavaciones en Los Mates, el museo exhibió, en una pequeña exposición, fotografías de las actividades realizadas en aquel sitio, así como de algunos de los vestigios encontrados más significativos, y fue el centro de la atención, como se comprenderá, el petroglifo donado (Martínez y Castellanos, 1978:3). Esta labor era muestra del avance que iba tomando la arqueología entre los profesionales y estudiantes universitarios en el oriente del país, que se apartaba de los obsoletos criterios de clasificación utilizados en otros lugares y elevaba el debate teórico a los más altos niveles, particularmente en lo referido a los métodos de excavación controlados introducidos por Martínez Arango (Sosa Massop, 2008:31-32).
De la colección extraída de Los Mates, conformada en la actualidad por más de 450 objetos catalogados, solo hemos podido cotejar el 16 %, ya que el resto del utillaje, una decena de vasijas restauradas, abundante material lítico, de hueso y concha, etc., carece de identificación o, en su mayoría, no aparecen los lotes correspondientes en el depósito, todo ello aducible a un inadecuado registro, cuando menos. En exposición destacan varios recipientes, como una vasija efigie antropomorfa [UP Nº Inv. 4-3]; un sello o pintadera [UO Nº Inv. 4-46] y la famosa piedra de los petroglifos [UO Nº 1], raro espécimen de su tipo para Cuba.
El museo, de manera general, y la colección baguanense, de modo particular, constituyen un valioso tesoro de la cultura material de los pueblos nativos que habitaron el archipiélago cubano, o al menos una representación importante de la región más oriental, y una herramienta imprescindible para comprender nuestro pasado indígena. De su conservación dependerá nuestra capacidad futura de escrutar aún más en las raíces más profundas del ente nacional que, definitivamente, es un ajiaco en el que el aborigen también está presente.
               Aportes a la arqueología regional
Martínez Arango fue un representante ferviente de los métodos de la arqueología normativista norteamericana con base en la antropología histórica de Franz Boaz e introducida en nuestro país por los arqueólogos norteños, particularmente por Irving Rouse (Torres Etayo, 2008:8). Esta concepción que daba privilegio a los análisis de la cerámica por sobre las evidencias etnohistóricas y de otra naturaleza, con profundo trasfondo positivista, limitó la interpretación de los contextos excavados en detrimento de una comprensión general no viciada de las sociedades comunitarias precolombinas que habitaron Cuba. Este fue, además, precursor en el país de los estudios ambientales como corriente historiográfica (Sosa Massop, 2008:47-48), aplicada a sus trabajos de arqueología aborigen como una necesidad manifiesta de encontrar una respuesta a los diversos fenómenos de cambio cultural e interacción con el entorno, característicos de su campo de estudio e influidos por los métodos y técnicas controlados de recogida de información de marcada filiación procesual.
A pesar de que varias de las consideraciones hechas en sus estudios para la región nororiental (y del oriente en general) son ampliamente cuestionadas por los arqueólogos  actualmente, no debe dejar de reconocerse lo novedoso en muchos casos de sus modelos de interpretación social, que se adelantan incluso al establecimiento de los enfoques materialistas provenientes del marxismo que se introducirían en el país a partir de la década de 1960. Al profesor santiaguero se debe también la introducción —después de 1959— de asignaturas como Prehistoria de Cuba, Prehistoria General y de América, entre otras afines, en los planes de estudios de la Facultad de Artes y Letras, y particularmente de la Licenciatura en Historia en la Universidad de Oriente, aunque una propuesta de especialización en Arqueología se frustró con la unificación de la carrera en 1976 (Sosa Massop, 2008:37-38), en detrimento de la formación integral de los historiadores y, por tanto, de una comprensión no colonialista de nuestros antepasados indígenas. Sin embargo, los cursos optativos (entre los que vale mencionar: Fundamentos de Arqueología; Fundamentos de Etnología y Metodología de la Investigación Arqueológica) abrieron la posibilidad de promover esos estudios y ponerlos a la vanguardia en el país, con promociones excepcionales de las que despuntaron figuras como María Nelsa Trincado Fontán, Nilecta Castellanos Castellanos, Margarita Vera Cruz y Abel Cabrera Carrión, entre otras.
              Palabras finales
El quehacer investigativo de Felipe Martínez Arango estuvo dominado por el entrañable vínculo entre las ciencias histórica y arqueológica, que lo llevaran a hacer importantes y pioneros descubrimientos en esa área para el país, desde su participación activa como miembro del Grupo Humboldt hasta sus diversas responsabilidades en la Universidad de Oriente y la Academia de Ciencias. Su contribución a la formación de una escuela de prestigio desde el trabajo docente, investigativo y social le granjearon gran reconocimiento en el ámbito académico a nivel nacional. A su gestión se debió en gran medida el auge de la investigación y la difusión de la arqueología aborigen en el país, y en particular en la región oriental, desde mediados de la década de 1950, con la Sección de Investigaciones Históricas y Arqueológicas, dirigida por él, a la vanguardia de esta encomiable labor.




                José Manuel Guarch Delmonte. El arqueólogo
Roberto Valcárcel Rojas[24]
 El triunfo de la Revolución Cubana en 1959 generó cambios significativos en las estructuras de investigación y docencia de las ciencias sociales en el país al plantearle objetivos y funciones nuevas, en muy breve plazo alineadas con modificaciones en sus basamentos filosóficos. Los estudios arqueológicos encontraron en estas circunstancias un espacio de reconocimiento gubernamental capaz de confirmar su ubicación en el sistema de trabajo científico y de otorgarle posibilidades de profesionalización y organización institucional.
 El Departamento de Antropología de la Academia de Ciencias de Cuba, fundado en 1962, fue uno de los principales resultados de este proceso. Heredero de muchos de los logros de la práctica arqueológica prerrevolucionaria, que tenían en el doctor René Herrera Fritot un exponente clave, inicia con la participación de este especialista y bajo la dirección del doctor Ernesto Tabío, una intensa labor de investigación generadora, a su vez,  de nuevas herramientas metodológicas y de la preparación de personal científico. Al primer grupo de arqueólogos formados en estos años pertenece José Manuel Guarch Delmonte. En 1962 se integra al Departamento de Antropología como auxiliar de investigación, treinta y un años después, al retirarse de la Academia de Ciencias de Cuba en una separación formal, pues nunca dejará de relacionarse con la investigación arqueológica e histórica, estará entre los profesionales de trayectoria más fructífera en la Arqueología de Cuba.
 Con un extenso aval de trabajo de campo y una amplia obra publicada, Guarch es uno de los principales exponentes de la arqueología realizada después del triunfo de la Revolución Cubana y del vínculo de esta ciencia con ese proceso político, del que fue protagonista activo. Ocupa los más altos puestos en la dirección del trabajo arqueológico y en otras instituciones de la Academia de Ciencias de Cuba, director de tres institutos y dos departamentos regionales de Investigación, y de 10 temas de investigación científica y dos problemas de investigación (problemas nacionales) de Arqueología, fue miembro del Consejo Científico Superior de la Academia de Ciencias de Cuba (1986 – 1990) y de los consejos científicos de varios centros de investigación, así como de un extenso número de asociaciones relacionadas con la arqueología, la historia y la cultura, en Cuba y en el extranjero. Participó de forma activa en la investigación histórica, la labor de protección del patrimonio cultural del país y en el trabajo y fomento de la red de museos, fue presidente fundador en Holguín de la delegación de la Unión Nacional de Historiadores de Cuba, director del Departamento de Investigaciones del Museo Nacional de Bellas Artes de Cuba, y de dos campañas nacionales de preservación de los monumentos arqueológicos; miembro de la Comisión Nacional de Monumentos (1959 – 1976) y de la Comisión Provincial, en Holguín, y autor o asesor de proyectos de museos y salas de exposición.
Desarrolló una intensa labor docente a través de conferencias, cursos y postgrados; fue profesor invitado de la especialidad de Antropología en la Escuela de Ciencias Biológicas de la Universidad de La Habana y Profesor de Mérito, a solicitud del Instituto Superior Pedagógico José de la Luz y Caballero de Holguín. Alcanzó la categoría científica de Investigador Titular y los grados académicos de Doctor en Ciencias  y Doctor en Ciencias Históricas (Comisión Superior de Grados Científicos de la República de Cuba, 1990, 1989), Doctor en Filosofía e Historia (Consejo Superior de Grados Científicos de la URSS, a solicitud del Instituto de Etnografía Miclkujo Maclay de la Academia de Ciencias de la URSS, 1971), Especialista en Ciencias Arqueológicas, M.Sc. (Universidad de la Habana, 1987) y Arqueólogo Especialista en Culturas Aborígenes de América (Ministerio de Educación de la República de Cuba a solicitud de la Academia de Ciencias de Cuba, 1972).
Sus intereses culturales fueron variados y expresan la amplitud de su formación intelectual y un sentido de fuerte compromiso con la cultura cubana, que llevó a obras literarias y de teatro, y a su esfuerzo por lograr la inserción de ese perfil en el desarrollo del turismo. En tal sentido se convirtió en un teórico cuyos trabajos son de imprescindible análisis si se quieren entender las peculiaridades de este fenómeno en la provincia de Holguín. Por la relevancia de su trabajo científico y la magnitud de su contribución al conocimiento de la historia y la cultura cubana recibió múltiples reconocimientos del más alto nivel como la Orden Carlos J. Finlay y la Medalla Jesús Menéndez, otorgadas por el Consejo de Estado de la República de Cuba, y la Medalla por la Cultura Nacional, otorgada por el Ministerio de Cultura de la República de Cuba. Su aporte a la cultura y a la ciencia en Holguín, donde desarrolló  todo una obra fundacional en muchos  aspectos, lo hizo acreedor de las distinciones más importantes de la provincia en esos campos, entre ellos el Hacha de la Provincia de Holguín y el Escudo de la Provincia de Holguín, conferidas por la Asamblea Provincial del Poder Popular.
             La investigación arqueológica
     Dentro de su amplia obra como hombre de ciencia y en un sentido mayor como hombre de la cultura cubana, la arqueología aparece como elemento centralizador. Abordó diversas esferas de esta especialidad, desde la metodología en sus múltiples facetas hasta su planeamiento, organización y formación de personal. Lograr una visión completa de estas labores no es objetivo de este texto sin embargo, es posible acercarse a su trabajo de investigación, en este caso para conseguir una síntesis panorámica mediante la revisión de su obra publicada y de algunos importantes trabajos inéditos.
Desde muy joven José Manuel Guarch Delmonte desarrolló una fuerte vocación por la cultura y la naturaleza y un especial interés por la Arqueología. En 1956 funda y preside en Camagüey el grupo Yarabey de aficionados a las Ciencias Sociales y Naturales; en 1957 es nombrado delegado de la Sociedad Espeleológica Científica de Camagüey y en 1959 asume igual función por la Junta Nacional de Arqueología y Etnología. Desde 1962 se integra plenamente a la investigación arqueológica en el Departamento de Antropología, especialmente a partir de 1963 cuando es designado jefe de Excavaciones Arqueológicas de esa institución. De estos años a 1968 trabaja en numerosos yacimientos arqueológicos, entre los que se destacan cueva La Patana y San Lucas, en la actual provincia de Guantánamo; Aguas Gordas, El Porvenir, Esterito, La Campana, Arroyo del Palo, Mejías, Farallones de Levisa I y Seboruco I, en la provincia de Holguín, y cueva Funche, en la provincia de Pinar del Río, entre otros.
Estas labores se insertan en un amplio plan de investigaciones concebido por Ernesto Tabío para obtener datos científicamente controlados de yacimientos importantes a partir de los cuales desarrollar una caracterización de las culturas precolombinas de la Isla. Se daba especial relevancia a la estructuración de una cronología confiable formada a partir de fechados radiocarbónicos y al meticuloso estudio de los materiales colectados. Guarch se involucra con fuerza en los estudios cerámicos y en el desarrollo de metodologías de excavación capaces de aprovechar la diversidad de sistemas existentes en ese momento y de aportar mayor visión de los contextos en estudio. Estos y otros trabajos serán la base de una amplia producción científica parcialmente materializada en 11 libros y folletos publicados entre 1964 y 1978, muchos de ellos recogidos en la Serie Arqueológica editada por la Academia de Ciencias de Cuba. Desde la perspectiva de estas obras pueden considerarse algunos elementos básicos de su quehacer investigativo en la década del 60 y principio de los años 70 referidos a:
-Sistematización de elementos metodológicos para utilizar en la investigación arqueológica en el país, especialmente en el trabajo de campo, que le permiten la conformación progresiva de una postura teórica al respecto y sirven de apoyo a la labor docente en esa área.
-Recopilación y organización de la información etnográfica, histórica y arqueológica sobre las comunidades aborígenes cubanas con vista a lograr un manejo más integral de los procesos de interpretación asociados a la investigación arqueológica.
-Refinamiento de los métodos de estudio del material arqueológico, especialmente de la cerámica, donde recibe influencias muy marcadas de especialistas norteamericanos como Irving Rouse y en menor medida de A. Shepard. Desarrolla en este contexto un enfoque tipológico – descriptivo muy detallado, visible en las obras El Taíno de Cuba y en Excavaciones en Arroyo del Palo, Mayarí, Cuba (Tabío y Guarch Delmonte, 1966), que posteriormente servirá de patrón a muchos investigadores cubanos.
-Logro de una perspectiva muy amplia y precisa sobre los contextos arqueológicos precolombinos cubanos a partir del trabajo de campo en una gran cantidad de sitios de diversas culturas y regiones y del estudio de numerosas colecciones de evidencias.
-Esfuerzo por lograr abordajes actualizados de problemáticas claves que debían funcionar como elementos de estructuración de una visión general del panorama arqueológico precolombino de Cuba. En estos trabajos se hace una integración de todos los datos disponibles y se prioriza la exposición de las excavaciones controladas, los fechados radiocarbónicos y el estudio de los materiales. Los principales resultados al respecto toman cuerpo en monografías como El Taíno de Cuba y Excavaciones en Arroyo del Palo, Mayarí, Cuba.
-Inicio del manejo de concepciones marxistas, especialmente del materialismo histórico como método y de sus ideas sobre el desarrollo social.
-Influencia general de la obra de Tabío, a quien reconoce como maestro y guía inicial en la profesión. Su libro más importante de estos años, El taíno de Cuba, sigue el esquema de Prehistoria de Cuba, de Tabío y Rey (1985) y como este, desarrolla consideraciones interpretativas desde la perspectiva del materialismo histórico.
Durante los años 70 realiza varios viajes al extranjero y se pone en contacto con el patrimonio arqueológico y la labor científica de la especialidad en naciones de América Latina, Europa y Asia. Establece importantes contactos con investigadores polacos, alemanes y de la ex URSS, país donde recibe asesoría técnica y obtiene un doctorado, y con arqueólogos latinoamericanos, entre ellos, José Luis Lorenzo, de México, y Luis Guillermo Lumbreras, de Perú, que le ofrecen la perspectiva conceptual de la Arqueología Social Latinoamericana. Estos vínculos influyen en su incorporación al debate sobre las exigencias de la arqueología marxista.
Es una etapa de intensa reflexión teórica y de  discusiones  conceptuales en el ámbito arqueológico cubano y latinoamericano. Los efectos de estas situaciones se reflejan muy bien en el extenso trabajo presentado en 1981 para optar por el Grado Científico de Doctor en Ciencias Históricas, Cuba. Antiguas tradiciones económicas y técnico – estilísticas. Etapa preagroalfarera.  Aunque la obra no es aceptada en ese momento, muchos investigadores reconocerán posteriormente su riqueza informativa y carácter renovador. El panorama de las comunidades preagroalfareras expuesto en este texto supera los típicos enfoques de caracterización al centrarse en la revisión de mecanismos útiles para entender los procesos de cambio y desarrollo en tales grupos, especialmente de las situaciones de transculturación y evolución. Recurre a elementos culturales conceptualizados como tradiciones para seguir estos procesos e incorpora de manera efectiva y pionera el aspecto económico al técnico – estilístico como evidencia guía, tanto para entender el nivel de desarrollo de un grupo cultural como para visualizar su interacción con otros.
 La importancia dada al elemento económico, considerado también en un sentido ambiental, responde en parte a la intención de lograr un uso más profundo de las ideas del materialismo histórico, situación perceptible en toda la argumentación teórica del trabajo. En este sentido hay un autorreconocimiento de posición ortodoxa que refleja ciertas actitudes de las Ciencias Sociales Cubanas en esa época, determinantes para entender el negativo alejamiento de Cuba, incluso en el plano arqueológico, de un amplio sector del marxismo latinoamericano.
En 1976 Guarch pasa a residir a la ciudad de Holguín y forma el grupo de trabajo que daría origen al Departamento Centro Oriental de Arqueología, institución cuya dirección conduce hasta su retiro. Será este un segundo momento de su carrera caracterizado por el esfuerzo para dar vida a la investigación arqueológica en esa provincia y capacitar profesionales que pudieran asumir tal tarea. Entre 1978 y 1979 realiza investigaciones en Farallones de Seboruco, Mayarí, paralelas a las labores de medición de las potencialidades arqueológicas de la parte noroeste de la provincia de Holguín. Esta última investigación resume un trabajo exploratorio cuyos principios metodológicos expondrá más tarde en un texto donde sistematiza una concepción metodológica general de la investigación arqueológica. Arqueología de Cuba. Métodos y sistemas, publicado en 1987, aporta valiosas herramientas para el trabajo en Cuba, especialmente en lo referido a contextos aborígenes, y resulta el trabajo más completo de un investigador nacional publicado al respecto.
Ideas de los esquemas de recuperación de información señalados en este libro y utilizados durante la medición de potencialidades arqueológicas de yacimientos de la provincia de Holguín, serán de gran valor en la preparación de la Cartilla de control para la información básica para el censo arqueológico de Cuba, de la cual es autor principal, y del trabajo Censo Arqueológico de Cuba por tratamiento computarizado, preparado en colaboración con J. Febles y A. Rives en 1987.
En la década de los ochenta la producción científica de Guarch se incrementa notablemente, presenta su tesis de doctorado y publica varios trabajos, entre ellos algunos referidos a  sus investigaciones en arqueología histórica y arte rupestre, un importante artículo sobre el ambiente y su relación con la agricultura aborigen y una metodología para el estudio de la gestión subsistencial dependiente de la fauna (Guarch Delmonte y Vázquez, 1989), entre otros.
Estos años verán la plena consolidación del Departamento Centro Oriental de Arqueología, cuyo personal se involucra en varios cursos diseñados por Guarch y en tareas de superación con especialistas de diversas instituciones. Guarch dirige un ambicioso programa de investigaciones que incluye el tema Economía y Cultura Material en los Agroalfareros de Cuba. Cuatro sitios en Estudio, con excavaciones en El Guafe, provincia de Granma, Ventas de Casanova, provincia de Santiago de Cuba, y Ochile y Loma del Cementerio de Barajagua en la provincia de Holguín (Guarch Delmonte et al., 1985), así como los trabajos encaminados a obtener información para la caracterización de las variantes culturales en los sitios El Júcaro, Loma de Baní, Loma de la Campana, El Porvenir, El Boniato, Esterito, Punta de Pulpo y El Chorro de Maíta, todos en la provincia de Holguín, y Los Buchillones, en la provincia de Ciego de Ávila.
El estudio de las variantes culturales, con fundamentos teóricos inicialmente planteados en Cuba. Antiguas tradiciones económicas y técnico – estilísticas. Etapa proagroalfarera, intenta dar cuerpo a lo que constituye un sector básico del pensamiento arqueológico de Guarch, sus concepciones sobre la necesidad de percibir la presencia aborigen a escala de procesos donde la evolución y la interacción pueden seguirse a partir de tradiciones técnico – estilísticas y económicas, útiles para la caracterización sociocultural de momentos y espacios específicos.
En su texto Estructura para las comunidades aborígenes de Cuba, publicado en 1990, proyecta esto a un sistema de periodización y clasificación donde refuerza la perspectiva económica y busca la singularidad regional de determinadas tradiciones. En este caso, en el contexto de un debate teórico desarrollado junto a los investigadores del Departamento Centro Oriental de Arqueología, se enfatiza en una definición de etapas – muy diferente a la propuesta por Tabío (1991) en su periodización de 1979 – que remite a escalas universales de desarrollo a partir de sistemas económicos (producción–apropiación) y de las actividades inherentes a estos.
Tales consideraciones y los señalamientos en torno a las especificidades regionales fueron aportes no aprovechados plenamente por sectores de la Arqueología cubana, al desestimar la estructura por las insuficiencias que demostró tener en una definición cerrada de variantes a la que escapaba la riqueza real del registro arqueológico.
La idea de las tradiciones técnico – estilísticas y económicas fue utilizada también en la preparación del Atlas Arqueológico de Holguín, el primero de su tipo en Cuba, obra dirigida por Guarch donde se recoge gran parte de los resultados de trabajo del Departamento Centro Oriental de Arqueología e influyó en diversos textos preparados junto a investigadores de este centro.
 Durante la excavación realizada en El Chorro de Maíta en 1986, fue descubierto el cementerio más amplio y conservado de aborígenes agricultores en Cuba[25]. El estudio del sitio y el cementerio por el Departamento Centro Oriental de Arqueología generó varios artículos (Guarch Delmonte, 1988, 1994, 1996; Guarch Delmonte et al., 1987). Debe apuntarse, sin embargo, que uno de los resultados más importantes hasta ahora obtenidos – la investigación del sitio quedó inconclusa – es la creación de un museo de sitio en cuya concepción Guarch tuvo un papel protagónico. Este museo resume sus aspiraciones museográficas y de preservación patrimonial, y se inserta en lo que en ese momento era aún una incipiente perspectiva: la vinculación de la arqueología aborigen, dentro de la imagen cultural de Holguín, con el desarrollo turístico.
A esta tarea dedicará gran parte de sus esfuerzos investigativos al retirarse  de la Academia de Ciencias de Cuba en 1993. Además del manejo general de temas naturales, históricos y culturales, Guarch diseña proyectos basados en la presentación del patrimonio arqueológico y en la recreación de ambientes aborígenes. Sus trabajos más importantes al respecto son los proyectos del Museo de Sitio El Chorro de Maíta, la Aldea Taína, también en el área de Chorro de Maíta, y el Parque Monumento Nacional Bariay. En este último recurre a los resultados de uno de los últimos trabajos de campo que dirigiera --entre 1991 y 1993 conduce excavaciones y estudios en Bariay, Alcalá y Barajagua II--, el descubrimiento y excavación de un sitio de habitación perteneciente a agricultores aruacos cuya relación con la aldea vista por Colón al arribar a Cuba en 1492 fundamenta en el libro Bariay. Viaje al Plus Ultra (Premio Nacional de Ensayo V Centenario).
En estos años (1993 – 2001) su esfuerzo intelectual se mueve hacia el mundo de la cultura y el turismo, básicamente en el entorno de la provincia de Holguín. Se desempeña  como director de la Casa de Iberoamérica (1993 - 1994), institución cultural dedicada a la promoción e investigación del vínculo cubano con Iberoamérica en cuya fundación participa; como vicepresidente de la UNEAC, como asesor de la Delegación del CITMA para el turismo (1993 - 2001) y como miembro de su comité de expertos y consejo científico, como asesor del delegado provincial de la corporación Cubanacán (1995 – 1996) y como representante del PCC provincial en el proyecto El desarrollo turístico del Parque Monumento Nacional Bariay. Es un universo amplio donde también encuentra caminos para dar a la arqueología espacios de inserción social asociados al  reconocimiento de  la importancia de la historia precolombina en la cultura de Holguín.
José Manuel Guarch Delmonte nació en Camagüey el 2 de marzo de 1931 y murió en Holguín el 26 de septiembre del año 2001. En 1944, cuando aún seguía  los estudios de segunda enseñanza, intentó matricular un curso de Arqueología en la Universidad de La Habana. El doctor Carlos García Robiou, destacado investigador que dictaba el curso, le previno sobre los retos de esa profesión: mucho esfuerzo, poca comprensión social y escasa remuneración económica. Guarch persistió y le dedicó su vida.  Su obra expresa el esfuerzo de la arqueología cubana por llegar a una visión propia y señala caminos nuevos en el análisis del aspecto económico, de los procesos de formación de las sociedades aborígenes y de sus desarrollos a escala regional. Como intelectual y como arqueólogo Guarch, que llegó a ser Hijo Distinguido de Camagüey -- distinción conferida por la Asamblea Municipal de su ciudad natal--, contribuyó a convertir a Holguín, su segunda ciudad, en uno de los centros de la investigación arqueológica en Cuba y a hacer del resto del país el espacio de un permanente esfuerzo por llegar a un pasado cuyo conocimiento nuestra sociedad  precisa.

        Patrimonio arqueológico aborigen de Gibara. Apuntes sobre su estudio

 Nury de los Ángeles Valcárcel Leyva, José Corella y Francisco Cuesta

               Las primeras descripciones histórico-geográficas del territorio gibareño las ofrece Colón al arribar aquel 29 de octubre de 1492 a estas tierras, a las  que llamó Río de Mares. Sin embargo, mucho había andado ya el hombre americano por ellas. El actual municipio de Gibara muestra un mosaico de culturas precolombinas, que va desde los grupos más arcaicos, cazadores (paleolíticos) con una antigüedad que se estima alrededor de 6 000 años antes del presente, hasta sitios que presentan evidencias de contacto indo-hispánico. Las huellas de estas culturas y su rico patrimonio han ido saliendo a la luz gracias al interés y amor de muchos pobladores y al esfuerzo de no pocos estudiosos de la arqueología, tanto profesionales como aficionados.
                  En 1942  en su obra Archaeology of the Maniabón Hills, Irving Rouse reconoció al territorio gibareño como reservorio de los primitivos habitantes cubanos, al detectar en la zona del Catuco las evidencias de un ajuar en el que, según él, no aparecía burén. Así mismo José García Castañeda en “Los ocupantes precolombinos del término Holguín” y “El Siboney Holguinero”, también aportó importantes valoraciones sobre el poblamiento aborigen en la zona. En una nueva época, después de la creación de la Academia de Ciencias de Cuba, fue significativo el aporte de los especialistas del Departamento de Arqueología (Occidental) de la ACC en La Habana y del Departamento Centro Oriental de Arqueología de Holguín (DCOA). Las expediciones realizadas, los informes y materiales bibliográficos elaborados al respecto propiciaron el conocimiento científico del potencial arqueológico gibareño y sirvieron de mayor incentivo para el trabajo que de manera alternativa venían realizando algunos grupos de jóvenes aficionados en la localidad. Un ejemplo de esa labor es el grupo espeleoarqueológico Felipe Poey[26] de la Sociedad Espeleológica de Cuba, constituido en 1982, que con sus modestos aportes ha contribuido al conocimiento de la presencia aborigen en Gibara.
               Este texto pretende un acercamiento  al patrimonio arqueológico de la localidad, y refiere la labor mancomunada de investigadores, aficionados y vecinos de la localidad, empeñados todos en rescatar, interpretar y preservar las evidencias patrimoniales que atesoran los reservorios de habitación aborigen. La obra realizada por dichos actores se ha compilado con el objetivo de sistematizar y actualizar el conocimiento de esas fuentes patrimoniales para favorecer un acercamiento preliminar a los primigenios habitantes de Gibara y a la labor de recuperación de sus huellas culturales, con énfasis en las labores del Grupo Felipe Poey. Para presentar el patrimonio arqueológico del municipio organizamos la información siguiendo el esquema propuesto por el doctor José Manuel Guarch Delmonte (1990) considerando en este caso las fases identificadas en el territorio:
                 Fase cazadores
               El sitio Cueva de la Masanga, próximo a la desembocadura del río Cacoyugüín, fue estudiado en 1983 por el Grupo Felipe Poey, que reportó el hallazgo de artefactos aborígenes asociados a restos de megafauna, hecho que se corroboró por los especialistas del Departamento Occidental de Arqueología Milton Pino y Nilecta Castellanos en 1985. Estos localizaron una zona sin alteración estratigráfica, donde quedó atrapado un complejo tecnotipológico basado en la talla del sílex, útiles para cazar la megafauna y también animales de menor tamaño. En ese contexto se encontraron además huesos cortados y huesos quemados, lo cual revela que sabían preparar sus alimentos y usar el fuego.
                 Fase pescadores-recolectores
             El sitio El Jobal fue reportado por el campesino Emilio Gómez, quien a finales del año 1969 descubrió allí material arqueológico. Miembros del Grupo Felipe Poey colectaron bolas líticas, percutores, lascas de sílex, gubias de concha y abundantes restos de cangrejos terrestres y restos óseos humanos. En 1975 el residuario fue visitado por el grupo de trabajo del Departamento de Arqueología de la Academia de Ciencias de Cuba, Delegación Territorial Holguín-Tunas. El licenciado Pedro J. Pérez, jefe de la expedición, opinó que se trataba de un sitio de habitación, posiblemente Siboney Cayo Redondo (ver artículo al respecto de González et al., 1980; Arango, 1982:27 y Pérez Hernández, 1980: 221). También investigadores pertenecientes al Departamento de Arqueología de Occidente, junto al Grupo Felipe Poey, recorrieron el lugar el día 19 de marzo de 1983 en una expedición dirigida por el arqueólogo Milton Pino. En la exploración se encontraron algunos fragmentos óseos humanos, restos de dieta, una gubia de concha y pequeñas lascas de sílex, muy abundantes.
             En 1984 el doctor Manuel Rivero de la Calle y miembros del Grupo Felipe Poey colectaron algunos restos humanos, una gubia de sílex y dieta. Los investigadores R. Valcárcel Rojas y Jorge Ulloa, pertenecientes al Departamento Centro Oriental de Arqueología y a la Casa del Caribe, en el año 2002 encontraron también restos de dieta, láminas de sílex y otros materiales. Las visitas efectuadas corroboraron que el sitio cubrió un área de unos 100 m, en el residuario mayor, mientras muy próximo a este se localizan evidencias diseminadas en unos 20 a 30 m, a consecuencia de la fuerte alteración antrópica ocasionada por la plantación de diferentes cultivos.
             En la llanura costera el Grupo Felipe Poey encontró reservorios enclavados en un contexto territorial natural muy parecido, y cercanos entre sí. Los sitios en cuestión se localizan en la zona de Laguna Blanca, y para identificarlos se asumieron los nombres que los campesinos les otorgaban, así se trabajó en las parcelas El Pocito, La Guajaquita, La Cebolla, Aguada de Nicio. Estos sitios también mostraban un complejo tecnotipológico con grandes similitudes, compuesto por una industria microlítica, así catalogada por los especialistas A. Rives, G. Baena y P.P. Godo, industria que según ellos  tenía una tradición de mayor antigüedad que la elaborada por los habitantes del reservorio de El Jobal, ubicado en la zona montañosa.   Próximo a estos sitios el Grupo Felipe Poey localizó el reservorio Tanque Azul, denominado así por encontrarse muy próximo a las cuevas inundadas que con ese nombre se conocen en el poblado de Caletones. En ese lugar se encontraron unos montículos, dañados parcialmente por los carboneros --al sacar tierra para tapar sus hornos-- y donde afloró una buena cantidad de artefactos elaborados a partir de sílex y conchas, los cuales fueron llevados al DCOA para su catalogación. Caletones aparece reportado por José García Castañeda como un sitio de habitación, pero esto no pudo ser constatado cuando en 1964 el grupo de Ciencias Sociales de Oriente exploró la zona. Años más tarde, alertados por vecinos que encontraron dos hachas petaloides en la costa, el grupo Felipe Poey detectó un gran conchal y algunas herramientas como martillos, picos de mano y majaderos, los cuales fueron entregados al Museo Municipal de Gibara.
              El residuario conocido por La Arena, dadas sus características y las descripciones hechas por el arqueólogo norteamericano Irving Rouse, probablemente sea el llamado por él Caletones (Rouse, 1942: 107). También pudiera tratarse del mismo que F. Martínez Arango en 1982 llamara El Arenal, pero estas relaciones solo se establecen a partir de inferencias que los autores realizan al cotejar reportes hechos por los mencionados especialistas y las evidencias que en el presente fueron colectadas. El sitio La Arenera que los autores estudiaron se encuentra al noreste y a 6 km de El Jobal, pero dada la aproximación en rumbo y distancia se presupone que se trata del mismo residuario.
             La Arenera, tal como se conoce en la geografía gibareña, fue visitada por miembros del Departamento de Arqueología de la Academia de Ciencias de Cuba el día 29 de enero de 1984 acompañados por el campesino Alfredo Gómez y miembros del Grupo Felipe Poey. En esa oportunidad se encontraron percutores, majaderos, morteros, una bola lítica, así como gran cantidad de conchas de Strombus sp., según las catalogaciones realizadas por los especialistas del Departamento de Arqueología de la ACC, quienes establecieron una filiación cultural preagroalfarera para el reservorio. Los autores consideran que las características del lugar, cubierto por  “diente de perro” (Lapies), con vegetación xerofítica, lejos de ríos y sin fuentes de agua potable cercana, bien pudo ser un paradero al cual acudieron diferentes grupos en distintos momentos cuando necesitaban aprovisionarse de los recursos propios del litoral, pero el lugar ya no permite mayores estudios.
            Punta Rasa fue reportado por F. Cuesta en el año 1999. En la exploración realizada para el presente trabajo se localizó un área costera que pudo ser un sitio de aprovisionamiento, dada la abundancia y dispersión del material de concha y herramientas como gubias y picos confeccionados a partir de Strombus sp..
              La Cueva Anduriña, reportada por el Grupo Felipe Poey, se abre en la ladera norte de la loma de Cupeycillo a 4 km de Gibara, en ella fueron encontradas láminas y puntas de sílex, un mortero, huesos de jutías y de aves. Se considera que pudo ser un paradero para grupos que se aprovisionaron en el litoral.
                El grupo realizó otros hallazgos en la zona. En Los Altos fueron colectados material lítico y de concha, láminas de sílex y gubias, y en Los Hoyos aparecieron láminas de sílex, raederas, buriles y restos de taller, una bola lítica y un pendiente que conserva el campesino que ofreció el reporte. Estos sitios, muy cercanos entre sí, y por la similitud que presentan en su ajuar, parecen tener relación con el reservorio de El Jobal y con los sitios localizados próximos a Laguna Blanca, los ya nombrados El Pocito, La Guajaquita, Aguada de Nicio y Cebolla.
                La Yaya fue descubierto en el año 2001 por F. Cuesta. Se ubica a 11 km de la costa y se levanta unos 149 m sobre el nivel del mar, sitio de mayor altura registrado en la zona. En colecta de superficie se recuperó un ajuar compuesto por 36 piezas de sílex, láminas, buriles, raederas y cuchillos, todos de factura microlítica. Punto intermedio entre El Jobal y Bocas, el sitio resulta clave para desentrañar los misterios de la habitación aborigen y sus desplazamientos por el territorio.
              El residuario de Bocas  fue reportado por el licenciado Frank Torres, profesor de Historia de la ESBU de esa localidad. En octubre de 1989 los autores y los jóvenes aficionados Joaquín Cuesta y Miguel Leal recorrieron la zona y encontraron evidencias arqueológicas diseminadas en un área de aproximadamente 1 km2 de extensión. Colectaron artefactos de piedra en volumen, material de sílex y de conchas, así como majaderos de bordes discoidales que, por su tipología, se asemejan a los reportados en Santa Úrsula y playa Los Cocos, clasificadas por José M. Guarch. En noviembre del propio año, siguiendo las orientaciones de Lourdes Domínguez, los autores realizaron tres cateos de 30 cm2  y obtuvieron percutores ovoides y discoidales, majaderos, morteros, artefactos para desbastar, buril y material de concha. El análisis comparativo del ajuar y dadas las características del complejo territorial natural de la zona llevó, en un primer momento, a considerarlo en la etapa de apropiación, presumiblemente de la fase Guacanayabo, dada la ausencia de restos cerámicos; no obstante, en una posterior incursión, los propios autores encontraron varios fragmentos de cerámica con decoración y burén. Como se ha señalado, la alteración antrópica impide la probatura científica de la superposición cultural, pero la típica factura de los artefactos y la presencia de ceramica refieren que el sitio fue ocupado en diferentes momentos históricos, tanto por grupos pertenecientes a la etapa de apropiación como por comunidades de la etapa productiva.
                  Cerca del área de marismas se localiza la Cueva de la Campana o Cueva del Catuco como la llamara Irving Rouse (1942) y en la cual dijo haber encontrado conchas marinas y pedazos de sílex, pero ningún objeto cerámico, por lo cual se consideró como un sitio de habitación pescadores-recolectores. M. Pino y Ramonín Fernández, informaron a los autores que en 1963, cuando eran miembros de la Asociación de Jóvenes Arqueólogos Aficionados de Holguín, en una cala practicada en el saloncito de la entrada encontraron lascas de sílex muy pequeñas, restos dietarios, ceniza compactada y carbón, y calificaron el sitio como preagroalfarero Cayo Redondo, fase Guacanayabo. El investigador P. Pérez (1980) refiere que en otras labores, también en compañía de miembros del Grupo de Jóvenes Arqueólogos Aficionados, se  hallaron restos dietarios y pequeños fragmentos de cerámica, por lo cual consideró que no fue un sitio de habitación siboney como supuso Rouse. En el año de 1968 el grupo espeleológico Cavernícola halló, en un montículo de arcilla, próximo a las márgenes del lago freático de la referida cueva restos óseos (un fémur, una tibia y restos de cráneo), los cuales estaban acompañados por algunas cuentas de collar, material que se extravió y no pudo corroborarse el reporte. En 1983, el Grupo Felipe Poey descubrió bajo el piso de sínter, durante estudios paleontológicos, un entierro secundario acompañado de ofrendas, dos bolas líticas o esferolitias y dieta. Cerca del entierro apareció también una daga lítica. En colecta de superficie realizada en la entrada y los alrededores de la cueva se encontraron caracoles marinos, pinzas de cangrejos y pequeñas lascas de sílex, pero no se localizó cerámica. En este contexto se hallaron, además, huesos de manatíes (Trichechus manatus), materiales todos que fueron llevados al Museo Municipal de Gibara.
            En esa cueva de La Curva, desde 1973 el Grupo detectó una figura ubicada próxima al hallazgo funerario, la cual se sospechaba que fuera una pictografía. Los especialistas del Departamento Centro Oriental de Arqueología y la investigadora N. Castellanos  acompañaron a los autores y confirmaron la veracidad del reporte. El motivo se encuentra en la pared oeste del salón que conduce al lago y a unos 60 m del mismo. La pictografía, expresada en su único motivo, representa un rombo de 25 cm de largo por 12 cm de ancho, y se realizó utilizando la técnica del carbón, su trazo oscila entre los 1,5 y 2 cm  de grueso. En esa área de la espelunca no se encontró residuario artefactual. El hallazgo pictográfico también fue corroborado por miembros del DCOA.  Cercano a dicha cueva de La Curva se encuentra el río Cacoyugüín, en cuyas proximidades el grupo Felipe Poey reportó la presencia de reservorios aborígenes, nominados en serie de acuerdo con el orden en que fueron excavados. El que se ha dado en llamar Abra del Cacoyugüín II (hoja 4630 coordenadas x-830, y-200, cota 15) se localizó en la parte alta, en la margen SSW. La construcción de un campamento pioneril en el lugar sacó a la luz las primeras evidencias, restos de dieta, fragmentos de percutores y lascas de sílex. En marzo de 1983 el Dr. C. Guarch Delmonte y su grupo de trabajo colectaron lascas de sílex, percutores y dieta en un área de unos 30 m de largo y 20 m de ancho; el espesor de la capa arqueológica no rebasó los 0,30 m. No se localizó cerámica.
               Cacoyugüín III. En ese lugar un campesino reportó un entierro, el cual sepultó nuevamente y quizás por temor luego dijo no recordar dónde. Al recorrer el área se encontró en superficie un lotecito arqueológico compuesto mayormente por piedra lasqueada (sílex) muy similar a los sitios Cacoyugüín I y II y restos de dieta, moluscos marinos y jutía. No se halló cerámica. El estudio de las evidencias colectadas condujo a los especialistas a considerar que se trataba de un sitio preagroalfarero desconocido hasta el momento para la arqueología de la región. Los cultivos han alterado casi la totalidad del sitio, el cual se encuentra a unos 500-600 m al este de Cacoyugüín I, en la ribera opuesta.  Por su parte                   Cacoyugüín IV  fue reportado en 1999 cuando los autores acompañaron al arqueólogo R. Valcárcel Rojas, del Departamento Centro Oriental de Arqueología (CITMA), quien estudiaba la presencia de los grupos protoagricultores en la zona. En el Informe de Resultado Parcial 01, los arqueólogos Valcárcel Rojas, Pérez y Arce señalaron que se trataba de un nuevo reservorio con un área de 25 m de largo por 16 m de ancho, unos 400 m2, el más alejado del río. Según los especialistas el ajuar compuesto por majaderos, industria de piedra tallada --donde solo un ejemplar excedió los 3 cm de longitud--, así como restos dietarios, responde a grupos pescadores-recolectores, pero apuntaban que era difícil definir su carácter, dado lo reducido del área y la muestra obtenida.
                El sitio Beola I (La Viola). Reportado por trabajadores agrícolas de la zona, se ubica en las márgenes del río Gibara al oeste de la loma de la Morena, en el área de ciénaga o marisma. El Grupo Felipe Poey visitó el lugar junto a especialistas del Departamento Occidental de Arqueología, y encontraron material de sílex, restos de dieta y un pendiente, pero no se localizó cerámica.
            Beola II. Así se denominó al asiento localizado a 1 km  de la desembocadura del río Gibara y a 2 km de Beola I, donde el grupo de aficionados a la arqueología Montañés, de Gibara, encontró gran cantidad de puntas, láminas y lascas de sílex, un mortero y dos majadores. Los autores visitaron el lugar y encontraron también en la superficie varias láminas microlíticas.
            Fase protoagricultores 
                  En la fase protoagricultores hasta el momento solo se ha reportado un sitio de asentamiento, pues aunque los autores consideran que el complejo tecnotipológico colectado en el sitio Cupeycillo tiene las características propias de esa cultura --aparecen pequeños fragmentos de cerámica muy burda--, con rigurosidad científica aún no puede hacerse tal aseveración.
                  Sitio Abra del Cacoyuguín I. En 1981 el campesino Roberto Cuadrado informó a los autores que había encontrado gran cantidad de objetos parecidos a unas pelotas de piedra, una de ellas con un manguito. Al visitar el lugar se observó que en la arcilla utilizada para fabricar ladrillos aparecían también evidencias arqueológicas. El hallazgo se reportó al DCOA y en el año de 1982 se realizó una expedición, en la cual intervinieron además del Grupo Felipe Poey los arqueólogos Dr.C J.M. Guarch Delmonte, M. Pino y N. Castellanos, quienes de acuerdo con las peculiaridades del ajuar clasificaron el sitio como protoagricultores de la variante Mayarí. En marzo de 1983 el Dr. C. Guarch Delmonte, en compañía de A. Gómez y F. García del Departamento de Arqueología de La Habana, corroboraron dicha clasificación. En 1983 N. Castellanos y M. Pino realizaron nuevas excavaciones y encontraron cerámica de tosca elaboración en un complejo tecnotipológico típico de la fase protoagricultores. En 1999 el Grupo Felipe Poey acompañó a los arqueólogos del DCOA (CITMA), encabezados por R. Valcárcel Rojas y se corroboró nuevamente la tipología del ajuar y su filiación cultural. Datos de estos trabajos fueron publicados por Ulloa y Valcárcel Rojas (2002).
           Fase  agricultores
                    Sitio Las Caobas. El reporte llegó a los autores por medio de un campesino, quien encontró dos hachas petaloides y fragmentos de cerámica aborigen, pero la alteración antrópica --dada su explotación agrícola--, no permite definir el área de extensión del reservorio; no obstante, por la cantidad de ceramios y material arqueológico colectado se infiere que se trata de un sitio de asentamiento agroalfarero, pero debe ser estudiado con mayor rigurosidad para su confirmación.
                     Punta Bejuquero. Los autores encontraron un conchal pegado a la costa y algunas hachas petaloides, incluso una de 14 cm de largo, pero hasta la fecha no se han podido realizar expediciones arqueológicas controladas.
                     La Ensenada. Pequeña playa situada a unos 3 km de la anterior donde en 1989 un pescador submarino encontró dos hachas petaloides. Los autores colectaron restos de conchas, algunos martillos y picos. Presumiblemente se establece la relación entre el sitio de Las Caobas y estos puntos costeros, considerándolos como lugares de aprovisionamiento, pero deben ser estudiados con mayor profundidad.
                    La Playa. Fue mencionado por Rouse (1942) en sus notas sobre la exploración de Gibara. El Grupo Felipe Poey localizó dicho reservorio en el lugar conocido como playa de Puercos entre Los Bajos y punta Peregrina. Se colectaron conchas de Strombus sp. que presentan el agujero típico practicado por los aborígenes para extraer la carne, asociados a martillos, fabricados con la propia concha del molusco. Se considera que el área está vinculada a los sitios descritos anteriormente y, por ende, constituyó también un lugar de aprovisionamiento.
                   Loma Amarilla. Miembros del Grupo Felipe Poey y los arqueólogos M. Pino y N. Castellanos en el año 1983 colectaron en superficie una gran cantidad de morteros. Posteriormente F. Cuesta, encontró algunos pequeños fragmentos de cerámica y morteros. En comunicación personal, el doctor Fernández de la Vara, fundador del Museo de Ciencias Naturales de Gibara, comentó a los autores que en una de sus expediciones cerca de Loma Amarilla encontró un entierro aborigen consistente en dos esqueletos acompañados de objetos arqueológicos. Desafortunadamente falleció sin que llegara a definir con exactitud el lugar ni entregar las mencionadas evidencias.
                   San Antonio I. En 1985 compañeros de las Milicias de Tropas Territoriales encontraron objetos arqueológicos y reportaron al Grupo Felipe Poey dicho hallazgo. En visita al lugar se recuperaron conchas, una espátula vómica, dos hachas petaloides, grandes fragmentos de cerámica con decoraciones y burén, además sumergidores de redes, un pequeño idolillo (pendiente), dos guamos y material de sílex, así como restos de dieta. En visita posterior se amplió la excavación del refugio y se observaron las capas estratigráficas. En el nivel 01 apareció un raspador de cristal que, se considera, formó parte de una botella muy antigua de color verde, además dos fragmentos de cerámica mayólica, del tipo Columbia Plain, evidencias que hacen pensar en un sitio de  contacto indo-hispánico. Fue recientemente excavado por el Departamento Centro Oriental de Arqueología. Muy próximo al sitio el Grupo Felipe Poey reportó otro residuario (San Antonio II). Allí se produjo el hallazgo de conchas, sumergidores de redes, sílex, fragmentos de cerámica con decoraciones y burén. No se han detectado piezas de contacto hispánico.
                      Santa Rosalía. En la exploración que realizara F.Cuesta en agosto de 1999, colectó material arqueológico de superficie, entre ellos manos de morteros, fragmentos de burén, cascotes de cerámica y algunas conchas. En el año 2000 un campesino de apellido Silva donó al Museo Municipal de Gibara un hacha petaloide procedente de su finca, situada en esa misma área.
                La Vigía. Por ese nombre se conoce la elevación que hoy forma parte de la villa de Gibara. Probablemente La Vigía sea uno de los sitios a los que hacen referencia Van der Guch y Parajón (1936) y al cual pudo haberse referido García Feria cuando en los años 30 afirmaba que había encontrado objetos indios sobre la colina que estaba junto al pueblo.  En realidad el sitio se encuentra (si se trata del mismo) en una cota de 60 m sobre el nivel del mar. Según P. J. Pérez, en comunicación a los autores, compañeros de la Sección de Historia del PCC de Gibara reportaron que han aparecido dos morteros de forma aislada en ese lugar. En enero de 1983 especialistas del Departamento Occidental de Arqueología realizaron una pesquisa, en compañía del Grupo Felipe Poey, pero no se encontraron evidencias arqueológicas. No obstante, en la colección del Museo Municipal se encuentran algunas piezas donadas por vecinos que refieren haberlas encontrado cuando realizaban excavaciones, por diversos motivos, en sus viviendas. Edgar Hernández, quien vive en la calle Independencia entre Cavada y Agramonte, comunicó a los autores que al remover la tierra del patio halló un hacha petaloide y fragmentos de cerámica aborigen; al ser visitado por los autores se encontraron fragmentos de cerámica. El lugar fue llamado Independencia, por la calle donde se encuentra.
              Loma de la Morena. Fue detectado gracias a tareas de reforestación. Aparecieron fragmentos de cerámica, asas zoomorfas, antropomorfas, fragmentos de burén, algunas vasijas de cerámica, sumergidores de redes, material lítico y hachas petaloides. Se reportó como sitio de habitación aborigen en el año 1973 por el Grupo Felipe Poey, al estudiarse las evidencias colectadas en una capa arqueológica de 60 cm de grosor. Dadas las características del ajuar fue considerado como sitio de habitación. El día 16 de noviembre de 1982 fue visitado por los compañeros del Departamento Occidental de Arqueología, N. Castellanos y M. Pino, y del Departamento Centro Oriental de Arqueología, Dr. J.M. Guarch Delmonte, J.J. Guarch, P. Pérez y E. Liquí, mientras que por el Grupo Felipe Poey participó J. Corella. En la visita también se colectó material arqueológico y su estudio corroboró su denominación.
                 Cupeycillo. Descubierto por el Grupo Felipe Poey en el año de 1972, al colectar un mortero y varios fragmentos de cerámica. En 1980, F. Cuesta realizó otra exploración y encontró varias láminas y puntas de sílex. En 1983 fue visitado por los arqueólogos M. Pino y N. Castellanos y se ratificó su filiación cultural.
                La Cuevita. La espelunca, con 50 m de desarrollo y un puntal máximo de 5 m fue recorrida por el Grupo Felipe Poey, que encontró material de concha, picos y gubias de Strombus sp., fragmentos de cerámica y restos dietarios.
             Cueva de los Santos. J. Corella encontró materiales muy parecidos a los encontrados en La Cuevita, fragmentos de cerámica, restos de dieta, entre otros. Posteriormente la cueva fue adaptada para otras funciones y no se han realizado otras incursiones.
                El Catuco. El sitio más estudiado y visitado de Gibara. Rouse (1942) afirmaba en su obra que hasta ese momento ninguno de los investigadores que lo habían visitado reportaba la existencia de burén en el reservorio. F. Cuesta ha encontrado grandes fragmentos y algunos con incisiones, al parecer huellas de tejido sobre el cual se confeccionó la pieza. En el año 1982 apareció también en la ladera sur a 30 cm de profundidad y mezclada con cerámica aborigen un hacha petaloide de hierro, muy parecida a la encontrada en el sitio El Yayal. En 1983 una expedición del Departamento de Arqueología Occidental, dirigida por los arqueólogos M. Pino y N. Castellanos, con la colaboración del Grupo Felipe Poey visitaron el lugar, y pese a su avanzado estado de destrucción --los buscadores de tesoros casi lo habían arrasado-- se pudo detectar un área arqueológica aproximada en: eje NE-SW: longitud 100 m; ancho máximo 20 m; eje NW-SE, longitud 45 m; ancho máximo 10 m, sin alteración. En esa área, en sus capas superiores, fueron hallados objetos del siglo XVI, evidencias de artefactos coloniales tempranos, en asociación con evidencias aborígenes. El informe de los especialistas y las piezas se encuentran en el Museo Municipal de Gibara.
               Cueva de la Masanga. Considerada por Rouse como lugar de aprovisionamiento de agua del sitio El Catuco --del cual dista 1 km-- y clasificado anteriormente en el presente trabajo como sitio de habitación con presencia de cazadores-recolectores, fue visitada por los arqueólogos M. Pino y N. Castellanos, quienes reafirmaron el criterio de una superposición cultural (Pino y Castellanos, 1983), dada la aparición de dos grandes fragmentos de cazuelas encontrados allí por vecinos de la zona.
                Consideraciones finales
           El trabajo realizado hasta el presente permitió definir la existencia de un área arqueológica que comprende el territorio NE del municipio de Gibara. En esa área se encuentran 38 localidades reportadas y visitadas por los autores, las cuales aunque no están estudiadas con la misma profundidad, preliminarmente pueden clasificarse como: 23 pertenecientes a la etapa de apropiación y 18 en la etapa productiva. Así mismo se clasificaron como sitios de habitación 19 locaciones, 18 con reporte de materiales y una cueva donde se conjugan las clasificaciones de recinto funerario y localidad pictográfica. También se presentaron valoraciones en relación con dos sitios de contacto indo-hispánico, uno de ellos localizado por los autores. Se trata de un patrimonio que a lo largo de los años ha atraído a especialistas de diversas instituciones, incluyendo a aficionados de la localidad, y que indudablemente resulta importante para entender la presencia aborigen en el nororiente cubano.   









     
La arqueología holguinera en su proyección  comunitaria
Adisney Campos Suárez
Los arqueólogos tienen el deber, tanto hacia sus colegas como hacia el público en general, de explicar qué hacen y por qué (Renfrew y Bahn, 1993: 504). El arqueólogo debe funcionar como un mediador entre los actores involucrados en el manejo del patrimonio arqueológico, y estimular la participación de la sociedad en este proceso y en la acción de velar por su adecuada protección. En el presente trabajo analizamos cómo los arqueólogos de Holguín, desde inicios del siglo XX hasta la actualidad, han interactuado con la sociedad para sostener la protección del patrimonio y la construcción de una visión más completa de nuestra identidad.
Coleccionismo holguinero de la primera mitad del siglo XX
El coleccionismo arqueológico ha sido a nivel mundial una práctica bastante antigua, por el alto valor económico que representan las piezas arqueológicas y por la curiosidad que generan. Aficionados e investigadores de culturas primitivas desde épocas antiguas han practicado lo que quizás fue la primera expresión de una conciencia conservacionista.
En Holguín se conoce que desde inicios del siglo XX se practicó un coleccionismo puro hasta la Feria Exposición de 1930, en que por vez primera Eduardo García Feria expuso una muestra arqueológica que llevó por nombre Museo Siboney. Esta exhibición arqueológica impactó a la población holguinera a tal punto que las autoridades locales intentaron comprarla a fin de crear un museo público (Gómez y Martínez, 2011: 12). Sin embargo, no todos los coleccionistas de piezas arqueológicas tenían los mismos intereses que el maestro García Feria.
Sus métodos fueron sencillos, les comunicó a sus alumnos, amigos y familiares su interés en coleccionar piezas arqueológicas y así le fueron llegando los objetos, sobre todo de Banes y Baracoa; también realizó excavaciones y compras. Los artefactos que coleccionaba los inventariaba en una especie de catálogo en que anotaba todos los pormenores, les otorgaba un número y los guardaba en cajas, labor que lo convierte en uno de los precursores de la Museología cubana (Gómez y Martínez, 2011: 24).
Larga es la lista de las personas que se dedicaron al coleccionismo de piezas arqueológicas en lo que hoy es la provincia de Holguín: Alejandro Reyes,  Cloromiro Reyes, Mayo Carrington, José Antonio Riverón, Orencio Miguel Alonso, Dulce Baisi-Facci, Ernesto Segeth, Orencio Miguel, Alejandro Romero Emperador, Jesús Ortega, el citado Eduardo García Feria y su hijo José García Castañeda (Rouse, 1942: 35-46; Guarch Rodríguez, 2006: 35; Gómez y Martínez, 2011: 22-26). Todos estos coleccionistas no vivieron en Holguín, varios de ellos solo venían, sobre todo a Banes, en busca de piezas. Algunos compraban y vendían objetos como parte de un negocio; muchos excavaban o promovían excavaciones que destruían los sitios. Pocos  daban un sentido social a esta actividad.
Un lugar aparte merece Orencio Miguel, quien exponía las piezas más representativas en espera de que su sueño de montar un museo se hiciera realidad. En una ocasión en que el presidente Batista visitó a Banes le extendió un cheque en blanco para comprarle su colección y este se negó, argumentando que el solo quería un local donde poder mostrar a todo el pueblo su valiosa colección (Gómez y Martínez, 2011: 47-48).
Alrededor de Eduardo García Feria y del doctor José García Castañeda se creó un ambiente de coleccionismo diferente que fue reconocido por arqueólogos y especialistas de la época. La colección llegó a ser para la década del cuarenta del pasado siglo una de las más relevantes de Cuba y las Antillas (Valcárcel Rojas y Pérez, 2014); fue un símbolo de la ciudad, que hizo posible su reconocimiento en el campo de la arqueología, un lugar de enseñanza e intercambio cultural visitado por muchas personas, pero sobre todo por sus estudiantes (Gómez y Martínez, 2011: 12).
El doctor García Castañeda no solo coleccionó las piezas; el hecho de que existiera un vínculo con el público y la muestra fuera un material didáctico de auxilio para la enseñanza, le aportó el rango de pedagogo. Su museo pasó de ser un almacén de cosas antiguas a un centro de enseñanza (Gómez y Martínez, 2011:30-35). La investigación y la socialización de los resultados a través de publicaciones fue otra preocupación de García Castañeda, así lo demuestran sus “Notas de la Colección García Feria” y sus artículos en medios nacionales como la Revista de Arqueología y Etnología, y las Memorias de la Sociedad Cubana de Historia Natural Felipe Poey (Rouse, 1942: 38-39). Sin dudas su labor contribuyó a despertar una conciencia sobre el pasado indígena que en otras partes del país no se reconoce.
Holguineros se unen por afición a la arqueología
Después del triunfo de la Revolución en diversas partes de Holguín se crearon nuevos grupos de aficionados a la arqueología o se reactivaron los existentes; un ejemplo de ello fue la Asociación de Jóvenes Arqueólogos, dirigida por Milton Pino, que logró fundar el primer museo público de la ciudad. Posteriormente se creó el Grupo Científico García Feria liderado por Hiram Pérez Concepción; estos jóvenes gestaron el Museo de Historia Natural y contribuyeron junto al Movimiento de Activistas de Historia, a la fundación del Museo La Periquera y la Casa Natal de Calixto García.
En 1965 Celia Sánchez Manduley le pidió al capitán Antonio Núñez Jiménez y al doctor José Manuel Guarch Delmonte potenciar la creación de museos arqueológicos en los lugares que tuvieran las condiciones para ello. Es así que Banes fue escogido para la creación de un museo de tema aborigen, a partir de la colección que para ello donó Orencio Miguel, con más de 20 000 piezas (Gómez y Martínez, 2011: 48).
La Sociedad Espeleológica de Holguín fue creada en la década del 60 y desde su surgimiento la mayoría de sus miembros siempre ha tenido interés por la arqueología. Muchos sitios arqueológicos han sido reportados por los grupos de la Sociedad de Espeleología, especialmente los ubicados en cuevas. En la década del 80 con la creación del Catastro Espeleológico se reportaron nuevas cuevas. En la mayoría de las exploraciones y excavaciones arqueológicas realizadas en Holguín la Sociedad de Espeleología ha tenido al menos un miembro representándola, siguiendo una política de colaboración con el Departamento Centro Oriental de Arqueología (DCOA). Ejemplo de excavaciones en las que han participado espeleólogos son El Chorro de Maíta (1986), Alcalá (1989) y Bariay (1991)(Juan Guarch, 2014, Comunicación personal y Archivo del DCOA). En los distintos eventos y congresos realizados por esta sociedad, la sección de Arqueología ha tenido un espacio donde de manera general la relación del hombre y las cuevas está presente como eje central en la investigación (Juan Guarch, 2014, comunicación personal).
José Manuel Guarch Delmonte y el Departamento Centro Oriental de Arqueología
Con el triunfo de la Revolución Cubana en 1959, los estudios arqueológicos fueron reconocidos a nivel gubernamental y se incorporan a la nueva agenda de trabajo científico. Como resultado de este proceso en 1962 se crea el Departamento de Antropología de la Academia de Ciencias de Cuba. En el primer grupo de arqueólogos formados por esta institución se encontraba José Manuel Guarch Delmonte. Él y Caridad Rodríguez, colega y esposa, en la década del 60 comienzan estudios en la región holguinera, principalmente en la zona de Banes. En 1976 el doctor Guarch Delmonte decide residir en Holguín, y forma un grupo de trabajo que luego conformaría, partir del 18 de agosto de 1977, el actual Departamento Centro Oriental de Arqueología.
Guarch publicó 11 libros, numerosos artículos y participó en múltiples eventos nacionales e internacionales sin embargo, también buscó acercarse al mundo no académico. Desde la fundación del departamento, el doctor Guarch fue partidario de que era necesario contar con el apoyo de las comunidades aledañas a los sitios donde se realizaban las excavaciones. Él y su equipo sostenían la importancia de trabajar con la comunidad y sobre todo socializar la ciencia para gestionar nuevos conocimientos.
El accionar de socialización del Departamento Centro Oriental de Arqueología ha sido analizado por la M. Sc Elena Guarch Rodríguez, quien destaca la existencia de una visión al respecto que ha marcado todo el trabajo de esta institución. Un punto importante en este sentido fue la creación del museo de El Chorro de Maíta. Escuchar la comunidad es importante en el proceso de investigación; Juan Guarch Rodríguez (2013, comunicación personal), fundador del departamento y participante en la excavación de El Chorro de Maíta en 1986, afirma que la inspiración para hacer un museo in situ provino de un campesino que se llamaba Ismael Bermúdez Gutiérrez, quien expresó durante la excavación: “… que lástima que ustedes se lleven esto (refiriéndose a los esqueletos) porque entonces nadie podrá verlo tal y como fueron encontrados… ” Este comentario sin dudas influyó en la idea de Guarch respecto a la creación del museo que existe actualmente.
Con la construcción del museo y de una réplica de una aldea indígena en su cercanía, y luego la fundación del Parque Monumento Nacional Bariay, el doctor Guarch y el DCOA, junto a otras instituciones de la provincia,  fortalecieron la inserción de la arqueología aborigen dentro de la imagen cultural de la provincia y en el desarrollo del turismo. Los estudios de Guarch en los que propone el uso del patrimonio arqueológico como “recurso cultural” para el turismo, constituyen un referente teórico y metodológico en este campo.
Sendero ecoarqueológico Las Guanas
El sendero surge en el año 2000 como parte de un proyecto del Departamento Centro Oriental de Arqueología, diseñado por Manuel Garit y Juan Guarch. Su objetivo era incentivar una visión  ecoarqueológica a través de la recreación, la interpretación cultural y la educación ambiental. El sendero forma parte del Parque Cristóbal Colón y está ubicado dentro del área protegida El Peñón; mezcla elementos de la arqueología con los de la naturaleza. Su extensión es de 1 060 m de recorrido, con la información requerida para la interpretación del entorno. Su nombre se debe a la abundante población de la especie arbórea Hildelgardia cubensis conocida como guana. Las recreaciones arqueológicas muestran lo que existió en áreas cercanas y en otras partes de Cuba durante épocas precolombinas. Representan aborígenes pescadores recolectores en sus actividades económicas y entierros aborígenes en una cueva (Guarch Rodríguez, 2006). La obra fue elaborada por distintas entidades; el DCOA se ocupó de realizar las réplicas de los instrumentos y/o herramientas que se exponen y de la parte del guion que explican los aspectos arqueológicos.
El taller de réplicas arqueológicas
El Departamento Centro Oriental de Arqueología posee el único taller de réplicas arqueológicas que existe en Cuba, el mismo surge con el Departamento, en 1977. La idea original fue de la artista plástica y arqueóloga Caridad Rodríguez Cullel, quien junto al doctor José M. Guarch Delmonte comienza en La Habana en la década del 50 del siglo XX a confeccionar réplicas en yeso, cera y piedra molida de piezas indígenas.
En el año 1961 Rodríguez Cullel lleva sus réplicas a una exposición en México y recibe un curso para trabajar en plástico. El taller del Departamento en Holguín fue creado para restaurar y conservar el material arqueológico obtenido por esta y otras instituciones. Posee una colección de más de 400 réplicas de objetos rituales y ornamentales que se hallan en distintos museos del país, la cual constituye un valioso recurso de investigación para el estudio del mundo ritual e iconográfico indígena. Hoy en día algunas de sus réplicas se entregan como premios en diferentes eventos y constituyen un medio de socializar la arqueología. Además, se venden al turismo y a la población en general, y funcionan como soporte económico para desarrollar investigaciones arqueológicas.
Arqueología y participación comunitaria en las localidades Cayo Bariay- Fray Benito- Jagüeyes
En el municipio Rafael Freyre se encuentran sitios de gran importancia, entre ellos Cayo Bariay, situado en la costa de la bahía de Bariay, por donde se supone que el almirante Cristóbal Colón tocó tierra cubana; fue declarado en 1990 Monumento Nacional (Pérez, 2004). Considerando este patrimonio y su vínculo con varias comunidades se diseñó el proyecto Arqueología y participación comunitaria en las localidades Cayo Bariay- Fray Benito- Jagüeyes, ejecutado entre los años 2003 y 2004.
Las acciones de educación comunitaria del proyecto, en relación con la conservación del patrimonio arqueológico, fueron realizadas en los asentamientos cercanos a Cayo Bariay,  el sitio Jagüeyes y en el poblado de Fray Benito. El sitio Cayo Bariay fue excavado por primera vez en 1991 y luego en 1998. El sitio Jagüeyes fue excavado en el año 2004 como parte del mismo proyecto y la comunidad de Fray Benito al encontrarse en la región arqueológica fue uno de los escenarios fundamentales para desarrollar la dimensión comunitaria del proyecto.
Durante los trabajos de diagnóstico realizados se observó que el estado de conservación de estos residuarios era malo. Era significativo el desconocimiento entre los vecinos del valor patrimonial que poseen y la falta de sensibilidad respecto a su conservación (Pérez, 2004). Con el objetivo de contribuir a la formación de una cultura socioambiental en las comunidades seleccionadas, que permitiera relaciones de convivencia más armónicas entre las personas y los valores arqueológicos, se trabajó en varias líneas principales:
1. Evaluación de la población estudiantil de cuarto a noveno grados, los profesores de Cayo Bariay, Santa Elena, Bracito, Fray Benito y Jagüeyes, los trabajadores del parque Bariay y sectores de la población de algunas localidades cercanas a los sitios, en lo referido a su percepción de la arqueología.
2. Elaboración de una metodología de enseñanza para la escuela relacionada con los valores arqueológicos, como parte de la educación ambiental y elaboración de un folleto de lecturas y actividades sobre temas patrimoniales y ambientales.
3. Realización de una excavación arqueológica en el sitio Jagüeyes con participación comunitaria.
4. Implementación de un programa de divulgación patrimonial con promotores culturales y maestros de las escuelas.
5. Evaluación de la metodología con la introducción de la dimensión arqueológica como parte de la educación ambiental.
6. Sensibilización de  la población con el cuidado y protección de los sitios arqueológicos.
Este proyecto trabajó con un total de 920 personas, de ellas 437 eran niños. La reacción de la población tras su ejecución fue la siguiente: el 44,8% creyó que se debía continuar el proyecto, el 38% consideró el proyecto como muy bueno y argumentaron “porque los niños aprenden”, “porque amplía el conocimiento”; el 55% de la población lo consideró bueno o importante “porque transmite conocimientos”, “da valor e importancia al lugar donde nacimos”, “por abordar lo aborigen y la identidad” y lo más importante el 100% ubicó al patrimonio arqueológico como parte del medio ambiente y la necesidad de conservarlo.
Holguín: Proyecto arqueológico Paseo Yarabey
La ruta interpretativa concebida como proyecto Paseo Yarabey fue una idea original de la investigadora Caridad Rodríguez Cullel y constituye un ejemplo de Arqueología Comunitaria. El proyecto fue puesto en marcha durante los años 2006-2007. El paseo debía tener una extensión de 2 200 metros y comprender la Avenida XX Aniversario, en la ciudad de Holguín, desde su intersección con la Avenida de los Libertadores hasta la carretera a Guardalavaca.
 Según la idea original debía estar conformado por un parque infantil y diez áreas de exponentes escultóricos de base indígena. Por la importancia que reviste la arqueología holguinera dentro del panorama de la cultura caribeña, se proyectó, además, un museo arqueológico en el que estarían representados los pueblos de la cuenca del Caribe. El mismo tenía como objetivo presentar la iconografía aborigen caribeña. El proyecto se complementaría con un espacio para la venta de alimentos de origen indígena, como el casabe, dulces de guayaba, frutas, infusiones, entre otras, y también reproducciones en miniaturas de las piezas que se encontrarían representadas en el paseo, además de poder venderse postales, plegables, afiches y libros sobre arqueología, de autores cubanos y caribeños.
Durante su ejecución el proyecto funcionó como escuela para enseñar las técnicas de elaboración de este tipo de esculturas. Las clases fueron impartidas por la autora del proyecto a estudiantes de artes plásticas, artesanos y artistas aficionados. Rodríguez Cullel opinaba que colocando en sitios estratégicos de la vía elegida grandes réplicas de la iconografía aruaca, confeccionadas por el equipo especializado del DCOA, todos los habitantes de la ciudad y los que la visitara, podrían interactuar con el trasfondo indígena como raíz de su acervo cultural.
La acogida y aprobación por parte del Gobierno y la comunidad de este proyecto se debe a que refleja el pasado indígena con la recreación de sus cemíes y puede explicar el significado especial que ocupa en la cultura holguinera lo indígena como parte de su identidad regional. Solo la parte inicial del proyecto ha sido ejecutada.
El trabajo con los niños
Desde la fundación del DCOA los arqueólogos han trabajado con los niños. Este trabajo se ha hecho a través de talleres infantiles, concursos, y fundamentalmente en círculos de interés, con la intención de despertar en los niños curiosidad por la Arqueología, estimular la conservación del patrimonio y formar individuos que en el futuro puedan llevar adelante las investigaciones arqueológicas.
Como parte del proyecto territorial Arqueología y participación comunitaria en las localidades Cayo Bariay- Fray Benito- Jagüeyes, se trabajó con los círculos de interés de las escuelas primarias que se encuentran en la zona donde intervino el proyecto y se lanzó la convocatoria de un concurso de dibujo. Los premios fueron libros de Arqueología y réplicas de piezas arqueológicas, además algunos niños escogidos participaron en una excavación arqueológica en el sitio Jagüeyes.
Patrimonio arqueológico. Su impacto cultural
El elemento indígena en la cultura holguinera ocupa un lugar especial. El símbolo de la provincia es un hacha petaloide encontrada por un capitán del ejército español en 1860. Es un objeto ceremonial que muestra una figura antropomorfa, con ojos, boca y genitales masculinos, está hecha en peridotita de color verde olivo, tallada y pulida. Por el significado histórico que tiene para los holguineros como muestra de sus raíces culturales, en 1981 se decide aprobarla como símbolo de la ciudad por la Resolución número 44 del Comité Ejecutivo de la Asamblea Provincial del Poder Popular. Representa el máximo símbolo que  entrega la provincia para distinguir y reconocer el desempeño de sus ciudadanos o personalidades de la nación (Triana, 2012: 23).
Las festividades al iniciar el mes de mayo existen en muchos sitios del mundo como tradición cultural, este mes significa el comienzo de la  primavera y el renacimiento de la vida. En Holguín las conocidas Romerías de Mayo tienen un origen católico y llegan a través de un grupo de sacerdotes franciscanos en 1752. Ellos trajeron una fiesta religiosa conocida como las Romerías de la Cruz. Se inician el día 3 de mayo, día en que Santa Elena encontró la cruz de Cristo. La fiesta comenzaba con una peregrinación cristiana desde la actual catedral de San Isidoro por toda la calle Libertad hasta el cerro Bayado (actual loma de la Cruz). Allí, a la orilla de una cruz de madera se oraba, se encendían velas y se daba una misa en acción de gracias.
Las Romerías de la Cruz o de Mayo se siguieron celebrando durante muchos años. Con el tiempo la celebración se convirtió en una fiesta pagana, y en 1994 se decidió retomarlas como un festival que hoy en día es un Festival Internacional de Juventudes Artísticas y Promotores Culturales (Triana, 2012: 3). El festival fue concebido por el reconocido arqueólogo José Manuel Guarch Delmonte. Ahora la peregrinación al cerro se realiza nuevamente el día de la inauguración del Festival, pero en esta ocasión se sube en hombros de jóvenes universitarios holguineros una réplica del Hacha de Holguín de ocho metros de largo. Esta se coloca en lo alto del cerro, encima del torreón de arquitectura colonial enclavado a la orilla de la cruz, como símbolo de la resistencia cultural holguinera ante la dominación española. En el logotipo del Festival lo indígena se representa a través del Hacha de Holguín, al lado del cerro, con su escalinata y la cruz (Triana, 2012: 23). La clausura del Festival se realiza al tercer día y justo antes de terminar, a las doce de la noche, se sube a soga y roldana la réplica del Hacha de Holguín hasta la cima del edificio más alto de la ciudad. Se mantiene allí hasta el amanecer del próximo día.
En la década del 80 del siglo XX un grupo de vanguardia de la cultura holguinera decidió lanzar una convocatoria pública para otorgar cada año un premio de la ciudad, en el marco de la semana de la cultura, en las categorías de poesía, ensayo y narrativa. El premio consiste en una imagen creada siguiendo aspectos de la iconografía indígena, el Baibrama, cemí que representa en el panteón aruaco al dios de la calidad, el espíritu de la yuca y el mar. Este premio es para los escritores holguineros un reconocimiento clave, lleva el sentir de la nueva narrativa holguinera, es a la vez una motivación para las nuevas generaciones de escritores holguineros y busca su multiplicación desde 1986 en que fue otorgado por vez primera (Triana, A 2012: 23).
La sede de la UNEAC en Holguín convoca cada año al Concurso Taguabo, con el objetivo de contribuir el desarrollo artístico de los creadores holguineros vinculados a los medios de difusión masiva, estimular la calidad de sus obras y también la actividad comunitaria en las diferentes regiones de Cuba en lo que se refiere a generar una conciencia sobre el cuidado del medio ambiente. Todos los jóvenes realizadores cubanos pueden presentar su obra en este concurso. Se entrega en las diferentes especialidades un premio que consiste en un diploma y una réplica en barro del Taguabo, imagen indígena de madera hallada en una cueva cerca de Antilla.
El reconocimiento de un pasado indígena es un elemento que define e identifica a la cultura holguinera. Esto es posible gracias a la labor socializadora de la ciencia arqueológica realizada por muchas personas, desde los primeros coleccionistas en la región, hasta los actuales investigadores del patrimonio arqueológico. Holguín cuenta con una larga tradición de trabajo arqueológico y estos actores culturales, según su época, han tratado de proyectarse de algún modo hacia la sociedad, y logran en el espacio de la provincia una legitimación de la disciplina y el reconocimiento del valor del pasado indígena.




      El relato visual ausente
           Ramiro Ricardo
Los estudios formales de un artista plástico, término genérico que contiene o sustituye a las conocidas denominaciones de pintor, escultor, grabador y dibujante, incluyen la enseñanza sistematizada de la Historia en general y de la Historia del Arte en particular. Si tenemos en cuenta la formación no solo teórica, sino esencialmente práctica de los estudiantes de las Academias de Artes Plásticas, es comprensible el interés que despierta en ellos no solo el relato de los hechos, acontecimientos y anécdotas del pasado, sino la manera como la cultura material ha sido construida en las diferentes épocas.
Pero aunque el diseño curricular incluyó el programa de Cultura Cubana, desde los años ochenta del siglo pasado, no es frecuente encontrar en los proyectos académicos de grado ni posteriormente en la actividad profesional de los egresados, actitudes proposicionales, elaboraciones técnicas y conceptuales o poéticas personales que aborden el tema aborigen. La plástica sobre el tema, salvo excepciones, generalmente se limita a la ilustración de libros científicos por parte de ilustradores de oficio o puntualmente por artistas que, desde su dominio de las técnicas de representación, reproducen miméticamente a la acuarela, plumilla o lápiz las características morfológicas de los objetos descritos en el texto.
Sin ánimo de hacer aportes historiográficos, incipientes trabajos de investigación teórica o bibliográfica realizados en la Academia de Artes Plásticas El Alba de Holguín, en su momento, significaron para la institución docente un llamado de atención sobre el desconocido tema aborigen. Entre ellos podemos citar:
-La cerámica precolombina en Cuba, de Luis Castillo Nassur y José Alberto Velázquez Pupo, de 1987.
-El período de contacto y transculturación indo-hispánico en Holguín, de Sandra Batista de la Rosa, de 1989.
-Arte aborigen en la provincia de Holguín, de Orlando Quevedo Fuentes, de 1989.
-Estudio formal de las hachas ceremoniales, de Luis Alberto Santiesteban Góngora, de 1992.
Cuenta entre las acciones realizadas por El Alba, para estimular la investigación y el conocimiento de las cuestiones arqueológicas, la invitación al doctor Rivero de la Calle para que visitara nuestro centro docente. Rivero de la Calle nació en 1926 y falleció a avanzada edad. Estudió en el Instituto Real de los Trópicos y la Universidad de Utrecht en Holanda. Realizó estudios de restos humanos obtenidos en sitios arqueológicos y análisis antropológicos de los descendientes de aborígenes en Guantánamo. Fue durante muchos años el director del Museo Antropológico Montané, de la Universidad de La Habana e impartía conferencias en la Academia San Alejandro.
El destacado científico visitó la Escuela Profesional de Artes Plásticas El Alba en febrero de 1987 para presentar su libro Arqueología aborigen en Cuba (1986) en coautoría con Ramón Dacal Moure. También ofreció conferencias de anatomía comparada según sus estudios sobre la diferencia de los cráneos de aborígenes y españoles. Desde entonces yo sé que la arqueología es, en esencia, la búsqueda de información por medio de las evidencias materiales que quedan de los más diversos momentos de nuestra historia; que extraer de los más diversos contextos las huellas del devenir humano, es la arqueología, que hay tantas arqueologías como etapas hay del desarrollo humano… Son definiciones y conceptos, para mí, asociados a la sabiduría y generosidad del doctor Rivero.
José Bedia, uno de los paradigmáticos artistas del movimiento renovador de los 80, denominado nuevo arte cubano, cuando visitaba Holguín invitado por El Alba, instruía al auditorio sobre la importancia de la investigación que debe hacer el artista como parte esencial de su trabajo y en la necesidad de una visión antropológica de la cultura. Él formó parte de la generación de los primeros egresados del Instituto Superior de Arte, donde se impuso la noción de artista culto, capaz de teorizar y ser el crítico de su propia obra. Juntos hacíamos visitas al Museo Baní y a sitios arqueológicos de Banes acompañados por Pire, el director de la Galería municipal de Arte en aquellos años, que nos servía de guía. En 1985 el programa de los profesores invitados Flora Fong y Águedo Alonso con un grupo de alumnos de San Alejandro incluyó también la visita a Banes.
Ya a principios de los noventa, sin una real tradición de continuidad de una hipotética cultura ancestral, una arqueología aborigen, todavía no suficientemente aprehendida y con un acelerado desarrollo del pensamiento filosófico del arte que desbordaba la capacidad de asimilación de buena parte del público y de la propia institución de arte, aquella arqueología aborigen era desplazada del marco de interés por otras arqueologías. Era la época del tránsito de los procesos creativos a las estrategias discursivas.
Probablemente, entre las fotocopias de fotocopias de los textos modernos y posmodernos o sobre la modernidad y la posmodernidad, que circulaban entre los artistas, profesores y estudiantes de arte, la Arqueología del saber de Michel Foucault fue uno de los que caló hondo en la sensibilidad de las nuevas generaciones de artistas que para entonces contaban en el ISA, quizás, con el más preparado, informado y contundente cuerpo de profesores de teoría, filosofía y crítica de arte que existió jamás en un centro de enseñanza. Recordar que El Alba de Holguín era una de las academias que más estudiantes promovía al ISA de La Habana de aquellos años. Michel Foucault (1926–1984) fue un historiador de las ideas, psicólogo, teórico social y filósofo francés. Fue profesor en varias universidades francesas y estadounidenses y catedrático de Historia de los sistemas de pensamiento en el Colegio de Francia. Su trabajo ha influido en importantes personalidades de las ciencias sociales y las humanidades. En Arqueología del saber (1969) Foucault dirige su análisis hacia el enunciado, la unidad básica del discurso que considera ignorada hasta ese momento. Los enunciados dependen de las condiciones en las que emergen y existen dentro del campo del discurso. No son proposiciones ni declaraciones ni actos discursivos. En su análisis considera los actos discursivos serios en cuanto a su análisis literal, en lugar de buscar algún significado más profundo.
No obstante, Holguín cuenta con un caso excepcional de artista que consagró su vida y obra al tema de la arqueología aborigen en América y en Cuba en particular. Se trata de Caridad Cristina Rodríguez Cullel, nacida en Camagüey el 27 de enero de 1932, quien se graduó en la Escuela Taller de Artes Plásticas de esa ciudad en 1963. Arqueóloga, especialista en arte rupestre de Cuba y arte aborigen antillano, recibió cursos de especialización en el Museo de Antropología e Historia de México, Museo de Arqueología de Lima, Perú y el Museo Nacional de Bellas Artes de La Habana, Cuba. Posee más de 40 años de experiencia profesional en el ejercicio de la cerámica, el muralismo, la ilustración, el diseño, la restauración de piezas de arte decorativo y de arte rupestre. Ha ejercido como profesora de pintura, modelado y escultura. Ha realizado numerosas exposiciones personales y ha participado en colectivas en Cuba y otros países donde sus réplicas arqueológicas forman parte de colecciones en instituciones y espacios públicos como: Museo del Hombre, París, Francia; Museo Nacional, México; Museo Nacional de Bellas Artes, La Habana; Museo Bacardí, Santiago de Cuba; Museo Indocubano Baní y Museo de sitio El Chorro de Maíta, Banes, Holguín, así como el Parque Monumento Nacional Bariay y la Avenida XX Aniversario en Holguín. Ha publicado dos libros sobre la cerámica y los ídolos aborígenes cubanos. Posee reconocimientos por su labor artística, arqueológica y de difusión de las culturas aborígenes de América. Entre sus obras se destacan:
Fuente de la lluvia. Conjunto escultórico. Zeolita poliéster. 7 x 1.50 m, diámetro 9 m. Emplazada en la rotonda de la Avenida XX Aniversario.
Ídolo de algodón. Versión creativa de recipiente funerario con tejido de algodón y semillas. 120 x 75 cm, diámetro 35 cm. Año 2009.
 Maketaure guayaba. Cerámica. Instalación de dimensiones variables, presentada en la Galería de la UNEAC. Año 2012.
Otros artistas holguineros contemporáneos se acercaron eventualmente a alguna vertiente de nuestros antepasados con mayor o menor conciencia de los aspectos históricos, arqueológicos o antropológicos, sin una preeminencia en el desarrollo de sus poéticas personales. Por ejemplo, en 1993 José Carralero Sánchez y Alipio Rodríguez Calzadilla presentaron la exposición Mundo Aruaco. Huellas y voces, en la Casa de Iberoamérica. Ese mismo año Emilio Chiang mostró su serie de grabados Areíto, en la Exposición El aire es el fuego de la Galería de la UNEAC. En 1996 Jimmy Verdecia realizó en el Centro de Arte la exposición personal Ritual de los peces, con cerámicas de acento aborigen. Entre ellas la titulada Iboinai. Ramiro Ricardo presentó el conjunto de experimentos gráficos Uno sobre uno, en la Muestra UNEAC. Centro de Arte, 2009. Quizás sea entre algunos artesanos afiliados a la ACAA y el Fondo Cubano de Bienes Culturales donde todavía se observen evidencias de manualidades creativas herederas de tiempos antiguos. En cualquier caso, tanto entre los artistas como entre los artesanos está pendiente un estudio abarcador sobre el asunto, que difunda sus valores y estimule su apropiación e interpretación contemporánea por parte de las nuevas generaciones de artistas holguineros.













Entre cemíes recordados y “olvidados”: mito e historia aborigen de Cuba
     Rolando Bellido Aguilera
     Los temas de mitología indígena han sido tratados en diversos textos relacionados con la arqueología cubana o con aspectos del mundo religioso de estas sociedades. Generalmente se basan en valoraciones de datos tomados de la obra de Fray Ramón Pané, Relación acerca de las antigüedades de los indios. Este texto recoge informaciones sobre la espiritualidad indígena y sus mitos, conseguidas a finales del siglo XV en el territorio de la actual República Dominicana. Considerando los fuertes vínculos culturales entre ese espacio y Cuba se ha asumido tradicionalmente que tales creencias debieron estar también presentes en la mayor de las Antillas.
     Un estudio pionero de la obra de Pané fue hecho por un intelectual nacido en la ciudad de Holguín en 1910, que vivió su infancia en Mayarí, José Juan Arrom. A él se debe también un libro clave sobre el mundo espiritual de los indígenas del área, basado en el manuscrito de Pané y en una amplia valoración de la iconografía indígena, Mitología y artes prehispánicas de Las Antillas. Décadas más tarde en Holguín se gestaría un pequeño texto que intentó llevar una valoración de los temas mitológicos y religiosos al gran público y que sin dudas debe mucho al aliento inicial de Arrom y al interés que los investigadores e intelectuales de la provincia desde hace mucho tiempo prestan a los temas asociados a nuestro pasado precolombino y a la utilidad de informar sobre ellos a la sociedad. En el siguiente artículo hacemos un somero análisis del texto Mitología aborigen de Cuba: los cemíes olvidados, fruto del trabajo de colaboración entre el arqueólogo José Manuel Guarch Delmonte y el escritor Alejandro Querejeta Barceló, editado en Holguín por Publicigraf, año 1992.
Se trata de un pequeño libro o folleto de divulgación sobre el conjunto de mitos de los aborígenes aruacos que habitaron el archipiélago cubano. En el texto se combinan los conocimientos aportados por la arqueología con análisis lingüísticos y el estudio crítico de las “crónicas” legadas (o milagrosamente conservadas) por los conquistadores europeos.
¿Qué esperamos de esta unión de un arqueólogo de alto reconocimiento “científico” y un “poeta-ensayista-narrador”? ¿Pudieron superar el desfiladero cavado entre “las dos culturas”[27] por la ciencia positivista o de inspiración baconiana? ¿En qué medida lograron un interesante o ameno texto de adecuado nivel literario sin vulgarizar los estrictos conceptos de la “jerga” cientificista?
Como primera respuesta general a las preguntas precedentes considero que fue necesario y provechoso el acercamiento entre el Doctor en Ciencias y el Creador Literario-Animador cultural. En primer lugar porque lograron hilvanar un texto breve e intenso con una narración sencilla pero profunda, al mismo tiempo que congeniaron conceptos arqueológicos, antropológicos e históricos con algunas hermosas y sensibles descripciones de la geografía insular y especial énfasis en su paisaje, su flora, su fauna, sus ríos y mares. Coloco algunos ejemplos de lo afirmado anteriormente; cuando describen a Coatrisquie, la prosa alcanza altura: Recogedor de las aguas torrenciales, ayudante de Guabancex. Obedeciéndola vierte copiosos torrentes sobre las montañas, los valles, los más angostos desfiladeros, los bosques y las sabanas, los arroyos, ríos y mares. Pocas líneas más adelante, logran, de manera breve e impactante, referir los estragos que ocasionan los ciclones tropicales: Junto al viento terrible del huracán, la amenaza de los truenos y relámpagos, y el fuego inmisericorde del rayo, Coatrisquie deja a su paso una estela de desolación y tristeza.
El pequeño libro ofrece datos sobre las biografías de dieciocho “deidades” y “trece” personajes del “panteón” aruaco que, según Guarch y Querejeta, debió de ser mucho más amplio. El texto se organiza de manera sintética y da algunas facilidades desde el punto de vista didáctico; no obstante, los autores no especifican en cada una de las treinta y una caracterizaciones que exponen, si se trata de una deidad o de un personaje. Por ejemplo, en el caso que corresponde a “Guanín”, solo en el tercer párrafo se dice: “el mito de que es personaje Guanín”. Hubiera sido mucho más conveniente haber presentado a las deidades primero y a los personajes después.
Lamentablemente, junto a abundantes aciertos expositivos, por descuido de los autores o por falta de un riguroso trabajo editorial, el texto que vio la luz presenta imprecisiones y errores ortográficos y gramaticales (especialmente de concordancia) que pudieron y debieron evitarse. Algunas de las afirmaciones hechas por los autores desde la misma introducción me condujeron a expresar varias interrogantes como la siguiente: ¿Corresponde al mito “recoger (…) los antiguos y sustanciosos hechos históricos y las fábulas de las selvas y costas venezolanas”? Otros énfasis que considero injustificados o demasiados admirativos, me indujeron a preguntar: ¿Una “identidad antillana” presente aún en las raíces más profundas de nuestras nacionalidades respectivas? El uso en varias ocasiones del pronombre posesivo “nuestro” invita a preguntarse ¿Son nuestros más remotos antepasados? Este exceso de admiración a-crítica los lleva a idealizar la comunidad primitiva, lo cual se puede apreciar cuando, refiriéndose al catey y la cotorra, luego de exponer que formaban parte de la dieta de los aborígenes cubanos, afirman que eran capturados por cientos por éstos (por los aborígenes), pero sin romper el equilibrio vital de las especies, ni del medio en que se desenvolvían, con lo cual transmiten una visión “idílica”. Por este camino, en el afán de realzar el nivel logrado por los aruacos que habitaron Cuba, les atribuyen una clara distinción entre “alma” y “espíritu”: La presencia del alma (guayza), en la mitología aborigen de Cuba, es un hecho afín con otros muchos de diversas latitudes y con relevante actualidad en credos religiosos y filosóficos. Lo es también la presencia de un alma para los vivos y un espíritu para los muertos. Todo ello plantea una evidente concepción animista de apreciable desarrollo para estas comunidades aborígenes.
Finalmente, el uso indiscriminado del término “pueblo” y “etnia” para calificar a los aruacos, en un texto divulgativo pero de inspiración científica, lleva a cuestionar ¿son un pueblo (usado varias  veces) o una etnia (también usado varias veces)? ¿O para los autores es lo mismo “pueblo” y “etnia”?
Otra pregunta o más bien duda que la lectura de Los cemíes olvidados me ha inspirado es la que sigue: ¿Conocieron y disfrutaron de la quena los aborígenes aruacos de Cuba: la ronca voz del mayohuacán, el tambor hecho de un tronco ahuecado, las maracas, el botuto salido de un caracol guamo, el tintineo de sartas de pequeños caracoles y el dulce sonido de la quena?
En una deidad tan importante como Caguama, “madre del género humano”, se afirma que es una “tortuga marina” e, inmediatamente, se dice que “es probable que fuera” fluvial: Caguama alude a las tortugas marinas del mito, más es probable que fuera identificada también por el nombre que se asigna al quelonio fluvial común en Cuba, es decir, la jicotea; en un punto crucial los autores no se pronuncian, sino que se limitan a señalar la duda.
A lo largo del texto manejan en varias ocasiones la distinción entre las etapas mítica y totémica vividas por los aruacos, considerándolas como diferentes, por ejemplo, cuando afirman Opilyeguobirán es una mezcla de entidad totémica y antepasado mítico, lo que resulta curioso es que no las definen ni las ubican cronológicamente. Es evidente que en este y otros puntos se quedan cortos en la intención de “divulgar” de manera accesible y asequible.
Los autores, en la misma introducción, definen a las “deidades” como entes cosmogónicos, por lo general telúricos o simplemente étnicos, (…) que con su fuerza contribuyeron a resolver las discrepancias entre los hombres y la naturaleza; y en la definición de los “personajes” escriben que no llegaron a tener los atributos de las deidades, más apegados a las reminiscencias totémicas; son animales, accidentes geográficos, metales o antepasados humanos, que desarrollaron importantes acciones en la historia y conformación del pueblo aruaco. La enunciación no alcanza a distinguirlos de modo preciso y, entre otras, genera preguntas como la siguiente: ¿Acaso los animales, accidentes geográficos, metales o antepasados humanos no son también “entes cosmogónicos”, “telúricos” o “simplemente étnicos”?
Considero que los autores tienden a confundir o mezclar los conceptos de “mito” e “historia”, en afirmaciones como la siguiente: se advertirá, sin embargo, como (sic) trazaron su imaginativa y mágica historia dentro de muy pocos conceptos cosmogónicos. Las palabras utilizadas (imaginativa y mágica) son propias del mito, definido como un relato imaginario, fantástico o maravilloso que se ubica fuera del tiempo que corresponde a la historia.
Los autores no siempre logran equilibrar los contenidos científicos (arqueológicos) con una redacción sencilla, como puede comprobarse en el párrafo que sigue: Sólo se muestra como sucesión de líneas quebradas oblicuas alternas, en los paneles decorados de algunas vasijas de cerámica, en decoraciones complementarias de otros íconos y en pictogramas de cuevas. Explicaron en más de una ocasión qué es el “guanín”, pero se desentendieron de hacer lo mismo con la “cohoba” y, caso que resulta sorprendente, no hacen ni una sola mención del tabaco a lo largo de todo el texto, lo cual resulta tan raro que parece una ausencia injustificada en páginas donde abundan las menciones a la guayaba y otras frutas, a las cuevas, ríos, árboles y huracanes característicos del archipiélago y a zunzunes, tocororos y otras aves insulares.
No obstante, Guarch y Querejeta lograron presentar una enjundiosa síntesis sobre las principales deidades, personajes, mitos y fábulas del universo cultural aruaco. Fueron capaces de organizar las escasas y dispersas referencias contenidas en las “crónicas” y, al mismo tiempo, enriquecerlas y confirmarlas con argumentos arqueológicos en los casos que consideraron correspondientes, y darles precisión, adecuación y coherencia con análisis lingüísticos y otras referencias e intuiciones culturales.


     ENTREVISTAS
Los primeros pasos del profesor  Pino
Entrevista realizada por Victorio Cué Villate y Racso Fernández Ortega[28] a Milton Pino. Renombrado  arqueólogo nacido en Holguín, con una labor investigativa que alcanza todo el país. Pionero de los estudios arqueozoológicos, profesor de varias generaciones y protagonista clave de la obra arqueológica cubana.

Ese asunto de cuál es mi verdadero nombre, me ha traído más problemas de los que se puedan imaginar. El verdadero es Mildo Orlando Estanislao Pino Rodríguez, a ciencia cierta no conozco de dónde mi padre sacó eso de Mildo y si uno busca en el diccionario puede que encuentres que mildo es una masa de avellanas tostadas y molidas a las que se les agrega miel. Pues resulta que cuando me llevan a inscribir ante el notario, por un error, aparezco como Mirlo. Figúrate tú…, mirlo es un pájaro prieto que habita en la América del Norte y en Eurasia; hasta hay un dicho que dice “ser un mirlo blanco” para referirse a algo de una rareza extrema. Pero no creas que ahí terminó el asunto, con el tiempo el Mildo se acaba, pues ya estando aquí en La Habana, mis amigos empezaron a llamarme Milton, era en la década del cincuenta del pasado siglo, cuando por ese entonces había un pelotero bastante conocido llamado Milton Smith, y así se me quedó el nombre por el que la mayoría de las personas me conocen. Lo que siguió después es que cuando en la década de los setenta se instaura en el país el uso del carnet de identidad, yo no tenía un solo papel en el que coincidiera un nombre con el otro. ¿Qué te parece? Ahora me río, pero sufrí bastante con esto.
 Nací el 7 de mayo de 1933, en Holguín, en una parte de la carretera que va de Holguín a Gibara; antes esa zona se llamaba La Chomba, ahora es Alcides Pino. Recuerdo como si lo estuviera mirando ahora, era un lugar bellísimo, entre mucho lomerío, pienso que nací en el verdadero paraíso, por allí había animales de muchos tipos, puedo hablarte de bandadas de aves, nubes de mariposas amarillas, como las que hoy no se pueden ver. Muchas arboledas, robles que podían medir unos treinta metros de altura, por allí pasaba mucha gente cazando palomas sobre todo.
Todo el terreno por allí, como te decía, era con muchas lomas y en una de ellas mi padre construyó un bungalow; muy cerca de allí corría un arroyo, todos los días mi hermano y yo queríamos estar bañándonos en él, pese a que aquella pocita tenía tantas leyendas como granitos de arena; cuentos de los güijes que están durmiendo en el fondo de las aguas y que salían en las noches o bien temprano en la mañana para hacer maldades o acciones peores, y así mil y unas fábulas capaces de hacernos temblar de miedo. Recuerdo que hasta mi propio padre, que era una gente muy seria y respetable, nos decía que podíamos ir a bañarnos, pero que siempre escondiéramos bien la ropa para que los güijes no se la llevaran.
Papá era comerciante, por lo que pasábamos tiempos buenos y malos económicamente, ocurrían entonces unas épocas de crisis tremenda y mucha miseria que había por aquellas tierras. Éramos tres hembras y tres varones y ya tenía yo siete años cuando mamá murió, me parece que fue de apendicitis; figúrate, en aquel entonces no se podía ver un médico. Poco después yo tuve una anemia muy grande y me encontraba más flaco que un güin, y para mejorar mi estado de salud, uno de los barberos del pueblo me dio un jeringuillazo que por poco me mata. Cómo habrá sido aquello que estuve cojo por mucho tiempo y a punto de perder una pierna.
Asistía a una escuelita, y al igual que todos los muchachos de por allá por el campo, siempre estaba mataperreando o trepado en los árboles. Luego estuve en la casa de mi abuela y mis tíos en Holguín, donde terminé la primaria y la secundaria. Cuando empecé el bachillerato, ya entonces visitaba la Colección García Feria y le hacía bastantes preguntas, siempre me interesaron mucho estas cosas. Qué lejos estaba yo de pensar que por este camino se llegaba a Roma.
En el 1953 la situación del país estaba muy difícil y a papá el contexto se le había puesto muy malo. Como ya tenía 20 años vine para La Habana, donde estaba un hermano mío estudiando escultura en la Academia de Artes Plásticas de San Alejandro. Estando acá vivíamos muy apretados en un cuartito muy chiquito que se encontraba en las calles Rayo y Maloja.
Inicialmente comencé a trabajar en una tapicería que se llamaba El Sueño, que quedaba en la calle San Miguel. Primero daba los viajes desde la casa, pero después el dueño, que se portó muy bien conmigo, dejaba que me quedara a dormir allí mismo, figúrate que un cajón me servía de escaparate y comía por cuarenta centavos en una fonda cercana, que tenía por especialidad las frituras de bacalao. Así estuve un año en la capital.
Cuando papá se volvió a casar y la familia había mejorado un tanto, quería reunirnos a todos y me pedía que regresara para estar juntos en la casa de mi hermana mayor, con mis tíos y mi abuela.
Ya en 1954 cada vez con mayor interés estaba metido en los libros de Historia, también el monte siempre me atrajo mucho y disfrutaba enormemente penetrar en él o escalar las montañas, así que siempre que podíamos hacíamos excursiones y exploraciones.
Como es bien sabido, nosotros no fuimos los primeros que empezamos. Después de la visita del arqueólogo estadounidense Mark R. Harrington, que realiza varias exploraciones por el oriente de nuestro país en las primeras décadas del siglo XX por Holguín, Banes y Antilla, surgieron varios grupos de aficionados a la arqueología.
Por el mismo coleccionismo es que empieza la arqueología, primero empiezan las colecciones privadas, gente que quería tener objetos interesantes, que pretendía tener más cantidad y mejores piezas para mostrar a sus amigos y desconocidos intentando hacer gala de opulencia, y en no pocas ocasiones como símbolo de poder, era el caso de los romanos, antes de nuestra era, o de las monarquías occidentales e incluso los zares rusos. Después otros buscaban hacer dinero con ello, buscaban las piezas y extraían las más elaboradas o estéticamente más trabajadas y destruían los sitios, así se hicieron “famosos” en Cuba los Colmenares y las evidencias se empezaron a valorar más y se estudiaban. Lo malo de esta parte es que los aficionados como aficionados al fin, destrozaban los sitios y estaban muy lejos de saber el daño que ocasionaban al patrimonio intervenir en un lugar sin estar acompañados por algún conocedor del tema.
Empecé a trabajar en Holguín en un sitio que se llamaba la Colonia Española, que también tenía un espacio donde se exhibían algunas piezas arqueológicas, fíjate que la museología también fue una materia que me llamó mucho la atención.
Después de triunfo de la Revolución, corría el año 1961 cuando trabajando en los Farallones de Seboruco es cuando encuentro, en la Cueva de los Cañones, cuatro pictografías posiblemente ejecutadas por los grupos cazadores recolectores.
En el año 1962 me conseguí un trabajo en un banco y en 1963 nos ocurrió una cosa tremenda; tienen que ubicarse en aquellos tiempos del principio de la Revolución, entonces la atmósfera estaba que ardía de peligros, constantes sabotajes contrarrevolucionarios, ataques a los cañaverales y alguna gente haciendo daño. Nosotros, jóvenes al fin y al cabo deseosos de tener aventuras, no medimos bien las consecuencias, pues habíamos conseguido unos uniformes, mochilas, cantimploras y varios cascos a los que habíamos pintado rifles cruzados, y así nos fuimos muy románticos a la floresta, al campo, a las cuevas.
Todo el grupo nuestro, que ya empezaba a salir de la Cueva de los Panaderos, oyó cómo nos gritaban: -Alto ahí, que nadie se mueva y suban los brazos. ¡Imagínate tú!, cuando alzamos la vista estábamos rodeados, no sé cuantas armas de todo tipo nos apuntaban, ellos estaban parapetados detrás de las rocas y en la manigua. Nos habían tomado por infiltrados o por alzados, que abundaban mucho por todo el país financiados por la CIA. Allí nos quedamos tiesos como unas velas de cumpleaños y totalmente muertos de miedo. Como ninguno de nosotros se movía, ellos se acercaron poco a poco sin dejar de apuntarnos con todas sus armas, hasta que nos revisaron y cargaron con nosotros para la unidad más cercana. Después de varias horas de retención, en las que no faltaron los regaños, las advertencias y las críticas por no haber pedido permiso y luego de comprobar quiénes éramos, nos soltaron. Si en aquella situación, cuando nos dieron el grito de alto, a alguno de nosotros se le hubiese caído el casco, no quiero imaginarme qué hubiera pasado.
Ese mismo año de 1963 ya estábamos haciendo planes y trabajando para construir lo que sería el primer museo público de Holguín; recordemos que la Colección García Feria era una de las mejores colecciones privadas del interior del país y que después de creada la Comisión Nacional para la organización de la Academia de Ciencias de Cuba, el doctor J. A. García Castañeda, en un gesto patriótico y de alto sentido de responsabilidad académica, donó íntegramente la colección para la nueva institución que se creaba.
Por esa época estaba en movimiento la nacionalización de las empresas norteamericanas y de los oligarcas que huyeron al Norte, y había un almacén repleto de vitrinas que principalmente estaban fabricadas para las farmacias; por otra parte en un local ubicado en la calle Libertad esquina Aguilera, que contaba con amplios salones --donde había existido una colchonería--, lo reparamos todo, lo pintaron y pusieron luces, aquello quedó perfecto; todos estábamos muy contentos. Así se inauguraba con el nombre de Guamá el 22 de julio de 1964 y las palabras de apertura me hicieron sentir muy feliz. Por diez años este fue el primer museo público con el que contó la ciudad de Holguín.
Aunque ya desde 1954 venía con los grupos de exploradores, en marzo del 1964 es que cuento con el cargo de director organizador del grupo de la Asociación de Jóvenes Arqueólogos Aficionados de Holguín. Fue en aquel entonces que conocí a los arqueólogos Ernesto Tabío y José M. Guarch, este último me pidió mediante una carta, que si estaba en condiciones de ayudar a nivel nacional. José M. Guarch junto a Caridad Rodríguez visitaron al Grupo de Aficionados de Mayarí y revisaron las evidencias encontradas en Arroyo del Palo; empezaba de este modo mi relación con la Academia de Ciencias de Cuba y su Departamento de Antropología.
Mis primeros trabajos de campo de forma profesional fueron con los colegas Ernesto Tabío y con Rodolfo Payarés, todos estábamos con unos deseos enormes de comernos el mundo, no nos importaba nada, y las peores condiciones las superábamos, solo queríamos trabajar y trabajar, investigar todo lo que estaba a nuestro alcance, nos jugábamos la vida, subiendo y escalando.
Estando así, en Maisí la única agua con la que podíamos contar era la que estaba en un aljibe que tenía un gallinero encima, es decir, no había buena agua para beber, solo la que les cuento. Así y todo nos quedamos allí y aguantamos esas condiciones unos 14 días; finalmente estuvimos todos gravísimos con diarreas.
Para no hacerles muy larga la historia de mis inicios en la Arqueología les diré que en el propio año 1964 vine para La Habana, ya el capitán Antonio Núñez Jiménez estaba en el Capitolio, que pasaba a ser la Academia de Ciencias de Cuba. El Departamento de Antropología se encontraba en el edificio de Prado esquina a Trocadero, a escasas tres cuadras de la casa de ese ilustre cubano de todos los tiempo José Lezama Lima.
Recuerdo que en aquel entonces yo estaba muy flaco, bueno, siempre lo he sido, y me ponía a ayudar a Tabío o a Payarés a acomodarlo todo, a arreglar los estantes, subiendo y bajando todos aquellos pisos. Allí considero yo que es cuando empezó mi carrera como arqueólogo. Estuve viviendo en el edificio de Prado por unos cinco años en la primera planta: después pasé a la torre, que es como un sexto piso, pues el edificio es muy antiguo y el puntal es muy alto; recuerdo que en el segundo piso vivían algunos científicos soviéticos que trabajaban en la academia como asesores. Alrededor de los setenta me mudé para la casa donde me encuentro ahora en Santos Suárez, en la Víbora, donde me visitan mis amigos, aunque estoy  jubilado hace tres años; me alegra mucho que personas como ustedes me visiten, siempre estaré gustoso a prestar cualquier ayuda en lo que ha sido mi pasión toda la vida: la arqueología.




La historia de Holguín necesita de los arqueólogos
Entrevista a Ángela Peña Obregón (Holguín, 24 de julio de 1945). Licenciada en Historia por la Universidad de La Habana (1967) y Máster en Historia y Cultura. Miembro de la UNHIC, UNEAC y de la Comisión Provincial de Monumentos. Es una de las historiadoras más destacadas de Holguín, con una obra imprescindible para entender la ciudad y un largo pero poco conocido vínculo con la arqueología
-¿Cuál fue tu relación inicial con la arqueología? ¿Cómo veías a los arqueólogos?
Estudié Historia en la Universidad de La Habana, ingresé en 1963. Después hice tres años de Historia del Arte, pero allí nunca recibí clases de Arqueología.  Tampoco en Holguín, antes de ir a La Habana, había tenido relación con la arqueología. Después del Servicio Social (me gradué en 1967) me incorporé a trabajar al Departamento de Monumentos y Marta Arjona, directora del Consejo Nacional de Museos y Monumentos, fue quien nos llamó a mí y a Daniela Norat, compañera de la carrera de Licenciatura en Historia, para comunicarnos que en el Departamento de Antropología de la Academia de Ciencias de Cuba (ACC) se iniciaba un curso de Arqueología y que si ella tuviera la edad de nosotras no se lo perdía. De este modo nos enteramos y empezamos el curso en el año 1970, este concluyó en 1973.
En esa etapa de estudiante del curso de Arqueología, al arqueólogo que recuerdo más es al doctor Ernesto Tabío, quien también había contribuido a formar a los arqueólogos de la propia Academia (Guarch Delmonte, Milton Pino, Payarés). Tabío para mí era un personaje muy interesante, nos hablaba de sus viajes y de lo que había tenido oportunidad de conocer y trabajar arqueológicamente, también en aquel momento publicaba con la doctora Estrella Rey el libro Prehistoria de Cuba, que sería un clásico. Otros arqueólogos que conocí fueron Ramón Dacal, que trabajaba en el Museo Montané, y a Eladio Elso, que creo trabajaba en Cultura.
Existía entonces un arqueólogo mal mirado por los de la Academia de Ciencias, pues trabajaba con Eusebio Leal en el futuro museo de los Capitanes Generales, y al cual la Comisión Nacional de Monumentos le paraba constantemente el trabajo, este se llamaba Leandro Romero. Esto pasaba por el antagonismo y creo que un poco de celo profesional que había entre los arqueólogos de la ACC y Marta Arjona con Leal y sus colaboradores. Era algo difícil y triste de entender, pues a mí me impresionó mucho la investigación que Romero llevaba, en la propia Plaza de Armas, sacando a la luz las estructuras arquitectónicas de la primitiva parroquial de La Habana, lo cual se ha mantenido in situ. Allí pude apreciar el verdadero valor de la arqueología histórica o colonial y también cómo estas rencillas dañaban el trabajo profesional.
    -¿Qué arqueólogos conociste? ¿Qué aporte dieron a tu formación? 
Durante el curso, o sea, durante los dos años, realizamos cuatro excavaciones grandes. El primer año se hicieron tres; dividieron a los alumnos en dos grupos: un mes o 15 días, en el sitio La Campana, en Banes, con el profesor Milton Pino, mientras el otro grupo participó en una excavación en Levisa. Después estuvimos trabajando 15 días en la cueva de La Pintura, en Bahía Honda, también con Milton Pino. Para concluir el curso fuimos un mes al sitio La Martina en Guanahacabibes, en pleno mes de enero, con un frío terrible y el agua solo era para la comida y beber, había que bañarse en la playa, pero fue muy interesante, pues pudimos apreciar las evidencias de una de las culturas más primitivas de Cuba, lo que nos completaba el universo que habíamos estudiado teóricamente en las clases que recibimos.
Se nos enseñó a hacer excavaciones controladas en esos trabajos de campo. También recibimos diversas asignaturas. El doctor José Manuel Guarch Delmonte era el jefe del Departamento de Arqueología y el profesor principal del curso. En el primer año recibimos clases de Prehistoria de Cuba y del área circuncaribe, Técnicas arqueológicas de campo y laboratorio, Nociones de osteología humana, idioma Inglés, Historia del pensamiento arqueológico. En el segundo año estudiamos Nociones de osteología animal y rudimentos de malacología, Metodología de la investigación arqueológica, Estadística aplicada, Introducción a la ecología general y Etnografía (conceptos generales y métodos). El curso fue bueno, pero nunca se convenió con el Ministerio de Educación y, por tanto, no hubo títulos, solamente una certificación de notas expedida por la licenciada Sonnia Moro Parrado, subdirectora para  Cuadros, Calificación y Relaciones Internacionales del Instituto de Ciencias Sociales de la ACC.
Había cierta diferencia de origen e intereses en el grupo de estudiantes. La mayoría trabajaba en el Departamento de Arqueología de la Academia de Ciencias, pero algunos éramos de otros centros. Entre los que trabajaban en la ACC había algunos ya mayores, que se decía habían sido removidos de puestos superiores o que entraron por diversas causas, y se incorporaron al curso cuando este ya estaba adelantado. Algunos habían trabajado o tenían vínculos con Antonio Núñez Jiménez. En este grupo estaban Mario Pariente, Eduardo Keral y Jorge Febles. El último se hizo un especialista muy reconocido en el estudio de la piedra tallada. De otras provincias estaban Alfredo Rankin, de Trinidad, y Enrique Alonso, de Pinar del Río. Otro estudiante venía del Ministerio de Relaciones Exteriores, creo que había sido diplomático, José Fresneda. Este, Róger Montañez y Alberto Abreu --que murió en el avión derribado por terroristas en Barbados--, se dedicaba a la arqueología subacuática. También había un grupo proveniente de la Universidad de Oriente, María Nelsa Trincado, Nilecta Castellanos y Abel Cabrera, preparados por Martínez Arango, y otro grupo de Santiago, entre ellos recuerdo a  la hermana de Vilma Espín, Sonia, y a su esposo, Iván Pérez; esos asistieron muy poco. Los que trabajaban en el Departamento de Arqueología de la ACC (Aida Martínez, Osvaldo Teurbe Tolón, Jorge Calvera, Lourdes Domínguez), eran los más preparados, pues debían además seguir con su trabajo en el Departamento de Arqueología. 
El trabajo de Daniela y mío era sobre el patrimonio arquitectónico y urbano de La Habana Vieja (investigaciones, inventarios, etc.). Era un trabajo apasionante que me interesaba mucho, estrechamente vinculado con la Arqueología colonial, pero el hecho de conocer casi a diario las vetustas mansiones coloniales, el mobiliario, la historia intangible que atesoraba cada una de ellas era también algo que me animaba y satisfacía mucho. Igualmente trabajar con profesionales muy reconocidos que convertían ruinas en museos o recuperaban elementos perdidos o transformados; era grandioso. Entre ellos se encontraban los arquitectos Fernando López y Daniel Taboada y el historiador Pedro Herrera, después continuaron otros: Carlos Dunn, Nelson Melero, Elena Jankoska, mas era significativo el trabajo que ya realizaba Eusebio Leal. El departamento nuestro radicaba en el Castillo de la Fuerza, y en los almacenes existían cajas con evidencias arqueológicas de inmuebles de la Plaza de Armas, que siempre nos habían interesado.
Estos compañeros del curso fueron en muchos casos los arqueólogos que después llevaron adelante la investigación en el país, gente muy capaz. En aquellos tiempos participé en la 1ra. Jornada Nacional de Arqueología que se realizó en Banes. A ella asistieron los principales arqueólogos cubanos, como Rivero de la Calle, Martínez Arango; estaba Orencio Miguel y debe haber estado Pepito (José A. García Castañeda).
 -¿Cuéntanos de tu inicio en la arqueología colonial?
Lo primero que conocí fueron algunos trabajos de Eladio Elso sobre elementos arquitectónicos, dibujos de él, como por ejemplo bocallaves, y también en una visita lo que había hecho en la iglesia de Santa María del Rosario donde él había trabajado cuando su restauración. Me vinculé más a fondo en esta arqueología junto al arqueólogo Rodolfo Payarés, quien después de trabajar en la ACC ocupó el cargo de jefe del Departamento de Monumentos. Con él, Valdés Pino (otro arqueólogo) y Jorge Calvera participé durante un mes en una excavación en El Chorrito, Nuevitas, buscando el lugar donde se fundó Camagϋey. En el 1977 estuve en la excavación que se realizó en el ingenio Triunvirato en Matanzas, allí fundamentalmente descubrimos las estructuras de edificios del ingenio en ruinas. Hoy aquello es un museo. Nunca participé en excavaciones en La Habana.
  -¿Cómo te vinculaste con la arqueología en Holguín?
Fue a través de mi trabajo en Patrimonio y siempre con ese interés: trabajé junto a Hiram Pérez en la Casa Natal de Calixto García, en la búsqueda de elementos originales perdidos o transformados cuando la restauración; en la Casa del Teniente Gobernador, con Roxana Pedroso, del Departamento Centro Oriental de Arqueología, con la finalidad de encontrar evidencias para el futuro museo que se instalaría en el inmueble, y en Loma de Hierro, cuando el sitio fue declarado Monumento Nacional. Aquí trabajé sola como arqueóloga con la pequeña brigada de restauración y apliqué la misma metodología que en Triunvirato, para sacar a la luz los cimientos del fuerte, el cual había sido trabajado antes por Guarch. Yo lo estudié bibliográficamente primero y me percaté de que la tipología arquitectónica y sobre todo el sistema constructivo eran similares a los existentes en el sistema defensivo Holguín-Gibara; logramos rescatar algunos elementos de los cimientos y muros, incluso una buena parte de uno de los lados salió cuando se limpió el foso. Con los objetos que obtuvimos en esta excavación, más donaciones de los vecinos de la zona, montamos un pequeño museo de sitio en la escuelita que se encuentra dentro del área histórica, el cual se completó con un mural de cerámica ilustrativo del lugar y pormenores de la toma del fortín.
Más tarde a finales de los 90 trabajé con Juan Jardines Macías y Manuel Garit en la excavación en la Catedral de la ciudad. También participó César Rodríguez en el estudio de las osamentas del cementerio de la iglesia. Años después me involucré de nuevo con Jardines en trabajos arqueológicos en la Casa del Casa del Teniente Gobernador y en dos casas más cercanas a la Plaza de la Parroquial, actual parque Julio Grave de Peralta.
 -¿Cuál fue tu labor en la investigación de la Casa del Teniente      Gobernador?
 Aunque todos los días acudí a la excavación, me dediqué a la búsqueda documental y a entrevistar antiguos moradores, pues si interesante era descubrir elementos arquitectónicos y evidencias de la vida transcurrida en aquel sitio, también lo era saber de quién era la casa (que se desconocía), qué lugar ocupaban en la sociedad de entonces sus dueños, si tenían bienes, esclavos, etc. También se necesitaba saber la localización de la misma respecto al tejido urbano, qué significaba en el Holguín temprano, particularmente hallándose algo alejada de la Parroquial.
Las evidencias arqueológicas arrojaron datos del modo de vida del siglo XVIII holguinero, con la salvedad de que a la mayor profundidad aparecieron fragmentos de cerámica de apariencia aborigen, fechadas por estudios comparativos a mediados del siglo XVII, lo cual resultó un significativo aporte del estudio. Se rescataron elementos arquitectónicos y constructivos del inmueble: nivel de piso, vanos abiertos con posterioridad a la construcción del inmueble, inscripción en uno de los cuadrales del dormitorio, tal parece que por el  maestro carpintero que elaboró y pintó el falso techo, etc.
 -¿Qué aporte dio a la historia de Holguín el trabajo en la iglesia de San Isidoro?
 Se hizo una reconstrucción del espacio urbano mediante el primer plano que se conoce de Holguín (de 1737), el cual fue estudiado y llevado de varas castellanas a metros. Eso nos permitió conocer dónde estaba exactamente la primitiva iglesia que había sido cementerio, y el espacio que ocupaba respecto a la iglesia actual, los puntos exactos donde se estaba excavando, si era atrio o un sitio interior del templo, etc.
Con ello se enriqueció la historia de la ciudad en sus inicios, la cual estaba llena de datos falsos. Estos partían de decir que la capilla de la Virgen del Rosario, actual del Santísimo (hacia la derecha entrando) era el área más antigua de la iglesia, que ese inmueble había sido el único existente, etc. Nosotros descubrimos que hubo más de una iglesia, corroboramos los datos que da el obispo Morell de Santa Cruz, y hallamos que la parte más antigua correspondía a la iglesia primitiva que se ubicaba en lo que hoy es la entrada y parte de la calle Libertad
Además, se trabajó con los libros de la iglesia y se pudo reconstruir el cementero interior. Se conoció quiénes eran los propietarios de los tramos más caros, o sea, las familias pudientes, y, además, que en el interior de los tramos estaban enterrados negros, posiblemente libres.
 -¿Cómo ves la relación arqueología e historia?
Es un nexo clave. Considero que el estudio interdisciplinario es de suma importancia, por lo cual, en mi caso, ha sido realmente satisfactorio el poder trabajar un tema desde distintas aristas. Este método fue el que utilizamos en la investigación realizada sobre el camino de la Virgen de la Caridad con el arqueólogo Roberto Valcárcel Rojas y el ingeniero Miguel Ángel Urbina. En este caso se aplicaron distintas técnicas (etnografía, arqueología, historia, geografía...) y creo que logramos un resultado que superó las expectativas.
 -¿Qué piensas de la colección arqueológica García Feria?
No la conozco bien, pero sí es importante recordar el impacto que tuvo en la Cuba de antes de la Revolución, donde estaba expuesta en un pequeño museo que fue visitado por diversos intelectuales, entre ellos importantes arqueólogos cubanos y extranjeros y personalidades de la cultura y políticos, así como  estudiantes y pueblo en general. Considero que fue un error de la Academia de Ciencias en aquellos años haberla disgregado en vez de haber organizado el museo en un local propio para el mejor desarrollo y control de la institución, más cuando estaba inventariada y catalogada. Lo poco que hay en Holguín de ella es muy interesante.
En el caso de nuestra provincia se debe reconocer también la colección del banense Orencio Miguel, de ahí nació un museo tan importante como el Baní. Otra personalidad de la Arqueología prerrevolucionaria en el territorio  fue Alejandro Reyes Atencio, quien trabajó en Antilla y tuvo también su pequeña exposición, parte de la cual se exhibe en el Museo Municipal. En él se presentan los ídolos Taguabo y Maicabó. Sobre estos se dio un sincretismo religioso que derivó en todo un culto local, considerándolos como Dios de la Lluvia al primero y Dios de la Seca al segundo, vinculándolos con la Virgen de la Caridad. Se les hacían rezos católicos mientras los sacaban en procesión para provocar la lluvia, de la cual carecía la ciudad de Antilla.
  -¿Cuál es tu criterio sobre la obra de Guarch Delmonte?
Considero que fue el más brillante de los arqueólogos de su generación. Su carácter lo ayudó a superarse, a publicar, a hacer periodizaciones de carácter nacional, pero también a proponer ideas muy arriesgadas que no dependían solo de la arqueología para ser verificadas; para ello se debía partir de varias fuentes y disciplinas.
Realizó trabajos excelentes para el momento en que los hizo, como el estudio sobre el taíno de Cuba, y la excavación en El Chorro de Maíta, donde además gestó un museo in situ. Los resultados sobre la historia del lugar, que ha arrojado la nueva investigación dirigida por el arqueólogo Roberto Valcárcel Rojas, dan una visión diferente, pero no demeritan lo realizado por Guarch, pues los conocimientos científicos existentes entonces hasta ahí llegaban.
Creo también que la Arqueología cubana ganó un espacio internacional gracias a él, un hombre de grandes aspiraciones, muy organizado y exigente, y de una presencia llamativa y verbo que convencía. Esto le valió para imponerse y lograr éxitos, aunque también oponentes, porque no todo el que le rodeaba pensaba como él. Era alguien controversial, pero logró que la arqueología en Holguín, que ya tenía su tradición propia, ocupara un espacio nacional al organizar el Departamento de Arqueología y preparar personal calificado, a lo cual se dedicó desde el año 1977, cuando se mudó a esta ciudad.
-¿Qué papel tuvo Caridad Rodríguez en los trabajos de Guarch?
Cacha lo apoyó mucho. Conociéndola a ella de cerca (he tenido oportunidad de hacer algunas cosas con ella), me he dado cuenta de que fue valiosa para él, que muchas de las ideas en las que trabajaron pueden haber partido de ella; además, ella le ilustró sus trabajos y realizó maquetas, reproducciones, restauraciones, etc. para museos y ambientaciones, como el museo del Capitolio, en la sede de la Academia de Ciencias, y el de El Chorro de Maíta, en los que demostró creatividad e iniciativa. Eran una pareja, pero ella tiene su propia obra.
-Estuviste siempre cerca de la arqueología pero hiciste tu obra como historiadora. ¿Por qué esta elección?
Siempre me ha gustado la arqueología y he tenido conciencia de cuánto puede aportar al conocimiento del pasado. No obstante, el entorno donde estudié Historia y donde comencé a trabajar, en La Habana, era tan positivo y de un nivel académico tan alto que quedé completamente involucrada y fascinada con mi trabajo, con la arquitectura, los monumentos, las fortificaciones. Allí aprendí mucho y se perfiló totalmente mi línea de trabajo. Desde el punto de vista de mis investigaciones, cuando el trabajo lo requiere, parto siempre del dato arqueológico. En el libro Estampas holguineras, realizado junto a la colega Enriqueta Campano en el año 1992, reconozco que las bases de la cultura holguinera tienen varios milenios de antigüedad, o sea, estoy dándole el espacio que le corresponde al legado de los primeros hombres que habitaron el territorio provincial, y así lo hago en otras obras. Esto es imprescindible para definir nuestra identidad y la contribución del indio en ella. De cualquier modo guardo un aprecio profundo por la arqueología y los arqueólogos y creo que en estos años, investigando los orígenes de Holguín, he vuelto a sentir que eso no se puede hacer sin ellos y, por supuesto, estoy  contenta de haber tenido la oportunidad de pasar aquel curso, ir a las excavaciones y tener tantos buenos colegas en ese campo.


















Arqueología en tiempos de Revolución
Entrevista a Hiram Pérez Concepción (Mir, 12 de septiembre de 1945). Profesor, museólogo, funcionario político y sobre todo historiador, defensor y promotor incansable de la cultura y el patrimonio holguinero. Actualmente dirige la Oficina de Monumentos y preside la Comisión Provincial de Monumentos y la Unión de Historiadores en la provincia de Holguín

-¿Cómo se inicia tu interés por la arqueología?
Siendo yo profesor de Historia en la secundaria básica José Martí en los años 1968–1969, me empezó a interesar más el tema de la investigación histórica y arqueológica, por lecturas y por vínculos con otros compañeros. Pienso que este interés no comenzó de momento, estando de profesor, sino que es algo que venía de antes, de mi niñez y de la influencia de mi familia, sobre todo de mi padre, que sin grado académico, era un embarcador de plátanos en Mir, leía mucho, nos hablaba de la historia, de personajes históricos de la Biblia. También la influencia de la historia de los lugares donde nací (Mir) y donde viví la niñez y parte de la juventud (Barajagua). Dos lugares con una rica historia, vinculados a hechos de la historia nacional como Mala Noche, donde los holguineros se alzaron en la guerra del 95 y donde Maceo organizó el Estado Mayor de la Invasión, y Barajagua, sede de un sitio  aborigen, de luchas campesinas, vinculado a la Virgen de la Caridad, la patrona de Cuba.
También influyeron las relaciones con José A. García Castañeda, que fue nuestro profesor en el preuniversitario Enrique José Varona y el que me casó con Georgelina Miranda. Fue mi profesor, mi amigo, compañero y subordinado. Su influencia fue muy importante, fue como un detonador. También fue  importante la relación con Francisco García Benítez, periodista e historiador. Muy amigo de nuestra familia, sobre todo de mi hermano Hernán. Estos son los factores que me impulsaron a crear un grupo de aficionados a las ciencias, que abarcaba varias disciplinas, no solo la arqueología. Le pusimos Grupo Científico de Holguín García Feria, como aspiración de lo que queríamos ser algún día y en honor a Eduardo García Feria, padre de Pepito García Castañeda.
El Grupo de Jóvenes Arqueólogos Aficionados nos precedió en estos intereses; lo integraron compañeros muy valiosos que tuvieron un desempeño importante bajo la dirección de Milton Pino. Recuerdo algunos nombres como Pedro Pérez Hernández, Arturo Pérez, Austrialberto Garcés Gómez, Vinicio Ferrán, Eduardo Solana, Miguel Céspedes, Ramón Guerrero Mastrapa, Marcelo Pino. Entre sus principales logros está la creación del Museo Guamá, primer museo público de Holguín. Se vincularon con la recién creada Academia de Ciencias de Cuba. El nombre verdadero era Asociación de Jóvenes Arqueólogos Aficionados y fue creada en la década del 50 y realizaron actividades de arqueología y espeleología. Fue con el triunfo de la Revolución cuando pudieron crear el Museo Guamá inaugurado el 22 de julio de 1964.
Debo decirte que Pedro Pérez Hernández fue estudiante de la secundaria básica Juan José Fornet, estábamos juntos ahí. Pedro estaba un año antes que yo y era miembro de los Jóvenes Arqueólogos, que presidía Milton Pino Rodríguez. Milton se va para La Habana a trabajar en la Academia de Ciencias y quedó como jefe otro compañero que le decían Pepe. Había otros compañeros, los hermanos Solana, Austrialberto Garcés, Miguel Céspedes; a través de Pedro yo me comienzo a vincular con ese grupo, pero manteníamos nuestro propio grupo. Pedro Pérez Hernández fue como un enlace con el grupo de Jóvenes Arqueólogos, él se vinculó con los dos grupos. Había otros compañeros, los hermanos Solana, Austrialberto Garcés. A través de Pedro yo me empiezo a vincular, pero decidimos crear nosotros un grupo de jóvenes aficionados a la ciencia, no solo a la arqueología.
Los Jóvenes Arqueólogos en una ocasión me invitaron a visitar el sitio arqueológico El Catuco; no se hizo la excavación en ese momento, pero fue mi primer contacto importante con la arqueología, porque fueron varios miembros del grupo como Pedro Pérez, Eduardo Solana y su hermano, Austrialberto Garcés, Vinicio Ferrás, etc. El Grupo de Jóvenes Arqueólogos se había anquilosado, casi no salía, estaba estancado, estaba muy pasivo, entonces Austrialberto Garcés, que era el organizador del Comité municipal del Partido en Holguín, nos planteó unificar los dos grupos. Yo estuve de acuerdo y lo hacemos y desaparece el Grupo de Jóvenes Arqueólogos. Este dejó de existir y sus miembros pasaron  al Grupo García Feria, aunque ambos grupos llegaron a estar paralelos durante cierto tiempo.
Del otro grupo pasaron Eduardo Solana y su hermano, Marcelo Pino, Pedro Pérez, Arturo Pérez padre, Miguel Céspedes Sánchez. Finalmente el Grupo Científico de Holguín García Feria estuvo integrado por ese grupo y los que ya eran del Grupo García Feria. Wilfredo Martínez (que se incorporó posteriormente), Alfredo Rams, Georgelina Miranda, Ángel López Castillo, Rigoberto González Limiñana, Hernel Pérez, Jesús Novoa, William Corona, Arnoldo Martínez Rojas, Néstor Robert, que era estudiante de la “Martí”, Felipe Rodríguez, los profesores Julián León, Pedro Luis Rodríguez y Oniel Santiesteban, y yo que lo presidía. Así nos fusionamos todos en el Grupo García Feria.
Fuimos a hacer exploraciones arqueológicas a diferentes sitios. Por ejemplo, en el año 1969 del 3 al 10 de agosto fuimos a la zona de Yaguajay Arriba, en Banes; del 17 al 24 de agosto de 1969 fuimos a excavar en el sitio Barajagua, ya como Grupo García Feria. El 2 de enero de 1970 fuimos a la cueva de Quiñones en Banes, el 11 de enero del 70 fuimos a la zona de La Jíquima, en algunas de estas exploraciones nos acompañó Pepito (José A. García Castañeda). El 2 de mayo de 1970 fuimos a las lomas de Cupeycillo, el 7 de junio a la playa Pesquero, el 1 de agosto fuimos a explorar la bahía de Naranjo (ahí estuvimos 25 días); el 9 de febrero de 1971 fuimos a Santa María, en Puerto Padre, del 25 de febrero al 5 de marzo de 1971 estuvimos en la excavación de Aguas Gordas en Banes con la Academia de Ciencias. Fuimos Arnoldo Martínez, Israel Aguilera, Miguel Céspedes, Rigoberto González Limiñana y yo, estaban por la Academia José Manuel Guarch Delmonte, Milton Pino y Jorge Calvera.
Una de las excavaciones más importantes en que participamos fue la de Esterito, Banes. Se hicieron dos trincheras, una cuya excavación dirigió Guarch Delmonte y él me dio la posibilidad de dirigirla del 25 de marzo al 25 de abril. Estuvimos en la excavación Israel, que hizo los dibujos, así como los integrantes de la sección de Arqueología del grupo, Arnoldo, Rony, Alfredo y yo. Ahí me encontré un pendiente de oro, una laminilla con una pequeña perforación, fue muy estimulante que Guarch nos diera la oportunidad de excavar solos, de hacerlo como grupo. Creo que hicimos un buen papel en esa excavación. El 25 de febrero de 1973 estuvimos en Levisa con la Academia de Ciencias y el arqueólogo polaco Janusz Kozlowski; estuvimos Rigoberto González, Arnoldo Martínez y yo. Del 6 al 9 de diciembre del año 1971 se trabajó en los planos de la excavación de los sótanos de la Periquera. De todo esto yo llevaba una libreta de notas, pero se me extravió y ahora no recuerdo todo. También hicimos exploraciones en Majibacoa, nos acompañó Pepito, a El Yayal y Ochile, La Forestal, Pedernales, La Cuaba, Mejías, Pesquero, Tacajó, Alcalá, entre otros sitios.
 -¿Cómo eran las excavaciones que ustedes hacían? ¿Recibieron algún entrenamiento para esto?
Nos basamos en lecturas que hacíamos, en la bibliografía que podíamos conseguir en aquella época. A mí me llegaron folletos de unas excavaciones que se hacían en Brasil. También estaba lo que ya conocían algunos que habían tenido participación en trabajos arqueológicos con la Academia de Ciencias, como eran Pedro Pérez, Arturo Pérez, Miguel Céspedes, etc., y después los vínculos que logramos con Guarch y la Academia de Ciencias. Eso nos fue preparando para hacer excavaciones que fueran controladas, teniendo en cuenta la estratigrafía, llevando registro de la excavación, croquis y planos, conservando las muestras en los bolsos correspondientes. También trajimos en una ocasión a Manuel Rivero de la Calle, que nos dio un curso de Antropología Física; estuvimos en el curso Arnoldo, Ángel López, Rony y yo. Yo no seguí esa línea porque entonces trabajaba en Educación como maestro; esto lo hacíamos en tiempo libre, nos metimos también en el empeño de hacer los museos, y después a mí me pasaron a la tarea de dirigir el movimiento de los activistas de Historia en el Partido Comunista de Cuba (PCC), pero realmente yo sentía mucho interés por la arqueología. Me hubiera gustado haberme desarrollado y lo intenté, hice resistencia al cambio, pero el Partido insistió y me pasaron al trabajo político y esto no me dejó tiempo para esta labor.
  -¿Qué se hacía con los materiales arqueológicos que se obtenían en las excavaciones?
Se guardaban en el Museo de Historia en La Periquera, que comenzamos a crearlo en octubre de 1969, restaurando el inmueble y a la vez formando los fondos con donaciones, búsqueda de exponentes, información, preparando el personal, etc. Se inauguró la primera parte el 25 de julio de 1976. Antes de la fundación del Museo La Periquera lo guardábamos en la sede del Grupo, es decir, en el Museo de Historia Natural Carlos de la Torre, inaugurado el 31 de marzo de 1969. Ambos museos son frutos del trabajo del Grupo García Feria junto al Movimiento de Activistas de Historia.
Antes de la Revolución había aficionados como los Boy Scouts de Banes y Antilla. ¿Ustedes llegaron a establecer vínculos con ellos o con gente que había estado con ellos, o con los coleccionistas como Orencio Miguel?
No mantuvimos vínculos con ellos, pero sí con Orencio en un trabajo orientado por la Academia de Ciencias de señalización de los sitios arqueológicos. También recuerdo algunas relaciones de trabajo con grupos en Gibara y Báguano que surgieron posteriormente.
-¿Las concepciones de Pepito predominaban en el grupo de arqueología?
Pepito asesoraba, aportaba sus conocimientos, su experiencia, pero no imponía sus criterios. Guarch influyó y nos ayudó mucho. Había un nexo mutuo con este último, ya que el grupo  se había dado a conocer y nosotros le servíamos de apoyo, teníamos relaciones con las autoridades del territorio. El soporte material venia del  Gobierno, el PCC nos apoyaba, principalmente Miguel Cano Blanco, aunque no se le pagaba a los integrantes por hacer arqueología. Todo lo apoyaba el Partido, si era en la costa coordinábamos con la gente de tropas guardafronteras, y si era en otro sitio con las autoridades más próximas. El Gobierno nos daba arroz, frijoles, pasta cubana, carne rusa, que era mucha en aquellos tiempos. Cuando la gente salía al campo le dábamos pasta cubana, una lata de carne rusa y pan y ya tenía el almuerzo, no tenían que cocinar. Las excavaciones arqueológicas las hacíamos como habíamos leído en los textos y nos habían explicado, se hacían las trincheras, se cuadraba con el hilo, buscábamos los instrumentos más adecuados, cucharas de albañiles, media luna, tratábamos de hacerlo todo del modo más serio, llevábamos  libreta de notas, bolsos para guardar las muestras, cintas métricas. Israel hacía los planos, era meticuloso, Arnoldo las fotos; los que más trabajamos en Arqueología fuimos Arnoldo, Israel y Rony, también colaboraron Alfredo Rams y Roberto Campani.
-¿Qué era el Museo Guamá y cómo se produce su disolución?
El Museo Guamá estaba ubicado en la calle Libertad esquina a Aguilera, era un pequeño local donde funcionó antes del triunfo de la Revolución una colchonera, hoy está el dispensarial. Era un museo general donde había muestras de arqueología, historia, historia natural, etc., algunas importantes piezas colectadas por el grupo de Jóvenes Arqueólogos. Cuando se fusionaron los dos grupos y quedó el Grupo Científico de Holguín García Feria y creamos el Museo de Historia Natural Carlos de la Torre y Huerta, todas las piezas que tenían valor para este museo se llevaron para allá y las de historia y arqueología se conservaron en La Periquera para el futuro Museo de Historia.
-¿La creación del museo de Historia Natural trajo una disminución en el trabajo del Grupo García Feria?
No hubo una disminución de la actividad arqueológica, el grupo tenía secciones de arqueología, historia, historia natural y salíamos en composición completa y trabajamos en todo. Cuando se inició la idea del museo el grupo tuvo que integrarse más al museo. Por ejemplo, la sección de Historia investigaba sobre la historia del lugar donde estábamos explorando, aplicaban encuestas para conocer la historia y las tradiciones, el origen del nombre del lugar, costumbres… no éramos profesionales, éramos gente que estábamos empíricamente tratando de rescatar la memoria. Parte de esas encuestas se divulgaron en un informe que publicamos en el boletín de Historia del Movimiento de Activistas de Historia, que trataba sobre la bahía de Naranjo. Fue un trabajo que redacté y del que no guardo copia.
 El Grupo García Feria fue un factor importante en el desarrollo inicial del Movimiento de Activistas de Historia, en su acción y composición como grupo. También  aportó compañeros que ocuparon responsabilidades, que situaron a Holguín entre las regiones con mejor trabajo en la antigua provincia de Oriente y en el país. Creamos primero el Boletín de Historia y luego la Revista de Historia de Holguín, donde se publicaron artículos sobre arqueología y se dedicaron números completos a la arqueología.
   -¿Castañeda era un individuo con ideas distintas a las que se estaban imponiendo en ese momento, a las ideas de la Revolución?
Pepito no fue un enemigo de la Revolución como algunos extremistas quisieron presentarlo. Él era crítico de la obra de la Revolución, como podemos ser tú y yo, pero no era un enemigo de la Revolución. Todo lo contrario, sabía reconocer lo positivo, los logros de la Revolución. Pepito era un cubano reyoyo que de cualquier cosa hacía un chiste, porque la gente hay que medirla no solo por lo que habla sino por lo que hace, porque cuando Núñez Jiménez vino a pedirle la colección arqueológica él podía negarse y la dio para que la Academia tuviera un fondo arqueológico, la mejor colección arqueológica de Cuba. Además, todo lo que tenía en su casa lo entregó para los Museos de Historia Natural y La Periquera. No solo lo entregó, sino que trabajó consagradamente para hacer los museos. Participó en el Movimiento de Activistas de Historia, en sus concursos, en el salvamento de documentos, etc. Nosotros lo propusimos para que se le entregara el Hacha de Holguín, estaba Cano Blanco y hubo voces que se alzaron contra esa propuesta. Y entonces Cano me llamó y yo le dije: vamos a poner en la balanza lo que dicen que él habla y lo que él ha hecho y Cano lo comprendió y se  aprobó la propuesta. Él hacía chistes de la mujer, de los hijos, él hacía chistes de mí y yo considero que era mi amigo. Yo lo mido por como él se consagró para mantener los museos, como era como profesor, transmitiendo conocimientos, ejemplo, desarrollando en los estudiantes el interés por la investigación.
 -¿Pero en el medio político de Holguín en esos momentos a él se le consideraba como una persona negativa?
Yo creo que fue un acto de justicia cuando se le entregó el Hacha de Holguín, además no me arrepiento. Yo creo que hicimos lo correcto, él fue uno de los más influyentes en la historia y la cultura de Holguín y también de Cuba. Los revolucionarios no se pueden medir porque griten consignas, sino por la obra científica, cultural, estética y ética que desempeñan en su vida. Cuando falleció el 4 de noviembre de 1982, quien me avisó fue otro de los grandes de la cultura holguinera, Francisco García Benítez, que me dijo: “Hiram, falleció Pepito, que recibió el Hacha de Holguín”, estoy seguro que no nos equivocamos.
-¿Cómo ustedes llegaron a un entendimiento con él, no en la política sino en la edad?
Nos entendimos porque Pepito era un maestro, era un profesor,  un educador. Entre Pepito y nosotros no podía haber una barrera, él fue profesor de algunos de nosotros. Algunos de los miembros del Grupo de Jóvenes Arqueólogos tenían criterios de Pepito, pero era porque no se acercaban a Pepito, de que era muy ácido, de que era muy difícil de tratar, pero para mí la razón de esto fue que no se acercaron a él. Ya anciano llevamos a Pepito a una excavación por Yaguajay, se nos cayó por allá, tuvimos que mandarlo en el camión para Holguín. Pepito nos apoyó en la creación del Museo de Historia Natural y en la creación del Museo La Periquera, la casa natal de Calixto García, la primera sala que se hizo. A Pepito logramos liberarlo de maestro del preuniversitario y lo llevamos como trabajador del Museo de Historia de la Periquera. Era un extraordinario trabajador, consagrado, disciplinado, rápido en lo que se le pedía.
Desde el punto de vista arqueológico Pepito nos ayudó aportando conocimiento de piezas, lugares, información que nos brindó, publicaciones que tenía que nos ofreció, pero él no estaba formado para la arqueología de ahora y del momento ese, que ya surgía. Él no hacía excavaciones estratigráficas teniendo en cuenta todos los requerimientos, porque él no se formó en eso, pero nos dio mucha información de lugares, nos habló de la arqueología de Banes, de los sitios más importantes, más relevantes, de Barajagua, de El Yayal, etc. Nos dio e indicó publicaciones que era importante leer y conocerlas, pero decir que Pepito era un arqueólogo como ya estaban tratando de ser los arqueólogos de la Academia de Ciencias, no, como Guarch con excavaciones controladas, eso no. Pepito no se formó en eso, no era su tiempo.
-¿Cómo surge la idea del Museo de Historia?
La idea surgió del trabajo del Grupo García Feria. En una de las conversaciones que sosteníamos con Pepito de hacer los dos museos (el de Ciencias Naturales y el de Historia), Pepito nos habló de que en varias ocasiones se había intentado que la Periquera se destinara para museo, entonces dijimos: vamos a hacer primero el de Historia Natural y luego el de Historia. Para ese último propósito sí hubo que subir la parada con las autoridades de la región, tuvimos que hablar con el ideológico del Partido en ese momento. Teníamos a nuestro favor que el museo de Historia Natural se había abierto, estaba siendo visitado por las escuelas, era algo que ya tenía un impacto grande en la ciudad. Entonces cuando estamos pidiendo la Periquera estábamos solicitando algo que ya estaba teniendo un resultado, yo estoy convencido de eso, fíjate si es así que nos dan primero una tienda que estaba en los bajos que se llamaba La Periquera (octubre de 1969); cuando yo entré allí estaban todas las vitrinas, todos los paneles, anaqueles, caja fuerte, etc.
El edificio estaba destruido, como edificio patrimonial, los arcos del patio tapiados, las puertas grandes habían desaparecido y los vanos estaban tapiados. Yo entré allí con la hermana de Georgelina que era dibujante y trabajaba en el Instituto Técnico de Holguín y me ayudó a hacer el levantamiento. Entonces empezamos a trabajar con la misma brigada con la que habíamos laborado en la Colonia Española, para el Museo de Historia Natural. Lamentablemente no se ha concluido la restauración del inmueble y aún no se ha montado el museo que ameritan la ciudad y la provincia.
En el guion inicial del museo trabajaron varias personas, el que más aportó fue David Gómez Iglesias, en la parte de arqueología se pidió ayuda a Guarch. Yo te voy a dar un criterio, creo que es bochornoso que aún Holguín no tenga el museo que merece y queremos, pues no hemos logrado que La Periquera sea restaurada en su totalidad y montadas las salas de exposiciones que debe llevar. No se ha llevado una estrategia de cómo hacer el museo, de situar el dinero dándole prioridad al Museo Provincial La Periquera.
 -¿Qué impacto tuvo la inauguración del Museo de Historia Natural para el Grupo Científico García Feria?
Se fortaleció en el sentido de que tiene ya una obra y tiene un local donde funcionar, pues nosotros no teníamos local, habíamos tenido el Guamá, pero hubo que entregarlo cuando nos dieron la Colonia Española para el Museo de Historia Natural. Con la creación del Movimiento de Activistas de Historia y de los Museos de Historia Natural, La Periquera, Casa Natal de Calixto García, etc., y al profesionalizarse el personal de los museos y aparecer otras tareas, el grupo fue perdiendo fuerza. El grupo fue propiciador para crear los museos, para apoyar el desarrollo del Movimiento de Activistas de Historia, pero ya cuando estas estructuras se consolidan, porque ya estas inquietudes del grupo se podían canalizar por otras vías, empieza a perder el protagonismo. La última excavación en que participamos fue en 1973, en Levisa, que fue la más importante porque fue un trabajo de carácter internacional con Kozlowski y la Academia de Ciencias, en uno de los sitios más antiguos de Cuba.
-¿Qué piensas de la sala de Arqueología de La Periquera y de otros museos de arqueología de Holguín?
Creo que la sala de Arqueología que existe actualmente en La Periquera es muy mala, siempre he pensado que esa sala puede ser una de las mejores de Cuba, por las piezas arqueológicas existentes en la provincia. Así lo concebíamos desde 1969 cuando comenzamos a restaurar La Periquera. Igual pienso con el Museo Baní que necesita más espacio para exponer en un montaje atractivo y moderno todo lo que tiene almacenado. Son dos museos que pueden atraer mucho turismo nacional y extranjero.
-¿Qué importancia crees que tiene el Departamento Centro Oriental de Arqueología creado por J. M. Guarch Delmonte, para la provincia de Holguín?
Su importancia es grande. Cuando Guarch decidió mudarse para Holguín y crear el departamento recibió todo el apoyo de nosotros desde el PCC provincial, que vimos la oportunidad de contar con un centro de alto nivel científico y profesional para desarrollar las investigaciones arqueológicas en esta zona del país. Hoy cuenta con un personal altamente calificado. Lo que hizo Guarch y familia de venir de La Habana a Holguín los holguineros deben reconocerlo y agradecerlo, fue un acto muy valiente. Por lo general en el mundo intelectual la gente va de las provincias a la capital pensando que así pueden progresar. Aquí fue al contrario y progresó nuestra cultura.
-¿Cuál fue tu participación en la creación del Museo de El Chorro de Maíta?
Entre el 27 de septiembre de 1986, que se dio a conocer el descubrimiento de los  entierros en el cerro de Yaguajay, y el 1ro. de octubre de 1990, que se inauguró el Museo de El Chorro de Maíta, en Banes, yo ocupé los cargos de jefe de Sección de Historia, jefe del DOR y miembro del Buró Provincial del PCC y con el doctor José Manuel Guarch gestamos la idea de crear el museo que logramos lo financiara inicialmente Cubanacán, como un atractivo para el turismo que ya se fomentaba en Guardalavaca.
Guarch, Cacha y su equipo desempeñaron un papel decisivo desde el punto de vista técnico, metodológico, científico en la creación del museo. Nosotros realizábamos un chequeo de la obra de manera sistemática, primeramente quincenal y luego semanalmente. El arquitecto que hizo el diseño (proyecto) del inmueble fue Sandón. Debo decirte que este fue un objetivo alcanzado a partir de un amplio y profundo estudio que hicimos de las potencialidades que tenía la provincia de Holguín para su desarrollo socioeconómico, pero visto a partir de sus valores históricos, arqueológicos, culturales, geográficos, etc. Para ello creamos una comisión integrada por historiadores, arqueólogos, geógrafos, arquitectos, y después de un minucioso estudio de la provincia se elaboraron dos carpetas con las propuestas, entre las que estaban: restauración del patrimonio construido en Gibara, un parque en el valle de la Masanga, también en Gibara, el monumento en Bariay y el Museo de El Chorro de Maíta, estos dos últimos se pudieron ejecutar con financiamiento de la corporación Cubanacán.
-¿Cómo ves la investigación arqueológica en Holguín y sus retos?
Creo que tiene buena salud, que marcha bien. El Departamento Centro Oriental de Arqueología del CITMA tiene un personal capacitado, de alto nivel científico, vinculado con otros centros científicos en el extranjero que garantizan calidad científica. Este departamento tiene el personal más capacitado para desarrollar la arqueología aborigen e histórica. Tú conoces que la Oficina de Monumentos modestamente viene trabajando en un proyecto denominado Hatos Fundadores, para conocer mejor los orígenes de la ciudad de Holguín; en este sentido podemos hacer una pequeña contribución. También a través de la Filial Provincial de la UNHIC con el doctor Roberto Valcárcel Rojas publicamos una compilación de trabajos con el título Indios en Holguín, que ha alcanzado varios reconocimientos, el último fue el Premio Provincial de la Academia de Ciencias, y hemos colaborado en trabajos de exploración y excavación de sitios cercanos a la ciudad. Los retos son grandes para la investigación arqueológica en la provincia de Holguín, por el potencial existente de sitios arqueológicos y los conocimientos para develar.








Una olvidada incursión en la arqueología
 Entrevista a Oscar Zanetti Lecuona  (La Habana 1946). Uno de los historiadores cubanos de mayor prestigio, especialista en historia económica e historiografía, con  una vasta obra sobre la industria azucarera en Cuba, Puerto Rico y República Dominicana. Muy pocos conocen que en un momento de su formación, como estudiante de la Universidad de La Habana, realizó investigaciones arqueológicas. 

-¿Usted estuvo vinculado a la investigación arqueológica en la Academia de Ciencias? ¿Pensaba hacerse arqueólogo?
Yo estudiaba licenciatura en Historia. Sucede que José Manuel Guarch Delmonte (Chicho), que cursó un año en nuestro mismo grupo, nos propuso a otro compañero y a mí, vincularnos al Departamento de Antropología como becados, por lo cual recibíamos un pequeño estipendio y estábamos comprometidos a trabajar media sesión. Entonces, como ahora, no existía una especialidad universitaria en Arqueología; la formación se adquiría en la práctica y con algunos cursos internos del Departamento.
 En realidad fue una buena experiencia, porque la investigación arqueológica requiere tenacidad. Recuerdo el estudio sobre las evidencias cerámicas del sitio  Arroyo del Palo (Mayarí); nos pasamos meses analizando fragmento por fragmento. Después en la propia Universidad me propusieron trabajar y formarme como profesor de Filosofía, con un salario muy superior y mayores perspectivas intelectuales; abandone entonces la arqueología, aunque ciertamente nunca ha dejado de interesarme.
-¿Desde su posición de estudiante como vio la organización del trabajo arqueológico, particularmente la investigación de campo?
 Fue una experiencia interesantísima, sobre todo la de Esterito, en Banes, que fue la mayor excavación por el método estratigráfico que se había hecho en Cuba hasta ese momento. Como estábamos acampados en el lugar, al borde de la bahía de Banes, al amanecer y el anochecer nos acababan los jejenes. El equipo lo dirigía Guarch, y estábamos Alfredo Fernández y yo, ambos becados, Milton Pino, Higinio Meoque, un par de trabajadores más del Departamento y algún otro, contratado en la localidad. Fue un trabajo bien organizado y realizado; excavamos con pico y pala, recogíamos los restos que iban apareciendo, fijando los estratos de los cuales procedían. En Arroyo del Palo se trató de cateos y actividades complementarias, quizás para familiarizarnos con un lugar cuyas evidencias materiales en ese momento estudiábamos.
-¿Al estar en el sitio Esterito conoció Banes y al arqueólogo banense Orencio Miguel?
     Me parece recordar que lo visitamos brevemente durante nuestras excavaciones en Esterito, que está relativamente cerca de Banes. A quien también tuve oportunidad de conocer fue a García Castañeda, pues Guarch, que lo apreciaba, lo visitó antes de seguir para Banes. Eso lo recuerdo mejor por la impresión que me causó la suerte de casa-museo que había creado su padre --García Feria-- y que él continuó con toda dedicación.
-¿Qué impresión le dio el trabajo de arqueología y como lo ve ahora al cabo de los años, como historiador económico, una especialidad  que utiliza fuentes muy definidas a diferencia de la arqueología donde la imaginación a veces tiene un papel importante?
La arqueología que yo practiqué, en el terreno y en el análisis de las evidencias no daba mucho margen a la imaginación. Esta entraba y entra a desempeñar un papel importante cuando a partir de las evidencias, y otros recursos como las comparaciones etnológicas, se trata de reconstruir el modo de vida de aquellas comunidades. Obviamente en la historia económica los métodos son otros pero tampoco puede prescindirse de la imaginación. Por cierto, entre ambas disciplinas hay un espacio común, la arqueología industrial, muy importante para precisar las características de la pasada cultura material. En nuestro país comienzan a desarrollarse esos trabajos.
-¿Cómo ve la relación arqueología e historia en general y en el caso cubano en particular?
No me atrevería a hablar en sentido general, pero al menos en el caso cubano lamentablemente no ha sido fluida. A ello ha contribuido el hecho de que los historiadores en nuestras investigaciones tradicionalmente hemos descansado casi por completo en la documentación escrita --en años recientes se han incorporado los testimonios orales e imágenes sobre algunos temas--, y tenemos escasa conciencia acerca de la importancia de la cultura material. Por otra parte, los arqueólogos han padecido de un excesivo tecnicismo y un gremialismo a veces animado por cierto espíritu de aldea.
Ciertamente los historiadores desconocen los trabajos de los arqueólogos, principalmente sobre nuestras cultura aborígenes cuya importancia incluso se minimiza a veces por algunos colegas que trabajan el período colonial temprano. Pero no es menos cierto que en sus publicaciones los arqueólogos dedican el mayor espacio a la descripción y análisis de los restos materiales hallados en las excavaciones, y que sus deducciones sobre la significación económica y social de estos a menudo resultan poco convincentes; además de que a los historiadores se nos hacen un tanto bizantinas ciertas controversias de los arqueólogos sobre asuntos de menuda apariencia. El problema se aprecia sobre todo en el área de convergencia tradicional entre los historiadores y los arqueólogos, las culturas aborígenes, la llamada “prehistoria” --término de por si controvertido que se va sustituyendo por el de “historia temprana”--, en cuyo estudio los arqueólogos suelen ser críticos respecto a las incursiones de los historiadores, en buena medida porque consideran que estos no son capaces de evaluar y utilizar acertadamente sus aportes. Cabe esperar que el desarrollo adquirido por otras ramas de la arqueología como la colonial y, más recientemente, el despegue de la industrial, al ampliar el espectro temático de las relaciones probablemente contribuya a armonizarlas.
-¿Cómo cree que la historia de Cuba podría integrar el conocimiento arqueológico sobre un mundo que tuvo 5000 años de existencia antes de Colon?
Me parece que los arqueólogos se están esforzando por comunicarse con un público más amplio que los especialistas o aficionados, al menos esa fue la impresión que me dejó la obra Las comunidades aborígenes en la historia de Cuba auspiciada por el Instituto Cubano de Antropología, la cual me resultó utilísima para la redacción del primer capítulo de una historia mínima de Cuba que me encargaron en México. Esa obra, por cierto, no pude referirla pues me llegó en formato digital y no se hallaba aún “en la red”. Espero que ya se haya publicado. Al mismo tiempo, se va ganando conciencia de la importancia histórica de los ahora llamados “pueblos originarios”, y en el caso cubano ello va impulsando a los historiadores a dedicarles a nuestras culturas aborígenes el espacio que merecen. La historia aborigen resulta sin duda más difícil de integrar si lo que se practica es una historiografía narrativa, de tipo “acontecimiental” --como decían los franceses--, porque la historia de nuestros primeros pobladores no se expresa en “hechos”, sino que requiere captar las características de sociedades cuya evolución es lenta y más difícil de percibir. Creo que es importante también investigar sobre la presencia indígena en la etapa colonial temprana, que a la luz de la evidencias fue bastante más prolongada de lo que se decía.















Los caminos de la arqueología en Cuba y Holguín
Entrevista a Roberto Valcárcel Rojas (Holguín, 12 de noviembre de 1968). Graduado de Historia por la Universidad de Oriente de Santiago de Cuba en 1991 y Doctor en Arqueología por la Universidad de Leiden, Holanda (2012). Trabaja desde 1993 como investigador en el Departamento Centro Oriental de Arqueología en Holguín. Ha dirigido proyectos de investigación tanto en sitios precolombinos como en espacios coloniales.

-Un resultado de investigación que coordinaste junto a un  amplio grupo de expertos cubanos y extranjeros, ganó uno de los premios nacionales de la Academia de Ciencias de Cuba. ¿Qué significa esto para ti?
 Pocas veces los estudios de arqueología ganan estos premios, no porque no sean buenos, sino porque los investigadores no presentan su trabajo o porque se hace difícil conseguir el impacto que se pide. Hay que insistir en esos premios, pues dan la visibilidad que la arqueología necesita para consolidarse en nuestro actual ambiente científico y social. En este caso el premio reconoce el valor de la investigación que ha seguido el Departamento Centro Oriental de Arqueología en este sitio, iniciada por el doctor José Manuel Guarch Delmonte y el equipo de investigación de esta institución. Ellos acumularon muchos de los datos sobre los que hemos vuelto, e incorporamos  nuevas informaciones para reinterpretar el lugar. Nuestra visión ahora es muy diferente, pero crece sobre lo que ellos hicieron. El premio también sirve para agradecer a tantos colegas[29] dentro y fuera de Cuba que participaron en esta aventura académica, y que confiaron en nosotros. Demuestra la capacidad de la arqueología cubana para concretar o involucrarse en proyectos amplios, interinstitucionales y multidisciplinarios, y prueba qué tan lejos podemos llegar desde una investigación seria y cómo podemos cambiar la historia o construir una imagen de momentos o aspectos totalmente desconocidos de esta.
-¿Cómo te acercaste a la arqueología? ¿Cómo se forma un arqueólogo en Cuba?
 Supe que había arqueología en Cuba cuando entré a la universidad.  Allí  estaba interesado en temas de historia antigua y en combinar mis estudios de historia con los de historia del arte… una visión con poco futuro, pues en Santiago de Cuba, en la Universidad de Oriente, se buscaba la especialización en Historia de Cuba. Esta posición algo confusa era el resultado de entrar a estudiar Historia sin mucho interés, más bien movido, de modo muy adolescente, por los temas antiguos que muestran la literatura y el cine; también, sobre todo, porque no tenía las calificaciones necesarias para seguir Arquitectura, que era lo que inicialmente pensaba hacer, e ir a la universidad era la única opción ¨correcta¨ en aquel momento. María Nelsa Trincado dirigía el Museo y el Laboratorio de Arqueología de la Universidad y era todo un símbolo de excelencia académica y rigor profesional, temida y admirada por sus estudiantes; quería reforzar su grupo de trabajo y me convenció de la posibilidad de combinar las cosas que me gustaban desde la arqueología. Que ella te eligiera ya era un elogio, así que hacia el tercer o cuarto año pasé a ser uno de sus alumnos ayudantes y a leer arqueología y participar en trabajos de campo en distintas partes de Santiago de Cuba, Granma y Guantánamo. Tenía excelentes compañeros --todavía sigo escribiendo y trabajando con uno de los más brillantes, Jorge Ulloa Hung--, la aventura extra de los viajes a cuevas, montañas, parajes remotos de Oriente, la posibilidad de aprender de María Nelsa y atisbar cosas del mundo académico e intelectual santiaguero donde ella y sus estudiantes se movían, con Olguita Portuondo, o en la Casa del Caribe, donde estaba Joel James, Jorge Luis Hernández. En fin, era muy bueno cuando aún no se sabe bien qué es lo que uno quiere hacer. Mi tesis fue una caracterización estético formal de asas de vasijas indígenas, en su mayoría de Guantánamo, pertenecientes a la colección Cross. No creo que aún sea un texto de utilidad, excepto por lo que informa sobre la historia de esta colección y ciertos datos de la crónica hispana, pero me obligó a investigar sobre arqueología cubana, leer fuentes etnohistóricas y acercarme a los asuntos de interpretación de imágenes.
Quedé entusiasmado con la iconográfica, la mitología, la semiótica y con las grandes figuras de la arqueología cubana y del Caribe, asuntos que usualmente enganchan a mucha gente. Después de graduarme matriculé Historia del Arte y seguí tres años de la carrera con la ambición de trabajar temas de estética e iconografía relacionados con objetos indígenas, hasta que las carencias del periodo especial  y las dificultades para viajar y permanecer en Santiago me vencieron. Sin embargo, en estos primeros tiempos laborales, como parte del personal del Registro de Bienes Culturales en Holguín, aproveché para visitar todos los museos arqueológicos que pude y pasar tiempo leyendo los papeles de José García Castañeda, textos valiosos que quedaban en su biblioteca y seguir todos los posgrados disponibles. Descubrí a Irving Rouse, en inglés, tan olvidado por nuestra arqueología por política y por ignorancia, y los temas de cerámica arqueológica, que por cierto asumí de modo experimental, pues comencé a hacer cerámica para aprender todo lo que implica esta industria, pero también --como artesano-- para vender a los turistas y tener algo de dinero. Era una combinación increíble de sensación de pérdida, por la falta de futuro que significaba vivir en aquellas durísimas condiciones, y de esfuerzo por encontrar un camino en la vida profesional y personal. Mis padres me sostuvieron ciegamente, como siempre han hecho, porque mi salario de recién graduado no era nada; sin ellos, su confianza, y sin la energía y la inocencia de tener veinte años, no sé qué habría pasado. Muchos de mis compañeros emigraron, gente con deseos de hacer, muy buena y cercana, otros se fueron a trabajar en el turismo, o se perdieron en puestos burocráticos, en alguna pequeña escuela cercana donde se podía ir aguantando, o en lo que pudieron encontrar; mantengo vínculos solo con unos pocos.
Además de esfuerzo tuve la suerte de vivir en la ciudad de Holguín, donde está el Departamento Centro Oriental de Arqueología fundado por José Manuel Guarch Delmonte. La buena recomendación que suponía ser estudiante de María Nelsa y las mismas necesidades de personal del Departamento me dieron la oportunidad de entrar en la institución, parte de la antigua Academia de Ciencias de Cuba, en 1993. Era un ambiente diferente a todo lo que había tenido como experiencia profesional anterior, aun en el contexto de crisis, y viéndolos a ellos, conversando con Guarch, que fue el tutor de mi maestría, o trabajando con investigadores como César Rodríguez Arce, me convencí de que eso era lo que quería hacer. Fueron años donde descubrí la arqueología de ¨verdad¨, al menos para los parámetros cubanos, por el tanteo que da acumular experiencias prácticas, seguir entrenamientos de investigación en el entorno de la Academia, con expertos como Pedro Pablo Godo o Jorge Febles, leer obras internacionales actualizadas, conocer gente que intentaba hacer lo mismo que yo y escribir mucho. Era trabajar todo el tiempo posible y sin mirar a los lados, solo por beneficios intelectuales, como la mayoría de nuestros profesionales de las ciencias sociales. Creo que sigo más o menos igual, solo que ahora tengo la energía extra de que mi esposa y mi hijo me aceptan así y me alientan, algo que no tienen todos mis colegas.
Como ves este es un camino muy personal para hacerse arqueólogo; cada arqueólogo cubano tiene su propia y particular historia. Como no tenemos carrera de Arqueología desde ¨casi nunca¨, los que quieren hacer esto van dando tumbos detrás de una visión o un sueño, en los mejores casos, o llegan a un lugar donde necesitan de alguien que lidie con objetos arqueológicos y toman el puesto y hacen lo que creen o se cree que le corresponde a un arqueólogo. Por tal razón tenemos en Cuba gente increíblemente buena, otros que hacen lo que pueden, y en general una profesión irregular, con muy poco apoyo y, con excepciones, con un mínimo de reconocimiento en tanto no se entiende cuál puede ser su utilidad para un país en permanente pelea con la pobreza y con una historia que para muchos perfectamente se puede seguir con documentos.
He dicho antes que hacer arqueología es un privilegio, entre otras cosas por las experiencias de vida que puedes conseguir. También, en nuestro caso, por las personas que puedes conocer; hay de todo, pero muchos de nuestros arqueólogos son gente muy útil y positiva, ejemplos de inspiración y espíritu que te dejan creer en el lado bueno de las cosas. Recuerdo en pleno período especial, en 1993, a mis colegas del Gabinete de Arqueología en La Habana, Carlos Alberto Hernández y Jorge Brito, regalándome libros y además arroz, para que no pasara tanta hambre en medio de un posgrado que mi amigo Juan Carlos Agüero y yo decidimos pasar en aquellas circunstancias tremendas. Sé de muchas historias similares entre arqueólogos, que aún hoy se repiten. Tengo que pensar en Marcos Labrada, un amigo y arqueólogo holguinero que persiguió y concretó este sueño profesional en las circunstancias más difíciles. Personas así son muy necesarias en estos tiempos donde parece que casi todo, de algún modo, falla.
 -¿Qué significó para ti el doctorado en la Universidad de Leiden?
Cuando obtuve mi doctorado al fin sentí un nivel serio de pertenencia a un entorno académico especializado, me sentí arqueólogo. Antes me veía como un aficionado al tema con ciertos conocimientos y una base universitaria en historia. No creo que muchos de nuestros investigadores que aún no son doctores no sean verdaderos arqueólogos, pero personalmente, algo que se ajusta a mí pues tiene que ver con mi propia experiencia, me sentía poco capacitado para presentarme en entornos académicos internacionales y seguir investigaciones con requerimientos de alto nivel. Por supuesto, un doctorado crea nexos profesionales que te ayudan en tu carrera futura. Ahora tengo acceso a investigadores, instituciones, publicaciones y recursos sin los cuales es difícil un trabajo de impacto; también han cambiado mis metas e intereses y la escala en que estos se mueven. Creo que lograrlo ha sido un esfuerzo grande pero fructífero, especialmente si consideramos que vivo y trabajo fuera de La Habana, y que en general esto supone menos oportunidades y más problemas, además de los que llevamos todos los cubanos que enfrentamos un entorno académico internacional.
Llegué a Leiden, en Holanda, porque conseguí mostrar mi trabajo fuera de Cuba y hacer esto es un consejo que extiendo a otros colegas, aunque ahora casi todo el mundo tiene conciencia del asunto, que sería menos complicado si la interacción académica internacional no se viera con tantos prejuicios por las instituciones cubanas, particularmente en Holguín donde tenemos muchísimas trabas para el trabajo con extranjeros o para viajar fuera de Cuba. El Grupo de Investigaciones del Caribe de Leiden es el más importante en Europa para investigaciones arqueológicas en el área y trabajar con sus integrantes y con su líder, Corinne Hofman, fue y sigue siendo una experiencia muy valiosa. Allí puedes tomar una conferencia con gente famosa, que nunca imaginabas conocer y hacer estudios cuyos límites los ponen tu capacidad de crear. Antes mi trabajo se estructuraba en torno a Holguín y Cuba, a tono con nuestra visión regional, la cual se centra en las Antillas Mayores. En Leiden se ha construido una perspectiva que conecta todo el arco insular, incluyendo las para nosotros lejanas e ignotas Antillas Menores, con el espacio circuncaribe y no ignora incluso zonas más alejadas. Metodológicamente esto se sostiene en un esquema multidisciplinario en continua actualización, que dispone de todos los recursos necesarios y busca permanentemente fuentes de inspiración conceptual a partir de la comparación con otros espacios geográficos y académicos del mundo.
En el camino del doctorado no solo me enfrenté a un gran tema de investigación, del que creo salió una imagen y una experiencia diferente y necesaria para nuestra arqueología e historia (la del mundo de los espacios coloniales tempranos); además, conseguí material para un libro --que es el más importante que he escrito hasta ahora--, mejoré mi fe en lo que hago y construí nuevos lazos caribeños, con colegas puertorriqueños, como Reniel Rodríguez y José Oliver, o con investigadores de otras partes como University College London y The Alabama University, como Jago Cooper, Marcos Martinón Torres y Vernon James Knigth. Son personas, visiones, experiencias que te hacen más fuerte en todos los sentidos, pues la arqueología no se hace en solitario, y que te ayudan a plantearte nuevas preguntas y concebir nuevas respuestas. Lo único que lamento es no poder haberlo hecho antes. Por supuesto, el ritmo de trabajo de una universidad europea es muy diferente a lo que tenemos aquí; allí hago en una semana lo que acá toma dos meses y el intercambio de ideas es intenso y constante. Aquí naufragamos con la burocracia y una casi absoluta falta de recursos, la gente está demasiado cansada con tantas carencias y prohibiciones y con el hecho de que es mucho más conveniente vender pizzas o plátanos en una esquina que estudiar durante años para ganar en un mes lo mismo que esos vendedores, algunas personas de las que no se puede esperar mucho en ningún sentido, en dos días. Por supuesto, este es mi país y crecí con un sentido de relación con su historia que me resulta importante y creo que mis colegas arqueólogos y sus sueños influyen en mí y me ayudan a perseverar, pese a estas condiciones, que se me hacen más evidentes porque las puedo comparar con otras.
 -Existe una expresión de que Holguín y en especial Banes, es una especie de paraíso o capital arqueológica de Cuba. ¿Estamos ante un mito creado por los holguineros o una realidad?
 Es cierta la gran cantidad de sitios arqueológicos en el municipio de Banes, también en el de Mayarí. Sin embargo, el término de capital arqueológica es totalmente relativo y simbólico. Depende de qué parámetros uses para definirlo y del entorno de valor en que tales parámetros sean articulados. Considerando el número de sitios otras regiones de Cuba pueden reclamar esa denominación perfectamente. No obstante, Banes puede alegar aspectos de excepcionalidad que sin dudas prueban su relevancia en el panorama patrimonial y arqueológico cubano y caribeño (el carácter especial de las colecciones del museo Baní, la existencia del museo de sitio El Chorro de Maíta y su carácter único para entender el mundo colonial temprano, etc.). Pudiéramos decir que este análisis no lleva a nada, pues siempre habrá argumentos a favor y en contra; sin embargo, y con esto quiero dejar claro mi compromiso con Banes, en cualquier discusión habrá que considerar la enorme relevancia de este espacio. Para mí Banes es único por la importancia que en la identidad local tienen la arqueología y el pasado indígena de la región, y por su relevancia en la construcción de los diversos esquemas de interpretación arqueológica del universo patrimonial indígena en Cuba.
Más allá del término, que muchos cubanos no holguineros aceptan, particularmente los que visitan Banes y sus museos, es bueno que esta conciencia sobre la importancia de Banes se movilice para proteger un patrimonio arqueológico que pese a ser tan reconocido está muy afectado y en permanente riesgo por diversos factores. Es necesario recordar que estos museos banenses necesitan de restauración y actualización --El Chorro de Maíta hasta hace poco estaba semidestruido-- y que además de su contribución cultural, ofrecen un aporte económico notable por su proximidad a zonas turísticas importantes, lo que debiera tenerse en cuenta al considerar su sostenibilidad. Por otro lado pienso que aún falta mucho por investigar allí y que una tarea clave para que Banes siga siendo un protagonista principal de nuestra arqueología es proteger su patrimonio. La actual expansión agrícola y las construcciones de nuevas casas, las entregas de tierra en usufructo, la falta de información de los poseedores de tierra tanto estatales como privados,  las construcciones en las proximidades de las playas, la emergencia de nuevos ricos que compran propiedades en estos lugares, están haciendo mucho daño a los sitios arqueológicos y no hay capacidades en la arqueología holguinera y cubana ni en el sistema de patrimonio para enfrentar este problema. Por ello creo que es vital informar a la gente de qué se puede y no se puede hacer.
-¿Cómo caracterizarías a la arqueología holguinera?
Actualmente es una disciplina limitada y con pocos recursos, pero tiene la ventaja de ser centrada por una institución local (el Departamento Centro Oriental de Arqueología), que tiene un compromiso profundo con la provincia, cierto reconocimiento que facilita su accionar, y que trabaja en función de temas que responden a preguntas importantes para entender el pasado y la historia de Holguín.
En Holguín la arqueología, desde sus orígenes, ha tenido un fuerte componente local, lo que la ha convertido en una actora natural de las ciencias sociales en la provincia, quizás tan vieja como la investigación histórica. Creo que en cierta medida esto se lo debemos a García Castañeda y su padre y al movimiento de coleccionistas privados y de aficionados; ellos destruían sitios, pero también marcaban el sentimiento de la existencia de un pasado valioso bajo nuestros pies holguineros, banenses, de Antilla, etc. En los años 30 y 40 del siglo XX había coleccionistas privados y grupos de exploradores en muchas partes de Cuba, pero esta área del nororiente de Cuba era de las que más tenía. En otros lugares esto derivó hacia algo meramente comercial o a un accionar aislado, en Holguín ayudó a fomentar el interés por el patrimonio arqueológico y permitió la emergencia de un coleccionista-arqueólogo como José A. García Castañeda, que sin dudas influyó en generaciones posteriores que trataron, localmente, de llevar esto a planos cada vez más institucionalizados. Se construyó una percepción de la arqueología y del patrimonio arqueológico que no existe en la mayor parte de Cuba, quizás porque había una búsqueda identitaria --promovida por García Castañeda-- que reconoció y transformó lo arqueológico --el mundo material indígena, los sitios arqueológicos y la misma práctica de investigación-- en un símbolo, en un motivo de orgullo. Posteriormente investigadores como Hiram Pérez y sus colaboradores le incorporaron apoyo del Estado y con la presencia de Guarch Delmonte y su prestigio académico esto se consolidó en lo investigativo, en lo patrimonial, en lo turístico y fue más reconocido por las instancias de Gobierno.
La arqueología holguinera ha sido una productora de conocimientos, básicamente sobre el mundo precolombino, una disciplina que nucleó a sectores interesados en la cultura, las ciencias sociales y naturales,  aportándoles un derrotero de trabajo. Es una generadora de símbolos de identidad y también es un paradigma de lo que se puede hacer desde una visión local y, sin dudas, es una actora clave de la arqueología cubana actual. Por supuesto, también es una arqueología que se ha beneficiado mucho de la experiencia nacional e internacional; esos arqueólogos han ayudado a acumular datos que permiten tener una visión del pasado precolombino de partes de Holguín, que hacen que la provincia sea importante para entender el caso cubano. Aquí trabajó Irving Rouse, uno de los arqueólogos que han marcado la historia de la investigación en el Caribe, y dejó un texto que promovió el conocimiento de los sitios de la provincia y de las cerámicas cubanas. Los estudios de Janusz Kozlowski y de Jorge Febles sobre los materiales del protoarcaico de Seboruco y Levisa son fundamentales. Muchos arqueólogos importantes pasaron por la provincia y ayudaron a formar los arqueólogos holguineros, habría que pensar en la influencia de Irving Rouse sobre García Castañeda y Orencio Miguel, o en la de Manuel Rivero de la Calle en César Rodríguez Arce, quien enfrentó la excavación y estudio de los restos humanos de El Chorro de Maíta, o la misma labor de Guarch Delmonte, dando clases a los museólogos y profesores, y entrenando arqueólogos.
Es una arqueología que se benefició de lo mejor de la tradición cubana y creó algo cercano a su propia tradición; es notable que en cierto momento muchos municipios llegaron a tener sus grupos de aficionados (Mayarí, Gibara, Antilla, Báguano, Banes, Holguín) y se les ponía mucho cuidado a las salas de arqueología de los museos municipales. Donde  menos lo esperas aparece alguien que trabajó en una excavación y que forma parte de ese grupo grande de admiradores de la arqueología, que de muchas formas han contribuido a impulsarla. García Castañeda era reconocido por su trabajo de descripción de objetos y sitios y por la importancia de su colección; de Holguín salieron expertos como Milton Pino, un investigador fundamental en los estudios arqueozoológicos en Cuba, investigadores que se movían nacionalmente con mucho éxito en diversas especialidades como César Rodríguez, que era antropólogo físico y arqueozoólogo, o especialistas reconocidos como Juan Jardines Macías, Roxana Pedroso y Francisco Escobar. En la provincia se hicieron eventos académicos que involucraron a toda Cuba y grandes excavaciones donde junto a los investigadores holguineros participaron expertos de las principales instituciones del país. Excepto en La Habana, centro natural e histórico de la arqueología cubana, y quizás en Santiago de Cuba, creo que hay pocos lugares donde el movimiento local o regional de investigación lograra una fuerza y un impacto nacional de tanta importancia. Por supuesto es una arqueología con el mismo ritmo teórico y conceptual de la arqueología nacional, con sus mismos problemas, pero en ocasiones con la ventaja que le daba estar lejos de ciertas confrontaciones personales y científicas que se producían en La Habana.
Un elemento interesante es que José Juan Arrom, que hizo su obra en los Estados Unidos y no fue arqueólogo pero sí es el cubano y uno de los expertos más reconocidos internacionalmente en el ámbito de los estudios de mitología indígena antillana, nació en la provincia de Holguín y aquí vio objetos arqueológicos que despertaron su interés en el tema. Sin dudas, el patrimonio tan relevante que existe ha movido el espíritu de muchas personas e influido en la misma conformación de la práctica arqueológica.
 -Junto a Ángela Peña, lograste en el capítulo del libro Historia de Cuba publicado en Archivo General de la Nación de República Dominicana un texto con capacidad de acercamiento a un público más general, sin ceder en la rigurosidad científica. ¿Crees que se pueda generalizar esta forma de escribir y mostrar el resultado de las investigaciones arqueológicas?
 Es posible y muchos autores lo hacen. Diría que es muy necesario, pues constituye uno de los modos de lograr no solo una mejor comprensión del pasado sino un modo de convertirlo, al influir sobre la conciencia colectiva, en una herramienta que perfeccione el presente y que garantice la sostenibilidad de la práctica arqueológica. Si los resultados de la investigación arqueológica no son comprensibles, tampoco se podrá entender el valor de hacer estas investigaciones, de enseñar la disciplina a nivel profesional, de sostener económicamente estos estudios, etc. El asunto, en su conexión con la historia,  también tiene que ver con las limitaciones interpretativas de nuestra arqueología. Muchas veces nos quedamos en trabajos que solo describen objetos y no pueden llegar a la gente que los usó o produjo y a sus circunstancias de vida. Lógicamente estas descripciones de hachas y cerámicas, imprescindibles en ciertas fases del trabajo de investigación, dicen poco a los historiadores que con frecuencia nos ven como una rama menor de la historia o de la historia del arte. Los lenguajes de presentación y los temas para tratar deben elegirse con cuidado pensando en el público y en los contactos disciplinarios que se quieren crear, pero lo que no se puede hacer es pensar que la arqueología crecerá como disciplina escribiendo solo para otros expertos. Hay que buscar no solo un acercamiento más completo a los individuos y sus sociedades, sino un espectro mayor de modos de presentar los datos arqueológicos a fin de reforzar el impacto social de una investigación que nos llevará, y esto no deben olvidarlo los historiadores, a capítulos del pasado no registrados documentalmente y que son tan valiosos como cualquier otro momento para construir una historia integral que supere la ruptura que tradicionalmente se ha impuesto al verlo todo desde el prisma de la llegada-invasión europea.
-Es indiscutible que la arqueología es cara, quizás muy cara en un mundo con una crisis que no acaba de finalizar. Mientras los historiadores con una laptop o un lápiz y un papel pueden llevar a cabo una colosal investigación sin moverse de un archivo o una biblioteca, los arqueólogos necesitan trasladarse a remotos lugares, residir allí durante días, meses o años, con un gasto muy superior. Además, recurrir a técnicas muy caras para demostrar sus teorías. ¿Qué piensas del futuro de la arqueología en los países pobres?
Es un futuro difícil y un reto enorme, donde los arqueólogos y gestores del patrimonio tienen una gran responsabilidad. Sin dudas se perderá mucho del patrimonio y con él lo que representa en términos  de reconocimiento de la historia de la humanidad. Lo veo como una batalla con muchísimos frentes. Los arqueólogos deben demostrar el valor de lo que hacen para ganarse un espacio y a la vez deben buscar apoyos que muchas veces están más allá de su propio país, apelando a intereses académicos externos y a organismos internacionales. Hay que motivar a las comunidades para que estas se sientan conectadas con su patrimonio y a su vez exijan el cuidado y protección de este. Hay que impactar las esferas de Gobierno demostrando que el patrimonio es una herramienta que da cohesión al país, que es un rostro que debe mostrar lo mejor de nosotros y servirnos para interactuar con otros, y que bien manejado puede ser una fuente generadora de ingresos, como está demostrando La Habana Vieja.
Quizás parte de la solución esté en ordenar mejor los pocos recursos disponibles, priorizar las investigaciones de más impacto, los contextos de más valor, dejar libertad a soluciones descentralizadas donde las autoridades locales tengan más capacidad para actuar según sus prioridades, aunque sin olvidar intereses nacionales. Para Cuba el caso de Holguín es un buen ejemplo; la arqueología ha sobrevivido por un conjunto de factores que incluyen su vínculo con la identidad regional, su conexión con las tradiciones de investigación histórica, una relación directa con autoridades políticas y culturales, y un trabajo que logró crear espacios donde se prueba el valor social y económico del patrimonio y de la disciplina arqueológica.
En La Habana Vieja trabajan hoy arqueólogos muy calificados y lo hacen a una escala que ningún otro lugar del país tiene. Esto es excepcional por las mismas características históricas de la ciudad, su importancia como capital nacional y la influencia política y cultural de Eusebio Leal, que dirige todo el proceso. No obstante, resulta una referencia que se pudiera, y ya se está haciendo, seguir en otras partes. La arqueología recibe apoyo allí porque es útil para mejorar el rostro de Cuba; de paso los arqueólogos se benefician porque pueden hacer su trabajo. Hay que lograr que esto se entienda en el resto de la isla.
En ningún otro lugar del Caribe insular creo que hay un sistema de conservación y estudio del patrimonio tan amplio y bien organizado como el de Cuba. Es cierto que se debilita a enorme velocidad, que se trabaja menos y que nuestros museos cada vez están en peores condiciones, pero aún queda una estructura poderosa. También, comparados con otras islas, tenemos una cantidad importante de personas involucradas en la investigación arqueológica y en muchos espacios de gobierno se sigue reconociendo el valor de la historia y la cultura. Estas son bases desde la que se puede crecer y lograr un nuevo comienzo para la arqueología.
-¿Cómo valoras hoy tu libro Banes precolombino, publicado en el 2002?
Fue mi primer libro, un libro basado en mi tesis de maestría y me asombró que le gustara a un jurado de historiadores, que le dieron el Premio de la Ciudad. Lo escribí rápido, analizando los datos sobre Banes generados por la arqueología hasta aquel momento. Creo que como visión de los procesos asociados a la ocupación indígena de ese espacio sigue siendo útil. Hoy me parece algo simple, algunas cosas estaban equivocadas, como ciertos aspectos de la valoración del sitio El Chorro de Maíta, que posteriormente pude estudiar en detalles y rectificar. No obstante, he tenido opiniones muy positivas de colegas cuyo criterio respeto mucho, así que no puedo ignorar las alegrías que me dio ni la energía que saqué de él. También marcó un giro en mis intereses hacia temas de análisis de organización social usando aspectos de cultura material que inicialmente pretendía valorar desde el punto de vista iconográfico. A falta de recursos conceptuales para seguir este enfoque  tuve que buscar una nueva línea de trabajo y empecé a ver en los ídolos y ornamentos indígenas no un medio de interpretación mitológica o de principios shamánicos, sino indicadores de organización y complejización sociopolítica.
-En los últimos años estás empeñado en demostrar lo erróneo del criterio sobre el fin de la cultura aborigen en Cuba. ¿Crees que se ha cambiado la mentalidad sobre ese asunto? ¿Qué estás haciendo sobre este tema?
La sociedad indígena desapareció, eso es claro, pero no desapareció su cultura y los indígenas no murieron todos en unos pocos años del siglo XVI víctimas de la explotación laboral, las matanzas o las enfermedades para quedar excluidos de nuestra conformación nacional. Se integraron de modo continuado durante varios siglos con otros componentes de la población cubana y forman parte del individuo étnicamente diverso que somos hoy. En algunas partes del país ese individuo fenotípicamente puede ser más cercano a rasgos indígenas, como en ciertas áreas de Bayamo o Guantánamo, pero en otras aparentemente se halla ausente, aunque si evaluáramos a nivel genético tales poblaciones, de apariencia muy africana o europea, nos daríamos cuenta --como ha sido comprobado en los últimos años a partir de investigaciones de este tipo-- que tienen componentes indígenas pese a una imagen de blanco, negro, mulato, etc. Comunidades de descendientes aún existen; en Holguín hay que recordar a los habitantes del poblado Los Zaldívar en Fray Benito, cuyas raíces indígenas descubre e investiga el historiador Benedicto Paz.
Culturalmente el indígena sigue presente en nuestra habla, en nuestras leyendas, en la toponimia, en múltiples elementos de la medicina tradicional y en objetos de la cotidianidad cubana --básicamente campesina--, como hamacas, bohíos, etc. Seguimos viviendo en gran parte un paisaje que ellos nos legaron en detalles de sus trasformaciones o manejo.
Esta opinión la comparten muchos especialistas y debe perfeccionarse y ampliarse cuando investiguemos mejor este proceso y los mecanismos que los descendientes de indígenas (catalogados como indios por la nomenclatura colonial) usaron para integrarse en el universo cultural y humano de Cuba, o que usó el poder colonial para invisibilizarlos. Una parte del asunto es entender que se ha levantado una historia que niega y subestima esta presencia y su impacto real en nuestra cultura. Hay una tendencia, nacida en la misma construcción de la conciencia nacional cubana bajo el orden de la oligarquía criolla, donde no hay espacio para el indio; este sigue ausente, aun cuando esta visión es actualizada desde posiciones más progresistas cuando se asume al negro. El indio queda fuera, pues carece de suficiente voz en términos poblacionales y no es relevante para el nuevo discurso político. Se han priorizado las raíces necesarias y aparentemente más relevantes en función de intereses que han ido cambiando con el tiempo y lo indígena ha sido dejado fuera, retomándosele ocasionalmente para modernizar el discurso independentista y nacionalista. Hay aquí una continuidad colonial en la concepción de lo cubano y de nuestra historia, pues al negarse lo indígena, posponerse su estudio y compactar varios milenios de historia precolonial con alguna frase sobre antiguos habitantes y sobre las gestas de Hatuey y Guamá, se perpetúa una visión incompleta de lo que fuimos y somos, falsa en términos históricos y discriminante en términos de etnicidad.
Es por otro lado muy triste que nuestro discurso nacional defienda a los indígenas del resto del continente, pero no le preste interés a esos que aún en la segunda mitad del siglo XIX, en el caso de Holguín, estaban siendo reconocidos como indios. Con esto no pido una ofensiva para crear indígenas y que todo el mundo se sienta indio, sino que meditemos sobre ese componente de nuestra identidad y cultura y no nos conformemos solo con la conveniente idea del indio muerto por culpa del colonizador español. En este último aspecto se debe recordar que si revisamos bien la historia veremos que muchos de los que en el siglo XVIII y XIX acosaron a los pueblos de indios no eran españoles sino criollos.
Los estudios en El Chorro de Maíta demuestran que aún en el siglo XVI, en el entorno de la encomienda, un sistema de trabajo forzado que desarticuló la sociedad indígena y causó gran parte de las muertes, los indígenas encontraron soluciones para sobrevivir y mantener sus  tradiciones y cultura. El estudio sobre la Virgen de la Caridad que hicimos en la zona de Nipe y Barajagua, junto a Ángela Peña y Miguel Ángel Urbina, señala el protagonismo de los indios en los entornos rurales del siglo XVII. Las exploraciones actuales en la zona de Managuaco y Las Cuevas que he realizado en colaboración con Ángela Peña y los colegas de la Oficina de Monumentos, a pocos kilómetros de la ciudad de Holguín, indican que había  descendientes de indígenas allí, como señalan los documentos históricos en el siglo XVIII para la jurisdicción holguinera. Si miramos otros espacios cubanos como Trinidad, Sancti Spíritus, Camagüey, Bayamo, incluso La Habana, vamos a encontrar cosas parecidas. La arqueología está conectándose con la historia para ir completando un escenario que es muy distinto al que promueve la historia tradicional. No pretendemos hallar indígenas desnudos, con pinturas corporales y azagayas en el siglo XIX, pero sus descendientes, gente con y sin conciencia de sus ancestros aunque portando sus genes y su cultura, estaban allí y siguen estando. Me he referido a los que podríamos considerar los descendientes de indígenas radicados en Cuba, pero el indio también debe verse en relación con un continuado proceso de entrada de indígenas de diversas partes de América, que se documenta hasta el siglo XIX. Este otro fenómeno, que completa la diversidad étnica del indio como categoría colonial, no puede ser obviado para entender dicha problemática.
Actualmente hago mi posdoctorado dentro del proyecto NEXUS 1492, que desarrollan varias universidades europeas, entre ellas la de Leiden, y que estudia el proceso de interacción entre las sociedades indígenas del Caribe y los europeos así como el impacto a largo plazo de este proceso en la región. Por su amplitud, diversidad de temas, enfoques, espacios de trabajo, expertos involucrados, recursos, NEXUS es un esfuerzo y una oportunidad única, con enormes capacidades para revisar las circunstancias de la conquista y la colonización, el lado indígena de los acontecimientos; para acercarnos al legado indígena, que por supuesto incluye al indio como uno de sus actores y portadores. Concretamente estoy investigando esta categoría colonial en Cuba, a través de la combinación de arqueología e historia y he podido obtener, gracias al apoyo de la Universidad de Leiden y de NEXUS, documentos valiosos que nos permiten seguir al indio desde el siglo XVI al XVIII. Creo que en el caso de Holguín podremos establecer una secuencia documental que nos lleve hasta sus descendientes actuales, gente que quizás no tiene la menor idea de sus ancestros y que aun así, posiblemente mantiene tradiciones que vienen de estos. Hemos revisado varias colecciones arqueológicas para proponer una nueva interpretación de estos materiales en función de entender la vida del siglo XVI y XVII, y también vamos a excavar varios sitios para ver la transformación de los descendientes de indígenas en indios al producirse su ajuste al entorno colonial. Queremos en este caso ver cuáles son sus espacios de vida, las tradiciones y prácticas que se mantienen y las que se pierden, su relación con otros actores de estas distintas épocas, entre otros muchos asuntos. Hay dos proyectos del DCOA que dirijo, Cultura material en entornos de interacción indohispana e Indios en la provincia de Holguín, que se tienen la  colaboración de Leiden y NEXUS en el tratamiento de estos temas.
-¿Existe en estos momentos un interés por la arqueología, hay un lector de obras de carácter arqueológico sin ser un especialista?
He tenido la experiencia de jóvenes que me preguntan cómo pueden estudiar arqueología, dónde encontrar libros y revistas para saber sobre el tema. La gente llega al DCOA buscando información y los amigos me piden que les confirme si lo que sale en Discovery Chanel es cierto. En algunos países del mundo la arqueología es una profesión popular, pues conecta aventura, ciencia, misterio, descubrimiento, antigüedad; vemos a diario cómo ciertos programas televisivos explotan estos elementos. La capacidad de ir a lo desconocido y de hallar cosas, la curiosidad humana, tiene una gran oportunidad en la arqueología. No hay historias malas en estas circunstancias; siempre se dice que nuestro universo indígena no tenía templos o grandes tumbas y que esto hace imposible captar el interés de la gente; sin embargo, Guarch Delmonte demostró cómo hacer ambientes interesantes y atractivos en la aldea de Yaguajay o en el parque Bariay, y todavía las historias del Taguabo y Maicabó se escuchan en Antilla y siguen emocionando a la gente con su mezcla de espíritus indígenas y cuevas donde se revelan secretos. Eso se puede contar si se sabe cómo hacerlo y seguro que alguien querrá escucharlo o leerlo. Existe el lector potencial, pero no hay escritores suficientemente informados y pocos arqueólogos pueden conseguir el tono literario que se requiere. Fuera de Cuba tenemos ejemplos clásicos como el libro Dioses, tumbas y sabios, Alexandro, etc.; en el Caribe un caso muy interesante, recientemente valorado por Teresa Zaldívar (directora del Museo El Chorro de Maíta) en su tesis de maestría, es el del escritor dominicano Marcio Veloz Maggiolo, que narra en algunas de su novelas y cuentos, detalles de su muy brillante carrera como arqueólogo.
-¿Al cabo de los años cómo ves la labor arqueológica de Guarch, de José García Castañeda y María Nelsa Trincado?
Descubrí a José García Castañeda a través de su biblioteca y si él se leyó los libros que tenía allí hay un Pepito que no conocemos. Hay que respetar a los actores de la arqueología prerrevolucionaria. Con la institucionalización de la arqueología en Cuba, en 1962, esta adquirió un espacio y una visibilidad que no poseía antes. Hay un mundo previo de gente que se dividía entre la profesión que le pagaba el día a día y aquella que movía su espíritu; hoy a veces tenemos que hacer eso, pero en aquellos tiempos era lo común. Había una vocación de investigación que en el caso de García Castañeda se conectaba con un interés de superación cívica de la sociedad holguinera, que no podemos ignorar ni dejar de elogiar. Fue un pionero en buscar el impacto social de la arqueología y consiguió, más que cualquier coleccionista de la época, hacer de esa cultura material a la que él y su padre dedicaron tanto tiempo, un objeto permanente de investigación cuyos resultados divulgaba a través de notas, folletos, artículos. Gracias a esas notas nosotros y los arqueólogos que nos precedieron tenemos información de sitios o áreas de sitios hoy destruidos, o podemos seguir opiniones que dan claves para entender tales espacios. Fue un individuo complejo en términos personales y por sus opiniones políticas, que algunos arqueólogos no aceptaron, pero su trabajo trascendió y es absurdo ignorarlo.
María Nelsa representa una línea de pensamiento y práctica de la arqueología muy poco conocida. Su profesor Felipe Martinez Arango vivió en México y allí se relacionó con la arqueología de este país y trajo algo de sus métodos. Ellos aplicaron análisis de estudios cerámicos que seguían lo que proponía Irving Rouse (norteamericano y normativista, pero a la vez un líder en temas de investigación cerámica mundial y uno de los padres de la arqueología caribeña), en un momento en que la arqueología cubana se enfocaba en seguir comportamientos económicos a tono con una reflexión propia del materialismo histórico, o seguía patrones de  escuelas del campo socialista y de un marxismo bastante cerrado. Por otro lado, María Nelsa cultivó el vínculo con la arqueología social latinoamericana, una corriente de investigación alineada con las ideas marxistas, pero descalificada en ese momento por la visión más ortodoxa de la arqueología cubana. Esto supone que estaba algo sola en el panorama arqueológico nacional, pero de cualquier modo, con una personalidad fuerte y como profesora de Historiografía cubana, Prehistoria y con un conocimiento profundo de historia del Caribe y temas de antropología, capaz de vincular esto con la arqueología, era una persona difícil de cuestionar. No publicó mucho y lo que dejó se debería leer más, tanto por los datos que recoge como por la inspiración que brinda. Es un ejemplo importante del valor de conectar arqueología e historia, algo que los que fuimos sus estudiantes intentamos seguir haciendo. Fue una suerte haberla encontrado y es triste que no pudiéramos aprovechar a fondo todo lo que podía aportar, pues le quedó mucho por hacer y enseñar.
Cuando conocí a Guarch estaba próximo al retiro, pero aun así me dio todo su apoyo. Para muchos era un investigador autoritario y acostumbrado a imponer sus ideas y su modo de hacer las cosas, que no admitía competencia. Los que habían trabajado con él no olvidaban esto, aunque era difícil ignorar sus muchos méritos académicos. Creo que es uno de los investigadores más brillantes e importantes en la historia de la arqueología cubana y alguien que veía la disciplina desde una perspectiva moderna, conectando con igual excelencia la parte más académica con los aspectos de impacto social o significación económica. Su pensamiento era muy dialéctico, pasó por el marxismo dogmático y politizado de los años 70 y 80 pero supo aprovechar cosas del normativismo norteamericano y aspectos interesantes de la escuela soviética, y en los años 90 estaba buscando una nueva visión, interesado en nuevos conceptos y en los detalles del avance de la arqueología social en el Caribe. En mi tesis de maestría me dio toda la información que necesité, mucha inspiración y toda la libertad posible para escribir.
-¿Cuáles son las prioridades de la arqueología cubana y holguinera de hoy?
      Debemos mejorar la conexión con el sistema de manejo del patrimonio y a través de este, y de cualquier mecanismo disponible, promover a nivel de nuestra legislación nacional medidas que lo protejan mejor y definan la necesidad del trabajo arqueológico. Hay que crear y justificar trabajo para los arqueólogos; se debe hacer digno en términos salariales un trabajo que es difícil y en ocasiones peligroso. A más largo plazo hay que mejorar la formación profesional, actualizar los métodos de trabajo, lograr el pensamiento y el debate teórico, y seguir buscando el establecimiento de una carrera y nuestra propia escuela, así como la organización nacional de la disciplina y su práctica; conseguir  acceso a fondos internacionales e insertarnos realmente en los circuitos académicos mundiales. También luchar porque se haga menos difícil la cooperación internacional y los trabajos conjuntos en Cuba. La burocracia que prefiere no hacer en vez de buscar soluciones, y los prejuicios políticos que estigmatizan los estudios fuera del país o hacen tremendamente difíciles los trabajos de campo con académicos extranjeros, o el uso de fondos internacionales, deben cesar. Siempre habrá gente con visión colonial en los ambientes académicos internacionales; ellos subestiman o ignoran el trabajo local o lo asumen como una simple fuente de datos primarios. Pero muchos realmente tienen deseos de ayudar y aprender.
En Holguín, en el DCOA, nos afecta la falta de personal y el envejecimiento de los investigadores. Muchos se retiraron, otros murieron y también tenemos que un número importante de los mejores arqueólogos cubanos han emigrado y desde los lugares donde residen no han podido volver a involucrarse en la arqueología de Cuba, aunque algunos lo quisieran. De hecho, creo que hay más restricciones en Cuba para que esos investigadores que residen fuera puedan trabajar o colaborar con sus colegas de la isla que para los mismos extranjeros.
En nuestro grupo se ha perdido mucho de la energía de la juventud y enfrentamos todas las complicaciones familiares y económicas al unísono. Han entrado pocos jóvenes al Departamento y se debe hacer un gran esfuerzo  para capacitarlos. Tenemos dificultades para conseguir recursos para los proyectos de investigación y trabajos de campo; hay falta de equipamiento y de condiciones adecuadas para el trabajo. Hemos perdido visibilidad al quedar dentro de un centro del Ministerio de Ciencias, Tecnología y Medio Ambiente (el Centro de Investigaciones y Servicios Ambientales y Tecnológicos, el CISAT) que tiene diversos intereses de trabajo y donde los pocos recursos disponibles deben distribuirse entre muchos, aunque debo reconocer que todo el CISAT ve en nuestro departamento una fuente de inspiración y reconoce nuestros logros y esfuerzos. Ha sido un panorama complejo que hemos podido enfrentar en gran parte gracias a la notable labor de Elena Guarch Rodríguez como jefa del departamento desde hace varios años, y también por el sentido de unidad y pertenencia que tiene nuestro grupo. Hay que resolver esos problemas y enfrentar la necesidad de apoyar y fomentar la investigación arqueológica de la ciudad y otros espacios urbanos, y contribuir en la enseñanza universitaria para preparar nuevo personal. Hay que reavivar la discusión académica y multiplicar nuestros vínculos internacionales porque allí están los recursos y las posibilidades de capacitación. Hay que buscar nuevos temas de trabajo, con impacto más inmediato  en la sociedad y conseguir que esta nos ayude en el reclamo de apoyo. En sentido general creo que lo más urgente para nosotros y para otras instituciones arqueológicas cubanas, es buscar cómo sobrevivir los cambios socioeconómicos que se están viviendo ahora mismo. Evitar la  desmembración de centros y grupos de trabajo y perder lo que tanto ha costado crear. Debemos buscar ajustes efectivos sin dejar de pensar en cómo crecer y hacer un buen trabajo, que es lo que al final más importa.





















Mucho más que un asunto de familia

Entrevista a Juan José Guarch Rodríguez (Camagüey, 21 de noviembre de 1954). Arqueólogo de larga experiencia y figura importante de la espeleología cubana. Ha concentrado su vida investigativa en el Departamento Centro Oriental de Arqueología, en Holguín, donde hasta hoy, como técnico de investigación, se encarga de los estudios de arte rupestre y de los registros topográficos y de datos espaciales
-Eres hijo de arqueólogos. ¿Viene toda tu vocación por la arqueología del entorno familiar?
Me acerqué a la arqueología principalmente por la influencia de mis padres, José Manuel Guarch Delmonte y Caridad Rodríguez Cullel. Realmente ellos no me insistieron para que me dedicara a esa profesión, pero el contacto diario, ver los trabajos que hacían, me fue acercando a la misma. También debo mucho a los integrantes del grupo de espeleología René Herrera Fritot, al cual pertenecí en La Habana. Muchos de sus miembros se inclinaban por la arqueología y comenzamos a hacer algunos trabajos. Es preciso anotar la importancia de los círculos de interés de la época, ya que en octavo grado entré en uno de ellos, que era de Arqueología, dirigido por un profesor de Historia llamado Orestes Amador, que nos inculcó el interés en el tema. Y por último te diré que mi entrada en el Departamento de Arqueología fue casual, ya que yo había venido a Holguín a estudiar Dibujo Arquitectónico con la finalidad de volver para La Habana y trabajar en esa rama técnica (con el arquitecto Girona, el que hizo Coppelia), pero por problemas de plazas me quedé un tiempo en Holguín, me fui para una expedición en los cayos del norte de Camagüey, después vinieron unos carnavales y comencé a trabajar en el Departamento, ya que lo de La Habana no se resolvía; me casé, tuve una hija, después me volví a casar, tuve dos hijos más y bueno… aquí estoy. Lo de la arquitectura se fue disolviendo con el tiempo y no me arrepiento, creo que fue mejor el haberme quedado aquí y dedicarme a la arqueología.
 -Has apoyado la creación de muchos museos, particularmente el de El Chorro de Maíta. ¿Cuál es el vínculo entre arqueología y museos?
 Una excavación es un trabajo muy complejo en el cual el arqueólogo destruye el sitio, es como si fuéramos arrancándole páginas a un libro; si no se toma la información necesaria después es imposible entender el contexto que se excavó. Los hallazgos de la excavación pueden en algunos casos enviarse a museos, otras veces van a los laboratorios para ser analizados y se almacenan en los institutos que estudian esta ciencia, para que cada vez que se necesite investigarlos estén a mano y debidamente clasificados y conservados. El objetivo del arqueólogo no es enriquecer un museo, es investigar la sociedad, como una ciencia social que es. El museo es algo que se enriquece con esa investigación.
Hay museos en el mundo que hacen investigación arqueológica de todo tipo, no obstante, creo que la mayoría de los museos cubanos actualmente no tienen la capacidad para poseer material arqueológico con las condiciones de conservación y estudio que se necesita. Ejemplo de esto son los materiales de madera del sitio Los Buchillones que están en los museos de Ciego de Ávila y que cada vez se destruyen más. Debemos preguntarnos qué hubiera pasado si todos los restos humanos del cementerio de El Chorro de Maíta hubieran estado en el museo cuando fue tan afectado por el huracán. Posiblemente se hubieran destruido.
Una pieza puede tener un gran valor si se conoce dónde estaba, a qué profundidad, rodeada de qué materiales, etc., para poder explicar su presencia y el lugar, si no, verdaderamente pierde gran parte de su importancia. Además, lo que más valor tiene no es una pieza excepcional por su belleza o rareza, sino todos los elementos que aparecen en la excavación y que se relacionan o no con ese objeto, como los restos alimentarios, fragmentos de cerámica, huellas de postes, fogones, etc. Una pieza entregada por alguien, para mí solo pudiera tener un valor museable y desde el punto de vista arqueológico nos dice que en un lugar determinado puede existir un residuario arqueológico. Lo importante no son solo las piezas, es la reconstrucción de la vida del hombre en el pasado. El museo es el espacio donde los objetos arqueológicos llegan al público, tanto en la perspectiva tradicional o de un modo más creativo e integral, conservando y reconstruyendo su entorno, como en El Chorro de Maíta.
No se excava por excavar; la arqueología siempre debe pensar en el mañana y en hacer una investigación solo cuando se está listo para ello. Mi padre era renuente a trabajar un sitio completamente, siempre se extrae una muestra y se deja para el futuro una porción, la mayor posible.  Por eso podemos trabajar de nuevo El Chorro de Maíta y en otro momento se podrá seguir trabajando. En este caso el museo apoya la conservación del sitio, su estudio y la divulgación de los resultados conseguidos allí. Te dije mi padre por ponerte un ejemplo, pero todos los arqueólogos serios piensan igual.
-¿Cuál es tu opinión sobre la labor arqueológica de José García Castañeda y José Manuel Guarch Delmonte?
Castañeda realizó un trabajo relevante para su época, creo que estuvo a la altura de su tiempo y dejó un legado imprescindible para el estudio de los aborígenes en nuestra área. Guarch Delmonte introdujo la arqueología en Holguín desde el punto de vista científico dándole un giro a lo que se estaba haciendo hasta el momento; sentó las bases para lo que se está haciendo ahora en nuestra provincia y también en el país, con sus métodos innovadores y con una nueva visión arqueológica materialista y moderna. Él demostró que los estudios arqueológicos podían tener una salida de beneficio social, como por ejemplo El Chorro de Maíta, mediante la cual se podía educar a la población que visitara ese museo (que no es un museo tradicional). También trabajó la arqueología bajo la concepción de la imbricación de la misma en el turismo, tratando de que pudiese, en algunos casos, ofrecer un producto que aportara dividendos y no fuera tan dependiente de un presupuesto estatal.
Mi padre siempre quiso poder vivir en un lugar donde la arqueología fuese importante. Desde La Habana se hacía difícil poder estudiar estas comunidades, la distancia siempre ofrece obstáculos y por eso decidió mudarse para acá, donde pudo desarrollarse científicamente y crear prácticamente un escuela con una visión algo diferente de lo que se hacía en otras provincias. Creo que actuó bien, en La Habana hubiese sido devorado por las cuestiones administrativas, los cargos y las “guerras profesionales”.
-¿Cómo ves el trabajo de los aficionados a la arqueología?
El papel del arqueólogo aficionado es muy importante mientras este se halle bien dirigido, mientras tenga los conocimientos necesarios para que comprenda cuál es su rol y hasta dónde puede llegar, específicamente en lo que se refiere la base tecnológica que puede utilizar o que está a su alcance.
Muchos arqueólogos han sido aficionados, es la verdad, lo cual indica su vocación hacia esa disciplina, lo que pasa es que no son arqueólogos hasta que estudian y llegan a tener conocimientos sólidos sobre esta disciplina. Para la mayor parte de las personas la arqueología es abrir un hoyo y encontrarse piezas antiguas, nada más. Sin embargo, todos saben que el médico cura y para ello necesita conocimientos, laboratorios clínicos, quirófano, herramientas especializadas y que al final está en juego la vida de una persona, por eso te digo que es falta de conocimiento sobre lo que es la arqueología, además, si yo me hallo una vasija y digo un disparate sobre ella, nadie se muere, si el médico se equivoca… pobre del médico.
Independientemente de que ha habido destrozos, los aficionados han contribuido mucho al desarrollo de la arqueología. Muchos sitios arqueológicos se conocen gracias al trabajo de ellos, que los han encontrado y los han reportado correctamente a los órganos científicos. También los aficionados han colaborado codo a codo en las investigaciones arqueológicas. Durante las excavaciones de El Chorro de Maíta, los grupos espeleológicos Araai, de Báguano, y Baní, de Banes, participaron en ella, no un día ni dos, sino durante todo el período que se extendió casi 18 meses. Sus trabajos fueron excelentes y decisivos. El grupo Araai fue el que detectó y reportó el sitio arqueológico Alcalá y trabajaron muy duro junto a nosotros en las excavaciones que se efectuaron en el mismo, también prestaron su colaboración durante las excavaciones en cayo Bariay. El Grupo Felipe Poey de Gibara realizó los hallazgos de la Cueva de la Masanga y el Grupo de Exploraciones Científicas de esa misma ciudad halló las nuevas pictografías de la cueva de Los Panaderos.
Estos grupos, cuando poseen los conocimientos necesarios, son útiles, lo que pasa es que cuando no son controlados o no les hemos dado la debida atención, pueden cometer errores. No solo en Holguín los aficionados han trabajado seriamente. En otros lugares como Matanzas, Mayabeque, Artemisa, Pinar del Río, sus aportes han sido grandes y ni hablar de grupos anteriores como el de Jóvenes Arqueólogos, Yarabey y el Samá, por solo citar algunos casos.
-¿Cómo valoras la arqueología que se hace en Holguín?
Pese a las grandes dificultades materiales, económicas y de toda índole que presenta la arqueología, esta ha avanzado mucho. Te puedo decir que desde que entré a trabajar en este Departamento, allá por el año 1980, hemos recorrido un gran trecho. Son muchos los cambios en nuestras técnicas de trabajo, se aplican nuevos sistemas, nuevas tecnologías y las cosas son muy distintas y los resultados también. Un ejemplo es que ahora se trabaja de nuevo El Chorro de Maíta, con una nueva mirada y se han obtenido resultados insospechados. Yo recuerdo las primeras excavaciones en que yo hacía los planos de las excavaciones con un papel, una cinta métrica y un lápiz, midiendo cada pieza que aparecía y ubicándola. Ahora me veo con un Total Station laser, ubicado por satélite, que sitúa las piezas con un error mínimo, rodeado de fotos satelitales, con sistemas computarizados para analizar los datos. Nada de eso ni me lo podía imaginar cuando comencé con mi brújula, cinta métrica y mi humilde lapicito.
-Los sitios arqueológicos están en terrenos que muchas veces son privados. ¿No crea su estudio y conservación problemas legales?
Me parece que lo que no se aplica bien es la Ley de Patrimonio ni tampoco se le da una buena información a los dueños, generalmente campesinos, de lo que existe en su terreno. Hay ocasiones en que se ha dado propaganda errónea a destrozos que han realizado los campesinos por desconocimiento; por ejemplo lo que salió en la TV de Holguín de los “hallazgos” de piezas arqueológicas en Banes en la finca de un campesino. Se podían ver cestos llenos de cerámica y otras piezas de valor que él había extraído ingenuamente y no se habló nada respecto a la conservación. Fue un grave error. La Ley de Patrimonio exige la conservación de un sitio arqueológico aunque esté en un área particular; sin embargo, muchas veces se ignora y otras no se aplica.
-¿Has hecho arqueología en espacios coloniales?
Mi primera experiencia fue cuando colaboré junto al grupo de Espeleología de La Habana (René Herrera Fritot) en las excavaciones en la Casa de la Obra Pía, junto a Lourdes Domínguez. También participé, dirigido por el arqueólogo Eladio Elso, en las excavaciones del Palacio de Aldama. Posteriormente con el mismo grupo participé en las excavaciones en el ingenio Tahoro, en Jaimanitas, dirigidos por los arqueólogos Rodolfo Payarés y Lourdes Domínguez. Ya en el año 1973 junto al grupo mencionado participé bajo la dirección de Jorge Calvera y Lourdes Domínguez en las excavaciones que se efectuaron en Nuevitas en busca de la villa de Puerto Príncipe y en el estudio de los tinajones que realizó Calvera en Camagüey y en La Habana. En Holguín he participado en las excavaciones de la Casa del Teniente Gobernador, en las efectuadas en la iglesia del Parque de las Flores y ahora en los trabajos dirigidos por Roberto Valcárcel Rojas en los asentamientos coloniales tempranos, cercanos a Holguín.
Parte de esta arqueología es el estudio del cimarronaje. Tuve la maravillosa oportunidad de realizar un viaje junto al doctor Gabino La Rosa Corzo al palenque de El Frijol, ubicado en las cuchillas del Toa. Pasamos varios días en esas montañas, pernoctando en el monte y por fin dimos con el asentamiento. Se practicaron algunas excavaciones y comprobamos que estábamos en el mismo. Es increíble el lugar que escogieron, su posición estratégica era excelente. Fue un viaje muy interesante, además de Gabino estaban también el historiador Francisco Pérez Guzmán, Guillermo Baena y Róger Arrazcaeta, magnífica compañía, de todos aprendí muchísimo en esa ocasión, fue un privilegio que tuve.
-Trabajaste en el estudio de combates. ¿Qué posibilidades existe en ese sentido en el futuro?
  Trabajé en las investigaciones del combate de Melones y en el de Loma de Hierro junto a mi padre. Creo que es una arista que no se ha explotado desde entonces y que sí tendría futuro. Lo que pasa que siempre son trabajos en sitios que marcan hechos importantes en la historia, son cosas puntuales y que requieren tanto del estudio histórico como de la investigación de campo con métodos propios de la arqueología. Estos trabajos fueron interesantes, se descubrieron muchas cosas y se pudo hacer una buena reconstrucción de esos combates mirando el terreno, que da mucha más información que cuando uno solo lee las páginas de un diario. Es completamente distinto poder palpar el escenario directamente, uno se da cuenta de muchas cosas que el papel no recoge, el porqué de una maniobra, obstáculos naturales que impiden un avance determinado, etc., cosas que el que escribe a veces obvia y uno puede llegar a falsas valoraciones. El terreno dice mucho.
-Hay cierta visión de que el arqueólogo busca evidencias solo en sitios muy antiguos. ¿Puede la arqueología servir para estudiar el presente?
Creo que sí, se pueden hacer estudios sobre períodos recientes. Te voy a poner un ejemplo de una investigación que se puede considerar arqueológica: el hallazgo de los restos del Che. Allí se utilizaron métodos de investigación histórica y también excavaciones arqueológicas, sistemas de búsqueda mediante magnetometría, estudio de los suelos y una serie de técnicas propias de la arqueología. Uno de los que dirigió la investigación fue un arqueólogo, el doctor Roberto Rodríguez, de la Universidad de La Habana, y te contaré que donde primero vinieron fue aquí, a nuestro Departamento de Arqueología, a pedir colaboración, lo que pasa es que en esa época carecíamos del instrumental adecuado para enfrentar la investigación.
Los restos del Titanic se han trabajado mediante procedimientos de la arqueología submarina, al igual que los del Bismark y se pueden reconstruir hechos actuales mediante investigaciones arqueológicas como batallas, la evolución de una fábrica o un poblado, etc. Creo que la arqueología no tiene límite en el tiempo, siempre será útil para investigar algo desde los restos materiales, aunque ese pasado puede ser ayer.
 -Has escrito libros de divulgación arqueológica, también guiones de televisión. ¿Qué opinas sobre lo que se ha hecho en Holguín en este sentido?
Creo que en Holguín, de acuerdo con las condiciones que existen --me refiero a la radio, prensa y TV-- se ha hecho un trabajo que pudiéramos calificar como medio. Se le ha dado divulgación al tema arqueológico en varios de estos espacios, pero no se han aprovechado plenamente las posibilidades existentes. De acuerdo con el potencial arqueológico de la provincia, el nivel de los investigadores que tenemos y la diversidad de los recursos con que contamos, se pudiera brindar mucha más información al respecto, además de que existe un público interesado por estos temas. Con respecto a la publicación de libros o folletos con el tema arqueológico de forma divulgativa, a mi entender no se ha hecho prácticamente nada, ese no es solo en Holguín sino a nivel nacional. Las personas están ávidas de conocimiento arqueológico, pero lo poco que aparece impreso sobro este son textos especializados no asimilables por el público general; numerosos son los temas que se pueden tratar y no se hace.
-¿Cuáles son en tu opinión los momentos más relevantes de la arqueología holguinera?
1. La fundación del Grupo de Trabajo de Arqueología en 1977, que dio paso al actual Departamento Centro Oriental de Arqueología.
2. Las investigaciones en El Chorro de Maíta; fueron un salto en la complejidad de las investigaciones arqueológicas en la provincia en todos los sentidos y también en cuanto a que se conociera, tanto a nivel estatal como de la población, la importancia de la arqueología holguinera, lo que se estaba haciendo al respecto y las posibilidades de socializar esta ciencia.
3. Las investigaciones con respecto al período de la conquista hispana que se desarrollan en la actualidad que a mi entender han dado un vuelco increíble a lo que se pensaba sobre las comunidades aborígenes en este período, principalmente su supervivencia y relaciones con los colonizadores.
-Has trabajado en muchos lugares de Cuba y con arqueólogos de distintas provincias e instituciones. ¿En este panorama crees que hay algo que distingue a la arqueología que se hace en Holguín y a sus arqueólogos?
Existe una diferencia en cuanto al sistema de trabajo nuestro. Me voy a referir a mi experiencia de otros años, ya que  actualmente no conozco cómo se desarrolla el trabajo en los otros centros detalladamente. Nuestro departamento se ha caracterizado a través de la historia por ser una institución de múltiples disciplinas, siempre ha habido historiadores, biólogos, topógrafos; en otras épocas químicos, antropólogos, etc. Además de que ha buscado, en ciertas ocasiones, especialistas de otras áreas como geógrafos, meteorólogos, geólogos, etc. para ofrecer un resultado más abarcador  en sus investigaciones. Es siempre una suma que lleva a buenos resultados de investigación, que aportan información diversa y muy completa.
-¿Cómo te iniciaste en la espeleología?
Mi padre y mi madre pertenecían a un grupo de aficionados en Camagüey llamado Yarabey, que aunque hacían arqueología también invertían gran parte del tiempo en la espeleología. Ellos me llevaban a las cuevas de la Sierra de Cubitas, yo tenía como cinco o seis años, y verdaderamente eso me impresionaba mucho. Una vez en una cueva que se llamaba El Agua me metieron por un hoyo que había en el piso, amarrado a una soga, y bajé por él hasta que dí con un salón que tenía un lago en su interior, de esa forma hice mi primer hallazgo espeleológico, por eso la cueva se llamó desde entonces la Cueva del Agua.
Ya en La Habana mis padres se dedicaron a la arqueología, pero cuando había exploraciones en cuevas arqueológicas, yo siempre trataba de acompañarlos. Tiempo después, como te dije, hicimos un grupo de aficionados en que nos dedicamos mucho a las investigaciones de las cavernas y, bueno, aquí en Holguín continúo en esa labor cada vez que puedo.
-¿Cómo se desarrolla una exploración espeleológica?
La exploración espeleológica debe de ser planificada. Generalmente se buscan datos de la cueva para saber qué equipamiento llevar, si es vertical, horizontal, si tiene río, un lago, pasos estrechos, en fin, todas las características que puedan ser útiles. Si no se tienen muchos datos, se lleva un equipo mínimo, luces, cascos, algo para descender verticales no muy profundas y si la caverna se complejiza, se realiza un segundo viaje con los materiales necesarios. Siempre hay que dejar constancia de dónde uno va a estar por si ocurre algún accidente poder ser rescatado. A los campesinos de la zona debe informárseles de nuestra presencia por el mismo motivo y, sobre todo, nunca ir en un grupo con menos de tres personas y siempre la mayoría deben ser personas con experiencia en estas labores. Un grupo de novatos no debe de ir solo a ninguna caverna, aunque quiero decirte que cuando se formó mi primer grupo, ninguno sabíamos nada y fuimos aprendiendo con el tiempo, pero bueno… eso es entre tú y yo.
-Existe el criterio de que la arqueología y la espeleología son más aventura que ciencia. ¿Qué opinas?
Al arqueólogo se le mira más como un aventurero que como a un científico, me refiero al público en general, no ocurre así con los físicos, biólogos, astrónomos, etc. La arqueología siempre la han ligado a la aventura, el hombre buscando en medio de la selva unas ruinas abandonadas y enfrentándose a caníbales, tratando de descifrar un enigma misterioso. Creo que no existe ninguna película en que salga un arqueólogo que no sea aventurero o medio loco.
Este problema lo he sentido, ya que la mayor parte de las personas que me conocen me tratan como si conociesen a Indiana Jones y ven mi trabajo como algo lleno de misterios y con el peligro en cada expedición. Con la espeleología ni hablar. Un arqueólogo moderno debe de ser una persona de grandes conocimientos, con una cultura general amplia. Ser un individuo que se base en pruebas científicas para dar opiniones. Un verdadero especialista en la materia.
El problema de la aventura y la espeleología es el mismo de la arqueología, aunque aquí es peor, ya que la cueva si es un sitio que posee cierto misterio para el no conocedor, es un lugar para muchos tenebroso y lleno de peligros y la parte que sí es cierta es que para explorarla se necesita de capacidad física, entrenamiento y conocimiento de técnicas de alpinismo, pero nada más, todo lo otro es fantasía.
No se va a una cueva por el mero hecho de visitarla (que puede ser), se va a hacer un trabajo determinado. Este puede ser desde el más sencillo, que sería ubicarla y hacerle el mapa, hasta ya estudios complejos como sería el de estudiar su fauna, ecología, génesis de la caverna, la hidrología de la misma, el clima y muchas cosas más, para lo que se necesitan especialistas como biólogos, geólogos, hidrólogos, etc.
-¿Cómo se estructura la investigación espeleológica en Holguín?
En Holguín hay seis grupos de espeleología. Tres en la ciudad que son el Taguabo, Cristal y Cársico (este se dedica a las labores de la espeleología subacuática). En Gibara hay dos, Exploraciones Científicas y Monte Moriah y en Banes uno llamado Baní. Todos estamos reunidos en lo que se conoce como Comité Espeleológico de Holguín (eso existe en todas las provincias) y a su vez pertenecemos a la Sociedad Espeleológica de Cuba. Cada grupo tiene su presidente, el Comité también, al igual que la Sociedad. También tenemos un grupo de Rescate y Salvamento en conjunto con la Cruz Roja en Gibara, que es para actuar ante cualquier eventualidad (por suerte nunca hemos tenido que molestarlos).
-¿En qué lugares has realizado trabajos de espeleología?
 Primero en Camagüey, después ya con mi grupo en la llanura meridional de La Habana, en Pinar del Río, tanto en la Sierra de los Órganos como en El Rosario y en la península de Guanahacabibes, en Matanzas, en la sierra del Escambray, en Sancti Spíritus (cuevas de Caguanes), sierra de Cubitas (Camagüey), Isla de la Juventud, en cabo Cruz (Granma), Guantánamo, y aquí en Holguín bueno… en la sierra de Candelaria, Cupeicillo y la llanura costera, en Gibara; en la sierra de Nipe, Antilla, Sagua de Tánamo, Rafael Freyre, San Germán, Báguano, Cueto, Mayarí y el municipio de Holguín. También trabajé las cuevas de la Sierra del Poo en Yucatán, México.
-¿Qué opinas de la espeleología en Holguín? ¿Todo se ha explorado?
Qué va… creo que ni en un 40%. Si te fijas en un mapa de catastro podrás ver que la mayor parte de las cavidades se hallan ubicadas a orilla de los caminos, es decir, las zonas alejadas de ellos se encuentran sin explorar. La cuestión es que las cuevas muchas veces son difíciles de ver, están enmascaradas por la vegetación, hay que ir al monte para comprobarlo. Hemos estado en zonas donde se han hallado cuevas que ni los mismos campesinos que viven a menos de 300 metros conocían.
-Háblanos de la espeleología subacuática.
Aunque yo nunca me he sumergido en las aguas de una caverna porque me da miedo, no lo voy a negar, es una de las partes de la espeleología más importante y a la vez fascinante. Quisiera que vieras fotografías de las cuevas inundadas, es algo muy hermoso e interesante. Aquí en Holguín no solo están las cuevas inundadas más notorias de Cuba, sino también el grupo más importante de la isla, es donde más desarrollo de esta actividad existe. Aquí se halla el que preside la Comisión de Espeleobuceo a nivel nacional, Arturo Rojas, que heredó el cargo de José Corella (Joselín, de Gibara) y poseen un equipamiento bastante aceptable para desempeñar su función. Han aparecido en la TV varios programas al respecto (en Espiral, por ejemplo) que quizás hayas podido ver.
-¿Cuál es el vínculo entre los aborígenes y las cavernas?
Las cavernas fueron de suma importancia para los aborígenes, no solo cubanos, también de otras latitudes. Son lugares oscuros, tenebrosos y ante la mirada de cualquiera, ya sea un hombre antiguo o actual, impresionan. Para los aborígenes fueron sitios sagrados, en ellos habitaban deidades y animales que representaron mitos importantes como el murciélago,el majá o la lechuza. Según cuenta uno de los mitos de los aruacos de las Antillas, el hombre surge de una caverna llamada Casibajagua que se halla en la actual República Dominicana, así que imagínate la importancia que tenían las cavernas.
Fueron utilizadas como sitios ceremoniales, donde pintaron pictografías y labraron petroglifos, dejando para la posteridad enigmáticos símbolos. También plasmaron sus deidades y dioses y en algunos casos sirvieron para realizar murales donde se reflejó la llegada de los colonizadores hispanos, como en la cueva de los Generales en Camagüey, en que están representados los conquistadores a caballo y un combate entre los aborígenes y los invasores peninsulares. Es posible que este sea uno de los primeros reportajes de periodismo gráfico de América, ya que representa un hecho específico que ocurrió un día e impactó en la mente de los indígenas. También las cuevas sirvieron de cámara funeraria a algunos personajes. Se han hallado cadáveres enterrados en sus pisos, depositados también en el suelo, quemados e incluso arrojados desde altas claraboyas. Muchos de ellos acompañados por ofrendas como ídolos, vasijas de cerámica y otros objetos.
No solo eran lugares venerados, también sirvieron de refugio temporal durante los grandes fenómenos meteorológicos que azotan la Antillas, como los huracanes, y como paraderos en los sitios dedicados a la pesca o la caza. Ser espeleólogo y arqueólogo es una oportunidad única para entender el carácter especial de esos lugares para cualquier ser humano.















De las polímitas a los manatíes. Zoología para arqueólogos

Entrevista a Lourdes del Rosario Pérez Iglesias (Holguín, 7 de octubre de 1965). Licenciada en Biología por la Universidad de Oriente y Máster en Gestión Ambiental. Investigadora Auxiliar y arqueozoóloga del Departamento Centro Oriental de Arqueología. En sus más de 24 años de trabajo en esta institución ha participado y dirigido más de una docena de proyectos de investigación

-¿Qué estudia la arqueozoología?
La arqueozoología en sitios indígenas, que son los que casi siempre  investigo, se encarga del estudio de la fauna con la que interactuaron los aborígenes en tanto se pueden conocer las especies usadas para su sostenimiento alimentario, las que los proveyeron de materias primas para la elaboración de sus instrumentos y objetos de adorno corporal y de uso ceremonial. En esta investigación se pueden conocer los animales utilizados, sus hábitats, sexo, edad, los procesos de matanza, transportación y decisiones de distribución. Estos datos permiten además inferir acerca de las tecnologías de captura, crianza y carnicería; la frecuencia con que las especies fueron usadas, basándonos en la cantidad de animales o en la biomasa que aportan, así como la salud de los especímenes. Estos aspectos pueden estar relacionados con los cambios de la fauna en la región, particularmente con procesos de domesticación, etc.
-¿Cómo te acercaste a la arqueología?
Me gradué de Licenciatura en Biología en 1988, en la Universidad de Oriente. Al terminar me ubicaron en la estación de la Academia de Ciencias en Pinares de Mayarí, pero por circunstancias familiares no podía irme a trabajar lejos de la casa. El director del centro de Pinares de Mayarí en aquel entonces, Jacobo Urbino, me dijo que en el Departamento Centro Oriental de Arqueología estaban buscando un biólogo y me habló de José Manuel Guarch Delmonte. Cuando conversé con él me explicó el tipo de trabajo que necesitaban por parte de un biólogo y quedé fascinada. Se trataba de estudios paleobotánicos para determinar las plantas que los aborígenes usaron en épocas precolombinas. Más tarde tomé otro rumbo, cambié a la arqueozoología, ya que la palinología en arqueología era difícil de fomentar por el alto costo de las técnicas que requiere. La arqueozoología era más factible, pues podía aplicar y desarrollar mis conocimientos como bióloga, y era igualmente necesaria en el DCOA.
-¿Cuándo se iniciaron las investigaciones arqueozoológicas en Cuba y particularmente en Holguín? ¿Qué significó para ti entrar en ese campo?
El trabajo arqueozoológico en Cuba se inició de forma sistemática desde que institucionalizó la arqueología en el país, en 1962, y se ha concentrado fundamentalmente en el Instituto Cubano de Antropología (ICAN), el Gabinete de Arqueología de la Oficina del Historiador, y la Facultad de Biología de la Universidad de La Habana. En Santiago de Cuba, en el Departamento de Arqueología de la Oficina del Conservador de la Ciudad y en la Universidad de Oriente también se ha avanzado. Milton Pino ha sido una figura importante en este proceso.
En Holguín desde que se creó el Departamento de Arqueología, su fundador, José Manuel Guarch, siempre tuvo una clara visión de la importancia de los estudios arquezoológicos. Las primeras informaciones arquezoológicas de Holguín se remontan a los años 40 del siglo XX, a partir de trabajos ejecutados por Eduardo García Feria, José A. García Castañeda y Orencio Miguel Alonso, entre otros, quienes poseían colecciones de objetos extraídos de muchos residuarios arqueológicos de la localidad. Por esa misma época se publica el libro Archaeology of the Maniabón Hills, de Irving Rouse, en el que el investigador norteamericano informa sobre un levantamiento de los sitios arqueológicos de esta región, y describe en muchos de ellos la presencia de evidencias arqueozoológicas.
Con posterioridad a 1959 la creación en Holguín del grupo de aficionados Jóvenes Arqueólogos, luego incorporados varios de ellos al Grupo Científico García Feria, conllevó la realización de trabajos arqueológicos que contemplaban, entre otros materiales, la obtención de testimonios arquezoológicos. Muchos de estos materiales pasaron a engrosar las colecciones del Museo Guamá. También algunos de estos materiales pasaron a las colecciones del Museo de Historia Natural Carlos de la Torre y Huerta, de la ciudad de Holguín.
En aquel momento los datos arquezoológicos no pasaban de ser listas de entidades zoológicas, vistas desde una perspectiva descriptiva, y alguna veces tratadas a nivel de clases zoológicas en general, por lo que es frecuente encontrar términos como: conchas de moluscos, huesos de jutías, pinzas de cangrejo, huesos de majá, peto de jicotea, costilla de manatí, etcétera. O bien la mención de la utilización de huesos y conchas como materia prima para la confección de instrumentos de trabajo o de adornos de uso corporal por parte de las comunidades aborígenes en los sitios estudiados.
Trabajos con metodologías sistematizadas y con un enfoque que analizaba la explotación del entorno y trabajaba la identificación de actividades subsistenciales y el uso de recursos faunísticos, son los que provienen del Grupo de Trabajo de Arqueología de Holguín, en 1977, adscrito a la entonces Academia de Ciencias de Cuba, devenido más tarde Departamento Centro Oriental de Arqueología. En los primeros momentos las investigaciones arqueozoológicas del mencionado Departamento estuvieron a cargo de José Manuel Guarch Delmonte. En ese tiempo se trabajaron sitios como La Güira de Barajagua, Loma de Ochile, Mejías.
Esta institución incorporó a César Rodríguez Arce para el desempeño de esta disciplina. Este investigador estudió un amplio grupo de sitios arqueológicos, entre ellos loma de Baní, cerro del Júcaro, Esterito, Punta de Pulpo, El Boniato, El Porvenir, El Chorro de Maíta. También creó, junto a Milton Pino, una metodología de análisis arqueozoológico que fue bien acogida por la comunidad de arqueozoólogos de Cuba. En la misma se utilizaba el conocido conteo de Número Mínimo de Individuos (NMI) y se seguía una medida cuantitativa que pasaba del solo conteo de las especies encontradas a las interpretaciones del contexto en concordancia con el ambiente y las actividades subsistenciales que se realizaron.
A finales de la década de los 80 es cuando me incorporo al Departamento Centro Oriental de Arqueología, y bajo la tutela de Rodríguez Arce comienzo a realizar este tipo de estudio y desde esos momentos y hasta el presente he trabajado numerosos sitios arqueológicos, entre los que se destacan por su envergadura e importancia histórica Cayo Bariay y El Chorro de Maíta.
-¿Cómo se hace el estudio de un sitio arqueológico?
El descubrimiento de un sitio arqueológico puede ser fortuito o intencional. Muchas veces llegan a nosotros personas que hacen un reporte de un hallazgo y luego los especialistas vamos al lugar a explorar y determinamos si es o no un sitio arqueológico. Otras veces se descubren cuando se exploran áreas extensas con determinados fines que pueden ser arqueológicos o no y se encuentran los sitios en los que afloran materiales y también coinciden con accidentes geográficos que revelan su presencia.
Recuerdo cuando buscábamos un sitio arqueológico en Cayo Bariay cuando Guarch Delmonte tenía la hipótesis de que en el cayo debió existir un sitio arqueológico que coincidiera con lo que Cristóbal Colón describe en su diario cuando arribó a estos parajes en 1492, una pequeña aldea de pescadores. El equipo de investigación se desplegó a explorar todo el lugar, íbamos separados unos de otros a 2 metros, con una piqueta en la mano, hasta que Juan Guarch y su padre José Manuel Guarch Delmonte encontraron lo que hoy se conoce y se exhibe en Punta del Gato.
A partir de este descubrimiento se diseñó un proyecto de investigación para acometer la excavación, se estudiaron superficialmente las áreas del sitio y de acuerdo con el tiempo y financiamiento disponible se definió el área para excavar. En estos casos generalmente se cuadricula el espacio en escaques o cuadrículas de 2 x 2 metros o 1 x 1 m y se va excavando cuidadosamente, realizando una recogida cada 10 cm de profundidad --que es lo que llamamos estratigrafía artificial--, sin perder la óptica de la estratigrafía por capas naturales. Paralelo a ello se registra todo lo que va apareciendo, se hacen dibujos de las plantas, se toman fotografías y se toman puntos para ubicar con exactitud cada uno de los objetos hallados. Por otra parte, se tamiza todo el suelo que se va removiendo y es aquí donde se consigue otra parte de la información. Cada objeto o fragmento que va saliendo se guarda en bolsos bien etiquetados  que se dividen en objetos culturales o restos de fauna. También se guarda parte del sedimento para revisarlo con otros tamices más finos, utilizados para obtener semillas, partes óseas muy pequeñas, así como cualquier objeto o estructura diminuta.
El trabajo de un arqueozoólogo es en general participar en todo esto y además estar pendiente de todo hallazgo animal, para más tarde en el laboratorio poder realizar mediciones, observaciones, análisis y las interpretaciones convenientes.
Una excavación no se realiza para extraer un conjunto de objetos curiosos, bonitos, extraños, valiosos, que sirvan para exhibirlos en un museo. Para que una excavación rinda resultados satisfactorios hay que llegar más lejos, porque detrás de cada objeto que uno encuentra hay una persona o un grupo de personas, un modo de vida, fuentes de materia prima, recursos bióticos, un entorno y la historia de una sociedad, que es donde hay que llegar, por eso la arqueología es una ciencia social.
Si una persona entrega una pieza que se encuentra, es algo positivo siempre y cuando sepa bien de dónde salió y si no hizo una excavación para hallarla. Una pieza así es indicativa de un tipo de cultura, por ejemplo, pero realmente para que una pieza tenga valor debe estar contextualizada, es decir, estar relacionada con otras piezas que darían el verdadero sentido al hallazgo. A mediados del siglo pasado existieron muchos arqueólogos aficionados que extraían de los sitios piezas arqueológicas para venderlas a coleccionistas, a museos de antigüedades y que recuperaron objetos que muchas veces solo sirven para decir que entre los indígenas cubanos existían buenos artesanos. El Hacha de Holguín la hallaron, según se cuenta, en los alrededores de la ciudad y por su tipología y hechura se infiere que perteneció a los grupos agroalfareros o agricultores ceramistas, pero es lamentable que no se conozca exactamente dónde fue encontrada, con qué objetos se relacionaba, es decir, que no tengamos otros elementos para explicar su origen, significado y uso.
Las piezas y los datos tomados en la excavación son traídos al laboratorio. Allí son analizados desde diferentes puntos de vista por los especialistas la cerámica, los objetos de piedra, los objetos de concha, la fauna, los metales, el suelo, los datos geográficos y topográficos. El personal que se encarga de esto puede o no participar en la excavación, generalmente es el mismo, pero, por ejemplo, en otros países los que excavan son personas que se contratan para eso, dirigidos por uno o dos arqueólogos, y luego los materiales se los entregan a los especialistas en los laboratorios, quienes analizan e interpretan. Pero nosotros hacemos de todo, excavamos en el campo y analizamos en el laboratorio.
-¿Cómo valoras el patrimonio arqueológico de Holguín?
Realmente Holguín se destaca por poseer una gran cantidad de sitios arqueológicos. En la zona de Banes se reportan más de 70 residuarios arqueológicos de filiación agroalfarera de gran importancia, dentro de los que se destacan El Chorro de Maíta, Potrero de El Mango, Esterito, Loma de Baní, El Porvenir, Cerro de los Muertos, Los Carbones, etc. En esta zona a inicios del siglo pasado se extrajeron muchas piezas arqueológicas de gran valor, que compraban y almacenaban los coleccionistas. Uno de ellos, Orencio Miguel Alonso, donó su colección, que es lo que hoy mayormente se exhibe en el Museo Indocubano Baní. Por la cantidad de sitios y su envergadura es que en la década de los 70 se empieza a nombrar a Banes como la capital arqueológica de Cuba.
También existe otro conjunto grande de sitios en la zona de Mayarí y Levisa; son de los grupos cazadores, los más tempranos de Cuba. No obstante, existen otras provincias que según el Censo Nacional del 2013 albergan mayor cantidad de sitios arqueológicos que Holguín, como Villa Clara y Pinar del Río.
-¿Crees que los aborígenes cubanos ayudaron a producir cambios en la naturaleza, en nuestro ambiente?
Muchas veces la literatura y las películas hacen ver que los aborígenes tenían una relación idílica con la naturaleza. Hay que pensar en que ellos tenían que cazar, pescar, recolectar y cultivar para vivir y mantener una población. Tenían que derribar árboles para hacer sus casas, cobijar; los agricultores tenían que desbrozar terreno y quemar árboles para sembrar. Cuando iban a la costa recolectaban todo lo que podían y pescaban todo lo que podían conservar. Su vida no era fácil, su promedio de vida era 45 años, precisamente por los trabajos que pasaban, la mortalidad infantil era alta. Claro, ese grado de desarrollo que tenían no permitía que sus poblaciones aumentaran desmesuradamente y una cosa tiene que ver con la otra, por tanto, el daño que pudieron haber provocado al medioambiente es mínimo en comparación con las poblaciones actuales, pero ciertamente afectaron la naturaleza.
-¿Cómo están representadas las sociedades indígenas en los museos cubanos?
Sí están representadas, aunque en algunos mejor que en otros. Pienso que hay falta de creatividad en los dioramas que exhiben piezas arqueológicas, al igual que en la presentación de otras colecciones,  estamos muy atrasados en ese sentido. Y no estoy hablando del empleo de grandes recursos, con pocas cosas se podrían hacer muestras más didácticas e interactivas, por ejemplo, en el Museo de Ciencias de Gibara hay muy buenas ideas. Los museólogos debían documentarse de cómo va el mundo en ese tema, pues aquí las colecciones se muestran de forma muy estática.
El Chorro de Maíta es un buen museo in situ y muy original. Representa fielmente lo que se encontró allí, ha servido como referente para dar continuidad a las investigaciones, constituye uno de los símbolos de la provincia, avalado por un historial de investigaciones. El Museo Indocubano Baní es un museo especializado en arqueología que atesora una colección muy valiosa de piezas arqueológicas de la región. Fue algo que ayudo a dar a Banes el título de la Capital Arqueológica de Cuba, pero está concebido a la usanza de los años 50 del pasado siglo.
-¿Cuáles son las dificultades que existen para hacer arqueología?
Es realmente serio el problema del financiamiento de la arqueología. La arqueología ha avanzado dialécticamente en el mundo y lo que antes se escribía a partir de la observación especializada de un objeto (cerámica, piedra, concha, resto de fauna) hoy quedaría en un plano de aficionado. Existen ahora otros tipos de análisis como fechamientos radiocarbónicos, cromatografía de gases, análisis de isótopos, análisis y mediciones en microscopios, ADN, que necesitan de tecnologías muy caras que en su mayoría no se pueden hacer en Cuba. Por otra parte, las jornadas de excavación se ven muy limitadas por la escasez de financiamiento, así como las carencias de otras tecnologías como equipos topográficos avanzados, escáneres, radares, tecnología para fotografía, etc.
Cuba ha avanzado algo a través de la colaboración internacional para realizar estos tipos de análisis y la adquisición de algunos de estos recursos, también el país realiza esfuerzos para proveer servicios como las conexiones a internet, que son fundamentales para todo tipo de contactos y acceso a la información. Pero en general, dada la situación económica de Cuba y el mundo, la arqueología no es prioridad, como lo son la medicina, la educación, la alimentación, aspectos en los que el país pone su mayor empeño. A nosotros nos cuesta trabajo encontrar un espacio para presentar nuestros temas de investigación en los Programas Nacionales que oferta el país, pues estos se encuentran acordes a los lineamientos de la política del Estado y la arqueología no aparece en ninguno.
   -¿Qué impacto tuvo el período especial para un intelectual cubano,  especialmente si era de una provincia? Cuéntanos tus recuerdos de esos momentos.
Fue funesto este período. Para nosotros significó una gran frustración, pues teníamos encaminadas nuestras perspectivas de trabajo en una dirección, la cual hubo que cambiar. Algunos abandonaron la arqueología, otros como yo, de la Palinología y la Paleobotánica tuve que cambiar para Arqueozoología, conformarme con el uso de métodos de trabajo de bajo costo para proseguir mi trabajo. Centralizaron los recursos, por lo que ya no pudimos contar más con el transporte que manejábamos en nuestra propia área, nos redujeron el consumo de combustible, el apoyo al trabajo de campo.
En el departamento en general hubo que variar la estrategia de investigación y empezar a trabajar con lo que estaba guardado en los almacenes y en los museos y con los datos archivados. Fue cuando se realizó el censo arqueológico provincial, que luego tributó al nacional. Una de las estrategias para hacer excavaciones fue insertarnos en los programas del medioambiente; fue cuando al principio de los 2000 hicimos la excavación de Loma de Jagüeyes en un proyecto de educación ambiental, y el de San Antonio, en Gibara, en un proyecto de ordenamiento de los recursos arqueológicos. También se crearon vínculos de trabajo con el turismo, así se excavó y se construyó el área expositiva de Cayo Bariay.
En los últimos años hemos tenido cierto avance, tanto que se nos fue otorgado un Premio Nacional por las investigaciones realizadas en El Chorro de Maíta entre el 2005 y el 2012, dirigidas por el doctor Roberto Valcárcel Rojas, las que se han podido llevarse a cabo gracias a la colaboración internacional. Esta ha aportado tanto recursos materiales, financiamiento como superación para los arqueólogos. Ahora casi que volvimos a un período especial porque los programas importantes de investigaciones, que son los nacionales, no nos dan brecha para trabajar, no estamos entre las prioridades del país.
 -¿Crees que el arqueólogo pese al desarrollo de la ciencia no está siempre al borde del abismo de la especulación? ¿Cómo defines a un arqueólogo moderno?
El arqueólogo moderno está cada vez más lejos de la especulación porque ahora existen muchas tecnologías con las que se pueden demostrar las hipótesis de trabajo, entre estas pruebas podemos mencionar análisis de isótopos, cromatografía de gases, análisis de ADN, fotografías satelitales, mediciones topográficas con equipos láser, entre otras. Cada día se exige más rigor y veracidad. El difícil acceso a esas tecnologías pone en peligro el alcance de muchos resultados, por lo que cada vez tenemos que hacer más vínculos con instituciones que las poseen y luchar por usarlas y a la vez ser más serios y exigentes con nuestro trabajo. No podemos caer en la especulación y el aventurerismo intelectual.
-¿Pasar de aficionado a arqueólogo es común en Cuba?
Hay arqueólogos que comenzaron como aficionados y fueron y son grandes figuras que han aportado cosas valiosas, como Milton Pino, que comenzó como aficionado, luego se hizo técnico y más tarde ha sido uno de los mayores aportadores en cuestión de arqueozoología en Cuba. Otro ejemplo es el arqueozoólogo Osvaldo Jiménez, del Gabinete de Historia de La Habana, el paleontólogo Oscar Arredondo de la Mata, una de las figuras más reconocidas en esta rama. Se pueden catalogar como personas muy responsables y que su conocimiento empírico no los limitó para sobresalir en las ciencias. Hay otros que siendo aficionados y queriendo sobresalir se introducen más de la cuenta y lo que hacen es daño, provocan alteraciones en los sitios arqueológicos al tratar de excavar y luego no pueden hacer nada con lo extraído.
-¿Cuáles consideras que son tus principales logros como arqueóloga?
Para mí constituye la carrera que me ha permitido desarrollarme como profesional, en la que he hecho aportes a través de los cuales se ha podido abrir una ventana al conocimiento de la explotación de los recursos faunísticos por parte de las comunidades aborígenes de nuestra región. Dentro de ellos se destacan los trabajos arqueozoológicos en Cayo Bariay y El Chorro de Maíta por ser sitios de gran trascendencia histórica. Cayo Bariay posee una especial significación, por estar ubicado en el escenario del primer arribo de los europeos a Cuba. En este caso se realizaron amplios estudios arquezoológicos, los cuales formaron parte de publicaciones, así como del diorama expositivo que se muestra en el sitio. Por otra parte, El Chorro de Maíta constituye otro contexto arqueológico de gran complejidad en el territorio. Allí se ubica uno de los cementerios más interesantes del área de las Antillas, en el que los estudios arqueozoológicos han permitido entender con mayor precisión las relaciones que se fomentaron entre indígenas y españoles en tiempos tempranos de la conquista.









Holguín. Arqueología de la ciudad

Entrevista a Yadira Rojas Espinosa  (Holguín, agosto de 1985). Graduada en Historia por la Universidad de Holguín. Trabaja en la Oficina de Monumentos y Sitios Históricos. Colaboradora del Departamento Centro Oriental de Arqueología en el estudio de numerosos sitios arqueológicos
-¿Cómo se ha desarrollado la arqueología histórica en Holguín?
En la ciudad de Holguín encontramos nuestro primer estudio de arqueología histórica, documentado bibliográficamente en el año 1974, realizado por la especialista Ángela Peña Obregón en el proceso de restauración en la Casa Natal de Calixto García; allí se abrieron calas en paredes y muros y se rescataron elementos que se habían perdido. En el año 1986 como parte de una restauración en el Museo Provincial La Periquera se hicieron excavaciones en el patio y el sótano, de donde se extrajo material arqueológico que hoy se encuentra expuesto en el propio museo. La Iglesia Parroquial San Isidoro conoció de los quehaceres de los arqueólogos entre los años 1994 y 1996. En el año 2009 se intervinieron al menos tres viviendas como parte del proyecto Acercamiento a la historia temprana de Holguín, a través de la investigación arqueohistórica de la Casa del Teniente Gobernador y otros inmuebles de los siglos XVIII y XIX de la ciudad.
-¿En qué circunstancias se desarrolla la investigación arqueológica en la ciudad?
El proceso de intervención en inmuebles se ve afectado por factores subordinados a la disponibilidad de recursos, la planificación y la interdisciplinariedad. Los proyectos de rehabilitación urbanística en la ciudad no contemplan dentro de su plan de acción la actuación arqueológica, lo que permite de cierta manera tan solo el rescate o salvamento de material arqueológico, que queda en gabinete para un posterior estudio. Atendiendo a la importancia de la arqueología como vía para obtener conocimiento de los procesos socioculturales ocurridos, el trabajo debería hacerse de modo controlado y planificado. Es decir, realizando primero una debida revisión y selección de fuentes documentales que nos hable de los momentos de habitación del inmueble, sus propietarios, o sea, tener una información base para saber el tipo de evidencia que pueda aparecer en los distintos contextos. Luego se realizaría la prospección y levantamiento topográfico del sitio y la excavación como tal. Estos procesos, muy básicos, se ven lamentablemente afectados por una planificación restauradora a nivel gubernamental que no toma en consideración los criterios de especialistas en temas patrimoniales ni de los arqueólogos.
-¿Qué tipo de materiales arqueológicos se han obtenido en el área fundacional del pueblo de Holguín?
Son muy diversos. Por ejemplo, los trabajos de salvamento de material arqueológico en la casa de Miró 203-205 comenzaron a partir del 11 de septiembre de 2014, después del reporte de materiales antiguos en la intervención arquitectónica que se realizaba en el inmueble, y considerando la ubicación del mismo dentro de la Plaza Parroquial, sitio fundacional. Sus elementos arquitectónicos representativos han sido tapiados con madera (arcos de medio punto y vanos), otros han sido añadidos. Aún conserva la carpintería original de maderas preciosas, con tirantes pareados y lacerías de influencia rococó, el diseño de fachada original está protegido por un alero de tornapunta. Para el año 1833, como parte de un testamento, es mencionada la casa, propiedad de un miembro de la familia Íñiguez. Juan Antonio Íñiguez expone que por motivos de enfermedad y no tener sucesión la deja a su madre Ana Luisa León.
Aunque el contexto en que se trabajó estaba totalmente alterado, se rescató la mayor cantidad de material posible, se contabilizaron 1 982 piezas arqueológicas procedentes del patio y del interior de la vivienda; en el patio se descubrieron varios niveles de piso y al menos dos letrinas. Las piezas rescatadas estaban deterioradas y fragmentadas, pero fue posible reconocer una tecnología de confección similar a los ceramios encontrados anteriormente en los inmuebles cercanos: superficies alisadas, piezas de color oscuro por el hollín, tamaños que van desde pequeños a medianos, con espaldares curvos y rectos, bordes circulares y semicirculares, fragmentos de vasijas cerradas y globulares, pasta granulosa y que muestran buen acabado. Ciertos elementos nos hacen pensar, con atrevimiento, en la existencia de una industria alfarera con un sello distintivo. Esta colección aparece junto a material europeo en el que se destacan las mayólicas españolas tempranas, mayólicas mexicanas, cerámica ordinaria bruñida pintada o con engobe México pintado, material lítico con elaboración secundaria a partir de tecnologías aborígenes y una boca de jarra de aceite con características del estilo temprano. La continua aparición de este tipo de material en el centro histórico de la ciudad nos obliga a ver el fenómeno en su conjunto, pensando en la posibilidad de que en la comarca estuviese sucediendo un proceso histórico y cultural formativo desde el siglo XVII.
-¿Qué investigaciones se están llevando a cabo actualmente?
A partir del año 2013 la Oficina de Monumentos y Sitios Históricos de Holguín comienza un proyecto investigativo nombrado Hatos Fundadores: un estudio desde la historia y la arqueología, con el objetivo de determinar la contribución cultural de los primeros hatos en la región nororiental holguinera entre 1545 y 1700. La novedad científica fue utilizar la arqueología para tratar de ubicar geográficamente los centros de estos primeros hatos, analizando el contexto arqueológico de dichos lugares. Los sitios propuestos para explorar serían El Yayal, Las Guasumas, Managuaco, Uñas, Cacocum y Holguín.
Es notable la curiosidad que manifiesta el hombre por conocer lugares que desempeñaron un papel específico en la fundación de un pueblo o ciudad. En la década de los 80 del siglo pasado se realizó una expedición cubano-soviética para tratar de ubicar y legitimar la ubicación de la encomienda perteneciente al padre Las Casas cerca del río Arimao en la zona de Jagua, desde entonces el arqueólogo cienfueguero Marcos Evelio Rodríguez Matamoros ha tratado de caracterizar el temprano contacto indoeuropeo. Asimismo ha ocurrido con Pueblo Viejo, en Camagüey, donde un equipo con el investigador Iosvani Hernández al frente exploró y estudió profundamente un yacimiento cercano a la bahía de Nuevitas para confirmar o descartar la primera localización de la villa Santa María del Puerto del Príncipe. En estos momentos investigadores habaneros están tratando de encontrar el sitio de fundación de la villa San Cristóbal de La Habana en la costa sur del territorio.
En el caso holguinero en mayo del 2013 la Oficina de Monumentos y el Departamento Centro Oriental de Arqueología exploraron el sitio El Yayal y se comprobó la existencia de material en superficie en una locación que se creía estéril. Apoyados en la memoria histórica popular los arqueólogos e historiadores localizaron en un sitio nombrado La Escondida del Naranjo evidencias del siglo XVIII en superficie, que por la ubicación cercana al río las Guasumas, características naturales y semejanza con la descripción que ofrece el obispo Morel de Santa Cruz, se piensa estén relacionados con el sitio Las Guasumas. En julio de 2014 se exploró y excavó el área de Managuaco por un equipo de especialistas liderados por el doctor Roberto Valcárcel Rojas, arqueólogo del Departamento Centro Oriental de Arqueología. Esta institución desarrolla el proyecto Cultura Material en entornos de interacción indohispana, dirigido por Valcárcel, que también nos está acercando a detalles importantes de este asunto.
La historiografía alega la existencia de primitivos asentamientos, encomiendas o haciendas que posteriormente darían lugar a extensos hatos de explotación ganadera. El temprano repartimiento de las tierras al norte de la jurisdicción bayamesa denuncia una apertura y afianzamiento de la experiencia hatera. Se conoce que en 1527 Diego de Ávila tenía una naboría en Banes y que otra naboría, primeramente de Alonso de Mendoza y Juan Mosquera, era poseída al 50% por Manuel de Rojas. Para 1538 existía una encomienda en Alcalá, propiedad de Lope Hurtado, funcionario de la ciudad de Santiago de Cuba. La arqueología ha demostrado con evidencias materiales un temprano contacto indohispano en el sitio El Yayal. Creo que este sitio fue sede de la encomienda de Bartolomé de Bastidas para luego pasar a manos de García Holguín y Diego de Lorenzana. El centro del hato de Holguín pasa en 1545 para el paraje de Cayo Llano, donde hoy se encuentra la ciudad. En 1598 el capitán Lizana Luyando solicita al cabildo santiaguero el amojonamiento de sus hatos de Barajagua, merced que se le había otorgado a los originarios pobladores de Cuba, según el texto de Ángela Peña sobre la Virgen de la Caridad. La merced del hato de Cacocum en 1599 cerraría la distribución de las tierras de la extensa área al norte de la villa bayamesa. Para valorar estos acontecimientos claves en la historia holguinera, sin dudas hay que conectar la historia con la arqueología.
-¿Cómo han contribuido los resultados obtenidos hasta el momento a la interpretación de la historia temprana de la ciudad?
En algo más de una década han sido recurrentes los hallazgos, principalmente en el centro histórico de la ciudad de Holguín, de una cerámica de barro oscura con muestras de haber sido confeccionadas con técnicas aborígenes, asociada a materiales europeos y mexicanos de los siglos XVI, XVII y XVIII, conocida como cerámica de tradición aborigen. La sistematicidad que se ha logrado en los proyectos investigativos, donde se dan la mano especialistas del Departamento Centro Oriental de Arqueología del CITMA y los de la Oficina de Monumentos y Sitios Históricos, ha demostrado la supervivencia del indio y su adaptación a una sociedad en evolución, viviendo a su ritmo social, apegado a las manifestaciones de una cultura material propia, en la medida en que la dinámica colonial se lo permitía.
Es clave la abundancia de material arqueológico, que tiene mucho que decir en cuanto al desarrollo económico y social de nuestra ciudad. Este nos acerca a una presencia poblacional, si no a principios del siglo XVII, sí en la segunda mitad del propio siglo. Las fuentes primarias de los siglos XVI y XVII son pocas, por tal razón la arqueología es tan necesaria. Esta ha brindado datos que describen una sociedad criolla con patrones culturales en pleno desarrollo, donde conviven el blanco, en muchos casos perteneciente a la clase hacendístico-ganadera, el indio y sus mestizos, que al parecer logran conservar elementos de su cultura material, pardos y morenos libres, y el negro esclavo.



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Datos de los autores:
José Corella. Técnico geógrafo, museólogo. Director del Equipo Técnico de la Oficina de Monumentos de Gibara. Miembro de la Sociedad Espeleológica de Cuba y del Grupo de Expediciones Científicas de Gibara. Ha participado en diversos estudios arqueológicos en Cuba y en proyectos internacionales de investigación como la Expedición Científica del Amazonas al Caribe.
José Novoa Betancourt. Máster en  Historia y Cultura cubanas. Investigador Auxiliar. Profesor en la Universidad de Holguín. Miembro de la Unión de Historiadores de Cuba (UNHIC), la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC) y la Sociedad Cultural José Martí. Entre sus textos publicados tiene, en coautoría con los investigadores españoles Sergio Martínez y María Teresa de la Fuente. 2011. García Holguín: conquistador y fundador. Frente de Afirmación Hispanista A. C. México. jnovoa@fh.uho.edu.cu
José Abreu Cardet. Máster en Historia y Cultura de Cuba. Profesor; investigador de la Oficina de Monumentos y Sitios Históricos de Holguín. Miembro de la UNEAC, la UNHIC y de la Asociación de Historiadores Latinoamericanos. Miembro correspondiente de la Academia de Historia de Cuba y miembro extranjero de la Academia de Historia de la República Dominicana. En varias ocasiones premio en historia de la ciudad de Holguín y en el 2013  Premio de la Crítica Histórica Ramiro Guerra. Se especializa en estudios de historia de las contiendas independentista de  Cuba y República Dominicana. memoriaholguinera@hispavista.com
Margarita París Johnson. Máster en  Ciencias de la Educación. Profesora de español y literatura en el Instituto Pedagógico de Holguín; profesora auxiliar de la Universidad de Holguín. Se especializa en temas de crítica literaria y análisis documental. irojas@baibrama.cult.cu
Rolando Bellido Aguilera. Doctor en filosofía. Poeta, narrador y ensayista. Profesor en la Universidad de Holguín. Miembro de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC). Experto en temas martianos y en cultura cubana, con una amplia obra publicada.
Ramiro Ricardo. Graduado en la Escuela Nacional de Arte en La Habana. Diplomado en Enseñanza y Aprendizaje de las Artes Plásticas en el Instituto Superior de Arte (ISA) en 1998. Profesor de la Facultad de medios audiovisuales del ISA en Holguín. Miembro de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC). Pintor y dibujante. Curador. Ha presentado sus obras en exposiciones personales y colectivas en Cuba y en el extranjero.
Nury de los Ángeles Valcárcel Leyva. Doctora en Ciencias Pedagógicas, con un posdoctorado en Ciencias Sociales Aplicadas (UEPG Brasil). Profesora Titular e Investigador auxiliar del Departamento de Desarrollo Local, Universidad de Holguín. Miembro de la UNHIC. Participante en investigaciones arqueológicas en Cuba y en proyectos internacionales relacionados con el patrimonio cultural. nuryval@fe.uho.edu.cu
Adisney Campos Suárez. Máster en Historia y Cultura de Cuba. Investigador agregado en el Departamento Centro Oriental de Arqueología (CISAT). Ha participado en prospecciones y trabajos de investigación arqueológica en diversas partes de Cuba. Se especializa en estudios de piedra tallada y en arqueología pública. adisney@cisat.cu
Roberto Valcárcel Rojas. Doctor en arqueología. Investigador auxiliar del Departamento Centro Oriental de Arqueología, Holguín (CISAT), e investigador posdoctoral del proyecto ERC Synergy-NEXUS 1492 (Universidad de Leiden). Autor de libros y numerosos artículos sobre arqueología precolonial y colonial de Cuba y el Caribe. Dirige el proyecto de investigación Indios en la provincia de Holguín. Se especializa en estudios de organización social indígena e interacción colonial temprana. rv.rojas68@yahoo.es
Racso Fernández Ortega. Máster en Antropología Sociocultural. Investigador auxiliar del Departamento de Arqueología del Instituto Cubano de Antropología. Profesor de la licenciatura en Gestión y Conservación del Patrimonio sociocultural del Colegio Universitario San Gerónimo de La Habana. Participante en investigaciones arqueológicas y proyectos internacionales en Cuba y en el extranjero. racsof@sangeronimo.ohc.cu
Victorio Cué Villate. Técnico Auxiliar de Investigaciones del Departamento de Arqueología del Instituto Cubano de Antropología hasta el 2011. Actualmente es investigador asociado al propio Departamento. Artista plástico. Posee varios libros y artículos de arqueología publicados en Cuba y el extranjero.
Ivan Rodríguez López (Holguín, 1985). Ingeniero en Ciencias Informáticas (UCI, 2009). Máster en Historia y Cultura en Cuba (Universidad de Holguín, 2015). Investigador, miembro de la AHS, de la UNHIC y del Grupo para el Estudio y la Promoción de la Egiptología en Cuba, entre otros. Tiene publicado "Anáhuac: El Martí Místico" (Ediciones La Luz, 2011), así como varios artículos científicos de temática museológica, arqueológica y egiptológica en revistas nacionales y extranjeras. senerpaitui@gmail.com
Francisco Cuesta. Jefe del Grupo de Guardabosques de Gibara. Miembro de la Sociedad Espeleológica de Cuba y del Grupo de Expediciones Científicas de Gibara. Jefe del Grupo espeleoarqueológico  Felipe Poey. Participante en investigaciones relacionadas con la espeleología, la  arqueología, y el medioambiente en la provincia de Holguín y distintas partes de Cuba.
Isaíris Rojas París. Licenciada en estudios socioculturales. Máster en  Historia y Cultura cubanas. Especialista en investigación del Centro para el Desarrollo Sociocultural de Holguín. Estudia temas de cultura cubana y holguinera. irojas@baibrama.cult.cu





[1]  Se considera el iniciador de la arqueología desde una perspectiva cubana. Antropólogo de renombre internacional formado en Francia, profesor de la Universidad de La Habana y fundador del museo que más tarde llevaría su nombre.
[2] Para una valoración historiográfica de la arqueología cubana en general y del accionar de los aficionados pueden consultarse los textos: R. Dacal Moure (2004) Historiografía Arqueológica de Cuba. Centro Nacional de Conservación, Restauración y Museología. Consejo Nacional de Patrimonio Cultural de Cuba, México D. F.; R. Dacal  Moure y M. Rivero de la Calle (1984) Arqueología Aborigen de Cuba. Editorial Gente Nueva, La Habana; S.T. Hernández Godoy (2010) Los estudios arqueológicos y la historiografía aborigen de Cuba (1847-1922). Instituto Cubano de Investigación Cultural Juan Marinello, La Habana; R. Terrero Gutiérrez (2013) Grupo de Aficionados Yarabey, notas para su estudio. Cultura material e Historia. Encuentro arqueológico II, editado por I. Hernández Mora, pp. 63-71. Ediciones El Lugareño, Camagüey.


[3] En la costa norte de Oriente fueron construidas las plantas  de níquel de Moa y Nicaro, los centrales azucareros de Preston, Boston, Chaparra y Delicias.
[4] Aunque es un tema poco investigado hay evidencias de que persistían y persisten diversos elementos de base indígena en la cultura del territorio. Esto pudo estar relacionado también con la memoria de la presencia de descendientes de indios hasta bien entrado el siglo XIX en distintas partes del territorio. Para informarse sobre el asunto ver Valcárcel Rojas y Pérez (2014).
[5] Como dato curioso se reseña que en 1870 el general independentista cubano Domingo Goicuría desembarcaba cerca de Gibara y lo acompañaba como expedicionario un arqueólogo de apellido Allier, quien pertenecía al cuerpo de Húsares del Ejército francés. Véase el artículo “Mambises franceses” de René González Barrios en Granma, no. 32, 8 de febrero de 2016, p.3.

[6] Por mucho tiempo se usó el término taíno para designar a las comunidades indígenas que poblaban  la mayor  parte de Cuba y las Antillas Mayores a la llegada de Colón. A partir del trabajo de Irving Rouse se empieza a reconocer que las que se hallaban en Cuba, Jamaica y Las Bahamas tenían una expresión cultural de menor desarrollo que las existentes en La Española y Puerto Rico, y con ciertas diferencias culturales, a la que llamó subtaíno, aunque todas se asociaban al tronco etnolingüístico aruaco, de Suramérica. Se ha aceptado, sin embargo, que los grupos de la zona Maisí-Baracoa  sí estarían relacionados con la expresión de alto desarrollo de La Española y Puerto Rico. Clasificaciones posteriores hechas en Cuba  incorporaron tanto a taínos como a subtaínos dentro del término agroalfareros o agricultores ceramistas. Se estima que arribaron a Cuba hacia el siglo VII d.C., provenientes de la isla de La Española (actuales Haití y R. Dominicana).
[7] Indio, término que se refiere a los descendientes de indígenas que viven en el entorno colonial. Para informarse sobre la denominación consultar a Valcárcel Rojas (2015).
[8] En el texto Archaeology of the Maniabón Hills, Cuba, se puede encontrar una reseña de la investigación arqueológica en el norte de Holguín y Las Tunas, que aquí sintetizamos, así como datos de las principales colecciones de esa área existentes hacia 1941.
[9] El 1 de febrero de 1960 se constituye oficialmente como un club juvenil de exploraciones teniendo por nombre Jóvenes Arqueólogos Aficionados, se aprueban los estatutos y el reglamento.  Según estos era una sociedad de arqueología, espeleología y exploración en general. La organización interna quedó integrada por una junta de gobierno compuesta por un presidente, un director organizador, un tesorero, un secretario de actas, un instructor de exploraciones y cinco vocales. La junta sería elegida cada dos años en votaciones menos el director organizador que sería nominado cada cuatro años.

        [10] Según datos del Archivo personal de Alberto Corona García, entre 1957 y 1965  formaron parte del grupo:  Milton Pino Rodríguez, Ramón Fernández Sarmiento, Alberto Salvador Corona García, Miguel  Céspedes Sánchez, Arturo Pérez  Cuenca (fallecido), Pedro Pérez Hernández (fallecido), Austrialberto Garcés Gómez, Luis Rodríguez  (fallecido), José González Santos  (fallecido), Vinicio  Ferrás Moreno, Luis Silva Martínez  (fallecido), Eduardo Solana Osorio (taxidermista), Fernando Solana Osorio, Silvio Alemán Marrero (fallecido), Marcos Antonio Pino Rodríguez (fallecido) **, Marcelo Pino Rodríguez **, Reinaldo Ávila Oropesa **, Mario Lojo Díaz  (fallecido) **, Carlos Gómez Sera**, Amaury Lyra Sera (fallecido)**,  *Hiram Pérez Concepción, *Carlos Silva Martínez  (fallecido)** (* Miembros al final de existencia de la organización;  ** Datos aportados por  Miguel  Céspedes Sánchez). La información sobre la Asociación de Jóvenes Arqueólogos fue aportada por Miguel Céspedes Rodríguez, Ramón Fernández, Austrialberto Garcés, José González y Alberto Corona.
[11] Hijo de emigrados españoles, nació en Banes, el 7 de mayo de 1911. Su padre era joyero y en la tienda de la familia Orencio guardaba y exponía la colección arqueológica que formó durante años. Fue fundador de los Boy Scouts de Banes, grupo con el que realizó exploraciones y excavaciones en numerosos sitios. Publicó los artículos  ¨Fases constructivas del hacha petaloide¨. Contribuciones del grupo Guama. No. 9 y 10. La Habana, 1947;  Descubrimento y excavación de un montículo funeral en El Porvenir”. Revista de Arqueología y Etnología (8-9):175-194, en 1949, y en 1951 ”El primer ídolo de oro precolombino encontrado en Cuba”. Revista de Arqueología y Etnología (13-14):158 - 165.

[12] Información al respecto puede hallarse en el periódico Ahora, 3-8-1964, número 177, Año II.
[13] Una valoración sobre el tema para el caso de Banes aparece en Valcárcel Rojas (2002b).
[14] Fruto de las investigaciones en el sitio El Macío del Jobal es el artículo de González et al. (1980).
[15] Al encontrarse cerámica en contextos arcaicos o de pescadores recolectores (igualmente conocidos como ciboneyes) se pensó que también podían tener formas agrícolas incipientes, por ello se comenzó a hablar de una protoagricultura. En estudios recientes se ha visto que la producción de cerámica era un fenómeno más común de lo que se creía entre comunidades no asociadas a los grupos de base aruaca, también conocidos como taínos o agricultores ceramistas. Se ha comprobado además que hay cultivos simples en arcaicos muy tempranos, y que pueden aparecer en grupos que no tienen cerámica.

[16] Se trata de comunidades pequeñas, de alta movilidad, con artefactos de piedra tallada en los que destacan grandes puntas, raederas, tajadores, etc. Sus talleres para la elaboración de herramientas de piedra están próximos a los lugares donde obtenían estos materiales, en las zonas de Seboruco y Melones. En la clasificación de Tabío (1984) serian incluidas en la fase temprana de la etapa preagroalfarera. También han sido denominados protoarcaicos, cazadores-recolectores, pretribales tempranos y paleolíticos. Información sobre la historia de las investigaciones en Seboruco, Melones  y Levisa puede hallarse en Izquierdo et al. (2014). Actualmente se reconoce su ubicación en casi toda la Isla.

[17] En los años ochenta Jorge Calvera inicio estudios en el sitio Los Buchillones, Ciego de Ávila, que se renovarían en la década de los noventa y en el siglo XXI. El DCOA desde entonces ha participado activamente en estas investigaciones, que descubren uno de los contextos arqueológicos más interesantes de Las Antillas en tanto guarda restos orgánicos, especialmente de madera, de toda una aldea indígena. Destaca en este sentido la labor de Juan Jardines al frente del equipo del DCOA.
[18] Testimonio de Miguel Cano Blanco a José Abreu Cardet, 29 de febrero de 2016.
[19] Destaca en la década de los ochenta el trabajo de los grupos Felipe Poey, en Gibara, y  Araai en Báguano. Este último se fundó  el primero de agosto de 1984. Con una membrecía inicial conformada por una veintena de compañeros, creció en los años sucesivos al tiempo que se sumaron otros intereses culturales. Con la colaboración de otros aficionados de la provincia y lugareños, Araai realizó búsquedas arqueológicas por toda la zona montañosa de Báguano, logró identificar algunos asentamientos aborígenes, entre los que se destacan el redescubrimiento del sitio de Alcalá, y donó abundante material para la conformación de la sala de arqueología aborigen del museo local. También participó en las excavaciones del DCOA en El Chorro de Maíta y en el mencionado sitio de Alcalá. Si se compara la escasa tradición arqueológica del municipio respecto a sus vecinos Banes y Holguín, el impacto en los medios y en la cultura local y regional generado por este grupo constituye un caso positivo e interesante a tener en cuenta a la hora de valorar el aporte de los movimientos de aficionados a la arqueología en la provincia de Holguín (Rodríguez López 2015).
[20] Los proyectos territoriales desarrollados por el DCOA son los siguientes: Potencialidades arqueológicas del oeste del municipio Mayarí (2000 – 2002); Yaguajay. Cultura, Muerte y Sociedad (2001 – 2003); Banes precolombino. Catálogo de objetos ceremoniales y de adorno corporal  (2001 – 2003); Arqueología y participación comunitaria en las localidades Cayo Bariay - Fray  Benito – Jagüeyes (2001 – 2003); Estudio arqueológico del sitio Pedrera II, Puerto Padre, Las Tunas (2001 – 2003); Manejo integral de cavernas de la provincia de Holguín (2004 – 2006); El Chorro de Maíta. Registro del espacio arqueológico (2005 – 2007);  Ordenamiento de los recursos arqueológicos del Parque Cristóbal Colón (2005 – 2007); Estudio del contacto hispano aborigen en El Chorro de Maíta (2008-2011); Estudio del patrimonio arqueológico del sitio Los Buchillones, Ciego de Ávila (2013-2015); Cultura material en entornos de interacción indohispana (2013-2015); Patrimonio arqueológico ex situ del municipio Gibara (2013-2015).



[21] Esta y otras informaciones relacionadas con la colección y criterios sobre el trabajo de García Castañeda, fueron obtenidas de los siguientes fondos documentales Museo Provincial La Periquera: Fondo Correspondencia, Colección García Castañeda y Fondo Documentos escritos por José Agustín García Castañeda, Colección García Castañeda. En el Fondo García Feria, Museo de Historia Natural Carlos de la Torre y Huerta; en el Fondo José Agustín García Castañeda, Museo Casa Natal de Calixto García; y en el Fondo José Agustín García Castañeda, Biblioteca Provincial Alex Urquiola, Holguín.
[22] Profesora de la Universidad de Berkeley; se incorporó al trabajo arqueológico en Cuba por invitación de Felipe Martínez Arango, probablemente durante uno de sus viajes a México, donde la arqueóloga se encontraba haciendo trabajo de campo.
[23] La ubicación del sitio dada por Martínez Arango, estrictamente al este de Los Mates, pareciera indicar que pudo existir confusión en la numeración dada por Milton Pino y, por ende, en la identidad de aquel visitado entre 1953 y 1954 por la Universidad de Oriente, aun cuando la última identificación fue supuestamente basada en la información del lugareño Pedro San Martín, que también condujo al profesor santiaguero hasta Salazar.
[24] Este texto fue publicado en el número 6 del año 2002 de la revista El Caribe arqueológico.


[25] El origen étnico de la población inhumada en el cementerio y el carácter del mismo seria revisado posteriormente (Valcárcel Rojas 2012).
[26] El grupo surgió  para el estudio de las cavernas pero pronto se interesó también en la arqueología. Sus integrantes recibieron cursos y apoyo profesional de importantes investigadores como el Dr. C. José Manuel Guarch Delmonte, el Dr. C. Antonio Núñez Jiménez, Milton Pino, Nilecta Castellanos, y  M. Rivero de la Calle, entre otros. Con el auspicio del Museo Municipal de Gibara ocuparon un lugar destacado en la organización de  las Jornadas Arqueológicas Gibareñas, evento que logró reunir a los más destacados especialistas del país en la Villa Blanca.

[27] El autor estuvo tentado de escribir “tres culturas”, en consideración a que la Historia (en especial la Arqueología) ha sido incluida por algunos entre las “ciencias sociales”, como una ciencia objetiva, rigurosa o “dura”, en tanto que Filosofía, Literatura y otras “humanidades” fueron (y todavía son) consideradas como ocupaciones “metafísicas” y, en consecuencia, subestimadas como ocupaciones “subjetivistas”. Por suerte, la Historia –ocupación humana de larguísima data e insoslayables contenidos ideográficos--, ha sido muy difícil de acomodar en el “lecho de Procusto” de la metodología de las ciencias naturales.
[28] Publicada en el Boletín del Gabinete de Arqueología No. 10, Año 10, 2014.

[29] Integrantes del equipo que obtuvo el premio otorgado por la Academia de Ciencias de Cuba: Título del resultado: Nuevas investigaciones arqueológicas en El Chorro de Maíta. De espacio  indígena a escenario de dominación colonial. Autores: Dr. Roberto Valcárcel Rojas, M.Sc. Lourdes Pérez Iglesias, M.Sc. Elena Guarch Rodríguez, Dr. Corinne Hofman, Dr. Vernon James Knight, Dr. Menno Hoogland, Dr. Marcos Martinón-Torres, Dr. Darlene Weston, Dr. Jason E. Laffoon, Dr. Alex Bayliss, Dr. Lee A. Newsom, Dr. Hayley L. Mickleburgh, M.A. Anne van Duijvenbode, Dr. Ashley Brooke Persons, Dr. Jago Cooper,  Juan Guarch Rodríguez y José A. Cruz Ramírez. Colaboradores científicos: Pedro Cruz Ramírez , M.Sc. Marcos Labrada Ochoa , Lic. Mercedes Martínez, Lic. Yamilka Vargas, M.Sc. Juan E. Jardines, Lic. Ileana Rodríguez Pisonero, Lic. Yanet Fernández Batista, Dr. Rusell Graham, Dr. David Golstein, Dr. John W. O´Hear, Dr. John E. Worth, M.A. Paul Noe, Lic. Adisney Campos Suárez, Lic. Roger Arrazcaeta, Lic. Lisette Roura, M.Sc. Ariadna Mendoza, M.Sc. Alejando Fernández Velázquez, Lic. Marvic Ortueta Milán, M.Sc. Lino Valcárcel Rojas, Nidia Leyva, M.Sc. Teresa Zaldívar, M.Sc. Juan Carlos Osorio.